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  • La piedra de Efraín

    El viento del oeste le había metido arena a la lata de las fichas, y Rocío Catrileo la sacudió contra la rodilla antes de contar. Ciento doce fichas de chapa. Eso era lo que le quedaba en el galpón de la estancia, a dos horas de ripio de Gobernador Gregores, el último día de la esquila, con el camión de los fardos citado para las cuatro de la tarde.

    Tenía veintiséis años y era la afiladora de la comparsa. No esquilaba, no ataba vellones, no cocinaba. Su lugar era una mesa de caballetes junto a la puerta, con un esmeril, un frasco de aceite y una caja de peines y cuchillas ordenados por número. Cada esquilador pasaba, dejaba la cuchilla gastada y se llevaba otra con el filo recién sacado. Ella conocía las manos de todos por lo que le entregaban: el que apretaba de más, el que golpeaba contra el piso, el que dejaba el aceite sucio.

    Al único que no conocía era a Efraín Millalonco.

    Efraín tenía sesenta y tantos y esquilaba desde antes de que hubiera máquinas eléctricas en la zona. Llegaba cada mañana con su propio juego guardado en un trapo de lana, lo armaba solo en la punta de la playa y no lo soltaba para nada. Rocío le había ofrecido afilárselo el primer día, y él había dicho «no, m’hija, gracias» con una cortesía que cerraba la puerta.

    Esa mañana, mientras ella levantaba un vellón de la tabla, escuchó el cambio. La máquina de Efraín ya no zumbaba parejo. Tironeaba. Una oveja salió del brete con dos tajitos en la panza y el capataz, desde afuera, no dijo nada, que en el galpón era peor que gritar.

    A las once Efraín llevaba nueve ovejas menos que el resto. A las doce hacía las cuentas con los labios, sentado en un cajón de manzanas, mirando la cuchilla a contraluz.

    Rocío se acercó con el mate. Lo cebó despacio, pasó la bombilla para el lado del viento.

    —Está mellada —dijo, sin mirar la cuchilla—. Se nota por el ruido.

    —Se nota por el ruido —repitió él.

    —Yo te la saco en diez minutos.

    —Este juego me lo dejó mi viejo. Bueno, no todo. El peine es de él.

    —¿Y la cuchilla?

    —La cuchilla se gasta. —Efraín sacó el trapo y lo desplegó sobre la rodilla. El peine estaba pulido de tantos años de aceite, con un dibujito grabado a punta de clavo en el costado: tres rayas y un círculo—. Se la di a afilar a un tipo en Puerto San Julián hace treinta años y me la devolvió más corta. Desde entonces la afilo yo. Con la piedra, a mano.

    —¿Y hoy qué pasó?

    Efraín movió los dedos. Dos de ellos no cerraban del todo.

    —Hoy no me alcanza la mano.

    Rocío no dijo nada. Del otro lado del galpón, un playero gritó «¡lata!» y la ficha cayó en el tarro con ese sonido chico y seco que a ella le servía de reloj.

    —Mirá —dijo por fin—. Mi esmeril no lo toca nadie, ni vos. Pero la piedra es tuya. Ponela en mi mesa. Vos afilás la cuchilla con tu piedra y yo te sostengo el peine. Eso es todo lo que hago.

    —Eso no es afilar.

    —Es afilar con las manos de los dos.

    Efraín tardó. Miró el trapo, miró la mesa, miró el cielo blanco por el portón. Después se levantó con un crujido de rodillas y caminó hasta los caballetes. Sacó la piedra del bolsillo, escupió en ella y la apoyó en el borde de la cuchilla con un ángulo que Rocío habría jurado que era el mismo que usaba ella.

    Trabajaron en silencio. Ella sujetaba el peine con las dos manos, firme, sin interferir. Él pasaba la piedra con movimientos cortos, de abajo hacia arriba, y en cada pasada soltaba un aire por la nariz. Cuando terminó, pasó el pulgar a lo largo del filo y lo miró.

    —Faltó un toque —dijo.

    —Es el filo —dijo Rocío—. Probalo.

    Armó la máquina ahí mismo. La encendió. Zumbó parejo, bajo, sin tirones. Efraín apagó, la volvió a encender, y a la cara le asomó algo que no era alegría sino alivio, como cuando por fin deja de doler una muela.

    —Dame una oveja —le gritó al agarrador.

    Esquiló esa tarde catorce más. A las cuatro menos diez el camión ya estaba con el motor andando, y los fardos de lana, atados con alambre, subieron uno por uno a la caja mientras el viento les arrancaba hebras sueltas que quedaban flotando sobre el corral vacío.

    Rocío juntó los peines, las cuchillas, el frasco de aceite. Efraín se acercó cuando estaba cerrando la caja y dejó sobre la mesa su trapo de lana, abierto, con el juego adentro.

    —Para la zafra que viene —dijo—. Si querés. Pero el dibujito del peine no lo toques.

    —No lo toco.

    —Y la cuchilla, la afilás con la piedra.

    —Con la piedra. Y vos me la sostenés.

    Efraín sonrió por primera vez en toda la semana. Se calzó la gorra y subió a la caja del camión junto a los fardos. Rocío se quedó sola en el galpón, poniendo las fichas en la lata de a una, contándolas otra vez, ciento doce, ciento trece, ciento catorce, hasta que el camión se perdió en el ripio y lo único que quedó fue el viento golpeando la chapa.

  • La barquilla de las cinco

    A las cinco menos diez, Ismael Ferreyra ya había contado la gente dos veces. Dieciocho, el máximo. Nueve turistas con mochilas, una pareja de Avellaneda que cruzaba para tomar un café del otro lado porque sí, tres chicos de guardapolvo con la merienda en la mano, un fotógrafo con el trípode al hombro, y tres vecinos de la Isla Maciel que volvían de hacer trámites en La Boca.

    Desde la cabina, un cubículo vidriado en lo alto de la estructura de hierro, se veía el Riachuelo del color del mate cocido y, abajo, el humo de una parrilla de la avenida Almirante Brown. El olor llegaba hasta ahí arriba: grasa, río, un poco de pintura nueva. Ismael llevaba once años en el puesto. Le gustaban las tardes de noviembre, cuando el sol bajaba por el lado de Dock Sud y pintaba de naranja los cables.

    —Falta una —dijo por radio el chico de la boletería de abajo.

    —Ya cerré, Lucho. Dieciocho.

    —Es una señora. Dice que te conoce.

    Ismael bajó la escalerita de metal con las rodillas quejándose. En la entrada de la barquilla, apoyada en un bastón con la empuñadura de plástico marrón, esperaba una mujer muy chiquita, con campera de lana y una bolsa de feria colgada del antebrazo. Tenía setenta y pico, quizás ochenta. No la había visto nunca.

    —No me conoce —dijo ella antes de que él abriera la boca—. Le dije eso al muchacho para que me dejara pasar a hablar con usted. Aída Ocampo. Nací en la calle Pinzón, del otro lado.

    —Señora, está completo. Salgo en cinco minutos. Si quiere, el próximo es a las cinco y cuarto.

    —No quiero el de las cinco y cuarto. Quiero este. Mi papá cruzaba a esta hora, a las cinco de la tarde, cuando salía del frigorífico. Yo lo esperaba acá abajo con la vianda vacía de la mañana para llevármela. Venía con los otros, todos en fila, con el olor a lavandina y a sebo pegado en la ropa.

    Ismael miró la barquilla. Dieciocho personas. El reglamento no era una sugerencia.

    —Mire —dijo ella, bajando la voz—. Yo no vengo a pasear. Vine a ver si suena.

    —¿Si suena qué?

    —El puente. Mi papá decía que cantaba. Que cuando la barquilla arrancaba, el hierro hacía una nota, así, larga, y que él la sabía de memoria y por eso nunca llegaba tarde a ningún lado: sabía cuánto faltaba por cómo bajaba el sonido. Yo era chica y no lo entendía. Cuando lo cerraron, en el sesenta, tenía diez años. Hace poco me dijeron que lo habían arreglado y que andaba de nuevo. Y quiero saber si todavía hace esa nota. No quiero que me lo cuenten. Quiero oírlo yo.

    Ismael se rascó la nuca. Podía explicarle que el mecanismo era otro, que lo habían restaurado entero durante años, que a lo mejor la nota ya no estaba. Pero ella lo miraba con una paciencia de quien espera hace tiempo.

    Se dio vuelta hacia la barquilla.

    —A ver —dijo, y levantó la voz—. Alguien que quiera esperar al próximo cruce, que se lo regalo, es un cuarto de hora.

    Los turistas se miraron. El fotógrafo, que justamente quería esperar a que bajara más el sol para sacar la estructura contra el cielo, levantó la mano sin hacerse rogar.

    —Yo me bajo. Pero ella va a mi lugar.

    La señora Aída subió con cuidado, tanteando el piso con el bastón, y se sentó en el banco de madera, al lado de uno de los chicos de guardapolvo, que le ofreció una galletita sin preguntar nada.

    Ismael volvió a la cabina. Revisó las luces, el freno, la cerradura de la reja. Dieciocho. Respiró.

    —Salimos —dijo por radio, y empujó la palanca.

    La barquilla se despegó del muelle con un tirón suave. Se oyó el roce de las ruedas contra el riel de arriba, un rumor grave y parejo que Ismael ya no escuchaba de tanto escucharlo. Lo único que cambiaba, cruce tras cruce, era el viento. Hoy venía del este, con olor a mar sucio, y hacía vibrar los tensores.

    Desde la cabina vio la cabeza blanca de Aída Ocampo, inmóvil, las manos juntas sobre el bastón. No miraba el agua. Miraba para arriba, hacia las vigas, con los ojos entrecerrados, como quien trata de acordarse de un nombre.

    A mitad del río, justo cuando la barquilla quedó pareja con el eje del Riachuelo, un remolcador que subía hacia la Vuelta de Rocha soltó un bocinazo largo. El sonido rebotó en el casco de un barco herrumbrado amarrado en la orilla y volvió, más grave. Y entonces el hierro respondió. Ismael lo sintió en las manos antes de oírlo: una vibración baja que subió por la palanca, por el piso, por los tobillos, y se quedó flotando en el aire de la cabina como una nota de órgano.

    Nunca se había dado cuenta. Once años y nunca.

    La nota duró lo que dura una bocina. Después se fue apagando, hacia abajo, y la barquilla tocó el muelle de la Isla con un golpecito.

    Cuando Ismael bajó, los pasajeros ya se habían ido, salvo la señora, que seguía sentada en el banco con la bolsa de feria en la falda.

    —Ahí está —dijo ella sin mirarlo—. Es esa. Pensé que me la iba a acordar distinta.

    —Yo nunca la había escuchado —admitió Ismael.

    —Hace falta un barco. Papá siempre lo decía y yo creía que era una de sus cosas.

    Se levantó despacio, con ayuda del bastón y del brazo de Ismael, y bajó al muelle. Del lado de la Isla, en la avenida La Plata, ya se encendían las luces de los kioscos y alguien afinaba un bombo en una esquina.

    —¿Vuelve? —preguntó él—. El último sale a las seis.

    —Vuelvo mañana a las cinco —dijo ella—. Si me deja. Que no me regale el lugar nadie. Me saco el pasaje como todo el mundo.

    Ismael la vio alejarse por la vereda, chiquita, derecha, con la bolsa golpeándole la cadera. Después subió otra vez a la cabina, apagó la radio y se quedó un rato mirando el río, esperando el próximo bocinazo.

  • Los zapatos del cajón

    Nilda Rojas abrió la persiana del buffet a las nueve y diez, cuando el gimnasio todavía olía a kerosene y a zapatillas de básquet. Hasta las ocho de la noche, en el Sunderland de Villa Urquiza, la cancha había sido de los pibes de la categoría 2012. Ahora los bancos estaban contra la pared, alguien había trapeado las líneas pintadas del piso y las mesas con mantel de papel esperaban a la gente de las diez.

    Dieciocho años atendía ese mostrador. Vendía sándwiches de miga, empanadas de carne cortada a cuchillo, gaseosa de litro y medio y vino con soda para los que se animaban a pedirlo. Veía todo desde ahí: cómo entraban las parejas con el calzado en una bolsa de supermercado, cómo se cambiaban en las sillas, cómo los hombres de más de ochenta se miraban el nudo de la corbata en el vidrio de la heladera. Los sábados bailaban otros. Ella cobraba.

    —Abuela, ¿me das plata para la máquina? —dijo Thiago, que tenía once años y ya había descubierto que el sábado a la noche en el club era un lugar donde se podía comer papas fritas sin límite de horario.

    —Después. Primero poné las servilletas.

    —Siempre decís después.

    Nilda no contestó. En el cajón de abajo de la caja, junto a las lapiceras secas y la libreta de fiados, tenía la caja de cartón que el club llamaba «los perdidos». Ahí iban a parar las cosas que la gente se olvidaba: un paraguas, una bufanda de lana, tres peines, una dentadura postiza que nadie reclamó nunca. Y un par de zapatos de baile, de taco bajo, número treinta y siete, con la correa de la hebilla bien cosida. Los había dejado alguien en 1998. Nilda los limpiaba cada tanto con un trapo y betún neutro, sin saber para qué.

    Lo que sí sabía era para qué. Lo sabía desde marzo, cuando Aurelio, su marido, dejó de levantarse del sillón de la cocina y ella entendió que la última vez que habían bailado fue en el casamiento de una sobrina, en el 2009, y que ni siquiera se acordaba de la canción.

    A las diez empezó la música. Primero una tanda de tangos de Di Sarli, cuatro temas, y después la cortina, un pedazo de bolero para que la gente volviera a sentarse. Nilda sirvió dos vinos con soda y un fernet sin hielo, y mientras tanto miró la pista. Los hombres de un lado, las mujeres del otro, y en el medio ese idioma de cejas y mentones que ella conocía de memoria: nadie decía «¿bailamos?». Alguien levantaba la cabeza apenas, la otra bajaba los ojos, y era que sí.

    Nilda se secó las manos en el delantal. Sacó los zapatos del cajón. Los miró. Todavía tenían la suela clara, casi sin uso.

    —Thiago, ¿te animás a atender diez minutos?

    —¿Yo? Si no sé cobrar.

    —Es fácil. Todo lo que ves tiene el precio en la tarjetita. Si alguien te da un billete grande, me mirás. Yo voy a estar ahí.

    —¿Dónde?

    —Ahí —dijo ella, y señaló con la barbilla un punto cualquiera de la pista. Era el primer cabeceo de su vida en dieciocho años, y fue para su nieto.

    Se cambió en la silla de plástico que estaba detrás del mostrador, entre las cajas de gaseosa. Las alpargatas negras quedaron debajo de la silla, una al lado de la otra, como las de alguien que ya vuelve. Los zapatos le quedaron justos, apenas apretados en el empeine. Caminó hasta el borde de la pista con la espalda más derecha de lo que la tenía hace años.

    Sonó la segunda tanda. Un hombre alto, flaco, de saco gris y pañuelo en el bolsillo, estaba parado a tres metros, de espaldas a ella, mirando a otra mesa. Nilda no lo conocía. Se quedó quieta. Se acordó de que esa gente se pasaba semanas esperando una mirada, que se podía esperar una tanda entera, dos, la noche entera. Pensó en el buffet, en su nieto con las servilletas, en el vino con soda. Pensó que ya había esperado demasiado en el mostrador de al lado.

    El hombre se dio vuelta. Le miró los zapatos primero, que era lo que siempre se miraba, y después la cara. Inclinó la cabeza un centímetro.

    Nilda dijo que sí con los ojos.

    —Hace mucho que no bailo —le avisó cuando él le tendió el brazo.

    —Entonces vamos despacio —dijo el hombre—. Yo tampoco estoy para correr.

    El primer tango fue puro miedo. Contó pasos en voz baja, sintió el piso, esa madera vieja y encerada que se movía un poco bajo los pies, y las líneas de la cancha de básquet que pasaban debajo de los zapatos: el aro, el área, el semicírculo del triple. En el segundo tema, sin darse cuenta, dejó de contar. En el tercero ya no miraba el suelo. En el cuarto cerró los ojos y fue lo único que hizo falta.

    Cuando terminó la tanda, el hombre la acompañó hasta el borde de la pista, hizo un gesto con la cabeza y se fue. No preguntó el nombre, no pidió otra. Así era la costumbre, y Nilda se lo agradeció.

    Volvió al buffet caminando sobre los talones, porque el empeine le ardía. Thiago estaba parado sobre un cajón de gaseosa para llegar a la caja, con un billete de veinte en la mano y la cara de quien ha salvado un barco.

    —Me dieron veinte y no sabía el vuelto. Le dije que esperara a que viniera mi abuela.

    —Hiciste bien.

    —Estabas bailando.

    —Sí.

    —¿Se puede hacer eso?

    —Parece que sí —dijo Nilda, y contó el vuelto despacio, billete por billete, mientras afuera, sobre la calle Lugones, pasaba el último colectivo y adentro empezaba otra tanda.

    A las doce y media, cuando juntó los manteles de papel, se llevó los zapatos en la bolsa de las servilletas. Los perdidos, pensó, a veces los encuentra alguien. Los dejó en la mesa de luz, al lado del sillón de Aurelio, donde él los viera apenas abriera los ojos.

  • El timbre del 21

    A las cuatro y diez de la mañana, el 21 salió de la terminal de Lomas de Zamora con seis pasajeros, la calefacción apagada y la radio en un volumen que solo Dalila Cardozo podía oír. Era viernes, era noviembre, y era el último viernes de sus treinta y un años al volante. El lunes se jubilaba.

    Tenía la costumbre de mirar el espejo más que el camino. El camino ya se lo sabía de memoria: las lomas de burro, el bache que hacía saltar el matafuegos, el cruce donde siempre había un perro dormido y nunca era el mismo perro. Lo que le faltaba resolver era a Gonzalo.

    Gonzalo subía en Villa Fiorito, siempre a las cuatro y cuarenta, con una gorra azul y una mochila chica que olía a harina. Pagaba, saludaba con la cabeza y se sentaba en el segundo asiento de la derecha. Y siempre, siempre, tocaba el timbre una cuadra antes de su parada. Ella frenaba donde él pedía. Él bajaba, se quedaba un segundo quieto en la vereda, y caminaba de vuelta, media cuadra, hasta la puerta de la panadería. Desde hacía casi dos años.

    Dalila se lo había comentado a los compañeros en el comedor de la empresa.

    —Es un distraído —dijo Aníbal, mojando una factura en el café.

    —Se equivoca igual todos los días a la misma hora. Eso no es distracción.

    —Entonces es un cabeza dura.

    No era eso tampoco. Dalila lo sabía por cómo bajaba: sin apuro, con el pie buscando el cordón antes de apoyarse. Un cabeza dura se baja con bronca. Gonzalo bajaba con cuidado.

    Esa mañana lo esperó con la puerta ya abierta. Faltaba una semana para el calor fuerte y el aire de la madrugada todavía traía humedad. Cuando el 21 se arrimó a la parada de Fiorito, Gonzalo estaba solo, con la gorra y la mochila, y la mano un poco adelantada, como quien comprueba que hay una pared.

    Subió. Pagó. Se sentó en el segundo asiento de la derecha.

    El colectivo arrancó. Dalila fue contando en voz baja, sin darse cuenta, lo que había contado siempre: la loma, el bache, el cruce del perro. Y entonces escuchó que él también movía los labios. Contaba, pero no paradas. Contaba golpes. El primer salto, el segundo, la vibración de la chapa suelta cerca de la ventanilla trasera.

    En el espejo lo vio inclinar la cabeza hacia la ventana entreabierta. Esperaba algo. El olor, entendió de golpe. La panadería de la esquina ya tenía el horno prendido; el aroma llegaba a la calle antes que la luz del local. Gonzalo no veía bien. Y el timbre lo tocaba cuando le llegaba el primer olor a pan, porque era lo único que no cambiaba de un día para otro. El problema era que el viento, o el horno, o el humo, lo adelantaban una cuadra.

    Dalila apretó el volante. Treinta y un años frenando donde le pedían.

    Desde Fiorito siguió, como siempre, hasta que el aire empezó a oler a pan. Entonces no esperó el timbre. Puso el guiño, bajó la velocidad y dijo, sin girar la cabeza, con la voz de quien anuncia una estación:

    —Gonzalo. Todavía falta una cuadra. Ahora te aviso yo.

    Hubo un silencio largo, de esos que el motor llena solo. En el espejo, ella vio que él se enderezaba, que se sacaba la gorra, y que la volvía a poner.

    —¿Usted sabe cómo me llamo?

    —Gonzalo. Me lo dijo tu mamá hace un año, en la parada. Yo me acordaba de ese nombre y no de la cara.

    —Entonces sabe que veo poco.

    —Sé que contás los baches. Yo los cuento hace treinta años y siempre me dio la misma cifra.

    Él se rió, bajito, por primera vez en dos años. Preguntó cuántos quedaban. Ella dijo: uno, el que tiembla la chapa. Pasaron por el bache. La chapa tembló, el matafuegos saltó contra el soporte.

    —Ahí —dijo Gonzalo, y se paró.

    —Todavía no. Cuarenta metros.

    Frenó pegada al cordón, justo frente a la puerta verde de la panadería, donde un pibe de delantal sacaba la primera tanda de bandejas. El vapor subía en la luz amarilla del local. Dalila abrió la puerta.

    Gonzalo bajó con el pie derecho adelantado, como siempre, pero esta vez el escalón estaba donde tenía que estar. Se quedó en la vereda. No caminó para atrás.

    —El lunes ya no manejo yo —dijo ella desde el asiento.

    —¿Y quién va a avisarme?

    —Voy a hablar con el que me reemplace. Y con tu mamá. Y le dejo escrito en el cuaderno del turno.

    Gonzalo no contestó. Sacó de la mochila un pan chico, todavía tibio, envuelto en un papel de estraza, y estiró el brazo hacia la puerta del colectivo. Dalila lo agarró con la punta de los dedos.

    —Para el mate —dijo él.

    El 21 siguió camino a Liniers con cinco pasajeros dormidos y la ventanilla del conductor abierta. En el cruce del perro había un perro. Dalila lo reconoció, aunque sabía que no era el mismo. Después, en la primera luz, arrancó el pan y comió la corteza despacio, como se come lo que va a quedar de recuerdo, mientras con la otra mano, sin mirar, tocaba una vez el timbre del chofer para avisarle a nadie que ya llegaba.

  • La cal del Fortín

    El viento norte llegó a las siete y media, justo cuando Marta Echeverría terminaba de cargar la máquina de marcar. Primero fue un soplido tibio que movió la manga de la camisa. Después fue una pared. Abrió la bolsa de cal y media bolsa se fue hacia la tribuna de cemento, una nube blanca que se deshizo contra los alambrados del Fortín.

    —Qué hija de puta —dijo, sin enojo, como quien saluda a una vecina.

    Hacía veintiséis años que era la canchera de Villa Mitre y once que marcaba sola. Antes marcaba con Evaristo, su marido, que murió en marzo. Él tenía un método: clavaba dos estacas con un hilo de albañil, tensaba, y caminaba pegado al hilo con la máquina empujada despacio, mirando siempre un punto lejano, el poste de luz de la calle Garibaldi. Decía que la línea recta no se hace mirando la línea, sino mirando adonde querés llegar.

    Esa tarde jugaba el clásico de la Liga del Sur, la liga más vieja del país fuera de la Capital, fundada en 1908, como recordaba el cartel que habían pintado en la sede. Iban a venir dos mil personas. Y la cancha estaba en blanco y verde, con el verde bien cortado, pero sin una sola raya.

    Probó una vez. La máquina largó un polvo blanco que el viento dobló en diagonal, y la línea de banda le quedó como un camino de hormigas. Pasó el rastrillo para borrarla. Probó otra vez, agachada, con el cuerpo de escudo. Salió mejor, pero apenas.

    —Señora —dijo una voz desde el alambrado.

    Era un pibe de doce o trece años, con la camiseta de Liniers, la blanca y negra, que en el Fortín era como entrar a un casamiento con la remera del ex. Tenía una bicicleta de rodado veinte apoyada contra el poste y una bolsa de panadería colgada del manubrio.

    —Estamos cerrados —dijo Marta.

    —Vengo a ver si necesita ayuda. Mi tío dice que usted es la mejor.

    —Tu tío es hincha de Liniers.

    —Sí. Pero dice que usted es la mejor.

    Marta lo miró. Tenía las zapatillas atadas con doble moño y la cara de quien ya sabe que lo van a echar y vino igual. Le dio pena, o le dio algo parecido y más práctico: necesitaba dos manos.

    —¿Cómo te llamás?

    —Thiago.

    —Thiago, vení. Pero si te veo festejar un gol en la tribuna de acá, te devuelvo por el alambrado.

    El pibe entró. Marta le dio una estaca y una maza de goma. Fueron hasta el córner con el hilo de albañil, ese mismo, amarillo, con la marca de los dedos de Evaristo gastada en un tramo del nudo. Marta clavó la primera estaca. Thiago clavó la otra en el córner opuesto, bastante torcido, y ella no dijo nada, la corrigió con el pie.

    —Vos tenés que sostener el hilo y no soltarlo por nada del mundo —le dijo—. Si el viento lo mueve, lo aguantás con el cuerpo.

    —¿Y usted?

    —Yo camino.

    Caminó. Empujó la máquina pegada al hilo, que vibraba como una cuerda de guitarra con el viento. En la primera cuadra de pasto, la cal salió limpia. En la segunda, se le voló un poco. Pero el hilo, tenso, hacía de pared, y la línea quedaba atrás, firme, blanca sobre el verde, con ese olor seco a piedra molida que le subía a la nariz y era el olor de cada sábado de su vida.

    Miró al fondo. No miró la línea. Miró el poste de luz de Garibaldi, el viejo, con el nido de cotorras en lo alto.

    Hicieron la banda de un lado, la de enfrente, las dos de fondo. A las diez se les acabó la cal, y Thiago pedaleó hasta el corralón de Rincón con la plata que ella le dio, y volvió con la bolsa en el manubrio, que le pesaba más que él. Marta lo vio cruzar la entrada con la bicicleta zigzagueando y se rió sola, por primera vez desde marzo.

    —¿Por qué viniste, en serio? —le preguntó mientras armaban el círculo central con una cuerda atada a un clavo.

    El pibe tardó en contestar. Dio una vuelta entera con la cuerda.

    —Mi abuelo marcaba la cancha de Liniers. Se murió el año pasado. Ahora la marca otro y la hace mal. Quise ver cómo se hace bien.

    Marta se quedó con la cal en la mano. Después le acomodó el clavo, que él había puesto un poco corrido.

    —Se hace así. Mirás adonde querés llegar.

    A las doce y media, el viento paró de golpe, como si alguien lo hubiera apagado. Quedó una calma rara sobre el Fortín, y las líneas ahí, derechas, nítidas, con los dos arcos y las dos áreas y el punto del penal marcado con la punta de la bota. Thiago se sacó la gorra y la dejó en el pasto. Marta le pasó un mate que tenía en el termo, y se lo tomaron parados en el medio de la cancha, mirando el rectángulo recién escrito.

    —Ahora andate —dijo ella—. A las tres esto se llena.

    —¿Puedo volver a ver el partido?

    —Por la tribuna de ellos. Y con esa camiseta, te van a querer mucho.

    El pibe agarró la bicicleta, subió, y desde el alambrado levantó la mano. Marta guardó el hilo amarillo en el bolsillo, con el nudo gastado hacia afuera, y se quedó un rato más. Cuando abrieron las puertas, la primera gente entró de a poco, con los termos, con los bombos, sin pisar todavía las líneas. Ella, desde la boca del túnel, vio el blanco recto brillando contra el pasto y el poste de luz al fondo, con las cotorras, y supo que en algún lugar Evaristo estaba mirando ese mismo punto.

  • La horma del miércoles

    Dolores Gerónimo puso las dos hormas sobre la mesa de la cocina a las seis de la tarde, con la luz de febrero entrando de costado por la ventana y el olor a leche cuajada todavía pegado a las paredes. Una era perfecta. La otra era suya.

    La perfecta había salido de la tina nueva, con termómetro, con planilla, con los números que le había anotado el técnico de la cooperativa en el cuaderno: treinta y dos grados, cuarenta minutos, tantas horas de prensa. Tenía la corteza pareja, el diámetro justo, la cara plana como un plato. La otra la había hecho el miércoles de noche, cuando se cortó la luz en el valle y se quedó sola en el galpón con una vela y la memoria de las manos de su madre. Sin termómetro. Metiendo el codo en la leche, como se hacía antes.

    Mañana, a las diez, había que llevar una sola al concurso del queso tafinisto, en el Complejo Democracia, sobre la ruta 307, donde empezaba la Fiesta Nacional. Una. Y no había nada más que decidir, pero ella llevaba tres días sin poder decidirlo.

    —Entrá la que gana —le dijo su hermano Ezequiel desde la puerta, con el mate en la mano y la camioneta ya cargada con las sillas—. La de los números.

    —Esa no tiene nada mío.

    —Tiene tu firma abajo. Vos la hiciste.

    —La hizo el cuaderno.

    Ezequiel sopló la yerba y no contestó. Afuera, en el corral, el ternero que le habían regalado a la nena de al lado berreaba contra el alambrado, y más allá, en el fondo del valle, el dique La Angostura se había puesto del color de una chapa vieja.

    Dolores agarró un cuchillo, de esos finos, de hoja larga, y lo apoyó sobre la perfecta. No la cortó. Lo dejó ahí un rato, sintiendo el filo contra la corteza, y pensó en el año anterior, cuando se había presentado con la receta de su madre al pie de la letra y había quedado séptima de nueve. Un jurado había escrito en una planilla, con letra apretada: “Carácter irregular”. Ella había vuelto a casa con esas dos palabras como si fueran una multa.

    Este año quería la cinta, cualquiera. Aunque fuera la tercera. Aunque se la dieran por pena.

    —Dolo —dijo Ezequiel—. Yo no entiendo nada de queso. Pero si me dan a elegir cuál me llevo a la casa, ya sé cuál.

    —Eso no es lo mismo.

    —No. Pero es lo único que sé decir.

    Se fue a bajar las sillas. Dolores se quedó sola con las dos hormas, y entonces hizo lo que no había hecho en tres días: las levantó, una en cada mano, y las pesó. La perfecta pesaba dos kilos doscientos, clavados. La otra, dos kilos trescientos. Cien gramos más. Cien gramos de leche que ella había dejado escurrir de más porque la vela titilaba y había perdido la cuenta de los minutos.

    Las acercó a la nariz, una después de la otra. La perfecta olía a limpio, a cava fría, a lo que tiene que oler. La otra olía a eso, y además a algo que Dolores no supo nombrar al principio y que después reconoció con una punzada en el pecho: olía a la cocina de su madre un domingo, cuando se amasaba el pan y se cuajaba la leche en la misma mañana y la casa quedaba tibia y agria y llena de gente que entraba sin golpear.

    Dejó la perfecta en la mesada. Envolvió la otra en un lienzo limpio, la acomodó en la caja de madera donde su madre llevaba los quesos al pueblo, y la puso en el asiento de la camioneta, con el cinturón de seguridad cruzado, como a una persona.

    —¿Esa? —dijo Ezequiel, subiendo.

    —Esa.

    —¿Y si pierde?

    —Pierde con mi firma.

    Al otro día, en el Complejo Democracia, había fila de mesas largas con manteles blancos, y gente de todas las edades haciendo cola con sus hormas en brazos, como quien lleva a un bebé a bautizar. Un jurado de cuatro personas caminaba despacio con tablitas en la mano. Dolores dejó su caja en la mesa, escribió su nombre, número diecisiete, y se fue a sentar bajo un toldo, lejos, para no ver cuando cortaran.

    Escuchó, igual. El cuchillo entrando. Un silencio largo. Alguien que decía algo bajito, y otro que contestaba más bajito todavía.

    No supo si ganó. A las doce empezaron a llamar a los premiados, pero justo en ese momento se armó la pialada en la cancha de al lado, con los jinetes levantando polvo y los chicos trepados al alambrado, y entre el griterío no se entendió ningún número. Dolores se paró para preguntar y en eso se le cruzó la nena del vecino, con el ternero atado a una soga, que le gritó que su mamá la estaba buscando.

    Cuando volvió a la mesa, la caja número diecisiete estaba vacía. Sobre el mantel había una tabla con migas, un cuchillo limpio, y una hojita doblada. Dolores la abrió con dos dedos.

    Decía, con letra apretada: “Carácter. Pedimos permiso para terminarlo”.

    Se quedó mirando el papel hasta que Ezequiel llegó con dos empanadas y le puso una en la mano. Al fondo, el jurado seguía comiendo, de pie, sin tablitas, y uno de ellos se limpiaba los dedos en el pantalón, sin disimular.

    Dolores se sentó en una silla de plástico, mordió la empanada, y se dio cuenta de que desde hacía tres días no tenía hambre. Tenía una caja de madera vacía sobre las rodillas, que olía todavía a la cocina de su madre, y el valle entero a la vista, verde y quieto, con una nube bajita enganchada en el cerro.

  • La elle de Nahuel

    —Otra vez —dijo Mirta Hughes.

    Nahuel apoyó la lengua contra los dientes de arriba, infló los cachetes y soltó el aire. Salió una especie de «sh», limpia y rápida, la misma que le sale a cualquiera que haya nacido de este lado de la cordillera y del Río de la Plata.

    —Shwyd —dijo él.

    —Llwyd —corrigió Mirta, aunque el corrector era ella y la corrección sonaba igual.

    Eran las nueve de la mañana de un sábado de septiembre y la cocina de Gaiman olía a pan casero y a kerosén de la estufa. Afuera, el viento del valle sacudía la cortina de álamos y hacía golpear una chapa suelta en el fondo de la chacra. Sobre la mesa, entre la tetera y el cubretetera de lana tejida, estaba el papel con el poema: ocho versos en galés, un río, una tarde, y en el tercer verso la palabra que llevaba una semana arruinándole el sueño. Gris. Llwyd.

    A las tres de la tarde, Nahuel Cárdenas, once años, tenía que pararse en el escenario del Eisteddfod de la Juventud y recitarlo delante del jurado. Era el único alumno que le quedaba a Mirta en el taller de los martes. Los otros se habían ido yendo, uno por la escuela, otra por el fútbol, un tercero porque en casa le dijeron que para qué.

    —La elle galesa no es una «l» con pereza —explicó Mirta, por décima vez—. Es una «l» que se escapa por los costados de la lengua. Ponés la punta arriba, como para decir «la», y en vez de empujar el aire por el medio, lo dejás salir por los lados.

    —Por los lados.

    —Por los lados.

    Nahuel lo intentó. Salió un silbido, después una tos, después otra vez la «sh». Se quedó mirando la mesa con las orejas coloradas.

    —Seño, ¿y si la digo como me sale? Capaz que no se dan cuenta.

    —Se dan cuenta. Hay gente en esa sala que tiene setenta años de oír esa letra bien dicha. —Mirta se arrepintió en el acto, porque vio cómo se le achicaban los hombros—. Perdoná. No me hagas caso. Tomemos algo.

    Cebó el té en lugar del mate, por costumbre de la casa. Nahuel se sentó con la taza entre las dos manos, mirando cómo subía el vapor. Mirta, de pie junto a la ventana, pensó en su madre, que había muerto hacía nueve años y que nunca le había explicado nada con palabras. Le mostraba. Ponía la tetera sobre el hule, servía, y soplaba sobre la taza antes de hablar.

    Fue la segunda vez que Nahuel sopló sobre el té cuando Mirta se dio vuelta.

    —Hacelo de nuevo.

    —¿Qué cosa?

    —Soplar. Pero despacio. Como si te estuvieras quemando.

    Nahuel sopló. El aire le salió ancho y tibio, rozándole los costados de la lengua, que sin que él lo notara se había apoyado atrás de los dientes.

    —Ahora sin la taza —dijo Mirta—. Y sin cortar el soplido, decí la «l».

    Nahuel tomó aire, puso la lengua como para soplar el té, empujó. De su boca salió un sonido húmedo y raro, como el de una puerta de chapa abriéndose en un día de humedad. Se miraron.

    —¿Fue eso? —preguntó él.

    —Eso fue.

    —Pero suena feo.

    —Suena galés —dijo Mirta, y se rió por primera vez en toda la semana.

    Pasaron la mañana así. Él soplaba, ella corregía, y la palabra fue bajando de la lengua a los dientes y de los dientes a la garganta, hasta que a las doce Nahuel pudo decir el verso entero sin que se le escapara la «sh». A veces le salía y a veces no, pero ya sabía dónde buscarla. Comieron fideos con tuco y un pedazo de torta negra de la heladera, de las que Mirta hacía en abril con ocho meses de anticipación.

    A las tres menos veinte, entraron al salón por la puerta lateral. Había olor a lustre de madera y a ropa de domingo en día sábado. Las sillas estaban llenas de abuelas con carteras sobre las rodillas, padres con la cámara colgada y chicos con el programa doblado en cuatro. Al fondo, un hombre mayor de saco marrón se acomodaba junto al pasillo con la mano en el bastón. Mirta lo conocía de vista. Tenía la costumbre de cerrar los ojos cuando alguien recitaba, como si escuchara con otra parte del cuerpo.

    Llamaron a Nahuel. Subió los tres escalones con las zapatillas limpias y se paró frente al micrófono. Mirta se sentó en la fila del medio y entrelazó los dedos sobre la falda.

    Los dos primeros versos salieron limpios. En el tercero, Nahuel hizo una pausa que Mirta sintió en el estómago. Lo vio cerrar la boca, tragar, apoyar la lengua arriba y, muy despacio, sin que nadie más que ella lo notara, soplar como si el aire estuviera caliente.

    —Llwyd —dijo.

    No era perfecta. Tenía algo de silbido todavía, un borde de «sh» pegado en el final. Pero era una elle, una elle que se escapaba por los costados, y llenó la sala como un hilo de agua por debajo de una puerta.

    En la tercera fila, el hombre del saco marrón abrió los ojos.

    Nahuel terminó los ocho versos y bajó la cabeza. Hubo un aplauso largo, de esos con las manos medio juntas. Mirta no aplaudió. Se quedó mirando la mesa de los jurados, donde alguien anotaba, y después el hueco del pasillo por donde el chico bajaba, buscándola con la vista.

    Más tarde, en el salón del té, ella cebó dos tazas sobre un mantel de papel. Nahuel no sabía todavía si había ganado o no, y por primera vez parecía no importarle. Mirta levantó la suya y sopló sobre la superficie, con los labios apenas separados y la lengua en su lugar, y el vapor se dobló hacia los costados.

  • La parra de Quiroga

    El engrudo todavía estaba tibio cuando golpearon las manos en el portón. Lucrecia Videla dejó el cúter clavado en el cartón, se limpió los dedos en el repasador y salió al patio de tierra, donde a esa hora de noviembre el calor ya le pegaba en la nuca como una mano abierta.

    Del otro lado de la reja había un hombre de cincuenta y pico, con la camisa de manga corta abotonada hasta arriba y una bolsa de supermercado apretada contra el pecho. En la calle, una camioneta con patente de otra provincia esperaba con el motor andando.

    —¿Usted es la que hace las casitas para Vallecito?

    —Las hago. Pase, que acá afuera se cocina.

    Hacía quince años que Lucrecia armaba maquetas para los promesantes: casas de dos aguas, ranchos, un taller mecánico con el cartel pintado a pincel, hasta una pollería con jaulas de alambre del tamaño de un dedal. Le llegaban pedidos de Caucete, de la ciudad de San Juan, de Jáchal, y todos pedían lo mismo con distintas palabras: que se pareciera. Ella había aprendido pronto que no hacía falta que fuera exacta. Hacía falta que el dueño, parado en la capilla entre cientos de casitas ajenas, reconociera la suya sin leer la placa.

    El hombre se sentó en la cocina sin que se lo ofrecieran y vació la bolsa sobre el hule: una chapa patente oxidada, una foto cortada con tijera y un frasco de mayonesa lleno de tierra.

    —Ramiro Quiroga. Esta era la casa de mis viejos, en Media Agua. La tiraron hace diez años, ahora hay un lavadero de autos. Yo le prometí a la Difunta que, si salía vivo de una ruta en Neuquén, le llevaba la casa. Salí vivo en 2009. Hace quince años que le debo la casa.

    —Quince años es mucho crédito —dijo Lucrecia, y él se rio sin ganas.

    Ella agarró la foto. Era un pedazo de pared, el borde de un delantal y, arriba, un entramado de hojas que tapaba medio cielo. Nada más. Ni techo, ni puerta, ni ventanas.

    —¿Cuántas ventanas tenía?

    —Dos. Una a cada lado de la puerta.

    —¿De qué color la puerta?

    —Azul. Un azul fuerte.

    —¿Para qué lado abría?

    Quiroga abrió la boca y la cerró. Miró la ventana de la cocina, el patio, el tanque de agua sobre el techo del vecino. Lucrecia esperó. Lo había visto muchas veces: el que llega con la casa entera en la cabeza y se encuentra, frente a una desconocida con un lápiz, con que la casa se deshace por los bordes.

    —No sé —dijo al final—. Yo me fui a los once. A veces la puerta es azul y a veces es verde, depende de cuándo me acuerdo. Pero la parra sí. De la parra me acuerdo de todo.

    Se la describió sin que ella preguntara. Un tronco grueso como un muslo, retorcido hacia la izquierda, con una horqueta donde su madre colgaba el balde del agua de los platos. Uva negra que no se podía comer hasta fin de febrero y que igual él comía en enero, con los dientes apretados. Una sombra tan densa a la siesta que en el piso de tierra regada se formaba un círculo más fresco, donde dormía el perro. Hablaba con los ojos en la mesa, y Lucrecia se dio cuenta de que ya no le hablaba a ella.

    —¿Y la casa? —preguntó igual, suave.

    —La casa que sea la que usted quiera. Mientras tenga la parra.

    Ella desenroscó la tapa del frasco. Olía a tierra seca y, muy abajo, a algo dulce y viejo que no supo nombrar.

    —¿Esto de dónde es?

    —Del patio. Antes de que pasaran la máquina fui y llené el frasco. Lo tuve quince años en la alacena y nunca supe qué hacer.

    —Ahora sabe.

    Trabajó cuatro noches. De día había que atender el negocio de su hermana y dar de comer a las gallinas, así que armaba después de la cena, con la radio baja y el ventilador de pie girando para ningún lado. Hizo un rancho de adobe de dos aguas, con las paredes un poco panzonas, porque ninguna casa de ese pueblo había tenido nunca una pared derecha. Dejó la puerta sin pintar. Dos ventanas, una a cada lado, y la puerta entreabierta, para que cada vez que alguien se acordara pudiera ponerle el color que quisiera.

    La parra le llevó más que todo lo demás. Retorció alambre de cobre hasta darle la horqueta, lo envolvió en tiras de papel de diario embebido en cola y lo pintó de marrón rojizo. Para las hojas no quiso usar plástico. Salió al fondo, donde ella misma tenía una parra flaca contra el tapial, y juntó las hojas más chicas, las que ya se iban poniendo amarillas en los bordes. Las secó entre dos libros, las barnizó una por una y las pegó con pinzas de depilar.

    El piso lo cubrió con la tierra del frasco, mezclada con un poco de agua, alisada con el dorso de una cuchara hasta dejar un círculo más oscuro bajo la copa.

    El viernes a la mañana Quiroga llegó con la misma camisa. Había rutas cortadas por los camiones que iban llegando para la fiesta de los camioneros, y se había demorado. Miró la maqueta sobre la mesa sin tocarla, con las manos pegadas a los costados, durante un rato que a Lucrecia le pareció largo.

    —La puerta está abierta —dijo.

    —No supe de qué color. Usted me dijo que a veces azul, a veces verde.

    —Es que era azul —dijo él, despacio, como si lo descubriera—. Era azul cuando llovía, nada más. Con el agua se oscurecía. El resto del año era verde.

    Fueron juntos en la camioneta, con la maqueta en una caja sobre las rodillas de ella y las dos ventanillas bajas. La ruta olía a gomas calientes y a asado de la banquina. Cuando llegaron a Vallecito, la capilla de las casitas estaba llena de gente que se movía despacio entre los techos de cartón, de lata, de madera, de ladrillos chiquitos pegados con cemento de verdad. Había casas con cartelitos, casas con fotos, casas con una sola velita adentro.

    Quiroga buscó un lugar en un estante bajo, entre un chalet de dos pisos y un galpón con una camioneta de juguete en la puerta. Apoyó la caja, apartó con cuidado la tapa y puso la casa. No dijo nada. Se sacó la chapa oxidada del bolsillo y la apoyó contra la pared de adobe, en el lugar donde habría estado el ropero.

    Lucrecia se quedó atrás, junto a la puerta. Desde ahí vio cómo la luz que entraba por el portón alto se partía sobre la casita y caía, entre las hojas barnizadas, sobre el círculo de tierra regada. Una de las hojas, la más chica, se había levantado un poco con el calor de la sala, y la sombra que dejaba en el piso se movió apenas, como si alguien hubiera pasado por debajo.

  • Diez horas bajo las piedras

    Cecilio Choque llegó al mojón a las siete de la mañana, con el diablo al hombro envuelto en un lienzo blanco y la pala de punta cuadrada que usó cuarenta años para mezclar mezcla. En Tilcara el sol todavía no había pasado el cerro, pero la piedra ya tenía ese frío húmedo de las cosas que pasaron la noche solas. Alrededor del montículo había serpentinas viejas, una botella de cerveza partida al medio y un reguero de talco pisado.

    Algo estaba mal. Las piedras de arriba, que él mismo había acomodado en cono el año pasado, estaban sueltas y puestas al revés, con el lado musgoso para abajo.

    —Ramiro —dijo, en voz baja, aunque no había nadie.

    Ramiro era su sobrino y el presidente de la comparsa desde marzo. Tenía treinta y dos años, una camioneta con calcomanías de todos los carnavales de la Quebrada y la costumbre de resolver las cosas por teléfono. Llegó a las siete y diez, con el pelo mojado y dos tamales en una bolsa.

    —Tío, no te enojes.

    —¿Qué hay abajo?

    —Uno nuevo. Lo mandaron de Jujuy, de un taller. Tiene los ojos con espejitos de verdad, y la lana es sintética, no se apolilla. Lo enterramos anoche con los muchachos. Pensé que…

    —¿Lana sintética?

    —Es mejor. Se saca limpio, no huele.

    Cecilio no contestó. Apoyó el bulto sobre una piedra grande y desató el lienzo. El diablo salió con la cara torcida para un costado, como si lo hubieran despertado. Tenía el cuerpo de tela colorada que Cecilio le había comprado a una vecina que cerró la mercería, los cuernos de arpillera tiesos de almidón de papa y la panza llena de lana de oveja que él había lavado en el Huasamayo, cuatro veces, hasta que el agua salió sin color. Olía a albahaca, porque entre la lana había metido una ramita seca. Le faltaba la boca. La había dejado para el final, como se le deja el último ladrillo a la pared que más importa.

    —Ayer a la noche iba a terminarlo —dijo—. Se me cortó la luz.

    Ramiro miró el muñeco un rato largo. Después se agachó, acomodó un mechón de lana que se salía y no dijo nada, que era su manera de dar la razón.

    —Mirá —dijo por fin—. Hoy a las seis bajan los diablos del otro lado del río. Viene gente de Buenos Aires, viene la tele. El que sale de las piedras tiene que verse bien desde lejos.

    —El que sale de las piedras tiene que haber estado en las piedras —dijo Cecilio—. Una noche, siquiera. Tu abuelo decía que el diablo no se desentierra si la tierra no lo conoció.

    —Una noche ya no hay, tío.

    —Diez horas, entonces.

    Se miraron. Del otro lado de la calle una mujer abrió la persiana de un almacén y puso la radio con una cumbia floja. Cecilio sacó de la campera una aguja capotera y un carretel de hilo negro, y se sentó en la piedra sin pedir permiso a nadie. Cosió la boca ahí mismo, con puntadas cortas y parejas, subiendo en curva en las comisuras. Cuando terminó, el diablo tenía una sonrisa de costado, de quien sabe algo que uno no.

    —Ayudame —dijo.

    Sacaron las piedras de a una. Debajo, a un palmo, apareció el otro diablo, envuelto en bolsa de consorcio, con los espejitos tapados de tierra. Era liviano. Cecilio lo levantó con dos dedos, como se levanta a un gato que no es de uno, y lo dejó sobre el lienzo.

    —No lo tires —dijo Ramiro, rápido.

    —No lo voy a tirar. Está bien hecho.

    Lo guardó en el hueco de la camioneta, entre una rueda de auxilio y un cajón de cerveza. Su diablo ocupó el lugar del otro. Cecilio le puso encima un puñado de coca, un chorro de chicha de la botella que traía en el bolsillo y un poco de talco, que le temblaba entre los dedos. Después tapó el pozo, piedra por piedra, con el lado musgoso para arriba.

    —Ahora a esperar —dijo.

    Esperaron el día entero, que en Tilcara es un día largo. A las doce la calle se llenó de gente con espuma en el pelo. A las tres empezaron los tamales y las empanadas fritas en ollas negras, y alguien trajo un tonel de saratoga adornado con flores de papel. Cecilio comió parado, sin sacarle el ojo al mojón. Dos veces se acercó un turista a sacarse una foto sentado en las piedras, y las dos veces Ramiro lo corrió con una sonrisa que parecía una disculpa.

    A las seis menos cuarto los anateros afinaron las anatas y el ruido de la multitud se cortó de golpe, como si hubieran cerrado una puerta. Del otro lado del Huasamayo, sobre la ladera seca, aparecieron los diablos: máscaras con cuernos y espejos, trajes que tiraban destellos de todos los colores, saltos cortos y pesados que levantaban polvo. Bajaron cruzando el río con el agua a los tobillos y la gente les tiró espuma, talco, serpentinas, y gritaba sus nombres.

    Uno de ellos, el más alto, se arrodilló en el mojón. Ramiro dijo unas palabras que nadie escuchó. Los muchachos sacaron las piedras y el diablo metió los brazos hasta los hombros.

    Lo que salió estaba tibio de tierra, apelmazado, con una hebra de albahaca pegada a la frente. El diablo de trapo de Cecilio abrió su boca cosida de costado frente a mil personas, y alguien en el fondo dijo, con una voz de asombro verdadero: “Ese sí que está vivo”.

    Cecilio, pegado a la pared de una casa, se sacó el sombrero. Nadie lo vio. A sus pies, en la polvareda, pasó rodando una serpentina violeta que se enredó en el cordón de su zapato, y él la dejó estar.

  • El nudo de Casimira

    Hilaria Palavecino tenía la alezna clavada en la palma de la mano izquierda cuando el hombre se paró frente a su puesto, en la vereda de Caseros, entre Rivadavia y Sarmiento. No era la herida, que ya conocía de memoria. Era el canasto que él traía contra el pecho, abrazado como si alguien pudiera sacárselo.

    —¿Se puede arreglar? —preguntó—. El fondo se me abrió en el micro.

    Era martes de noviembre, de esos sin turistas, con las termas medio vacías y el calor pegado a la chapa de los toldos. Hilaria dejó la alezna sobre el mostrador, entre los haces de paja brava y los rollos de junquillo, y estiró las manos. El canasto pesaba poco. Estaba tejido en espiral, con la chala teñida de ocre y de un marrón de té fuerte, y tenía la boca ancha, un poco combada de un lado, de tanto apoyarlo en la cadera.

    Lo dio vuelta. El fondo se había aflojado en el centro, donde la espiral arranca. Y ahí, a dos vueltas del arranque, había un nudo fuera de lugar. Un solo nudo, apenas torcido, como una letra que alguien escribió con otra mano.

    A Hilaria se le secó la boca.

    —¿De dónde lo sacó?

    —Era de mi mamá. Lo compró acá, en el ochenta y siete, cuando vinimos a las termas por la artrosis de ella. —El hombre se pasó la mano por la nuca—. Yo vivo en Quilmes. Mi hija se casa en diciembre y quiere llevar el canasto con las cintas. Si se rompe el fondo, se rompe todo.

    —Vuelva a las seis —dijo Hilaria—. Si pierde el micro, hay otro a las ocho.

    —Sale a las seis y diez.

    —Entonces vuelva a las seis menos cuarto.

    Cuando el hombre se fue, ella se quedó mirando el nudo. Su madre, Casimira, había tejido así toda la vida: parejo, parejo, parejo, y en algún lugar de la pieza, uno que no. “Para que el canasto no se crea perfecto”, decía, “y se ponga a mirar de arriba a la gente”. Hilaria, de chica, lo había tomado por una superstición. A los quince, por una vergüenza: si ella no alcanzaba a ser pareja, ¿por qué su madre lo hacía a propósito? Recién a los cuarenta entendió que era una firma. En esa cuadra de Caseros, hace treinta y ocho años, su madre había tenido el primer puesto. Hilaria heredó el lugar, el banquito y la costumbre de no hablar de eso.

    Mojó la paja en la palangana para que se ablandara. Aflojó con cuidado cada vuelta del fondo, una por una, con la punta de la alezna, y las fue apoyando sobre el mostrador en el orden en que salían, como quien desarma un reloj. Del mate de la mañana quedaba un resto frío y se lo tomó igual. Dos puestos más allá, don Medina cortaba cogollo de palma sin levantar la vista, y de la radio de alguien se colaba una chacarera.

    Le dolían los dedos, pero no era eso lo que le pesaba. Había tejido miles de canastos y nunca había tenido que reparar uno de su madre. Cada vuelta que aflojaba traía la mano de Casimira: el apriete justo, el mismo tirón corto hacia la izquierda. Era como corregir una carta ajena sin saber qué pensaba el que la escribió.

    A las cuatro llegó al nudo torcido. Podía enderezarlo. Era lo más fácil y lo más correcto, porque el hombre había pedido un canasto arreglado, no uno con una falla. Lo tuvo un rato entre los dedos, con la paja húmeda oliendo a pasto y a patio mojado.

    Lo dejó donde estaba.

    Rehízo el fondo desde el centro, vuelta tras vuelta, igualando el apriete al de su madre hasta que la espiral volvió a cerrar. Después, sin apurarse, buscó un lugar a la altura del último cuarto de la tapa. Ahí, en la vuelta once, hizo un solo nudo de más. Uno apenas torcido, que no se viera si no se buscaba. Lo ajustó y cortó la punta con los dientes, como siempre.

    A las seis menos cuarto el hombre volvió casi corriendo, con la mochila al hombro. Hilaria le dio vuelta el canasto para mostrarle el fondo. Él lo apoyó sobre el mostrador y lo golpeó con los nudillos, y sonó firme, como un tambor chico.

    —Está igual —dijo—. No se nota que lo arreglaron.

    —Algo se nota —contestó ella—, pero hay que saber mirar.

    No quiso cobrarle más que la paja. El hombre insistió y dejó unos billetes junto a la palangana, y se fue por Caseros apurado, con el canasto contra el pecho. Hilaria lo miró hasta la esquina de Sarmiento. Después se sentó en el banquito, se sacó la espina de la palma con la uña, y se tomó el último sorbo del mate, que a esa hora ya estaba tibio.

    En diciembre, en un salón de Quilmes, una chica iba a llevar ese canasto con cintas blancas, y en el fondo iban a quedar dos nudos torcidos, uno al lado del otro, de dos manos que nadie le iba a explicar.