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  • La cal que no se lava

    Norberto Gigena colgó el balde de cal del manubrio de la bicicleta y empujó el portón de chapa del Club Defensores de la Barranca con el hombro, porque la cadena hacía tres años que no cerraba. Eran las siete menos cuarto de un sábado de octubre. En Tablada olía a humo de parrilla vecina y a río, ese olor a barro tibio que sube del Paraná cuando no hay viento.

    La cancha estaba como siempre: pelada en el medio, con pasto ralo en las puntas y un charco permanente en el área del lado de las vías. Norberto había trabajado treinta y dos años en el Matadero, en la playa de faena, y desde que se jubiló tenía un solo oficio, que nadie le pagaba: marcar la cancha los sábados, antes del partido de la Cuarta.

    Dejó la bicicleta contra el alambrado y sacó del canasto lo que llevaba siempre. El ovillo de piolín, dos estacas de hierro de obra, la cinta métrica de lona, el balde con la cal apagada de la noche anterior. La máquina de marcar, una carretilla con ruedita que le había comprado el club en el noventa y ocho, estaba desarmada en el vestuario, esperando un repuesto que nadie iba a traer.

    —¿Otra vez con el piolín, don Norberto?

    Era Yami, el pibe del arco, que llegaba siempre temprano porque en su casa no había dónde estar. Tenía catorce años, guantes de arquero dos números más grandes y un buzo de Central Córdoba heredado de un primo.

    —Con el piolín. La línea derecha sale de la cabeza, no de la máquina.

    —Dicen que la semana que viene vienen las topadoras.

    Norberto clavó la primera estaca en el vértice, junto al banderín de la esquina, y tensó el hilo hasta la otra punta. No contestó. Sabía lo que se decía. La comisión había vendido el predio a la Municipalidad en junio, para hacer una plaza con juegos y una posta de salud, y el último partido en esa cancha era hoy. A Yami nadie se lo había dicho con esas palabras, pero los chicos se enteran de todo por el aire.

    Mojó la brocha ancha en el balde y empezó a caminar. La cal chorreaba blanca y espesa sobre la tierra seca, y detrás de él iba apareciendo la raya, derecha como una regla, de un blanco que dolía en los ojos. Cada tanto se agachaba, con las rodillas crujiendo, para rellenar un hueco donde la brocha había pasado alto.

    —Mi viejo me enseñó así —dijo, sin mirar a Yami—. En la playa de faena también se tiraba una línea con piolín, para alinear las medias reses. Parecía otra cosa, pero era lo mismo. Una línea para que todo quede en su lugar.

    —¿Y por qué no la hace la máquina?

    —Porque la máquina no se equivoca, y yo sí. Y cuando me equivoco, se nota que la hizo una persona.

    Yami se rió por la nariz. Se puso a patear una pelota contra el travesaño caído, ese que sostenían con un alambre.

    A las ocho y media llegaron los otros. Cacho, el técnico, con el termo bajo el brazo y la planilla de la liga doblada en el bolsillo. Dos madres con una bolsa de pan para los sándwiches de milanesa. Un padre que no sabía dónde dejar el auto y lo dejó sobre la vereda, con las balizas puestas. Nadie habló de las topadoras. Cacho apenas levantó el termo, a modo de saludo, y Norberto levantó la brocha.

    Al terminar el área grande del lado de las vías, el balde estaba casi vacío. Faltaba el círculo central. Norberto ató el piolín a la estaca, la clavó en el punto del medio y empezó a girar con el balde, despacio, como quien reza. Le salió el círculo más lindo de los últimos años. Se enderezó, se apretó los riñones y lo miró.

    —Quedó redondo, don.

    —Quedó redondo.

    El partido empezó a las diez y fue malo. Defensores perdió dos a uno con un equipo de Villa Manuelita, y el arquero, Yami, se comió un gol por el piso, entre las piernas, que lo dejó con la cara roja hasta las orejas. Pero atajó un penal en el segundo tiempo, tirándose a su izquierda con todo el cuerpo, y la gente, que eran quince personas contadas, aplaudió como si fuera una final. Norberto, sentado en el cajón de verduras que usaba de silla, no aplaudió. Se limitó a asentir, despacio, una sola vez.

    Cuando se terminó, los dos equipos se fueron al vestuario a los gritos y a las cargadas. Las madres juntaron los vasos. Cacho apagó el termo. Norberto se quedó solo, mirando las líneas, ya deshechas por los botines. El área chica se había borrado casi entera. El círculo del medio tenía un tajo por donde alguien había corrido con la pelota.

    Entonces se acordó del balde. Todavía quedaba un resto de cal en el fondo, un cuarto de litro pegoteado, que no alcanzaba para nada. Lo miró un rato. Agarró la brocha, se agachó en el punto del medio, donde la estaca había dejado un agujerito, y lo rellenó con cal. Un puntito blanco, del tamaño de una moneda.

    —Eso no sirve para nada —dijo Yami, que lo miraba desde el alambrado, con los guantes colgando.

    —No.

    —¿Y entonces?

    —Y entonces queda.

    El pibe no entendió, pero se quedó parado ahí. Norberto guardó el piolín, desarmó las estacas, enganchó el balde en el manubrio. Al salir, cerró el portón como pudo, con la cadena enroscada dos veces, aunque nadie iba a entrar a robar nada.

    Esa noche llovió. Cuando el lunes llegaron las topadoras, a las siete, el barro ya había borrado todas las rayas. Pero el hombre de la pala, que era joven y no sabía nada de nada, vio en el medio de la cancha un círculo blanco, chiquito, que la lluvia no había terminado de lavar. Frenó la máquina, miró un rato, y dio la vuelta por el costado.

  • La rosa bajo el cardán

    Saverio Cantarella mojó el pincel de marta en el barniz de la lata de dulce de membrillo que usaba de pocillo y no lo sacó hasta que la cerda quedó pareja, afilada, sin una gota de más. Eran las siete menos veinte de la mañana y el galpón de la carrocería, sobre la avenida Sáenz, en Pompeya, todavía olía a la noche: a aserrín húmedo, a chapa fría, a cola de carpintero.

    Adelante, con el chasis sin terminar y el techo recién empastado, estaba el interno del señor Montiel. Un colectivo entero, color crema y verde, con la plancha de atrás lisa como una mesa.

    —Don Saverio —dijo Beto, el aprendiz, que tenía diecisiete años y las manos manchadas de minio—. Llegó el papel.

    —¿Qué papel?

    —El de la municipalidad. Lo trajo el encargado. Dice que desde ahora no se puede pintar nada. Ni filetes, ni guardas, ni frases. Solamente el nombre de la empresa.

    Saverio dejó el pincel sobre el borde de la lata. Tenía setenta y un años y había empezado a los catorce, en un taller de la calle Paseo Colón, cuando todavía los carros de reparto iban a caballo hasta el mercado de San Telmo. Había pintado rosas, cintas, dragones de hoja de acanto, el nombre de un panadero con una espiga a cada lado, la Virgen de Luján en un camión de hielo. Había pintado frases: «Mi mujer me espera», «No me alcanza ni el aire», «Lo que Dios da, el flete se lo lleva».

    —Mostrame el papel.

    Beto se lo dio. Saverio lo leyó entero, moviendo apenas los labios, y lo dobló en cuatro.

    —Entonces este es el último —dijo.

    —No, don. El de Montiel todavía no lo entregamos. Si usted quiere…

    —Si yo quiero, pierdo la firma de la casa. Y la casa pierde el cliente. Y vos perdés el trabajo.

    Beto bajó la vista. Del otro lado del galpón, un martillo empezó a golpear una chapa, tan-tan-tan, regular como un latido.

    Saverio caminó alrededor del colectivo con las manos a la espalda. Se agachó, con trabajo, hasta quedar a la altura de las ruedas. Miró el chasis desnudo, el travesaño de hierro negro, el hueco por donde pasa el cardán. Un lugar donde nadie mira, donde no llega la inspección ni la mirada del pasajero. Se quedó un rato así, con las rodillas crujiendo.

    —Traeme el banquito —dijo—. Y la lámpara.

    —¿Qué va a hacer?

    —Trabajar.

    Pasó la mañana tendido en el piso sobre una bolsa de arpillera, con la lámpara colgada de un alambre y el rostro a veinte centímetros del metal. Primero el trazo largo, de un solo aliento, que sale de la punta del pincel como si la mano no lo decidiera. Después la voluta, que se enrosca y se suelta. Después la rosa. Beto, sentado en cuclillas a su lado, le alcanzaba el bermellón, el amarillo de cadmio, el blanco con el que se hacen las luces.

    —Se va a gastar la vista, don.

    —Se me gastó hace rato. Ahora veo con la mano.

    —¿Y para qué, si nadie lo va a ver?

    Saverio no contestó enseguida. Del fondo del galpón venía el olor del mate que alguien cebaba, y la radio, bajita, con un tango de Troilo que se cortaba cada tanto por la estática.

    —Mi maestro, Vicente, me enseñó una cosa —dijo al fin—. Me dijo que el filete no es para que lo vean. Es para que el que lo hizo se acuerde de que estuvo.

    —Eso es una frase.

    —Y sí. Pero la dijo él, y a él le creía.

    Al mediodía la rosa estaba terminada. Era chica, del tamaño de una mano abierta, con seis pétalos rojos sombreados en bordó, dos hojas verdes con la nervadura dorada y, debajo, una cinta enroscada donde Saverio escribió, con letra inglesa, despacio, cinco palabras: «Acá estuvimos. Pompeya, 1975».

    Beto la miró con la cabeza ladeada. Después, sin que nadie se lo pidiera, buscó un trapo, se arrodilló y le dio un soplido a la cinta para que se secara más rápido.

    —Cuando se seque, le pasamos el antióxido por encima, transparente —dijo Saverio—. Que dure.

    —¿Cuánto?

    —El tiempo que dure el colectivo. Treinta años, si lo cuidan.

    A las tres de la tarde llegó el señor Montiel, un hombre de bigote prolijo y saco gris, que le pagó a Saverio en un sobre y recorrió el colectivo con aire de comprador de caballos. Le golpeó la chapa con los nudillos. Le miró los asientos. Se subió, se sentó en el lugar del chofer y tocó la bocina, que sonó ronca, de camión.

    —Está bien —dijo—. Lástima lo de los dibujos. Los pasajeros se acostumbran.

    —Se van a acostumbrar a lo otro también —dijo Saverio.

    —¿Perdón?

    —Nada, don Montiel. Que ande bien.

    Lo vieron salir por el portón. Había empezado a llover, una llovizna fina, de esas que no mojan pero lo ponen todo brillante. El interno, crema y verde, con el número bien grande y el nombre de la empresa en letras de molde, giró hacia la avenida Sáenz, subió hacia el puente Alsina, cruzó el Riachuelo con un golpe sordo sobre las juntas, y se perdió entre los autos.

    Beto se quedó mirando hasta que no hubo más nada que mirar.

    —¿Sabe una cosa, don? —dijo.

    —¿Qué?

    —Yo creo que esa rosa va a andar por todos lados. Por Lanús, por Constitución, por el Abasto. Va a ver cosas que nosotros no.

    Saverio se sacó los anteojos. Se frotó el puente de la nariz.

    —Lo mismo hacemos todos —dijo—. Andamos por ahí con lo que alguien pintó donde no se ve.

    Se puso la boina. Tomó la lata de membrillo con los pinceles adentro, la apoyó con cuidado en el estante, junto a las otras, y apagó la lámpara.

    Esa noche el colectivo hizo su último recorrido bajo la lluvia, vacío, camino a la cochera. Por debajo, entre el cardán y el eje, en la oscuridad del hierro, una rosa roja con seis pétalos iba girando hacia adelante, sin que nadie la mirara, a cincuenta kilómetros por hora.

  • La última de las tres

    Nené Oyarzún llevaba veintinueve temporadas sirviendo café en la bodega del yate y nunca había visto encenderse el faro. Lo sabía de oído: los pasajeros lo contaban en la fila del termo, los capitanes lo mencionaban por radio, su nieta lo había dibujado una vez con un rayo amarillo saliéndole del techo. Ella, mientras tanto, estaba abajo, entre la cafetera y la caja de alfajores, contando vasitos.

    En abril los turnos de las tres de la tarde volvían con el sol ya caído. Eso era el secreto, y ella lo había entendido recién este año, cuando el doctor le dijo que la rodilla no le daba para otra temporada y la empresa le propuso, con mucha cortesía, quedarse en tierra, en la boletería del Muelle Turístico.

    —Hoy es la última, Nené —dijo Darío, el capitán, mientras soltaban amarras sobre la avenida Prefectura Naval, con el viento helado metiéndose por las ventanillas—. Después te vemos con campera de oficina.

    —Después me ven con campera de oficina —repitió ella, y le ofreció un café que él no había pedido.

    Salieron a las tres y diez. Veintidós pasajeros: una cuadrilla de jubilados de Rosario, una pareja de coreanos con equipo de fotografía, un chico de unos nueve años con gorro de lana y la cara pegada al vidrio. Nené preparó las bandejas como siempre, con las manos que sabían solas. Sobre la mesada, el vapor del agua se pegaba a la ventana y borraba el Monte Olivia, que ella igual conocía de memoria.

    —¿Usted no sube a ver los lobos? —le preguntó la señora de Rosario.

    —Tengo el café.

    —Pero qué lástima, con lo lindo que está.

    Nené sonrió. Veintinueve años de lástimas. Servía, cobraba, limpiaba el derrame de azúcar. Por la escotilla alcanzaba a oír el murmullo de la gente en cubierta cuando pasaban frente a la isla de los Lobos, y el olor llegaba hasta abajo, fuerte, a pescado y a sal, y los lobos marinos roncaban como motores viejos. Después las gaviotas. Después el silencio de los que miran.

    A las cinco y media, cuando el barco se acercaba a Les Éclaireurs, la bodega se llenó de gente que bajaba a entrar en calor. Fue la hora brava. Nené no levantó la vista de la cafetera durante cuarenta minutos. Cuando por fin se secó las manos, el barco ya había dado la vuelta al islote y enfilaba hacia el Paso Chico. Por la ventanilla, la luz tenía un color que ella conocía pero nunca había mirado con atención: un gris azulado, de pizarra, con una raya naranja detrás de las montañas.

    —Señora.

    Era el chico del gorro. Había aparecido junto a la mesada, con el vaso de chocolate caliente en las dos manos.

    —¿Usted nunca vio el faro?

    —Lo vi de día. Es chiquito, de rayas rojas y blancas.

    —No. De noche. Mi papá dice que cuando se hace de noche se prende solo y que desde acá se ve todo.

    —Tu papá sabe.

    —¿Y entonces por qué no sube?

    Nené abrió la boca para contestar lo del café y no le salió. El chico la miraba sin apuro, de ese modo en que los chicos miran cuando no quieren ser amables sino saber.

    —Porque nunca me tocó —dijo al fin.

    —Venga, yo le muestro.

    —Tengo la caja, nene.

    —Yo se la cuido.

    Se rieron los dos. Pero entonces Darío asomó la cabeza desde el puente, con la gorra torcida y la voz medio ronca.

    —Nené. Subí.

    —No puedo, hay gente.

    —Hay gente que se sirve sola. Subí, que no tenemos mucho.

    Ella apagó la cafetera. Se sacó el delantal, lo dobló sobre la silla, y la rodilla le protestó en cada escalón de la escalerita de aluminio, uno por uno, hasta que la puerta de cubierta se abrió y el aire le pegó en la cara como una mano fría y limpia.

    Afuera ya no había más que agua oscura y el cielo todavía claro en el borde. A estribor quedaban las islas, bajas, negras. Detrás, hacia el oeste, las montañas se recortaban en filo contra una franja de color durazno. Y al fondo, apenas un punto sobre las rocas, lejos, achicándose, el faro.

    Nené se agarró de la baranda. Esperó. Los coreanos habían guardado las cámaras, los jubilados cantaban bajito algo de Sandro, y el chico, a su lado, le prestó un guante.

    —Ya va a pasar —dijo.

    —¿Cuánto falta?

    —No sé. Pero va a pasar.

    El viento le llenó los ojos de agua. Pensó en su marido, que había trabajado treinta años en el puerto y había muerto sin conocer el mar de noche. Pensó en la rodilla, en la boletería, en las toses de la cafetera que iba a extrañar más que a cualquier persona. Y mientras pensaba, a lo lejos, sobre el islote, algo se prendió.

    Fue un gesto simple, sin música: una luz blanca, pequeña, que apareció y siguió ahí, firme, en medio de todo ese negro. La costa de Ushuaia, mucho más atrás, empezaba a llenarse de ventanas encendidas. El agua tomó el color del metal.

    —¿Vio? —dijo el chico.

    Nené no contestó enseguida. Sacó la mano de la baranda y se la puso en la boca.

    —Vi —dijo.

    Se quedó parada hasta que el barco dobló en Paso Chico y el faro desapareció detrás de una isla. Después bajó, se puso el delantal, prendió la cafetera. Los jubilados pidieron café con leche. Ella los sirvió despacio, uno por uno, con una mueca que no se le iba de la cara.

    En el muelle, cuando el último pasajero se fue, Darío le dio la mano para bajar.

    —¿Y?

    —Se prende solo —dijo Nené—. Como me dijeron.

    Caminó por la avenida con la llave de la boletería en el bolsillo, bajo las luces de la costanera, y no se dio vuelta a mirar el barco. Tenía algo mejor para llevar: la rayita blanca sobre el agua, guardada atrás de los ojos, de la forma en que se guarda una moneda buena.

  • La cuna de mimbre de Leonor

    A las seis, con la marea todavía baja, Leonor Cabral clavó el último atado de mimbre en el barro del arroyo para lavarlo y se dio cuenta de que los brotes ya se le habían adelantado. Eran apenas unas uñitas verdes en los nudos de las varas, pero estaban. Hacía cuatro meses que ese mimbre esperaba espichado en la tierra de la huerta, con las puntas al cielo y los pies hundidos, y la primavera había llegado antes que ella.

    —Se te viene la savia, Leonor —dijo Ramiro desde la lancha, sin apagar el motor—. Después no se pela más.

    —Ya sé.

    —Y a la tarde cambia el viento. Sudestada, dice la radio.

    —También sé.

    Ramiro era su cuñado y le llevaba y le traía todo lo que no se podía llevar a pie, que en el arroyo Rico era casi todo. Esa mañana le había dejado en el muelle el termo, la bolsa de pan de Tigre y una caja con las cuchillas de pelar que había mandado afilar. Ella le agradeció con un gesto. Tenía las manos mojadas y la espalda ya cansada, y todavía quedaban veinte atados.

    Pelar mimbre es un trabajo de oído. Se toma la vara de la punta, se la pasa entre el palo y la rama de la horqueta y se tira con un solo movimiento, parejo, y la corteza se abre con un chasquido como de tela. Si la vara está en su punto sale entera y queda blanca, mojada, con olor a leche vegetal. Si está pasada, la corteza se queda pegada y hay que raspar, y raspar echa a perder la vara. Leonor llevaba cuarenta años escuchando ese chasquido. Esa mañana lo escuchaba en las primeras diez varas y después, de a poco, empezó a escuchar otra cosa, un arrastre, un tironcito flojo.

    Dejó de trabajar. Se limpió las manos en el delantal y fue hasta el atado más viejo, el de la punta de la huerta, que había clavado primero. Lo sacó de la tierra, lo sacudió y lo probó. La corteza salió limpia. Probó el último, el que había clavado tarde, a principios de julio, cuando le dolía la cadera. Ese no salía.

    Hizo la cuenta en voz alta, como hacía su madre. Veinte atados de una arroba, diez kilos cada uno. Doscientos kilos. Si empezaba por los más pasados, y los dejaba mojándose en el arroyo para que la corteza ablandara, tal vez a la una terminaba con la mitad. Con la sudestada no iba a poder cruzar a la dársena de Los Mimbreros hasta dentro de tres días. Y el pedido de la cooperativa era para el viernes.

    —¿Para qué es tanto apuro? —le había preguntado Ramiro el domingo.

    Ella no había contestado. El pedido era de una señora de Núñez que quería una cuna de mimbre blanco, entera, sin falsa ni mimbre partido, de las que ya casi no hacía nadie. Se la encargaba para una nieta que nacía en diciembre. Leonor la había hecho una sola vez, en 1991, para su propia hija, y todavía la tenía en el altillo, con el mimbre ya color miel. Cuando vio el pedido, se dijo que ese iba a ser el último trabajo grande. No se lo dijo a nadie. Las manos le temblaban cuando agarraba la sierra, y ya sabía lo que eso significaba.

    A las nueve tenía pelados seis atados. A las once, once. El sol había salido flaco, con un velo, y en el aire había un olor dulce y pesado que ella conocía: el río ya estaba cambiando. Las gaviotas bajaban hasta la orilla y se quedaban paradas, con las plumas hacia el mismo lado.

    Al mediodía llegó Ramiro otra vez, esta vez con su hijo, Matías, que tenía diecinueve años, cursaba la facultad en Buenos Aires y no pelaba mimbre desde chico.

    —Vine a ver si les doy una mano —dijo, y miró las varas blancas tendidas sobre los caballetes—. Tía, ¿esto qué es?

    —Es trabajo. Agarrá una horqueta.

    Matías agarró una vara con las dos manos y tiró, y la corteza se le rompió a la mitad. La miró, sorprendido. Leonor no se rió. Le mostró cómo se apoyaba el pulgar, cómo se contenía la respiración justo antes del tirón. A la tercera, la vara salió entera. El chico levantó la vista con una cara de triunfo que ella le había visto a su hija, a los ocho años.

    —Otra —dijo ella.

    Pelaron juntos hasta que el cielo se puso color estaño. Ramiro desató la lancha del muelle y la amarró doble, porque las olas del Sarmiento ya empezaban a empujar las boyas. A las cuatro quedaban tres atados. A las cinco, uno.

    El último era el de julio, el que no quería salir. Leonor lo puso en el arroyo, con el agua hasta las rodillas, y lo dejó un rato largo. Después se lo dio a Matías.

    —Este es tuyo.

    —No va a salir.

    —Va a salir si no tirás como un loco. Despacio. Escuchá.

    El chico se quedó callado. Con la lluvia fina cayéndole en el pelo, probó con una vara. La corteza se abrió con un crujido apenas, un chasquido corto, y se fue deslizando hacia abajo, entera, hasta la base. Matías soltó el aire.

    —Salió.

    —Por supuesto que salió.

    A las seis y media los doscientos kilos estaban pelados y atados bajo el alero del galpón, con una lona encima y piedras en las esquinas. La sudestada ya sacudía los sauces. Ramiro dijo que la lancha se quedaba en el muelle hasta el viernes, y que el viernes, si Dios quería, cruzaban.

    Esa noche cenaron los tres en la cocina, con el calor de la salamandra, y afuera el agua subió hasta el segundo escalón del muelle, hasta el tercero, y se quedó ahí, golpeando suave contra los pilotes. Leonor se levantó dos veces para mirar los atados. Las dos veces estaban secos.

    A la mañana siguiente, mientras el viento seguía soplando, subió al altillo y bajó la cuna vieja. Le sacó el polvo con un trapo, la apoyó sobre la mesa y la miró de cerca. El mimbre había tomado el color de la miel y de la tarde, y los nudos de la trama, tantas veces rozados, brillaban como si alguien los hubiera pulido a mano. Matías se quedó parado en la puerta.

    —¿Y esta?

    —La hice yo.

    —Está perfecta.

    Leonor tomó una vara blanca, todavía húmeda, y la puso junto a una de miel. Eran del mismo árbol, pensó, con treinta años de diferencia.

    —Mirá cómo se hace el borde —dijo, y le acercó la cuchilla—. Una sola vez te lo explico.

  • La pluma de la caja de zapatos

    A las nueve de la mañana, el galpón de la calle Estrada ya hervía. El sol pegaba en las chapas y adentro olía a pegamento, a tinte y a plumas mojadas. Amalia Vergara, sentada en su banquito de siempre, con el termo entre los pies, tenía en la falda una sola pluma de faisán blanca. Era corta, un poco combada, con la barba rala de tanto guardarla en una caja de zapatos.

    Esa pluma había desfilado en 1989. Amalia tenía entonces veintisiete años, un traje que le apretaba en las costillas y un espaldar que pesaba lo mismo que una nena de cinco. Esa noche, al final de la pasarela, el espaldar se le soltó de un lado y ella lo sostuvo con el brazo derecho durante los últimos cien metros, sonriendo para los jurados. Al volver al galpón encontró la pluma tirada en el barro del fondo. Nadie la había pedido. Se la guardó.

    Treinta y siete años después seguía cosiendo para la comparsa. Ya no desfilaba, claro. Le habían dado el taller de las lentejuelas, un pasillo largo con estanterías llenas de gemas de plástico, y desde diciembre trabajaba doce horas por día, como todos, hasta que el primer sábado de enero se acercaba y la palabra «horario» dejaba de significar algo.

    —Amalia, ¿me pasás la pistola? —gritó Brian desde el otro lado, trepado a una escalera.

    —Está donde la dejaste.

    —No está.

    —Entonces la dejaste donde no está.

    Se rieron los dos. Brian tenía veintidós años y la había adoptado como a una abuela de guardia. Ella le cebaba mate, él le cargaba las cajas.

    Esa mañana ella había decidido algo que no le contó a nadie. El espaldar de la bastonera llevaba trescientas cincuenta plumas, todas importadas, todas iguales, cada una clavada en su varilla con una inclinación que el soldador había medido a ojo durante tres semanas. Faltaba una sola varilla, la última, abajo y a la izquierda, donde el hierro se doblaba hacia adentro y nadie la iba a ver. El director había dicho que esa la completaran con lo que sobrara.

    Amalia se puso los anteojos y tomó el pomo de tinte negro.

    —¿Qué hacés? —preguntó Brian, que había bajado de la escalera sin que ella lo oyera—. Esa pluma es vieja. Se te va a deshacer.

    —Las viejas se tiñen. Cuando una pluma llega a su final, la pasan a negro. Se lo escuché decir mil veces al viejo Cortés, que en paz descanse.

    —Pero es blanca. Va a quedar rara.

    —Va a quedar donde tiene que quedar.

    La metió en el tinte con la pinza, la dio vuelta, la sacó, la dejó escurrir sobre un diario. La pluma empezó a oscurecerse desde la punta, despacio, como si alguien la dibujara. Amalia la miró un rato largo. Después la secó con el secador, la peinó con un cepillito de dientes y la ató a la varilla con alambre finito, tres vueltas, un nudo, otras tres.

    —No encaja —dijo Brian, agachado al lado de ella—. Está más corta que las otras. La van a ver.

    —No la va a ver nadie.

    —Yo la veo.

    —Vos estás a diez centímetros.

    Brian se quedó callado. Después buscó entre las cajas un trocito de plumón negro y se lo alcanzó sin decir nada. Ella lo pegó en la base, para disimular el hueco entre la pluma corta y la varilla. Se miraron.

    —Ahora sí —dijo él.

    El sábado a la noche hacía un calor pegajoso, de esos que no se van ni con el sol puesto. En la pasarela del Corsódromo, sobre el predio de la vieja estación, las luces eran tan fuertes que parecía de día. Amalia no tenía entrada; tenía el pase del galpón, y con eso se paró contra la valla, detrás de los bomberos, con una botellita de agua tibia en la mano. Escuchaba el redoble de la batucada subir por la calle como una ola.

    La comparsa tenía una hora para recorrer los quinientos metros, con cinco minutos de tolerancia, y ella conocía el reloj de memoria. Vio pasar la comisión de frente, los ballets, las carrozas altísimas con sus piezas girando despacio. Vio pasar la reina. Y vio venir, al final, a la bastonera, con el espaldar abierto detrás como un abanico de fuego, trescientas cincuenta plumas que se movían todas juntas con el paso de la chica.

    Amalia no buscó la pluma. No hacía falta. Sabía dónde estaba: abajo, a la izquierda, un poquito más corta, apenas más oscura que las otras negras, donde el hierro se doblaba hacia adentro.

    El espaldar pasó frente a ella. La chica giró y todo el semicírculo giró con ella, y por una fracción de segundo, en medio del brillo, algo se inclinó apenas distinto, apenas a destiempo, y volvió a su lugar.

    Treinta y siete años después, la pluma terminaba el recorrido.

    —¿Viste? —le gritó Brian al oído, de golpe, sin saber siquiera si ella miraba—. ¡Pasó entera!

    Amalia asintió. No se acordaba bien de cómo respirar. Se quedó parada un rato más, con la botellita en la mano, mirando cómo se alejaba la luz por la pasarela hacia la oscuridad del final, hasta que la última pluma se confundió con las otras y ya no pudo decir cuál era.

  • La motoniveladora de Ovidio

    A las cinco y diez de la mañana, Ovidio Salvatierra ya tenía el termo lleno y la campera de la municipalidad colgada del respaldo, aunque hacía tres años que nadie le pagaba por ponérsela. Afuera nevaba de costado. Desde la ventana de la cocina, en la calle Deloqui, no se veía ni el canal ni las luces del puerto, solo una pared blanca que se movía.

    —¿Vas a salir con este tiempo? —preguntó Nora desde la pieza, sin levantar la cabeza.

    —Voy a ir hasta el corralón.

    —Ovidio.

    —Hasta el corralón. A mirar.

    Caminó las siete cuadras con la nieve hasta los tobillos, midiendo cada paso en las veredas sin sal. El corralón municipal olía a gasoil y a hierro mojado. El sereno, un muchacho flaco que le decía «don Ovi», le abrió el portón sin preguntar nada. Todos sabían por qué había venido. Desde la noche anterior, cuando la nevada cerró el camino al Martial, lo sabía todo Ushuaia: la carrera de esquí infantil se suspendía si no se abría la ruta hasta la base antes de las diez.

    La motoniveladora grande estaba rota. Una manguera hidráulica, dijo el sereno, de las que no se consiguen en la isla; había que esperarla del continente en el barco, y el barco llegaba el viernes. La otra, la vieja amarilla del fondo, la que Ovidio había manejado veintidós años, estaba tapada con una lona y sin batería.

    —Esa no anda, don Ovi.

    —Esa anda. Lo que no anda es el que la dejó así.

    Se sacó los guantes. Levantó la lona y la máquina apareció entera, con su cuchilla mellada y la cabina de vidrios chicos, y le puso una mano en el capó como se le pone a un caballo. Estaba helada. Adentro del asiento, todavía, había un hueco con la forma exacta de su espalda.

    Tardó una hora en conseguir una batería prestada del camión de los bomberos. Tardó otra en purgar el combustible con las manos en carne viva, soplando para entrar en calor, mientras el sereno le alcanzaba mate y una factura de dulce de leche que se había congelado en la bolsa. A las siete y media el motor tosió, escupió humo negro y se quedó rezongando.

    —Qué bestia —dijo el muchacho.

    —Ni me hables. Esperá que se caliente.

    Salió del corralón a las ocho menos cuarto. La nieve seguía, pero ya sin el viento del sur, y las lengas del camino, cargadas de blanco, se inclinaban sobre la huella como gente que escucha. Ovidio manejaba parado casi sobre los pedales, con el cuerpo acordándose antes que la cabeza. Bajar la cuchilla, un cuarto de giro, empujar la nieve hacia la banquina, no tocar la piedra. Veintidós años de eso.

    En la primera curva se le apagó el motor.

    Se quedó quieto, con las manos en el volante. Del otro lado del parabrisas, la nieve caía sin apuro y el silencio era enorme. Pensó en su nieta Ayelén, de nueve años, que había practicado todo el invierno en el cerro con unos esquíes heredados de una prima, y que la noche anterior le había preguntado, cuidándose de no pedirle nada: «Abuelo, ¿vos tuviste que ver con las máquinas, no?». Había dicho que sí. Nada más.

    —Dale, vieja —murmuró.

    Probó la llave. Nada. Probó otra vez, y a la tercera el motor se despertó con un ruido de tos larga.

    Cuando llegó a la altura del refugio ya había dos autos varados atrás, esperando a que abriera paso, y una camioneta del club de esquí con las luces prendidas. Nadie tocaba bocina. Ovidio los miraba por el espejo, chiquitos, cada vez más lejos, y sentía en el pecho algo que no sabía bien si era orgullo o miedo de que se notara.

    A las nueve y veinte llegó a la explanada de la base. Giró en tres movimientos, como le habían enseñado, y dejó la máquina atravesada para que la nieve del último tramo no volviera a cerrar. Apagó. Le temblaban las rodillas. En la cabina hacía frío, y la mano que había tenido el volante tres horas seguidas ya no se le abría.

    Alguien golpeó el vidrio. Era Bautista, el entrenador, con la nariz roja y un gorro de lana con pompón.

    —No lo puedo creer. ¿Usted la trajo sola desde el corralón?

    —Sola no. Con esta —dijo Ovidio, y palmeó el tablero.

    Bajó con cuidado, agarrándose del pasamanos. Abajo, en la explanada, ya se juntaban los chicos con sus cascos de colores, los padres con termos, una señora con una bolsa llena de bizcochuelos. Entre todos, Ovidio buscó el casco verde.

    Ayelén no corrió hacia él. Se quedó parada con los esquíes al hombro, mirándolo desde lejos, y después levantó una mano enguantada y la dejó en el aire, un segundo, como quien saluda a un barco que sale.

    A las diez y cuarto, con el cielo abierto de golpe, se dio la largada. Ovidio miró la bajada entera desde el costado de la máquina, con el mate en la mano y el valle de Ushuaia al fondo, el canal color acero, el Monte Olivia apareciendo entre las nubes. Contó doce chicos, nueve caídas, y una que bajó recta, sin mirar a ningún lado, con el casco verde inclinado hacia adelante.

    No ganó. Salió cuarta, y se enojó. Pero cuando llegó abajo vino igual hasta la motoniveladora, trepó al estribo con las botas llenas de nieve y se asomó a la cabina.

    —¿Me dejás sentarme?

    Ovidio le hizo lugar. La nena se acomodó en el asiento todavía tibio, le tocó la palanca con las dos manos y miró por los vidrios chicos el camino que él había abierto, una cinta oscura entre las lengas blancas, derecha hasta el valle.

    —Se ve todo desde acá —dijo.

    —Todo —dijo el abuelo, y no agregó nada más.

  • La botella bajo la Movediza

    Nino Peretti salió de la casilla con la vianda de su padre en una mano y la botella en la otra. La vianda era una lata de dulce de membrillo reciclada, con tapa de alambre, y adentro iban dos milanesas frías entre pan y un huevo duro. La botella la había lavado tres veces en el aljibe, porque tenía que estar limpia para que se viera bien lo que le pasara.

    Era jueves, 29 de febrero, y el calor de las sierras pegaba en la nuca como una mano abierta. Nino tenía once años, y desde el verano pasado estaba en cuenta con un asunto pendiente: poner una botella bajo la Piedra Movediza, esperar a la mañana siguiente y comprobar con sus ojos si la piedra, que todos decían que se mecía, la aplastaba o la dejaba entera.

    Los turistas lo hacían. Bajaban del tren desde Buenos Aires con sombreros de paja y paraguas, subían al cerro en jardinera y le ponían una botella al borde, y los chicos del barrio cobraban dos centavos por cuidársela hasta el día siguiente. Nino nunca había cobrado nada porque nunca había tenido una botella propia. Esta se la había dado el almacenero Zubiría a cambio de mandados.

    Cruzó el camino de tierra entre las casillas de chapa. En los patios, las mujeres colgaban ropa blanca sobre las piedras para que se secara rápido. Se oía, desde las canteras, el golpe parejo de las cuñas: tac, tac, tac, y un silencio, y otra vez tac, tac, tac. Los picapedreros iban acomodando adoquines en pilas, de a cientos, para el tren de la tarde. Su padre, Remigio, hacía doscientos cincuenta por día y no se quejaba más que de la espalda.

    —¡Nino! —le gritó doña Carmela desde la tranquera—. ¿Adónde vas con esa botella?

    —A la Movediza.

    —Dejate de macanas. Llevale la comida a tu padre y volvé.

    —Voy a ir después.

    —Vas a ir y te vas a caer, ya vas a ver.

    Nino siguió sin contestar. Había aprendido que a los grandes se les contesta lo menos posible.

    Su padre estaba sentado a la sombra de un bloque grande, con el pañuelo anudado en la frente y los antebrazos blancos de polvo. Comió sin hablar, mirando para arriba, hacia el cerro, donde la piedra se recortaba contra el cielo como una muela enorme.

    —Vos querés subir —dijo.

    —Un ratito.

    —Hoy están los barrenos de los de arriba. Si te agarra una explosión…

    —Paran a las cinco, tata. Lo sé.

    Remigio masticó el huevo. Se limpió las manos en los pantalones, una contra otra, despacio.

    —Dicen en el pueblo que nosotros la vamos a tirar —dijo—. Con los barrenos. Que de tanto sacudir el cerro, un día se nos viene abajo.

    —¿Y es cierto?

    —Yo en cuarenta años no toqué esa piedra. Nadie de acá se animaría. —Hizo una pausa—. Se la quiere todo el mundo, hasta los que le sacan el pan a la sierra. Andá, pero antes de las cinco bajás.

    Nino salió corriendo. Trepó por el sendero de lajas sueltas, con la botella contra el pecho, y a la mitad del cerro tuvo que parar a respirar con las manos sobre las rodillas. Abajo se veía el pueblo entero: el humo de la fonda, el techo rojo de la estación, el Fuerte que ya no era fuerte. Arriba todavía no se veía nada, pero se sentía la piedra, como se siente a alguien detrás de una puerta.

    Llegó a las cinco menos veinte. Por un rato se quedó parado, sin acercarse, mirándola. Doce metros de largo. Más alta que la casilla de Zubiría y la de los Peretti juntas. Nunca había estado tan cerca solo. Tenía una raja fina cerca de la base, y de la raja salía un hilito de hormigas.

    Se agachó. Buscó el borde donde la piedra apoyaba en la roca de abajo, en un punto de ochenta centímetros que apenas daba para una mano, y acomodó la botella. La puso de costado, con el cuello hacia afuera, para que pudiera sacarla si la piedra se mecía.

    Entonces escuchó, desde algún lugar profundo del cerro, un crujido. No fue fuerte. Fue como cuando alguien se sienta en una silla de mimbre.

    Nino levantó la cabeza.

    La piedra se movía. No era el vaivén de los turistas, ese de uno que empuja y la siente temblar. Se inclinaba de a poco hacia el vacío con una lentitud casi educada, y las hormigas se iban corriendo por la raja, ordenadas, en fila, como si alguien les hubiera avisado.

    —Eh —dijo Nino, bajito.

    Se tiró hacia atrás, resbaló en las lajas, rodó hasta una cornisa. Desde ahí vio todo. La piedra pasó del borde, un segundo quieta en el aire, y se fue. Hubo un estruendo que le llegó por los huesos antes que por los oídos. Una nube blanca subió del barranco. Después, durante un rato largo, nada. Solo las cuñas de las canteras, que se habían callado de golpe.

    Cuando se animó a asomarse, el pueblo entero salía de las casillas, de la estación, de la fonda. Pasaban unos minutos de las cinco, y lo único que se escuchaba era alguien que gritaba un nombre, y después otro.

    Nino bajó con las rodillas sangrando. En la mano apretaba la botella, que había quedado a un metro del borde, entera. Su padre lo esperaba al pie del sendero, lleno de polvo, con la cara de un hombre que ha contado a todos sus hijos y le falta uno. Lo agarró de los hombros y no dijo nada.

    —Tata —dijo Nino—. No la aplastó.

    Remigio miró la botella y después el cerro, donde ya no había nada recortado contra el cielo. Le sacó la botella de la mano con mucho cuidado y la sostuvo contra la luz de la tarde, como si adentro todavía quedara algo por comprobar.

  • Leña de ñire para las medialunas

    A las cinco menos diez, el horno de Zulema Barría hizo un ruido de tos y se apagó. Ella estaba con las manos hundidas en la masa, la cocina de la panadería todavía a oscuras, y supo lo que era antes de levantar la vista: la llama azul había bajado a nada. Esa noche había helado en Ushuaia, el viento del sur se había metido por la calle Maipú, y cuando hace tanto frío la presión del gas se va a pasear.

    Probó con el fósforo. Una lengüita temblorosa, dos segundos, y nada.

    Sobre la mesa de acero esperaban cuatrocientas medialunas sin hornear, ordenadas en bandejas como soldaditos pálidos. El pedido era del cocinero del barco que zarpaba esa tarde hacia la Antártida, un correntino flaco que se llamaba Gerardo y que le compraba todos los años, la víspera de cada zarpe, el desayuno de la primera mañana en el Drake: «Para que nadie se maree con el estómago vacío, doña».

    Zulema miró el reloj de pared. Las medialunas necesitaban una hora de fermento más y veinte minutos de horno. Gerardo pasaba a buscarlas a las once.

    Salió al patio con el delantal puesto. Sopló una nube de vapor, la bufanda le tapaba la boca. Del otro lado del tapial, en la casa de al lado, había una luz en la cocina. Don Branko se levantaba siempre a las cinco, desde que se jubiló del frigorífico, para no perder la costumbre ni la radio.

    —Branko —gritó—. ¡Branko!

    La cara de don Branko Vidal apareció en la ventana, con los anteojos corridos sobre la frente.

    —¿Qué pasó?

    —Se me fue el gas. Tengo cuatrocientas medialunas para el barco y el horno muerto.

    Hubo un silencio largo. Zulema sabía lo que venía, y aun así esperó.

    —Hay un horno acá —dijo él por fin.

    —Ya sé que hay un horno.

    —No lo prendo desde que murió Dora.

    —Ya sé.

    Era un horno de ladrillo que él mismo había levantado en el fondo, en el setenta y uno, con ladrillos que le trajeron en una lancha desde Puerto Almanza, cuando todavía se podía construir sin pedir permiso a nadie. Dora amasaba pan los sábados. Después Dora se murió y el horno quedó bajo su tejadito de chapa, con la boca tapada con una tabla y una pila de leña de lenga que Branko seguía renovando cada otoño, sin ninguna razón que explicara en voz alta.

    —Se va a llenar de humo la cocina —dijo él.

    —Entonces cocinamos en el patio.

    Don Branko tardó cuatro minutos en salir, con una campera de pescador y una pala de punta cuadrada. Sacó la tabla. Adentro el horno estaba negro, intacto, con un nido de hollín seco en el techo. Armó el fuego con astillas de ñire, que prendían más rápido, y encima fue acomodando los troncos de lenga como quien arma un rompecabezas que se sabe de memoria. El humo subió derecho, con olor a bosque mojado y a casa vieja.

    —Dos horas para que tome temperatura —dijo.

    —No tengo dos horas.

    —Entonces una y media y rezás.

    Mientras el horno agarraba calor, Zulema cruzó dieciocho veces el patio con bandejas. Cubrió las medialunas con repasadores, las apoyó sobre cajones de verdura contra la pared de ladrillo, donde el calor ya empezaba a llegar. Don Branko no hablaba. Cada tanto abría la boca del horno, metía la mano a cierta distancia y la sacaba rápido.

    —Falta.

    A las seis y media se aclaró el cielo por encima del cerro Martial, un gris rosado sobre la nieve que quedaba arriba. Del puerto llegó un bocinazo largo. Zulema pensó en Gerardo y en los cuatrocientos desayunos y en que quizás tendría que llamarlo y decirle que no. Se mordió el labio.

    —Ahora —dijo Branko.

    Barrió las brasas con la pala hacia un costado. Tiró un puñado de harina sobre el piso del horno y la harina se puso marrón a los tres segundos, ni negra ni blanca.

    —Justo —dijo, y era la primera vez que sonreía.

    Metieron las bandejas de a seis con la pala larga. Zulema contaba en voz baja. A los doce minutos asomó el olor: manteca, azúcar quemada, el humo de leña metido en cada migaja. Don Branko cerró los ojos un segundo.

    —Dora —dijo, nada más.

    A las once menos cinco llegó Gerardo en una camioneta blanca con el logo del barco. Zulema había acomodado las cajas en el portón de la panadería, todavía tibias. Él levantó una tapa y se quedó quieto.

    —Huelen distinto —dijo.

    —Se me rompió el horno. Cociné en uno a leña.

    —¿Me las vas a cobrar igual?

    —Igual.

    Gerardo se rio, pagó, cargó las cajas. Antes de subir a la camioneta miró hacia el patio, donde don Branko seguía parado frente al horno con la pala apoyada en el hombro y el humo todavía subiendo.

    —Dígale al señor que el jueves vuelvo —gritó—. Que no apague.

    A la tarde, desde la ventana de la panadería, Zulema vio al barco soltar amarras y salir de la bahía despacio, grande y blanco, con la nieve cayendo sobre el canal. Del otro lado del tapial subía una hebra de humo delgada, la misma que se había quedado prendida toda la jornada, y por primera vez en cuatro años nadie la tapó con una tabla.

  • Damascos para Hortensia

    El pedido de Hortensia Aquino se lo sabía de memoria, sin anotarlo: dos kilos de pan, yerba, una garrafa de diez, jabón en barra, aceite, un paquete de velas por si se cortaba la luz. Y al final, siempre, con la misma voz de quien pregunta la hora:

    —Y si hay damascos, traeme.

    Rubén Cabral llevaba treinta y un años contestando «No hubo, Hortensia», y ella asentía como si hubiera esperado esa respuesta y la respuesta le sirviera.

    Ese jueves de diciembre era el último. La Nelly, la lancha almacén que había sido de su padre, estaba vendida a un muchacho de San Fernando que iba a transformarla en paseo para turistas. Rubén lo había firmado en octubre y no se lo había contado a casi nadie. Los jueves eran suyos: los otros cuatro barcos almacén del Delta cubrían el resto de la semana, cada uno su día, y la gente sabía que el jueves era el de la Nelly por el bocinazo corto y el de la heladera de cinco cuerpos pintada de verde.

    A las cinco y media de la mañana, en el Mercado de Frutos de Tigre, un cajón de damascos le pareció una mala broma. Estaban amontonados entre los duraznos, chicos, con la piel pecosa y el olor dulce de lo que ya se está pasando. Los dueños de los puestos lo conocían.

    —¿Vos con fruta? —le dijo uno—. ¿Desde cuándo?

    —Desde hoy. Pesame dos kilos.

    Los acomodó en una caja de pescado forrada con diario, arriba de la bolsa de yerba, lejos del sol. Después cargó hielo, carne, verdura, el gas, y salió por el Sarmiento con el motor refunfuñando y el cielo bajo y del color del cemento. A la altura de la escuela, el agua del río ya venía más alta de lo normal, empujada desde el Río de la Plata, y le lamía las maderas de los muelles. Rubén conocía esa señal. En el Delta, la sudestada no avisa con viento: avisa con el nivel.

    Hizo las paradas rápido. Los Moreno, que le pagaron con transferencia, cosa que él todavía miraba con desconfianza. La señora del recreo, que le pidió una bolsa de carbón y le preguntó por qué tanta prisa. El chico de la pileta de lona que quiso una gaseosa de litro y medio y le salió con tres. En cada muelle repetía la misma frase para sí: «Hoy es el último», y en cada muelle nadie lo sabía, y él no lo decía.

    Entró al arroyo Caraguatá pasadas las doce. El agua había subido una cuarta más y arrastraba ramas, una botella, un tronco de sauce. La casa de Hortensia estaba en lo alto de sus pilotes, con la escalera de madera y el muelle largo, y al lado el ciruelo que daba sombra hasta la ventana. Rubén amarró dos veces, porque la corriente tironeaba.

    Hortensia lo esperaba parada en el extremo del muelle, con el piloto amarillo y las botas de goma. Tenía ochenta y un años y una cara que parecía haberse secado al sol sin arrugarse del todo.

    —Estás tarde —dijo.

    —Viene la sudestada. Ando contra reloj.

    —Ya lo vi. Dame la garrafa.

    Rubén le pasó la garrafa, el pan, la yerba. Ella los iba apilando en un carrito con ruedas de bicicleta. Cuando terminó, se quedó esperando, con las manos en los bolsillos del piloto, la pregunta de siempre sin hacerla todavía.

    Rubén se agachó, destapó la caja de pescado y sacó el diario.

    —Hubo —dijo.

    Hortensia no se movió. Miró los damascos, después a él, después otra vez la caja.

    —Eran dos kilos —dijo—. ¿Cuánto es?

    —Nada.

    —Cuánto, Rubén.

    —Nada, Hortensia. Hoy es el último jueves. Vendí la lancha.

    Ella se quedó callada un rato largo, mirando el agua que pasaba por debajo del muelle, café con leche, cargada. Un camalote chocó contra el último pilote y siguió.

    —Mi marido me los trajo la primera vez que fuimos a Tigre juntos, en el cuarenta y nueve de la vida de cada uno, digamos —dijo al fin, con una mueca—. No me los traía por amor. Me los traía porque no tenía plata para otra cosa y eran baratos. Yo me los comí en la lancha, con carozo y todo, y me dio un dolor de panza terrible, y al otro día me preguntó si quería más.

    —Entonces los querías para comerlos.

    —No. —Agarró uno, lo giró entre los dedos, lo olió—. Los quería para que alguien los buscara. Un año, otro. Vos no te hacías drama, decías que no había y listo. Pero cada jueves me preguntabas, aunque sea de reojo, y yo sabía que ibas a pensarlo hasta la semana que viene. Eso me alcanzaba.

    Rubén no supo qué contestar. Le dolían las rodillas de agacharse y el agua ya había tapado el primer escalón del muelle de Hortensia.

    —Tenés que irte —dijo ella—. Se te va a llenar el arroyo de palos.

    —Sí.

    —Llevate esto.

    Le tendió un damasco, uno solo, pequeño, de piel pecosa. Rubén lo agarró. Ella lo miró de arriba abajo, con la lentitud de siempre.

    —El jueves que viene no vengas —dijo—. Pero pasá, si pasás.

    Soltó las amarras con un movimiento seco. La Nelly se fue corriéndose de la orilla, y él se quedó parado en la popa con el motor en punto muerto, mirando cómo la mujer se alejaba por el muelle con el carrito detrás, hasta la escalera de madera, hasta la puerta.

    Ya en el Sarmiento, con la lluvia empezando, se comió el damasco. Estaba tibio, a punto de pasarse, y tenía el gusto de algo que se pidió durante mucho tiempo.

    Después hizo sonar la bocina dos veces, corto, y nadie la escuchó.

  • El acordeón de la siesta

    Teófilo Maidana tenía la lengüeta número catorce sobre la yema del dedo, una laminita de acero que no medía más que una uña, cuando la chica entró al taller con la caja del acordeón apretada contra la panza y los ojos hinchados.

    —¿Usted es el que arregla fuelles? —preguntó—. Me dijeron en la peatonal que usted. Toco a las diez y cuarto en el anfiteatro. Son las siete.

    Teófilo dejó la lengüeta en el platillo. Afuera el calor de enero pesaba cuarenta grados sobre el techo de chapa, y el ventilador no hacía más que mover el aire de un lado a otro, como quien cambia de lugar los muebles. En la pared colgaba la foto de Estela con el vestido celeste, sacada hacía treinta años en una fiesta de Mburucuyá. Hacía cuatro años que el taller no tocaba otra cosa que reparaciones.

    —Dejame ver.

    Ella apoyó la caja sobre el banco. Era un acordeón de botones, de dos hileras, de los diatónicos de siempre, con la caja de madera descascarada en las esquinas. Teófilo abrió el fuelle con las dos manos y escuchó el aire. Se le escapaba por la esquina izquierda, un silbido finito, de pajarito.

    —Se te rajó el cuero del fuelle. ¿Cómo se llama, nena?

    —Brenda. Brenda Cardozo. Es de mi abuelo, pero lo uso yo.

    —Brenda, esto no se arregla en tres horas. Hay que despegar, cortar cuero nuevo, esperar que el pegamento tome. Dos días.

    Brenda no lloró. Se quedó mirando el reloj de pared, que atrasaba, y después las manos de él, grandes, con las uñas cortas y manchadas de cera de abejas. Teófilo había pasado cuarenta años pegándole cera a las lengüetas para afinarlas, y la cera le había quedado en las huellas como una letra vieja.

    —Me anotaron para las diez y cuarto porque se bajó un conjunto de Goya —dijo ella—. Si no toco, no vuelvo a tener otra. Tengo diecinueve años y es mi primera vez en el escenario grande.

    —Pedile uno prestado a alguien del festival.

    —Pedí. Todos tienen los suyos y no los sueltan. Un acordeón no se presta, usted sabe.

    Teófilo lo sabía. Se pasó la mano por la barba y miró hacia la cortina del fondo, donde había un armario con la puerta trabada por la humedad. Adentro, envuelto en una frazada, dormía el acordeón de Estela. No de ella: de él. Pero ella lo había bautizado Ñandé, que en guaraní quiere decir «nuestro», y desde que se murió nadie lo había abierto.

    —Esperá acá —dijo.

    Le costó la puerta del armario. Sacó el bulto, lo puso sobre el banco y desató la frazada. El olor a madera encerrada y a aceite de máquina de coser le subió a la cara y por un segundo no pudo hablar. Después apretó los botones de la hilera de adentro, uno por uno, y salió un sonido empañado, de gente que carraspea antes de cantar.

    —Está desafinado —dijo Brenda, con respeto.

    —Tiene cuatro años de siesta. Dame hasta las nueve.

    Trabajó con el dedo en las lengüetas, raspando acero con una lima finita, agregando cera, probando el aire con la boca para no gastar el fuelle. Brenda se sentó en un cajón y le fue alcanzando las herramientas, y a las ocho y media le preguntó por qué no tocaba él.

    —Toqué hasta que la Estela se enfermó. Después, cuando tocaba, la oía a ella cantando la segunda voz, y me quedaba en la mitad del tema.

    —¿Y ahora?

    —Ahora afino. Es parecido, pero no te hace falta la voz de nadie.

    A las nueve menos cinco cerró el fuelle. Se lo puso a Brenda en las rodillas y le señaló los correajes, que había aflojado dos agujeros.

    —Es más pesado que el tuyo. Aguantalo con la espalda, no con los hombros.

    Brenda tocó un compás de «Kilómetro 11». Se detuvo, miró a Teófilo, siguió. El taller se llenó de ese sonido que tiene el chamamé cuando el aire se mueve pegado a la tierra, a ras del piso, y el ventilador pareció girar al compás. Él cerró los ojos. Le dolían las rodillas y se acordó del vestido celeste.

    —Andá —dijo—. Y no te olvides de respirar en el segundo tiempo. Los buenos acordeoneros respiran donde la gente cree que están tocando.

    Ella se fue corriendo, con la caja a cuestas. Teófilo se quedó solo, con las lengüetas desparramadas sobre el paño y el silencio de siempre. Duró cinco minutos. Después cerró la persiana a medias, agarró la silla de mimbre y el mate, y caminó hasta la costanera con la lentitud de las siestas.

    Entró por una de las puertas laterales del anfiteatro cuando ya estaban anunciando a Brenda. Se quedó parado atrás de todo, entre las parejas que bailaban abrazadas, mejilla con mejilla, y los vendedores de chipá con las canastas al hombro. Desde ahí el escenario era un cuadrado de luz del tamaño de una estampita.

    Ella salió sola, con el acordeón de Estela colgado del cuerpo, y esperó a que se hiciera silencio. Respiró en el segundo tiempo. Teófilo lo notó, y le temblaron los labios.

    Sonó «Ñandé» por primera vez en cuatro años delante de miles de personas. Sonó mejor de lo que él se acordaba, con un poco más de aire, con la gravedad de las lengüetas nuevas que todavía no sabían quién era el dueño. La gente fue dejando de hablar y las parejas siguieron bailando sin mirarse, como si el tema las llevara de la cintura.

    En la mitad del tema, justo donde él siempre se quedaba, entró la segunda voz. No era la de Estela. Era la de un guitarrista flaco que acompañaba a Brenda desde el costado, y cantaba desafinado y feliz.

    Teófilo se apretó la boca con el dorso de la mano. Había una palabra vieja que le subía por el pecho y que no usaba desde el entierro, un grito largo, entre alegría y duelo, que en la música del Litoral tiene nombre propio. Se dio cuenta de que no la iba a poder guardar.

    Abrió la boca y largó el sapukay.

    Nadie se dio vuelta. Se mezcló con los otros gritos de la noche, con el ruido de los vasos y con la humedad del río que subía por las gradas, y sólo una pareja de viejos, a su lado, lo miró y asintió despacio, como se asiente a un vecino de toda la vida.