El viento del oeste le había metido arena a la lata de las fichas, y Rocío Catrileo la sacudió contra la rodilla antes de contar. Ciento doce fichas de chapa. Eso era lo que le quedaba en el galpón de la estancia, a dos horas de ripio de Gobernador Gregores, el último día de la esquila, con el camión de los fardos citado para las cuatro de la tarde.
Tenía veintiséis años y era la afiladora de la comparsa. No esquilaba, no ataba vellones, no cocinaba. Su lugar era una mesa de caballetes junto a la puerta, con un esmeril, un frasco de aceite y una caja de peines y cuchillas ordenados por número. Cada esquilador pasaba, dejaba la cuchilla gastada y se llevaba otra con el filo recién sacado. Ella conocía las manos de todos por lo que le entregaban: el que apretaba de más, el que golpeaba contra el piso, el que dejaba el aceite sucio.
Al único que no conocía era a Efraín Millalonco.
Efraín tenía sesenta y tantos y esquilaba desde antes de que hubiera máquinas eléctricas en la zona. Llegaba cada mañana con su propio juego guardado en un trapo de lana, lo armaba solo en la punta de la playa y no lo soltaba para nada. Rocío le había ofrecido afilárselo el primer día, y él había dicho «no, m’hija, gracias» con una cortesía que cerraba la puerta.
Esa mañana, mientras ella levantaba un vellón de la tabla, escuchó el cambio. La máquina de Efraín ya no zumbaba parejo. Tironeaba. Una oveja salió del brete con dos tajitos en la panza y el capataz, desde afuera, no dijo nada, que en el galpón era peor que gritar.
A las once Efraín llevaba nueve ovejas menos que el resto. A las doce hacía las cuentas con los labios, sentado en un cajón de manzanas, mirando la cuchilla a contraluz.
Rocío se acercó con el mate. Lo cebó despacio, pasó la bombilla para el lado del viento.
—Está mellada —dijo, sin mirar la cuchilla—. Se nota por el ruido.
—Se nota por el ruido —repitió él.
—Yo te la saco en diez minutos.
—Este juego me lo dejó mi viejo. Bueno, no todo. El peine es de él.
—¿Y la cuchilla?
—La cuchilla se gasta. —Efraín sacó el trapo y lo desplegó sobre la rodilla. El peine estaba pulido de tantos años de aceite, con un dibujito grabado a punta de clavo en el costado: tres rayas y un círculo—. Se la di a afilar a un tipo en Puerto San Julián hace treinta años y me la devolvió más corta. Desde entonces la afilo yo. Con la piedra, a mano.
—¿Y hoy qué pasó?
Efraín movió los dedos. Dos de ellos no cerraban del todo.
—Hoy no me alcanza la mano.
Rocío no dijo nada. Del otro lado del galpón, un playero gritó «¡lata!» y la ficha cayó en el tarro con ese sonido chico y seco que a ella le servía de reloj.
—Mirá —dijo por fin—. Mi esmeril no lo toca nadie, ni vos. Pero la piedra es tuya. Ponela en mi mesa. Vos afilás la cuchilla con tu piedra y yo te sostengo el peine. Eso es todo lo que hago.
—Eso no es afilar.
—Es afilar con las manos de los dos.
Efraín tardó. Miró el trapo, miró la mesa, miró el cielo blanco por el portón. Después se levantó con un crujido de rodillas y caminó hasta los caballetes. Sacó la piedra del bolsillo, escupió en ella y la apoyó en el borde de la cuchilla con un ángulo que Rocío habría jurado que era el mismo que usaba ella.
Trabajaron en silencio. Ella sujetaba el peine con las dos manos, firme, sin interferir. Él pasaba la piedra con movimientos cortos, de abajo hacia arriba, y en cada pasada soltaba un aire por la nariz. Cuando terminó, pasó el pulgar a lo largo del filo y lo miró.
—Faltó un toque —dijo.
—Es el filo —dijo Rocío—. Probalo.
Armó la máquina ahí mismo. La encendió. Zumbó parejo, bajo, sin tirones. Efraín apagó, la volvió a encender, y a la cara le asomó algo que no era alegría sino alivio, como cuando por fin deja de doler una muela.
—Dame una oveja —le gritó al agarrador.
Esquiló esa tarde catorce más. A las cuatro menos diez el camión ya estaba con el motor andando, y los fardos de lana, atados con alambre, subieron uno por uno a la caja mientras el viento les arrancaba hebras sueltas que quedaban flotando sobre el corral vacío.
Rocío juntó los peines, las cuchillas, el frasco de aceite. Efraín se acercó cuando estaba cerrando la caja y dejó sobre la mesa su trapo de lana, abierto, con el juego adentro.
—Para la zafra que viene —dijo—. Si querés. Pero el dibujito del peine no lo toques.
—No lo toco.
—Y la cuchilla, la afilás con la piedra.
—Con la piedra. Y vos me la sostenés.
Efraín sonrió por primera vez en toda la semana. Se calzó la gorra y subió a la caja del camión junto a los fardos. Rocío se quedó sola en el galpón, poniendo las fichas en la lata de a una, contándolas otra vez, ciento doce, ciento trece, ciento catorce, hasta que el camión se perdió en el ripio y lo único que quedó fue el viento golpeando la chapa.