La Chola en el Paraná Viejo

A las seis de la mañana de un jueves de agosto, Rolando Echagüe estaba parado sobre lo que había sido el fondo de su caleta, con un termo bajo el brazo y la vista clavada en la lancha. La Chola descansaba de costado sobre unos tirantes, a cuarenta metros del agua más cercana, como una vaca echada.

El hidrómetro del puerto de Rosario marcaba bajo cero desde hacía semanas. En la guardería de Rolando, sobre la costa, las amarras colgaban de los postes sin tocar nada, y el barro del fondo se había rajado en placas que crujían al pisarlas.

Esa tarde, a las cinco, venía un hombre de Victoria a ver la lancha. Rolando la había puesto en venta en junio, con un cartel de cartón en el portón, después de un año y medio sin un solo cliente que pudiera sacar su barco. Pero el comprador quería verla flotando. «Si no flota, no es lancha, es un galpón», había dicho por teléfono. Y tenía razón.

—Eso no sale ni con una grúa —dijo una voz detrás.

Era Yamila, la hija de un boyero de la zona, diecinueve años, botas de goma y un caballo zaino de la rienda. Cuidaba unos corrales que su padre había armado en el cauce seco del Paraná Viejo, donde antes pasaban los kayaks y ahora pasaba la hacienda.

—Sale con un caballo —dijo Rolando—. Si me lo prestás.

—No es mío, es de mi viejo. Y no es de tirar lanchas.

—Te pago el día.

Yamila miró la lancha, después el cielo limpio, después la arena. Le pidió una cifra que a Rolando le pareció un robo y que aceptó sin discutir.

Tardaron toda la mañana. Pusieron tres tirantes a modo de rieles, ataron una soga gruesa al enganche de proa y Yamila fue guiando al caballo paso a paso, hablándole bajito, mientras Rolando empujaba de popa con el hombro. El olor a barro viejo y a pescado seco se les metía en la ropa. Cada diez metros había que correr los tirantes de atrás para adelante. A las once habían avanzado la mitad.

—¿Cuánto hace que la tiene? —preguntó Yamila, sentada un rato sobre el casco, tomando mate del termo de él.

—Veintidós años. La compré sin motor. Le puse uno de camión, de un tío mío que se murió. Mirá lo que es la vida, me hacía ruido de camión hasta el día que dejó de hacerlo.

—¿Y por qué la vende?

Rolando se rascó la nuca.

—Porque no se mueve. Un barco que no se mueve te cobra y no te da nada.

Yamila no dijo nada. El caballo bufó y sacudió las orejas.

A las doce y media les quedaban quince metros hasta el hilo de agua, un canal angosto, marrón, que ni siquiera se parecía a un río. Rolando lo había visto llenarse y vaciarse toda la vida y nunca le había parecido pequeño hasta ahora. Se acordó de las tardes de sábado en que sacaba a la gente al banquito de San Andrés, con los chicos asomados a la borda y el motor de camión golpeando parejo, y el río tan ancho que de una orilla no se veía la otra.

Quedó un último tramo con una barranca baja. Ahí el caballo se plantó. Yamila le habló, tiró con suavidad, y el animal no dio un paso. Rolando se agachó, vio que un tirante se había hundido en una grieta y lo soltó con una barreta. Cuando volvió a tirar el caballo, la Chola se movió con un quejido largo de madera y cayó con la proa en el agua.

No flotó. Se apoyó en el fondo con la quilla clavada en el barro, a diez centímetros de la superficie, como si se hubiera sentado a pensar.

—No hay calado —dijo Yamila.

—No hay.

Esperaron. A las dos de la tarde subió un poco el nivel, o lo pareció, porque soplaba viento del norte y empujaba agua desde algún lado. Rolando metió el pie descalzo hasta el tobillo y sintió que la lancha se movía apenas, un temblor, una duda.

A las cuatro y media llegó el hombre de Victoria en una camioneta con barro hasta las ventanillas. Bajó, se paró a mirar con las manos en la cintura y dio una vuelta entera alrededor de la lancha. Rolando le había preparado un discurso sobre el casco de lapacho, el motor, la cabina, el equipo de radio. No lo dijo.

—¿Y? —preguntó el hombre.

—Esperá un cacho —respondió Rolando.

El viento giró. Se oyó un chasquido bajo el casco, y la Chola se despegó del barro con un balanceo pesado y quedó sola en el medio del canal, con un par de vacas mirándola desde la orilla de enfrente.

Yamila dejó caer la soga. Rolando subió de un salto, se sentó al timón sin llave, con las manos sobre la madera tibia, y por primera vez en dos años sintió que algo se movía debajo de él.

—Está linda —dijo el hombre desde la orilla—. ¿Cuánto me dijiste?

Rolando no contestó enseguida. Miró el agua baja, el cielo anaranjado, la lancha que respiraba bajo sus pies.

—Pasá mañana —dijo al fin—. Hoy se queda un rato más en el río.

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