Cuarenta minutos de agua

A las diez menos veinte de la noche, Lorena Quiroga apagó la camioneta al borde de un callejón de Lunlunta y se quedó un momento con las manos en el volante. Once días llevaba de tomera sola. Hasta el mes pasado el que repartía el agua de esa hijuela era Teodoro, que se jubiló con un asado y un reloj, y le dejó una linterna, una pila de boletas y una frase: «El agua no se discute, se reparte».

En la guantera, doblada en cuatro, estaba la boleta de la noche. Finca de los Sosa, cuarenta minutos de turno, de diez y cincuenta a once y media. Eran seis hectáreas de viñedo viejo y un olivar de árboles anchos como galpones, y en la boleta, abajo, alguien había escrito a lápiz: «Si no riega esta noche se me secan los de atrás». La letra era de Ramona Sosa, ochenta y dos años. Lorena había recibido tres llamadas suyas en dos días.

Bajó con la linterna. Era noviembre y el aire olía a tierra tibia, a álamo y a humo de alguna parva lejana. Más allá de los alambrados se recortaba la cordillera, con la última luz violeta de la tarde. El río Mendoza traía ya el primer agua del deshielo, y esa agua tenía que recorrer un camino largo, de compuerta en compuerta, para llegar hasta el fondo de la hijuela.

Llegó a la primera compuerta y la encontró como la había dejado. En la segunda, también. Caminaba por el borde de la acequia con la linterna baja, escuchando. Un tomero de verdad, le había dicho Teodoro, no mira el agua: la oye. Cuando va llena suena a tela que se estira. Cuando algo la frena, suena a gente hablando bajito.

Entre la tercera y la cuarta, hablaba bajito.

Lorena apuró el paso. A unos doscientos metros del último puente, el agua se arrimaba contra una mancha oscura y se abría en un abanico perezoso hacia el costado, mojando el camino. Alumbró. Era una rama de álamo, gruesa como un muslo, caída de la última ventolera y atravesada contra la toma. Al lado, enganchada, flotaba una bolsa de nylon negro. Cada minuto que el agua se escurría por el camino era un minuto robado al turno de los Sosa.

Se sacó la campera, se arremangó hasta el codo y bajó al barro. El agua estaba fría y le mordió las muñecas. Tiró de la rama una vez, dos veces; no se movía. La linterna se le cayó y quedó mirando para arriba, alumbrando las hojas de los álamos como si fueran un techo. Lorena pensó en llamar a alguien. Pensó en Teodoro, que dormía a esa hora. Pensó en el reloj, que marcaba las diez y cuarenta.

—No me hagas esto —le dijo a la rama.

Probó de otro modo. Metió las dos manos por debajo, buscó el punto donde la madera se apoyaba contra el cemento y empujó hacia afuera, no hacia atrás. La rama crujió. Cedió un palmo, después otro. El agua, liberada, pasó de golpe por el costado de sus piernas y casi la tira. Se agarró de la compuerta. La rama salió girando, golpeó el puente y se perdió corriente abajo, y la bolsa negra se fue detrás.

El sonido cambió. Lorena lo oyó antes de entenderlo: ya no era gente hablando bajito, era tela estirándose, fuerte y pareja. Quedó un rato con el agua hasta las rodillas, escuchando.

Corrió a la camioneta, empapada, y cubrió el kilómetro que faltaba por el camino de tierra con los vidrios abiertos. Ramona Sosa estaba esperando en el portón, con un pañuelo en la cabeza y una linterna más grande que la suya. Detrás de ella, en la oscuridad, se adivinaba la hilera de las cepas.

—Hija, estás hecha una sopa —dijo la vieja.

—Había una rama en la toma. Ya está. Le dije que a las diez y cincuenta, y son las diez y cincuenta y cinco. Le debo cinco minutos. Se los sumo al final.

—No me debés nada. Vení, que te traigo una toalla.

—Primero abro.

Fueron juntas hasta la compuerta de la finca, una chapa vieja de hierro con la manija gastada por manos más grandes que las de Lorena. Ramona sostuvo la linterna. Lorena giró la manivela, vuelta a vuelta, y la chapa subió despacio. El agua entró en la finca con un golpe largo, se repartió por la hijuela interna y empezó a avanzar por el primer surco, oscura y brillante, lamiendo la tierra seca, hundiéndose y volviendo a aparecer metro a metro.

La vieja no dijo nada. Se agachó con una mano en la rodilla y puso la otra palma sobre el barro mojado, como quien le toca la frente a un chico con fiebre.

—Se oye —dijo.

—¿Qué cosa?

—Que llegó.

Lorena miró el reloj: once y diez. Todavía quedaban veinte minutos de turno, más los cinco que no le iban a cobrar. Se sentó en el borde de cemento, con los pies colgando sobre el agua que entraba, y no se movió hasta que, al fondo del primer surco, entre los troncos retorcidos de las parras, apareció un brillo largo, finito, que llegaba a las últimas plantas.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *