Author: rohan

  • La motoniveladora de Ovidio

    A las cinco y diez de la mañana, Ovidio Salvatierra ya tenía el termo lleno y la campera de la municipalidad colgada del respaldo, aunque hacía tres años que nadie le pagaba por ponérsela. Afuera nevaba de costado. Desde la ventana de la cocina, en la calle Deloqui, no se veía ni el canal ni las luces del puerto, solo una pared blanca que se movía.

    —¿Vas a salir con este tiempo? —preguntó Nora desde la pieza, sin levantar la cabeza.

    —Voy a ir hasta el corralón.

    —Ovidio.

    —Hasta el corralón. A mirar.

    Caminó las siete cuadras con la nieve hasta los tobillos, midiendo cada paso en las veredas sin sal. El corralón municipal olía a gasoil y a hierro mojado. El sereno, un muchacho flaco que le decía «don Ovi», le abrió el portón sin preguntar nada. Todos sabían por qué había venido. Desde la noche anterior, cuando la nevada cerró el camino al Martial, lo sabía todo Ushuaia: la carrera de esquí infantil se suspendía si no se abría la ruta hasta la base antes de las diez.

    La motoniveladora grande estaba rota. Una manguera hidráulica, dijo el sereno, de las que no se consiguen en la isla; había que esperarla del continente en el barco, y el barco llegaba el viernes. La otra, la vieja amarilla del fondo, la que Ovidio había manejado veintidós años, estaba tapada con una lona y sin batería.

    —Esa no anda, don Ovi.

    —Esa anda. Lo que no anda es el que la dejó así.

    Se sacó los guantes. Levantó la lona y la máquina apareció entera, con su cuchilla mellada y la cabina de vidrios chicos, y le puso una mano en el capó como se le pone a un caballo. Estaba helada. Adentro del asiento, todavía, había un hueco con la forma exacta de su espalda.

    Tardó una hora en conseguir una batería prestada del camión de los bomberos. Tardó otra en purgar el combustible con las manos en carne viva, soplando para entrar en calor, mientras el sereno le alcanzaba mate y una factura de dulce de leche que se había congelado en la bolsa. A las siete y media el motor tosió, escupió humo negro y se quedó rezongando.

    —Qué bestia —dijo el muchacho.

    —Ni me hables. Esperá que se caliente.

    Salió del corralón a las ocho menos cuarto. La nieve seguía, pero ya sin el viento del sur, y las lengas del camino, cargadas de blanco, se inclinaban sobre la huella como gente que escucha. Ovidio manejaba parado casi sobre los pedales, con el cuerpo acordándose antes que la cabeza. Bajar la cuchilla, un cuarto de giro, empujar la nieve hacia la banquina, no tocar la piedra. Veintidós años de eso.

    En la primera curva se le apagó el motor.

    Se quedó quieto, con las manos en el volante. Del otro lado del parabrisas, la nieve caía sin apuro y el silencio era enorme. Pensó en su nieta Ayelén, de nueve años, que había practicado todo el invierno en el cerro con unos esquíes heredados de una prima, y que la noche anterior le había preguntado, cuidándose de no pedirle nada: «Abuelo, ¿vos tuviste que ver con las máquinas, no?». Había dicho que sí. Nada más.

    —Dale, vieja —murmuró.

    Probó la llave. Nada. Probó otra vez, y a la tercera el motor se despertó con un ruido de tos larga.

    Cuando llegó a la altura del refugio ya había dos autos varados atrás, esperando a que abriera paso, y una camioneta del club de esquí con las luces prendidas. Nadie tocaba bocina. Ovidio los miraba por el espejo, chiquitos, cada vez más lejos, y sentía en el pecho algo que no sabía bien si era orgullo o miedo de que se notara.

    A las nueve y veinte llegó a la explanada de la base. Giró en tres movimientos, como le habían enseñado, y dejó la máquina atravesada para que la nieve del último tramo no volviera a cerrar. Apagó. Le temblaban las rodillas. En la cabina hacía frío, y la mano que había tenido el volante tres horas seguidas ya no se le abría.

    Alguien golpeó el vidrio. Era Bautista, el entrenador, con la nariz roja y un gorro de lana con pompón.

    —No lo puedo creer. ¿Usted la trajo sola desde el corralón?

    —Sola no. Con esta —dijo Ovidio, y palmeó el tablero.

    Bajó con cuidado, agarrándose del pasamanos. Abajo, en la explanada, ya se juntaban los chicos con sus cascos de colores, los padres con termos, una señora con una bolsa llena de bizcochuelos. Entre todos, Ovidio buscó el casco verde.

    Ayelén no corrió hacia él. Se quedó parada con los esquíes al hombro, mirándolo desde lejos, y después levantó una mano enguantada y la dejó en el aire, un segundo, como quien saluda a un barco que sale.

    A las diez y cuarto, con el cielo abierto de golpe, se dio la largada. Ovidio miró la bajada entera desde el costado de la máquina, con el mate en la mano y el valle de Ushuaia al fondo, el canal color acero, el Monte Olivia apareciendo entre las nubes. Contó doce chicos, nueve caídas, y una que bajó recta, sin mirar a ningún lado, con el casco verde inclinado hacia adelante.

    No ganó. Salió cuarta, y se enojó. Pero cuando llegó abajo vino igual hasta la motoniveladora, trepó al estribo con las botas llenas de nieve y se asomó a la cabina.

    —¿Me dejás sentarme?

    Ovidio le hizo lugar. La nena se acomodó en el asiento todavía tibio, le tocó la palanca con las dos manos y miró por los vidrios chicos el camino que él había abierto, una cinta oscura entre las lengas blancas, derecha hasta el valle.

    —Se ve todo desde acá —dijo.

    —Todo —dijo el abuelo, y no agregó nada más.

  • La botella bajo la Movediza

    Nino Peretti salió de la casilla con la vianda de su padre en una mano y la botella en la otra. La vianda era una lata de dulce de membrillo reciclada, con tapa de alambre, y adentro iban dos milanesas frías entre pan y un huevo duro. La botella la había lavado tres veces en el aljibe, porque tenía que estar limpia para que se viera bien lo que le pasara.

    Era jueves, 29 de febrero, y el calor de las sierras pegaba en la nuca como una mano abierta. Nino tenía once años, y desde el verano pasado estaba en cuenta con un asunto pendiente: poner una botella bajo la Piedra Movediza, esperar a la mañana siguiente y comprobar con sus ojos si la piedra, que todos decían que se mecía, la aplastaba o la dejaba entera.

    Los turistas lo hacían. Bajaban del tren desde Buenos Aires con sombreros de paja y paraguas, subían al cerro en jardinera y le ponían una botella al borde, y los chicos del barrio cobraban dos centavos por cuidársela hasta el día siguiente. Nino nunca había cobrado nada porque nunca había tenido una botella propia. Esta se la había dado el almacenero Zubiría a cambio de mandados.

    Cruzó el camino de tierra entre las casillas de chapa. En los patios, las mujeres colgaban ropa blanca sobre las piedras para que se secara rápido. Se oía, desde las canteras, el golpe parejo de las cuñas: tac, tac, tac, y un silencio, y otra vez tac, tac, tac. Los picapedreros iban acomodando adoquines en pilas, de a cientos, para el tren de la tarde. Su padre, Remigio, hacía doscientos cincuenta por día y no se quejaba más que de la espalda.

    —¡Nino! —le gritó doña Carmela desde la tranquera—. ¿Adónde vas con esa botella?

    —A la Movediza.

    —Dejate de macanas. Llevale la comida a tu padre y volvé.

    —Voy a ir después.

    —Vas a ir y te vas a caer, ya vas a ver.

    Nino siguió sin contestar. Había aprendido que a los grandes se les contesta lo menos posible.

    Su padre estaba sentado a la sombra de un bloque grande, con el pañuelo anudado en la frente y los antebrazos blancos de polvo. Comió sin hablar, mirando para arriba, hacia el cerro, donde la piedra se recortaba contra el cielo como una muela enorme.

    —Vos querés subir —dijo.

    —Un ratito.

    —Hoy están los barrenos de los de arriba. Si te agarra una explosión…

    —Paran a las cinco, tata. Lo sé.

    Remigio masticó el huevo. Se limpió las manos en los pantalones, una contra otra, despacio.

    —Dicen en el pueblo que nosotros la vamos a tirar —dijo—. Con los barrenos. Que de tanto sacudir el cerro, un día se nos viene abajo.

    —¿Y es cierto?

    —Yo en cuarenta años no toqué esa piedra. Nadie de acá se animaría. —Hizo una pausa—. Se la quiere todo el mundo, hasta los que le sacan el pan a la sierra. Andá, pero antes de las cinco bajás.

    Nino salió corriendo. Trepó por el sendero de lajas sueltas, con la botella contra el pecho, y a la mitad del cerro tuvo que parar a respirar con las manos sobre las rodillas. Abajo se veía el pueblo entero: el humo de la fonda, el techo rojo de la estación, el Fuerte que ya no era fuerte. Arriba todavía no se veía nada, pero se sentía la piedra, como se siente a alguien detrás de una puerta.

    Llegó a las cinco menos veinte. Por un rato se quedó parado, sin acercarse, mirándola. Doce metros de largo. Más alta que la casilla de Zubiría y la de los Peretti juntas. Nunca había estado tan cerca solo. Tenía una raja fina cerca de la base, y de la raja salía un hilito de hormigas.

    Se agachó. Buscó el borde donde la piedra apoyaba en la roca de abajo, en un punto de ochenta centímetros que apenas daba para una mano, y acomodó la botella. La puso de costado, con el cuello hacia afuera, para que pudiera sacarla si la piedra se mecía.

    Entonces escuchó, desde algún lugar profundo del cerro, un crujido. No fue fuerte. Fue como cuando alguien se sienta en una silla de mimbre.

    Nino levantó la cabeza.

    La piedra se movía. No era el vaivén de los turistas, ese de uno que empuja y la siente temblar. Se inclinaba de a poco hacia el vacío con una lentitud casi educada, y las hormigas se iban corriendo por la raja, ordenadas, en fila, como si alguien les hubiera avisado.

    —Eh —dijo Nino, bajito.

    Se tiró hacia atrás, resbaló en las lajas, rodó hasta una cornisa. Desde ahí vio todo. La piedra pasó del borde, un segundo quieta en el aire, y se fue. Hubo un estruendo que le llegó por los huesos antes que por los oídos. Una nube blanca subió del barranco. Después, durante un rato largo, nada. Solo las cuñas de las canteras, que se habían callado de golpe.

    Cuando se animó a asomarse, el pueblo entero salía de las casillas, de la estación, de la fonda. Pasaban unos minutos de las cinco, y lo único que se escuchaba era alguien que gritaba un nombre, y después otro.

    Nino bajó con las rodillas sangrando. En la mano apretaba la botella, que había quedado a un metro del borde, entera. Su padre lo esperaba al pie del sendero, lleno de polvo, con la cara de un hombre que ha contado a todos sus hijos y le falta uno. Lo agarró de los hombros y no dijo nada.

    —Tata —dijo Nino—. No la aplastó.

    Remigio miró la botella y después el cerro, donde ya no había nada recortado contra el cielo. Le sacó la botella de la mano con mucho cuidado y la sostuvo contra la luz de la tarde, como si adentro todavía quedara algo por comprobar.

  • Leña de ñire para las medialunas

    A las cinco menos diez, el horno de Zulema Barría hizo un ruido de tos y se apagó. Ella estaba con las manos hundidas en la masa, la cocina de la panadería todavía a oscuras, y supo lo que era antes de levantar la vista: la llama azul había bajado a nada. Esa noche había helado en Ushuaia, el viento del sur se había metido por la calle Maipú, y cuando hace tanto frío la presión del gas se va a pasear.

    Probó con el fósforo. Una lengüita temblorosa, dos segundos, y nada.

    Sobre la mesa de acero esperaban cuatrocientas medialunas sin hornear, ordenadas en bandejas como soldaditos pálidos. El pedido era del cocinero del barco que zarpaba esa tarde hacia la Antártida, un correntino flaco que se llamaba Gerardo y que le compraba todos los años, la víspera de cada zarpe, el desayuno de la primera mañana en el Drake: «Para que nadie se maree con el estómago vacío, doña».

    Zulema miró el reloj de pared. Las medialunas necesitaban una hora de fermento más y veinte minutos de horno. Gerardo pasaba a buscarlas a las once.

    Salió al patio con el delantal puesto. Sopló una nube de vapor, la bufanda le tapaba la boca. Del otro lado del tapial, en la casa de al lado, había una luz en la cocina. Don Branko se levantaba siempre a las cinco, desde que se jubiló del frigorífico, para no perder la costumbre ni la radio.

    —Branko —gritó—. ¡Branko!

    La cara de don Branko Vidal apareció en la ventana, con los anteojos corridos sobre la frente.

    —¿Qué pasó?

    —Se me fue el gas. Tengo cuatrocientas medialunas para el barco y el horno muerto.

    Hubo un silencio largo. Zulema sabía lo que venía, y aun así esperó.

    —Hay un horno acá —dijo él por fin.

    —Ya sé que hay un horno.

    —No lo prendo desde que murió Dora.

    —Ya sé.

    Era un horno de ladrillo que él mismo había levantado en el fondo, en el setenta y uno, con ladrillos que le trajeron en una lancha desde Puerto Almanza, cuando todavía se podía construir sin pedir permiso a nadie. Dora amasaba pan los sábados. Después Dora se murió y el horno quedó bajo su tejadito de chapa, con la boca tapada con una tabla y una pila de leña de lenga que Branko seguía renovando cada otoño, sin ninguna razón que explicara en voz alta.

    —Se va a llenar de humo la cocina —dijo él.

    —Entonces cocinamos en el patio.

    Don Branko tardó cuatro minutos en salir, con una campera de pescador y una pala de punta cuadrada. Sacó la tabla. Adentro el horno estaba negro, intacto, con un nido de hollín seco en el techo. Armó el fuego con astillas de ñire, que prendían más rápido, y encima fue acomodando los troncos de lenga como quien arma un rompecabezas que se sabe de memoria. El humo subió derecho, con olor a bosque mojado y a casa vieja.

    —Dos horas para que tome temperatura —dijo.

    —No tengo dos horas.

    —Entonces una y media y rezás.

    Mientras el horno agarraba calor, Zulema cruzó dieciocho veces el patio con bandejas. Cubrió las medialunas con repasadores, las apoyó sobre cajones de verdura contra la pared de ladrillo, donde el calor ya empezaba a llegar. Don Branko no hablaba. Cada tanto abría la boca del horno, metía la mano a cierta distancia y la sacaba rápido.

    —Falta.

    A las seis y media se aclaró el cielo por encima del cerro Martial, un gris rosado sobre la nieve que quedaba arriba. Del puerto llegó un bocinazo largo. Zulema pensó en Gerardo y en los cuatrocientos desayunos y en que quizás tendría que llamarlo y decirle que no. Se mordió el labio.

    —Ahora —dijo Branko.

    Barrió las brasas con la pala hacia un costado. Tiró un puñado de harina sobre el piso del horno y la harina se puso marrón a los tres segundos, ni negra ni blanca.

    —Justo —dijo, y era la primera vez que sonreía.

    Metieron las bandejas de a seis con la pala larga. Zulema contaba en voz baja. A los doce minutos asomó el olor: manteca, azúcar quemada, el humo de leña metido en cada migaja. Don Branko cerró los ojos un segundo.

    —Dora —dijo, nada más.

    A las once menos cinco llegó Gerardo en una camioneta blanca con el logo del barco. Zulema había acomodado las cajas en el portón de la panadería, todavía tibias. Él levantó una tapa y se quedó quieto.

    —Huelen distinto —dijo.

    —Se me rompió el horno. Cociné en uno a leña.

    —¿Me las vas a cobrar igual?

    —Igual.

    Gerardo se rio, pagó, cargó las cajas. Antes de subir a la camioneta miró hacia el patio, donde don Branko seguía parado frente al horno con la pala apoyada en el hombro y el humo todavía subiendo.

    —Dígale al señor que el jueves vuelvo —gritó—. Que no apague.

    A la tarde, desde la ventana de la panadería, Zulema vio al barco soltar amarras y salir de la bahía despacio, grande y blanco, con la nieve cayendo sobre el canal. Del otro lado del tapial subía una hebra de humo delgada, la misma que se había quedado prendida toda la jornada, y por primera vez en cuatro años nadie la tapó con una tabla.

  • Damascos para Hortensia

    El pedido de Hortensia Aquino se lo sabía de memoria, sin anotarlo: dos kilos de pan, yerba, una garrafa de diez, jabón en barra, aceite, un paquete de velas por si se cortaba la luz. Y al final, siempre, con la misma voz de quien pregunta la hora:

    —Y si hay damascos, traeme.

    Rubén Cabral llevaba treinta y un años contestando «No hubo, Hortensia», y ella asentía como si hubiera esperado esa respuesta y la respuesta le sirviera.

    Ese jueves de diciembre era el último. La Nelly, la lancha almacén que había sido de su padre, estaba vendida a un muchacho de San Fernando que iba a transformarla en paseo para turistas. Rubén lo había firmado en octubre y no se lo había contado a casi nadie. Los jueves eran suyos: los otros cuatro barcos almacén del Delta cubrían el resto de la semana, cada uno su día, y la gente sabía que el jueves era el de la Nelly por el bocinazo corto y el de la heladera de cinco cuerpos pintada de verde.

    A las cinco y media de la mañana, en el Mercado de Frutos de Tigre, un cajón de damascos le pareció una mala broma. Estaban amontonados entre los duraznos, chicos, con la piel pecosa y el olor dulce de lo que ya se está pasando. Los dueños de los puestos lo conocían.

    —¿Vos con fruta? —le dijo uno—. ¿Desde cuándo?

    —Desde hoy. Pesame dos kilos.

    Los acomodó en una caja de pescado forrada con diario, arriba de la bolsa de yerba, lejos del sol. Después cargó hielo, carne, verdura, el gas, y salió por el Sarmiento con el motor refunfuñando y el cielo bajo y del color del cemento. A la altura de la escuela, el agua del río ya venía más alta de lo normal, empujada desde el Río de la Plata, y le lamía las maderas de los muelles. Rubén conocía esa señal. En el Delta, la sudestada no avisa con viento: avisa con el nivel.

    Hizo las paradas rápido. Los Moreno, que le pagaron con transferencia, cosa que él todavía miraba con desconfianza. La señora del recreo, que le pidió una bolsa de carbón y le preguntó por qué tanta prisa. El chico de la pileta de lona que quiso una gaseosa de litro y medio y le salió con tres. En cada muelle repetía la misma frase para sí: «Hoy es el último», y en cada muelle nadie lo sabía, y él no lo decía.

    Entró al arroyo Caraguatá pasadas las doce. El agua había subido una cuarta más y arrastraba ramas, una botella, un tronco de sauce. La casa de Hortensia estaba en lo alto de sus pilotes, con la escalera de madera y el muelle largo, y al lado el ciruelo que daba sombra hasta la ventana. Rubén amarró dos veces, porque la corriente tironeaba.

    Hortensia lo esperaba parada en el extremo del muelle, con el piloto amarillo y las botas de goma. Tenía ochenta y un años y una cara que parecía haberse secado al sol sin arrugarse del todo.

    —Estás tarde —dijo.

    —Viene la sudestada. Ando contra reloj.

    —Ya lo vi. Dame la garrafa.

    Rubén le pasó la garrafa, el pan, la yerba. Ella los iba apilando en un carrito con ruedas de bicicleta. Cuando terminó, se quedó esperando, con las manos en los bolsillos del piloto, la pregunta de siempre sin hacerla todavía.

    Rubén se agachó, destapó la caja de pescado y sacó el diario.

    —Hubo —dijo.

    Hortensia no se movió. Miró los damascos, después a él, después otra vez la caja.

    —Eran dos kilos —dijo—. ¿Cuánto es?

    —Nada.

    —Cuánto, Rubén.

    —Nada, Hortensia. Hoy es el último jueves. Vendí la lancha.

    Ella se quedó callada un rato largo, mirando el agua que pasaba por debajo del muelle, café con leche, cargada. Un camalote chocó contra el último pilote y siguió.

    —Mi marido me los trajo la primera vez que fuimos a Tigre juntos, en el cuarenta y nueve de la vida de cada uno, digamos —dijo al fin, con una mueca—. No me los traía por amor. Me los traía porque no tenía plata para otra cosa y eran baratos. Yo me los comí en la lancha, con carozo y todo, y me dio un dolor de panza terrible, y al otro día me preguntó si quería más.

    —Entonces los querías para comerlos.

    —No. —Agarró uno, lo giró entre los dedos, lo olió—. Los quería para que alguien los buscara. Un año, otro. Vos no te hacías drama, decías que no había y listo. Pero cada jueves me preguntabas, aunque sea de reojo, y yo sabía que ibas a pensarlo hasta la semana que viene. Eso me alcanzaba.

    Rubén no supo qué contestar. Le dolían las rodillas de agacharse y el agua ya había tapado el primer escalón del muelle de Hortensia.

    —Tenés que irte —dijo ella—. Se te va a llenar el arroyo de palos.

    —Sí.

    —Llevate esto.

    Le tendió un damasco, uno solo, pequeño, de piel pecosa. Rubén lo agarró. Ella lo miró de arriba abajo, con la lentitud de siempre.

    —El jueves que viene no vengas —dijo—. Pero pasá, si pasás.

    Soltó las amarras con un movimiento seco. La Nelly se fue corriéndose de la orilla, y él se quedó parado en la popa con el motor en punto muerto, mirando cómo la mujer se alejaba por el muelle con el carrito detrás, hasta la escalera de madera, hasta la puerta.

    Ya en el Sarmiento, con la lluvia empezando, se comió el damasco. Estaba tibio, a punto de pasarse, y tenía el gusto de algo que se pidió durante mucho tiempo.

    Después hizo sonar la bocina dos veces, corto, y nadie la escuchó.

  • El acordeón de la siesta

    Teófilo Maidana tenía la lengüeta número catorce sobre la yema del dedo, una laminita de acero que no medía más que una uña, cuando la chica entró al taller con la caja del acordeón apretada contra la panza y los ojos hinchados.

    —¿Usted es el que arregla fuelles? —preguntó—. Me dijeron en la peatonal que usted. Toco a las diez y cuarto en el anfiteatro. Son las siete.

    Teófilo dejó la lengüeta en el platillo. Afuera el calor de enero pesaba cuarenta grados sobre el techo de chapa, y el ventilador no hacía más que mover el aire de un lado a otro, como quien cambia de lugar los muebles. En la pared colgaba la foto de Estela con el vestido celeste, sacada hacía treinta años en una fiesta de Mburucuyá. Hacía cuatro años que el taller no tocaba otra cosa que reparaciones.

    —Dejame ver.

    Ella apoyó la caja sobre el banco. Era un acordeón de botones, de dos hileras, de los diatónicos de siempre, con la caja de madera descascarada en las esquinas. Teófilo abrió el fuelle con las dos manos y escuchó el aire. Se le escapaba por la esquina izquierda, un silbido finito, de pajarito.

    —Se te rajó el cuero del fuelle. ¿Cómo se llama, nena?

    —Brenda. Brenda Cardozo. Es de mi abuelo, pero lo uso yo.

    —Brenda, esto no se arregla en tres horas. Hay que despegar, cortar cuero nuevo, esperar que el pegamento tome. Dos días.

    Brenda no lloró. Se quedó mirando el reloj de pared, que atrasaba, y después las manos de él, grandes, con las uñas cortas y manchadas de cera de abejas. Teófilo había pasado cuarenta años pegándole cera a las lengüetas para afinarlas, y la cera le había quedado en las huellas como una letra vieja.

    —Me anotaron para las diez y cuarto porque se bajó un conjunto de Goya —dijo ella—. Si no toco, no vuelvo a tener otra. Tengo diecinueve años y es mi primera vez en el escenario grande.

    —Pedile uno prestado a alguien del festival.

    —Pedí. Todos tienen los suyos y no los sueltan. Un acordeón no se presta, usted sabe.

    Teófilo lo sabía. Se pasó la mano por la barba y miró hacia la cortina del fondo, donde había un armario con la puerta trabada por la humedad. Adentro, envuelto en una frazada, dormía el acordeón de Estela. No de ella: de él. Pero ella lo había bautizado Ñandé, que en guaraní quiere decir «nuestro», y desde que se murió nadie lo había abierto.

    —Esperá acá —dijo.

    Le costó la puerta del armario. Sacó el bulto, lo puso sobre el banco y desató la frazada. El olor a madera encerrada y a aceite de máquina de coser le subió a la cara y por un segundo no pudo hablar. Después apretó los botones de la hilera de adentro, uno por uno, y salió un sonido empañado, de gente que carraspea antes de cantar.

    —Está desafinado —dijo Brenda, con respeto.

    —Tiene cuatro años de siesta. Dame hasta las nueve.

    Trabajó con el dedo en las lengüetas, raspando acero con una lima finita, agregando cera, probando el aire con la boca para no gastar el fuelle. Brenda se sentó en un cajón y le fue alcanzando las herramientas, y a las ocho y media le preguntó por qué no tocaba él.

    —Toqué hasta que la Estela se enfermó. Después, cuando tocaba, la oía a ella cantando la segunda voz, y me quedaba en la mitad del tema.

    —¿Y ahora?

    —Ahora afino. Es parecido, pero no te hace falta la voz de nadie.

    A las nueve menos cinco cerró el fuelle. Se lo puso a Brenda en las rodillas y le señaló los correajes, que había aflojado dos agujeros.

    —Es más pesado que el tuyo. Aguantalo con la espalda, no con los hombros.

    Brenda tocó un compás de «Kilómetro 11». Se detuvo, miró a Teófilo, siguió. El taller se llenó de ese sonido que tiene el chamamé cuando el aire se mueve pegado a la tierra, a ras del piso, y el ventilador pareció girar al compás. Él cerró los ojos. Le dolían las rodillas y se acordó del vestido celeste.

    —Andá —dijo—. Y no te olvides de respirar en el segundo tiempo. Los buenos acordeoneros respiran donde la gente cree que están tocando.

    Ella se fue corriendo, con la caja a cuestas. Teófilo se quedó solo, con las lengüetas desparramadas sobre el paño y el silencio de siempre. Duró cinco minutos. Después cerró la persiana a medias, agarró la silla de mimbre y el mate, y caminó hasta la costanera con la lentitud de las siestas.

    Entró por una de las puertas laterales del anfiteatro cuando ya estaban anunciando a Brenda. Se quedó parado atrás de todo, entre las parejas que bailaban abrazadas, mejilla con mejilla, y los vendedores de chipá con las canastas al hombro. Desde ahí el escenario era un cuadrado de luz del tamaño de una estampita.

    Ella salió sola, con el acordeón de Estela colgado del cuerpo, y esperó a que se hiciera silencio. Respiró en el segundo tiempo. Teófilo lo notó, y le temblaron los labios.

    Sonó «Ñandé» por primera vez en cuatro años delante de miles de personas. Sonó mejor de lo que él se acordaba, con un poco más de aire, con la gravedad de las lengüetas nuevas que todavía no sabían quién era el dueño. La gente fue dejando de hablar y las parejas siguieron bailando sin mirarse, como si el tema las llevara de la cintura.

    En la mitad del tema, justo donde él siempre se quedaba, entró la segunda voz. No era la de Estela. Era la de un guitarrista flaco que acompañaba a Brenda desde el costado, y cantaba desafinado y feliz.

    Teófilo se apretó la boca con el dorso de la mano. Había una palabra vieja que le subía por el pecho y que no usaba desde el entierro, un grito largo, entre alegría y duelo, que en la música del Litoral tiene nombre propio. Se dio cuenta de que no la iba a poder guardar.

    Abrió la boca y largó el sapukay.

    Nadie se dio vuelta. Se mezcló con los otros gritos de la noche, con el ruido de los vasos y con la humedad del río que subía por las gradas, y sólo una pareja de viejos, a su lado, lo miró y asintió despacio, como se asiente a un vecino de toda la vida.

  • Cuatro minutos de Quinteros

    Evaristo Quinteros tenía la lupa metida en el ojo y el reloj abierto sobre el paño verde cuando sonó la campanita de la puerta. Eran las cinco y cuarto de un miércoles de noviembre, y desde la vereda de Pereuilh entraba el ruido de siempre: el chirrido de los frenos en la curva, el parlante de la estación diciendo algo que nadie entendía, el olor a garrapiñada de la esquina.

    Una mujer chiquita, con una cartera apretada contra el pecho, esperó a que él levantara la vista.

    —¿Usted arregla relojes de bolsillo?

    —Arreglo lo que tenga resorte, señora.

    Ella abrió la cartera y puso sobre el paño un Ferrocarril Sud de cuerpo plateado, con la tapa rayada y la cadena enredada como un yuyo. Evaristo lo tomó con las dos manos. Pesaba más de lo que parecía.

    —Era de mi marido —dijo ella—. Fue guarda del Roca cuarenta años. Me llamo Haydée. Lo necesito andando para mañana a las siete de la tarde. Mi nieto empieza el turno noche y quiero dárselo yo, en el andén.

    Evaristo miró el reloj, después el calendario del almacén de ramos generales que colgaba junto a la puerta, después a la mujer. Hizo cuentas. Tenía el taller lleno, la vista cansada y sesenta y ocho años de oficio.

    —Mañana a las siete. Venga a buscarlo y se lo doy.

    Esa noche, con el negocio cerrado y el ventilador de techo girando despacio, abrió la caja. Adentro todo estaba bien: la máquina limpia, el áncora sin óxido, apenas un aceite viejo que se había vuelto goma. Lo desarmó pieza por pieza sobre un trapo, como le había enseñado su padre en Banfield, y lo fue lavando con bencina en un frasco de mermelada. Armó, aceitó, dio cuerda. El reloj arrancó con un tictac seco y parejo, de buena familia.

    Lo puso a la hora con la radio. Después lo dejó en el cajón de las pruebas, que era el cajón donde Evaristo dejaba los relojes a contarse la vida durante la noche.

    A la mañana lo sacó y lo comparó. Adelantaba cuatro minutos justos. Ni tres ni cinco: cuatro.

    Evaristo se rascó la barba. Un reloj sano no adelanta cuatro minutos clavados. Lo abrió de nuevo, revisó la espiral, el regulador, la raqueta. Estaba toda movida a propósito, con un golpecito de pinza hecho hace muchos años y nunca corregido. Alguien había querido que ese reloj mintiera.

    Podía arreglarlo en diez minutos. Corría la raqueta un pelo y el reloj quedaba exacto, como correspondía. Tenía la pinza en la mano cuando se acordó de que un reloj exacto era lo único que sabía entregar.

    Se quedó dudando hasta las seis y media. A las siete menos veinte la campanita sonó de nuevo y entró Haydée con un nene de la mano, aunque el nene tenía veintipico y un uniforme azul doblado en el brazo.

    —Este es Lucas —dijo ella—. Hoy le toca el 19:10 a Constitución.

    —Está andando —dijo Evaristo, y puso el reloj sobre el mostrador—. Pero tengo que decirle algo. Adelanta cuatro minutos. Alguien lo movió a propósito. Si quiere, se lo dejo exacto ahora mismo.

    Haydée sonrió con toda la cara, como si hubiera ganado algo.

    —Ay, no. No lo toque.

    —Señora, un reloj tiene que decir la hora.

    —Este dice otra cosa —contestó ella—. Mi marido lo adelantaba cuatro minutos desde que empezó en la línea. Decía que en Temperley, en el trasbordo, siempre hay alguien corriendo por el puente con una bolsa. Que si el tren salía justo, justo, esa persona se quedaba en el andén. Y que si el reloj del guarda decía las siete y cuatro cuando eran las siete en punto, él tenía cuatro minutos para esperar al que venía corriendo sin que nadie pudiera decirle nada. Nunca salió un tren de su coche antes de que llegara el último.

    Lucas se rió bajito, mirando el piso.

    —Es verdad, abuela, me lo contaste mil veces. Yo pensé que era un cuento.

    —Es un cuento —dijo ella—. Y es verdad. Las dos cosas.

    Evaristo guardó la pinza en el bolsillo del guardapolvo. Pasó un paño por la tapa, desenredó la cadena con paciencia, la prendió al ojal del uniforme que Lucas se había puesto sin mirar. El reloj quedó colgado sobre el pecho del pibe, haciendo su tictac apurado.

    —No le cobro la mano de obra —dijo—. Cobro la bencina.

    Salieron los tres a la vereda. Del lado de la estación, una formación diésel largaba su aire contra los durmientes y la gente bajaba en tropel para cambiar de andén. Haydée tomó a su nieto del brazo y cruzaron Pereuilh despacio, ella adelante, él con una mano sobre la cadena.

    Evaristo se quedó en la puerta con el trapo en la mano. Vio al muchacho subir las escaleras del puente y, cuatro minutos después de lo que decía el parlante, vio al tren todavía quieto, con las puertas abiertas, esperando a un hombre que venía corriendo con una bolsa de supermercado. El hombre llegó, subió, se dio vuelta para decir gracias y nadie le contestó, pero en la ventanilla del último coche un uniforme azul levantó la mano apenas, como quien mira la hora.

    Después el tren se fue, con todos adentro.

  • Los patines de Raúl

    A las nueve y media, cuando por fin aclaró, Edith Soto ya llevaba una hora parada en la pasarela con el termo abrazado contra el pecho. Julio en Ushuaia no amanece: se va corriendo el negro de a poco, primero detrás del Olivia y después sobre el canal, hasta que uno se da cuenta de que ya se ve.

    —Abuela, tengo los pies muertos —dijo Camila, que había llegado de Buenos Aires el martes con zapatillas de lona.

    —Son los pies de Buenos Aires. Se acostumbran.

    —¿Y qué estamos esperando?

    Edith no contestó. Miraba la Bahía Encerrada, esa panza de agua baja que queda del lado de adentro de la pasarela, con el pasto seco asomando en las orillas y dos cauquenes muy quietos sobre una mancha gris. Del otro lado, la avenida de la Prefectura. Más allá, el viento ordenando las banderas de los barcos.

    Había trabajado treinta y cuatro años en la central de Entel, con los auriculares calzados sobre el rodete y las clavijas entre los dedos. Conectaba Ushuaia con el mundo: Río Grande, Buenos Aires, una vez Estocolmo. Sabía quién llamaba a quién y a qué hora, y nunca se lo contó a nadie. Se jubiló cuando las llamadas empezaron a pasar solas, sin que nadie las tocara, y desde entonces le quedó una costumbre: escuchar antes de hablar.

    Hoy escuchaba el hielo.

    —Cuando yo tenía tu edad —dijo al fin—, esto se congelaba entero. Había años que sí. El arroyo Buena Esperanza baja del Martial con agua dulce, y el agua dulce se congela antes que la del mar. Mi hermano Raúl venía con los patines que le había mandado mi tío desde Bahía Blanca. Dos tamaños más grandes, con medias de lana de relleno hasta la punta.

    —¿Patinaban acá? ¿En el medio de la ciudad?

    —Y en la ciudad no había mucho más que hacer. Se juntaban los chicos del barrio, alguien traía un tacho para el fuego en la orilla, las madres hacían chocolate. Yo no patinaba. Miraba. Mi trabajo era cuidar los zapatos.

    Camila se rió. Edith también, un poco.

    —¿Y por qué ya no se congela?

    —Hace muchos años abrieron dos canales en la pasarela para que el agua de la bahía se mezclara con la del mar. Estaba sucia, la pobre. Tenía razón la gente que lo pidió. Ahora está limpia, hay aves de todas las clases, hasta vienen a mirarlas con binoculares. Pero el hielo no volvió.

    —Entonces vinimos al pedo.

    —Vinimos a mirar.

    Se quedaron un rato en silencio, que en Ushuaia nunca es silencio del todo: gaviotas, un camión de volquete en la avenida, la chapa de algún galpón golpeando contra el viento. Edith destapó el termo y sirvió dos tapitas de mate cocido con leche, de ese que se toma con el humo subiéndole a uno a las pestañas.

    Fue Camila la que lo vio. Había bajado por los escalones hasta la orilla de la pasarela, donde el agua se juntaba entre piedras y totoras quemadas por el frío, y se agachó con el celular en la mano.

    —Abuela. Vení.

    Edith bajó despacio, con la mano en el pasamanos oxidado. Entre dos piedras, en un charquito de no más de medio metro, el agua estaba cubierta por una lámina clarísima, fina como un papel de seda mojado. Debajo se veía el barro y una hojita de lenga flotando, quieta, atrapada.

    —Es hielo —dijo Camila, como quien descubre algo ilegal.

    —Es una nada de hielo.

    —¿Lo puedo tocar?

    —Es tuyo.

    Camila apoyó la yema del dedo y la lámina se hundió con un chasquido seco y breve, un ruido de vidrio chico. Lo repitió con la punta de la zapatilla. Otro crac, más largo, que se corrió como una grieta hasta la otra piedra.

    Edith cerró los ojos. Ese sonido lo conocía de memoria. Estaba exactamente donde lo había dejado.

    —¿Y vos qué hacías mientras los otros patinaban? —preguntó Camila, soplándose los dedos.

    —Cuidaba los zapatos, te dije.

    —No, digo cuándo no cuidabas nada. Cuando te tocaba a vos.

    Edith la miró. Era una pregunta de nieta, directa, sin vuelta. Nadie se la había hecho en sesenta años.

    —Nunca me tocó —admitió—. Me daba miedo que se rompiera.

    —¿El hielo?

    —Todo.

    Camila se quedó pensando con la nariz colorada. Después se sentó en una piedra y empezó a desatarse las zapatillas.

    —Camila, qué hacés.

    —Me saco las medias. Dame las tuyas.

    —Estás loca. Con este frío.

    —Son dos segundos. Dale, abuela. Raúl no está para decirme que no.

    Edith abrió la boca para retarla y descubrió que no tenía el reto. En su lugar le salió una risa mal calculada, de garganta, que espantó a un cauquén. Se agachó en la orilla, con la rodilla protestando, y se sacó la bota derecha. Después la media gruesa de lana. Tenía el pie blanco y arrugado como un papel guardado en un cajón.

    Cuando lo apoyó sobre la lámina, el hielo no se rompió enseguida. Aguantó un segundo entero. Un segundo largo, parejo, en el que Edith sintió debajo del pie la bahía entera sosteniéndola.

    Después hizo crac.

    —¡Ay, Dios mío! —gritó, y Camila gritó con ella, y las dos se quedaron con los pies en el agua helada, riéndose como no se reían desde hacía años, mientras arriba, en la pasarela, un hombre con binoculares bajaba el aparato para mirarlas.

    Volvieron a casa con las medias chorreando en una bolsa y los pies colorados, y Edith puso a calentar agua para una palangana. Mientras el agua hacía ruido en la olla, buscó en el fondo del ropero una caja de zapatos con una cinta atada. Adentro había unos patines viejos de cuero, con la hoja picada de óxido y las medias de lana de Raúl todavía metidas hasta la punta.

    Los puso sobre la mesa, al lado del mate.

    —Mañana los vamos a limpiar —dijo—. Por si acaso.

  • El abono de Aurelio

    A las cuatro de la tarde, Delia Bruno ya había planchado dos veces la misma blusa celeste. La tercera la dejó sobre la cama y se sentó a mirar el carnet, plastificado y gastado en las esquinas, con la foto de Aurelio de cuando todavía tenía bigote. Número de socio, categoría, platea alta. Y abajo, en lapicera azul, una fecha: 1974.

    —No me mires así —le dijo a la foto—. Voy a ir.

    Aurelio había comprado el abono en cuotas, como casi todo en su vida. Se lo vendieron en el club, él firmó con la lengua afuera y lo pagó durante años en una ventanilla del centro. Cada primero de mes salía de la casa de Arroyito con el sobre en el bolsillo de adentro del saco. Delia nunca lo acompañó a la cancha. Los domingos se quedaba en la cocina con la radio, el mate y la ropa para planchar, y escuchaba el partido desde la voz de un relator que gritaba más fuerte que los vecinos. Desde su patio se oía el estadio entero, un mar que subía y bajaba a dos cuadras. Alcanzaba. O eso decía ella.

    Aurelio había muerto en marzo. La cuota del abono seguía figurando a su nombre y a ella no se le ocurrió darla de baja. La semana anterior, una chica de la secretaría le explicó con cara de pena que podía transferirlo, o dejarlo caer, o usarlo una última vez antes de que lo anularan.

    —¿Usarlo cómo? —preguntó Delia.

    —Viniendo, señora. Sentándose.

    Se puso la blusa celeste. Se puso el cárdigan, porque corría viento del río. Guardó el carnet en la cartera, junto con un termo chico y dos sándwiches de miga que preparó sin pensar, por costumbre de quien siempre armó la vianda de otro.

    Caminó por Cordiviola entre las banderas colgadas de los balcones. Había olor a chorizo en las parrillas de la vereda, a humo de carbón y a cerveza tibia. Un nene pasó corriendo con la camiseta azul y amarilla hasta las rodillas. Delia se fue pegando a la pared, porque la gente caminaba rápido y ella llevaba un paso de domingo, más lento, de quien no tiene apuro por llegar a lo que tarda en venir.

    En el molinete, un muchacho de campera amarilla pasó el carnet por el lector. La luz parpadeó en rojo.

    —Ese es de un socio fallecido, señora.

    —Es mío. Quiero decir, era de mi marido.

    El muchacho miró el carnet, la miró a ella, y miró hacia atrás. Una mujer mayor con un handy le hizo un gesto breve con la cabeza. El molinete giró.

    Las escaleras eran más largas de lo que Delia imaginaba. Subió agarrada de la baranda, con la cartera apretada contra el pecho, y en cada descanso se detuvo a respirar. Cuando salió al aire libre de la platea alta, el mundo se abrió de golpe: la cancha estaba abajo, de un verde que no existía en ningún televisor, y del otro lado, detrás de las tribunas, el Paraná se extendía ancho y pardo, con una barcaza lenta cruzándolo bajo la luz que se iba.

    Encontró la butaca por el número. Estaba al medio de una fila de asientos azules, entre un hombre que pelaba una mandarina y un asiento vacío.

    —Perdón —dijo ella.

    —Pase, pase. Ese es el de Aurelio —dijo el de la mandarina, y no hizo más preguntas.

    Delia se quedó helada. El hombre le sonrió con la boca llena de gajo.

    —Dieciocho años que me siento al lado. Siempre me convidaba un caramelo de menta. Yo le traía la mandarina.

    Se sentó. El plástico estaba frío. Miró el campo, el cielo, la línea del río, y entendió de qué hablaba su marido cuando volvía a casa con la voz gastada y los ojos brillantes y decía que en la platea se estaba mejor que en misa. No era el fútbol. O no solamente. Era esto: tener la ciudad desplegada a los pies, un lugar propio entre desconocidos que te conocían y el agua pasando indiferente, como si nada de lo que se jugaba abajo tuviera tanta importancia.

    Salieron los equipos y el estadio se vino abajo en un rugido que le subió por las piernas. Delia no entendía el offside, ni por qué todos se levantaban a la vez, ni a quién putear. Pero se levantó igual, y cuando hubo un córner y la tribuna entera contuvo el aire, ella también lo contuvo.

    En el entretiempo abrió la cartera y sacó los sándwiches. Le ofreció uno al de la mandarina, que aceptó con un respeto casi religioso. Después sacó el termo y sirvió dos tapitas de té.

    —Está medio frío —se disculpó.

    —Está perfecto, señora.

    El otro sándwich lo dejó sobre el asiento vacío, envuelto en su servilleta, sin decir nada. El hombre la miró y tampoco dijo nada. Abajo, los jugadores volvían a la cancha. Un chico gritó desde la fila de atrás.

    Cuando terminó el partido, la gente se fue vaciando despacio y Delia se quedó sentada hasta que quedaron las filas desiertas, la cancha apagándose y el río oscureciéndose a lo lejos. Pasó una mujer con una bolsa de residuos recogiendo vasos. Se acercó al asiento de Aurelio y, antes de pasar de largo, vio el sándwich de miga intacto sobre el plástico azul.

    —Eso no lo tiro —dijo.

    —No —dijo Delia, y lo guardó otra vez en la cartera, como se guarda una cosa que va a hacer falta.

    Al llegar a la puerta, sacó el carnet y lo apretó en la mano. El domingo siguiente, pensó, iba a tener que preguntar cómo se pagaba la cuota.

  • La Q al revés

    A las siete menos diez, el taller de El Maitén todavía no tenía calefacción y el torno de Graciela Quilodrán ya estaba caliente de tanto girar en vacío. Ella le pasaba el trapo al carro con la mano izquierda y con la derecha sostenía el mate, que se le enfriaba igual. Afuera, el viento de la cordillera arrastraba arena contra las chapas y hacía sonar el portón como si alguien quisiera entrar sin pedir permiso.

    Sobre el banco, envuelto en un repasador de cuadros, estaba el buje de bronce que había que reemplazar. Tenía el diámetro de una taza y el desgaste de cuarenta años de curvas. La locomotora tenía que salir a las vías antes de la Fiesta Nacional del Tren a Vapor, en febrero, y faltaban once días para que el jefe de taller diera la última palabra.

    —¿Lo vas a hacer vos? —preguntó Ramón Becerra desde la puerta. Traía el termo bajo el brazo y el gorro de lana hasta las cejas.

    —Lo estoy haciendo.

    —Hay uno de repuesto en el pañol.

    —Ese no entra. Lo hizo mi viejo en el noventa y cuatro, para otra máquina, y nunca le quedó bien. Tiene un pelo de juego de más.

    —Un pelo no se nota.

    —En una caldera, un pelo se nota en el kilómetro doce.

    Ramón no discutió. Había trabajado con el padre de Graciela y sabía que en ese taller las discusiones sobre medidas se perdían siempre por goleada. Se sentó en un cajón de madera, destapó el termo y la ayudó a mirar.

    Graciela trabajaba despacio. Fijó la barra de bronce en el plato, acercó la herramienta y la viruta salió en una espiral fina, color miel, que cayó sobre el piso de tierra y quedó brillando. En el taller se conservaba el olor a aceite quemado, a hierro frío y a yerba húmeda, el mismo que ella había conocido a los ocho años, cuando venía a la salida de la escuela a esperar a su padre sentada sobre un yunque.

    A media mañana, cuando fue a buscar el calibre, abrió el cajón de las herramientas del viejo. Hacía años que no lo tocaba. Adentro había una lima gastada, un compás oxidado y, en un rincón, una cajita de lata de membrillo. Dentro de la cajita, un punzón de acero con una letra grabada en la punta: una Q al revés, porque así sale al golpear.

    —¿Y esto? —dijo Ramón, que se había parado detrás de ella.

    —Su marca. La ponía en cada pieza que hacía, adentro, donde no se viera. Decía que una pieza sin firma se la lleva cualquiera.

    —Nunca vi ninguna.

    —Porque no se ven. Se ven cuando se desarma la máquina, a los ocho años, y alguien la da vuelta.

    Ramón se quedó callado. Después dijo, bajito, que a él le había tocado desarmar la máquina hacía tres años. Y que había visto la Q.

    Graciela lo miró.

    —¿La viste?

    —En la caja de bielas. Una Q así, chiquita. Pensé que era del fabricante. Alemanes, qué sé yo.

    Ella se rió, por primera vez en toda la semana, una risa corta que le sacudió los hombros. Después volvió al torno. Pasó la tarde afinando el diámetro, midiendo cada tanto con el calibre, soplando la viruta. A las seis, cuando se fue la luz natural y quedó solo la lámpara de arriba, el buje estaba listo. Lo probó contra el eje. Entró con un sonido seco y limpio, sin juego, como entra una llave en su cerradura.

    Faltaba una sola cosa.

    Graciela tomó el punzón y lo apoyó contra la cara interna del buje. Se quedó un rato así, con el martillo en la otra mano, escuchando el viento contra el portón y los pasos de alguien que cruzaba la vía de afuera.

    —No sé si corresponde —dijo.

    —Ya hay una Q en la caja de bielas —dijo Ramón—. Una más no estorba.

    —No es lo mismo. Esa es de él.

    —Esta también. Vos hiciste el buje con las manos que te dio.

    Ella asintió. Dio un solo golpe, firme, y levantó el punzón. En el bronce quedó la letra, al revés, chiquita, casi invisible.

    Esa noche, el buje viajó en el bolsillo de su campera hasta la máquina, y entre los dos lo montaron con grasa y paciencia. Cuando terminaron, Ramón cerró la tapa y apoyó la palma sobre la chapa tibia.

    —Dentro de cuarenta años, alguien la desarma y se pregunta de quién es esa Q.

    —Y no va a saber que son dos —dijo Graciela.

    Apagaron la lámpara. En el taller quedó el olor a bronce nuevo, el tic del metal enfriándose y, bajo la tapa, la letra que nadie iba a ver, trabajando.

  • El nombre bajo el amarillo

    A las seis y diez de la mañana, la Banquina Chica olía a gas oil, a red mojada y a anchoíta recién descargada en cajones. Nélida Tarantino dejó el tarro de amarillo sobre un cajón dado vuelta, abrió el de rojo con un destornillador y le habló a la lancha como les hablaba a todas.

    —Quedate quieta, que esto no duele.

    Hacía cuarenta años que pintaba nombres en las lanchitas amarillas del puerto de Mar del Plata. Había heredado el pincel de su tío, un pincel de pelo de marta con el mango gastado por el pulgar, y con él había escrito Santa Lucía, Dos Marías, Mi Nono Salvatore y una vez, por encargo de un borracho simpático, Sin Rumbo Fijo. Ahora tenía que repasar el casco de la Tres Hermanos antes de la bendición de las embarcaciones, que era mañana, y la lancha todavía tenía costras de sal en la proa.

    Vicente Lo Presti la miraba trabajar desde la banquina, con las manos en los bolsillos de una campera que le quedaba grande. Tenía setenta y cuatro años y la cara cortada como una tabla de cortar pescado. Detrás de él, sobre la escollera sur, los lobos marinos se quejaban con esa voz de portón sin aceite.

    —Sacale el nombre —dijo.

    —¿Qué nombre?

    —El de la proa. Ponele Rosalía.

    Nélida bajó el pincel. Rosalía era la mujer de Vicente. Se había muerto en marzo, un martes, y él había salido a pescar el miércoles igual, porque la corvina no entiende de velorios.

    —Vicente, a una lancha no se le cambia el nombre así nomás. Se queda sin salir. Mi tío decía que el nombre viejo se queda agarrado de la madera y, si lo sacás sin avisar, se pone a tirar para el otro lado.

    —Mi viejo la bautizó así porque éramos tres. Somos uno. Uno solo y una lancha que ya no necesita tres.

    Dijo eso sin levantar la voz. Nélida lo conocía desde chica y sabía que cuando Vicente hablaba bajo era porque lo había pensado toda la noche. Agarró la espátula.

    —Lo hago —dijo—. Pero lo hago a mi manera.

    Raspó la T primero. Debajo del amarillo de este año salió el amarillo del año anterior, y debajo ese, un amarillo más claro, de cuando se usaba otra marca de pintura, y más abajo todavía una capa de rojo, que era el detalle de las lanchas que salen más lejos. Cada letra era un pozo de años. A las nueve había despejado la palabra Tres y a las diez, con el sol ya alto y el olor de los puestos de pescado frito empezando a mezclarse con el de la pintura, estaba por empezar con Hermanos.

    —Esperá —dijo Vicente.

    Se había acercado hasta el borde del muelle. Miraba la H.

    —Esa H la hizo mi hermano Gino. Tenía doce años. Mi viejo le dio el pincel un domingo porque se quería lucir con un amigo, y Gino la hizo con un travesaño torcido. Nadie la corrigió nunca. Cada vez que la repasaban, se la dejaban torcida.

    Nélida miró la H. En cuarenta años de repasos se había dado cuenta de que estaba torcida y había creído que era un error de otro pintor.

    —Eso no te lo iba a decir —siguió Vicente—. Gino se fue a Necochea y no volvió. Mario se murió en el ochenta y nueve, en el mar. Y yo quedé acá, con la H de Gino.

    Nélida se sentó en el cajón, al lado del tarro de amarillo. Las gaviotas bajaban a la banquina a pelearse por una cabeza de besugo y se iban. Pensó en su tío, en el pincel, en todos los nombres que había escrito sobre otros nombres.

    —Tengo una idea —dijo al fin—. Rosalía va en la proa, grande, en rojo, con la sombra para el lado del mar, como corresponde. Y Tres Hermanos lo escribo adentro, en la tabla de la bodega, donde se apoya la red. Chiquito, con la H de Gino.

    —¿Eso se puede?

    —Se puede si nadie lo ve. Los nombres que nadie ve son los que sostienen a los otros.

    Vicente se rascó la nuca. Miró la lancha, la banquina, los cajones apilados, el mástil de la lancha vecina con una bolsa de pan atada para las gaviotas. Después asintió una sola vez, como quien firma.

    Nélida pintó toda la tarde. Rosalía le salió con la R larga y el rulo final apuntando al horizonte, y cuando la última mano de rojo todavía brillaba, bajó a la bodega con un frasco de pintura blanca y el pincel de su tío. Se arrodilló sobre la madera húmeda, entre olor a pescado y a sal, y escribió despacio, letra por letra, Tres Hermanos. A la H le hizo el travesaño torcido.

    A la mañana siguiente, en la bendición, el cura rocío con agua bendita las proas y las redes, y nadie miró dos veces la bodega de la lancha de Vicente Lo Presti. Esa tarde, de vuelta de la pesca, Vicente tendió la red mojada sobre la tabla y la red cubrió las letras de abajo. Los lobos marinos ladraban desde la escollera. La lancha entró a la banquina con dos nombres, uno para el que la mira desde el muelle y otro para el que la carga, y flotó más derecha que nunca.