Author: rohan

  • El último renglón de la báscula

    Faltaban cuarenta minutos para el último camión de la zafra cuando Rufino Zelarayán se dio cuenta de que no sabía qué hacer con las manos. Treinta y tres años en la garita de la báscula, en el ingenio de Los Sueldos, y nunca había tenido que pensar en eso. Siempre había algo: el libro de pesadas, el sello, el mate, la ventanilla que se abría para que el camionero pasara el remito.

    Ahora el libro estaba cerrado, el sello guardado en su cajita y el mate lavado, boca abajo sobre un repasador. Afuera, el predio olía a bagazo quemado y a melaza, ese dulzor espeso que se le pegaba a la ropa y que su mujer, en mayo, decía que ya no sentía más, de tanto convivir.

    Era el cinco de noviembre. En el pueblo se hablaba de otra cosa: de la lluvia que no venía, del precio de la nafta, del casamiento de la hija del almacenero. La zafra se iba como se van las visitas largas, sin ceremonia, con los platos todavía en la mesa.

    —¡Abuelo!

    Lucía entró corriendo a la garita, con el guardapolvo desabrochado y la mochila golpeándole la cola. Tenía siete años y había salido de la escuela de Los Sueldos a las cinco, directo para ahí, como todos los jueves desde que se había enterado de que el abuelo se jubilaba.

    —No se corre cerca de la báscula —dijo él, por costumbre.

    —Ya sé. Pero hoy es el último, ¿no?

    —El último camión. Faltan cuarenta minutos.

    Lucía se sentó en el banquito de los camioneros, ese de madera con el respaldo gastado por tantas espaldas, y empezó a balancear las piernas. Miraba el tablero de la pesa, los números rojos apagados, el cuadrante viejo con la aguja que Rufino ya no usaba pero que nadie se había animado a sacar.

    —¿Y qué pasa cuando llega? —preguntó.

    —Lo peso. Cargado, a la entrada. Después va al volcador, descarga, vuelve vacío y lo peso otra vez. La diferencia es la caña.

    —¿Y después?

    —Después se acabó.

    —¿Y si no quiero que se acabe?

    Rufino se rio por la nariz. Se levantó, abrió el cajón del escritorio y sacó una bolsa de papel madera, de esas de medio kilo.

    —Mirá lo que tengo.

    Adentro había azúcar rubia, de la primera molienda de mayo. Se la había guardado él mismo, de la que se barría del piso del galpón, sin que nadie lo supiera. Era una costumbre de la garita: cada balancero se guardaba un poco de la primera, y al final de la zafra, el último camionero se la llevaba, para la suerte del año que viene. Rufino la había heredado de un tal Ledesma, que la había heredado de otro, y así hacia atrás hasta quién sabe cuándo.

    —¿Y por qué se la dan al camionero?

    —Porque es el que se va.

    A las seis menos diez, el cielo se puso de ese color que tiene el norte tucumano cuando hay humo de quema y atardecer juntos, un naranja turbio, como té con leche. Se oyó el motor antes de ver el camión: un Mercedes viejo, de acoplado doble, cargado hasta el tope de caña, con los tallos asomando por todos lados como si quisieran escaparse.

    Rufino salió de la garita. Lucía lo siguió, pero se quedó en el escalón, sin pisar el pasto.

    El camionero bajó con el remito en la mano. Era un hombre flaco, de bigote gris, con una gorra de la cooperativa de Monteros. No dijo buenas tardes. Dijo:

    —No me diga que es el último.

    —Es el último.

    —Yo traje el primero también. En mayo.

    —Entonces le toca la bolsa.

    El hombre se quedó mirando el papel madera como quien mira una carta. Rufino fue hasta la garita, apretó el botón, y los números rojos del tablero subieron, titilaron y se quedaron fijos. Cuarenta y ocho mil trescientos kilos. Los anotó con la birome azul, en el último renglón de la última página. Estampó el sello. Esperó a que el sello se secara, y fue lo más largo que esperó en su vida.

    Cuando el camión arrancó hacia el volcador, el predio quedó en silencio. Los demás empleados ya se habían ido, o estaban del otro lado, en la molienda. Rufino se quedó parado en el borde de la plataforma de la báscula, con la birome todavía en la mano.

    —Abuelo —dijo Lucía, desde el escalón.

    —¿Qué?

    —¿Se puede pesar a una persona?

    —Es una báscula para camiones.

    —Pero ¿se puede?

    Rufino la miró. Siete años, trenzas desparejas, las medias caídas. Pensó en todas las cosas que había pesado: caña, acoplados, un tractor que se había incendiado en el 2009, una vez una vaca que se había colado y que el dueño vino a reclamar a los gritos. Nunca nada que importara.

    —Subí —dijo.

    Lucía cruzó el pasto corriendo, trepó a la plataforma de chapa y se paró en el medio, con los brazos pegados al cuerpo, como si la fueran a fotografiar. Rufino entró a la garita. Tocó el tablero. Los números rojos titilaron, buscaron, y se quedaron en un número tan chiquito que parecía un error.

    Veintiséis con cuatrocientos.

    Rufino abrió el libro de pesadas. Pasó la hoja. Escribió, debajo de la última pesada de la zafra, con letra cuidadosa: Lucía Zelarayán, jueves 5 de noviembre, 26 kilos 400. Y puso el sello, aunque ya no era hora de sellar.

    —¿Qué dice? —gritó ella desde afuera.

    —Que pesás lo mismo que una bolsa de azúcar y medio, y que el año que viene te peso de nuevo.

    —¿Vos vas a estar?

    Rufino cerró el libro despacio. Por la ventanilla, el cielo naranja se iba poniendo violeta, y a lo lejos, detrás del volcador, el camión vacío ya volvía, con su ruido largo, hacia la última pesada.

    —Alguien va a estar —dijo—. Y si no, vos venís y me avisás.

  • El mail coach y la brama

    Hacía treinta y un años que Mirta Bazán cerraba la sala de carruajes a las seis y media, y hacía treinta y un años que, a las seis en punto, mientras ella pasaba el trapo por los guardabarros, los guías salían con los visitantes hacia el mirador y los ciervos empezaban a hablar en el monte.

    Ella los oía igual, claro. Por la puerta entornada entraba el olor a caldén y a tierra fría, y de vez en cuando, muy lejos, algo largo y ronco, como un camión arrancando debajo de la tierra. Pero oír de adentro no es lo mismo, se decía. Era como escuchar un partido por la pared del vecino.

    Esa tarde era el último martes de abril. La brama se iba acabando, y ella se jubilaba el quince de mayo.

    A las cinco y diez ya había barrido, ya había guardado el cuaderno de visitas y ya se había puesto, abajo del guardapolvo, el chaleco de lana que traía en la cartera desde la mañana. Nadie se había dado cuenta. Pensaba salir a las seis menos veinte, caminar el sendero hasta el mirador de la loma y pararse atrás de todo, sin decirle nada a nadie, como quien va al baño.

    A las cinco y media sonó un portazo en la entrada, risas, la voz de una maestra pidiendo que por favor hicieran fila. Era una escuela de Toay. Veinte chicos de séptimo, un micro, un guía apurado que gritó desde el patio:

    —¡Mirta, los dejo diez minutos nomás en los carruajes y salimos para el mirador!

    —Dejalos —dijo ella—. Que no toquen nada.

    Tocaron todo, naturalmente. Pasaron en tropel junto al Mail Coach, ese coche enorme, amarillo y negro, con el pescante tan alto que parecía un balcón con ruedas. Uno se subió al estribo, la maestra lo bajó de la oreja. A las cinco y cincuenta el guía pasó lista, contó diecinueve, volvió a contar, dijo “bueno, veinte” para no perder la luz, y se los llevó a todos monte adentro.

    Quedó el silencio y el polvo en los rayos de sol. Mirta se sacó el guardapolvo, lo dobló, buscó las llaves.

    Entonces vio los championes.

    Eran unos championes celestes, de nene, asomando entre las ruedas traseras del Mail Coach. Se agachó con la rodilla crujiéndole. Adentro, abrazado a una mochila con dibujo de dinosaurio, había un chico de doce años mirándola con la cara colorada de quien ya perdió.

    —Yo no me quería ir —dijo.

    —¿Cómo te llamás?

    —Joaquín.

    —¿Y por qué no querías ir, Joaquín?

    El chico dudó. Se limpió la nariz con la manga.

    —Mi papá cría ciervos en un campo de Anguil. Chiquitos, de los que se venden. Dice que los de acá son los de verdad y que la brama es un ruido de lástima. Que uno grita porque está solo.

    —¿Y vos qué pensás?

    —Que si voy y lo escucho, a lo mejor tiene razón.

    Mirta miró el reloj de pared. Seis y cuatro. Si lo llevaba hasta la entrada y esperaba al guía, perdía todo. Si lo dejaba ahí y salía, perdía al chico. Si llamaba por radio, el guía volvía con veinte pibes, la maestra con la cara desencajada, y ya no habría monte para nadie.

    —Pará —dijo—. Hagamos otra cosa.

    Cerró la sala con llave, le dio la mano al chico, y salieron al sendero. El aire había cambiado. Se había puesto de ese azul oscuro que tienen los caldenes antes de la noche, retorcidos, con las copas chatas como paraguas viejos. Caminaban rápido. Él preguntaba cosas, ella contestaba cualquiera: que el castillo tenía una chimenea comprada en París junto con todo un restaurante, que los carruajes eran quince, que el Mail Coach llevaba a veinte pasajeros y a un cochero con un cuerno.

    —¿Un cuerno de verdad?

    —De bronce. Para avisar que llegaban.

    Llegaron al mirador cuando el grupo ya estaba en silencio, apiñado en la baranda. El guía las vio y abrió la boca; Mirta levantó un dedo y él la cerró. La maestra se llevó la mano al pecho y contó diecinueve más uno.

    Y entonces, por primera vez desde adentro, Mirta oyó.

    No era un grito. Eso fue lo primero que entendió. Empezaba bajo, casi un ronroneo de máquina, subía, se ensanchaba, se rompía en el medio como una madera y volvía a bajar, y en la pausa se oía a otro, más lejos, contestando. Venía del suelo, de los pies. En la loma de enfrente apareció una hembra, después otra, color canela contra el pastizal pálido, y detrás, con la cornamenta como un árbol sin hojas, el macho, que iba y venía, y contaba, y volvía a contar.

    Joaquín no dijo nada. Tenía la mochila apretada contra la panza.

    —No está solo —susurró por fin.

    —No —dijo Mirta—. Está llamando. Es distinto.

    Del otro lado del valle, otro bramido le respondió, y después un golpe seco, como dos ramas gruesas que se parten. Mirta se dio cuenta de que tenía las manos juntas, apretadas, igual que cuando era chica y esperaban en la ruta el micro de la abuela.

    Treinta y un años, pensó. Y nunca había hecho falta más que caminar quince minutos.

    Cuando se acabó la luz, el guía prendió la linterna roja y los chicos empezaron a bajar. Joaquín esperó a que pasaran todos y se quedó un paso atrás, con ella.

    —¿Vas a volver mañana? —preguntó.

    —Hasta el quince de mayo, sí.

    —Digo, a escucharlos.

    Mirta miró hacia el monte, donde el macho seguía hablando solo para los que quisieran entender.

    —Mañana a las seis cierro la sala a las seis menos veinte —dijo—. Y dejo un cartel en la puerta.

    —¿Qué dice?

    —Que volví enseguida.

    El chico se rió. Bajaron juntos por el sendero, atrás del grupo, con el chaleco de lana de Mirta ya a la vista de todos y el bramido todavía subiendo desde la tierra, atrás, cada vez más ancho, cada vez menos lejos.

  • Quieto, Héctor

    Héctor Acuña apagó el aire del Corsa a las dos de la tarde, con treinta y nueve grados en el cartel de la farmacia, porque el compresor hacía un ruido de lata y prefería sudar a escucharlo. Bajó las dos ventanillas. Entró olor a tierra recalentada y a carbón de algún asador de la avenida. Sobre el tablero, la guampa de tereré, con el agua ya tibia.

    La chica subió frente a la facultad con una mochila en el pecho y una libreta con el elástico gastado.

    —A la plaza 25 de Mayo, por favor. Y después al Parque 2 de Febrero. Tengo que fotografiar doce esculturas para una cátedra y me quedan cinco horas de luz.

    —Doce —dijo Héctor—. En esta ciudad vas a sacar doce en una cuadra y media.

    Se llamaba Camila, estudiaba Artes Visuales y tenía que armar una ficha por cada obra: autor, material, año, estado de conservación. Hablaba mirando por la ventanilla, con el celular en alto, como si la ciudad fuera a cambiar de lugar. Héctor manejó despacio. Conocía cada esquina con escultura de memoria, igual que un colectivero conoce los pozos: no por arte, sino por cómo había que esquivarlos.

    En la plaza, ella bajó y él se quedó con el motor apagado, mirándola trabajar. Camila se agachaba, se paraba, rodeaba los bloques de mármol, anotaba. A la tercera ficha volvió hasta la ventanilla.

    —¿Usted me espera? No le corro el taxímetro, pero quiero decirle que no tiene que quedarse.

    —Es remís, no taxi. Y no tengo apuro. —Hizo una pausa y después lo dijo, porque hacía treinta años que no lo decía en voz alta—: Yo busco una escultura. Si en tu libreta tenés fotos de las de madera, me ayudás.

    Se la contó apoyado en el volante. En el noventa y seis tenía veintiocho años y trabajaba de peón en un corralón. Un viernes, a la hora de la siesta, pasó por la plaza y vio que los escultores tallaban el urunday a maza y cincel, con la gente mirando detrás de las vallas. Un muchacho de Formosa, flaco, con la camisa abierta, lo paró a los gritos: se le había caído el modelo, un amigo que había prometido venir, y necesitaba a alguien sentado dos horas para fijar la postura.

    —Me senté en un cajón de cerveza, con las manos colgando entre las rodillas. Me dijo: «Quieto, no pienses en nada». Dos horas. Me dolía la espalda, me picaba una pierna. A las cuatro me levanté, le di la mano y me fui a cobrar el jornal. Nunca vi cómo terminó.

    —¿Y por qué no lo buscó?

    —Porque si lo encontraba y no era yo, me quedaba sin nada. Y si era yo, no sabía qué iba a hacer con eso. —Sonrió con un costado de la boca—. Así que miro a todos los que están sentados. Treinta años mirando bancos, Camila.

    Ella no dijo nada. Abrió la libreta, sacó el celular y empezó a pasar fotos. Había cientos, de las salidas anteriores, de la cátedra, de todo el año. Pasaba y pasaba. Héctor miraba la tierra del cordón, la hormiga que cruzaba la goma de la rueda.

    —¿Hombre sentado, de madera, manos entre las rodillas?

    —Puede ser.

    —Hay uno. —Giró el celular—. Se llama «Espera». Está en una plazoleta a diez cuadras. Lo tengo en la lista, pero es el último, porque la madera está bastante rajada.

    Tardaron once minutos, con las ventanillas bajas y el sol de frente. La plazoleta era chica, con un paraíso viejo y dos bancos de cemento. El hombre de urunday estaba en el medio, sentado sobre un bloque cuadrado, las manos colgando, la cabeza un poco inclinada, mirando algo a unos metros que no estaba. Tenía una grieta larga que le cruzaba el pecho y los pies ennegrecidos por tantos inviernos de lluvia.

    Héctor se bajó despacio. Caminó alrededor sin hablar. La chapita decía el nombre del escultor, el año, «Madera de urunday». No decía nada del modelo.

    Se agachó a la altura de las manos. Eran grandes, con los nudillos marcados, y en la izquierda el dedo meñique salía doblado hacia afuera, como una rama que alguien pisó.

    Héctor levantó su propia mano izquierda y la puso al lado. Se quedó así un rato. Camila no sacó el celular.

    —Me lo rompí a los once, jugando a la pelota en la calle —dijo al fin—. Nunca se lo mostré al muchacho. Se lo miró solo, mientras yo estaba quieto.

    Se sentó en el borde del bloque, al lado de la escultura, con las manos entre las rodillas, y miró hacia el mismo lugar donde miraba el otro. Las chicharras gritaban en el paraíso. A lo lejos, un chico pasaba en bicicleta con un termo.

    —Ahora sí —dijo Camila, levantando el celular—. Quedate quieto, Héctor.

    —Treinta años que no hago otra cosa —dijo él, sin moverse.

  • La pileta de Soledad

    El pico rebotó contra la costra y a Soledad le subió el golpe hasta los dientes. Era la tercera vez en la mañana que le pasaba lo mismo: levantaba el pico por encima del hombro, lo dejaba caer con todo el peso y la sal le devolvía apenas una astilla blanca, como si el salar se burlara con educación.

    Tenía dieciséis años, un par de guantes de su padre que le bailaban en las manos y hasta que se escondiera el sol para terminar la pileta. Cuatro metros de largo, dos y medio de ancho, cuarenta centímetros de profundidad. Había medido con una soga anudada, clavando cuatro estacas de cardón seco en las esquinas, y ahora el rectángulo se veía enorme, mucho más grande de lo que había parecido en la cabeza.

    A las diez pasó un camión por la Ruta 52, bajando hacia Purmamarca, y el chofer tocó bocina dos veces. Ella levantó una mano sin darse vuelta. Sabía que en ese camión, entre los fletes, alguien le iba a contar a su tío que la había visto sola en el salar, y que su tío iba a venir en la moto antes del mediodía a decirle que lo dejara para el fin de semana. Por eso había empezado a las seis y media, con el aire a cero grados y el termo de té con coca apoyado contra una estaca.

    Su padre estaba en el hospital de Jujuy, con la pierna enyesada desde el viernes, un tropezón de nada en un patio de la comunidad. Desde la cama le había mandado un mensaje de voz que ella escuchó tres veces sin contestar: «Esperá a que salga, hija. Una semana más no cambia nada». Pero el cielo del sur ya venía cargado de gris desde el domingo, y los viejos de San Miguel de Colorados decían que las primeras lluvias se adelantaban. Si el agua entraba al salar antes de que la pileta estuviera hecha, no había siembra. Y sin siembra no había cosecha en marzo, ni dos toneladas de sal para vender a las fraccionadoras, ni plata para pagar el flete de la camioneta que su padre ya debía.

    Cambió la forma de agarrar el pico. Le había mirado las manos a su padre mil veces: no pegaba, dejaba caer. Soltó los hombros, dejó que el hierro hiciera la parte pesada y empezó a notar cómo la costra se rajaba en láminas, primero finas, después en placas. Debajo estaba la salmuera dura, sucia, gris. Sacó los primeros diez centímetros con la pala carbonera y los fue tirando en una pila aparte, porque eso se descarta, eso lo sabía de memoria.

    A mediodía le dolía la espalda en un lugar que no sabía que tenía. Comió parada, con el pan y el queso de cabra en la mano, mirando el salar que se extendía blanco hasta la sierra de Chañi. Hacía un viento seco que le resecaba los labios y le llenaba los ojos de lágrimas que se congelaban a medias en las pestañas. Se acordó de la abuela, que decía que la sal estaba viva, que había que darle de comer y que a veces se enojaba. De chica le parecía un cuento para dormir. Ahora, con el pico en la mano y el cielo bajando, le pareció una cuestión de respeto.

    A las dos llegó su tío en la moto, tal como ella lo había previsto. Se bajó con el casco puesto, miró el pozo, miró a la sobrina y no dijo nada durante un rato largo.

    —Te falta la mitad —dijo por fin.

    —Me falta un poco menos —contestó ella.

    —Tu papá se va a enojar.

    —Mi papá me enseñó a cavar.

    El tío se sacó el casco, lo dejó sobre el asiento y fue hasta la camioneta de la comunidad que había quedado al borde del camino. Volvió con una segunda pala y la clavó en la sal sin decir una palabra. Trabajaron una hora así, uno a cada lado, hasta que el rectángulo empezó a parecerse de verdad a una pileta, con sus paredes derechas y el fondo parejo.

    —Esto lo tenés que hacer vos —dijo él después, señalando el último tramo del costado norte—. Yo me quedo mirando.

    A las cinco, con la luz ya torcida y fría, Soledad pasó la pala por última vez por el fondo y se quedó quieta en el borde. El pozo estaba terminado. Le dolían los brazos, tenía los labios partidos y en el guante izquierdo se le había abierto una costura.

    Fueron juntos hasta el ojo de agua con los baldes. La salmuera salió espesa, cargada, con ese olor a mineral que no se parece a nada. La volcaron de a poco, balde tras balde, hasta que el fondo quedó cubierto con un dedo de agua quieta. Soledad se agachó, mojó la punta de un dedo y se lo llevó a la boca. Amargo, salado, vivo.

    Las primeras gotas gordas empezaron a caer a las seis menos diez, cuando ya estaban juntando las herramientas. Cada una hacía un círculo diminuto sobre la superficie de la pileta, y el cielo entero, gris y rosado, se reflejaba ahí abajo, cuarenta centímetros más profundo de lo que era.

    Soledad se quedó mirando. Después sacó el celular, buscó el mensaje de su padre y grabó la respuesta con la voz ronca de viento: «Ya está sembrada, papá. Vení a verla cuando te dejen».

  • El turno de las tres y diez

    A las tres y diez de la madrugada, el cauce seguía seco.

    Lola Ñanco alumbró la hijuela con la linterna y vio lo mismo que hacía veinte minutos: tierra oscura, una lata de durazno aplastada y la compuerta de su finca cerrada, esperando. El cuadro de turnos que le habían pegado en la puerta del galpón decía claro: miércoles, 3.10 a 5.10, dos horas para dos hectáreas de malbec. Las dos horas corrían igual haya agua o no. Eso no lo decía el cuadro, pero lo sabía cualquiera.

    Septiembre venía con los brotes asomando. Si la tierra no tomaba agua esa noche, el próximo turno le tocaba en doce días, y para entonces el frío de la mañana ya podía haberle jugado una mala pasada a las yemas.

    Se puso las botas de goma, agarró la pala de punta y salió a caminar el cauce hacia arriba. Con el viento quieto se oía el pueblo dormido: un perro en la calle Olascoaga, un camión lejos, en la ruta. Y debajo de todo, a lo lejos, un chapoteo que no tenía que estar ahí.

    Caminó cuatrocientos metros. Pasó el puente de tablones, la higuera, el alambrado de los Funes. El chapoteo se hizo más fuerte. En el tajamar de la finca de al lado, la que había comprado un tipo de Buenos Aires que nunca aparecía, alguien había levantado las tablas de más. El agua, que tenía que seguir derecho hacia abajo, se desviaba por una zanja torcida y se perdía en el fondo del terreno.

    Había una luz en el fondo, entre los álamos. Lola bajó con la pala en la mano, más por costumbre que por otra cosa.

    Encontró a un chico sentado en una reposera, con un termo y una frazada sobre los hombros. Tendría doce años. Frente a él, la zanja volcaba el agua en un hoyo grande, forrado con una lona azul. A medio llenar, el hoyo reflejaba la luna.

    —¿Qué hacés? —preguntó Lola.

    El chico no se asustó. Miró la pala y después la cara de ella.

    —Hago una pileta.

    —Con mi agua.

    —Con el agua del turno de mi tío —dijo él—. Es de las tres. Me dijo que la dejara correr hasta que se llene.

    —Tu tío tiene el turno a las cinco y diez. El de las tres y diez es el mío.

    El chico abrió la boca y la cerró. Sacó un papel arrugado del bolsillo de la frazada y se lo dio. Era el mismo cuadro, pero una fotocopia vieja, de otra temporada. Alguien había tachado con birome los horarios y escrito otros encima, con letra de adulto apurado.

    Lola lo leyó dos veces a la luz de la linterna. Se sentó en el borde de la zanja, porque no sabía bien qué hacer con la bronca y las piernas le pedían un rato.

    —¿Cómo te llamás?

    —Tomás.

    —Mirá, Tomás. Yo no vengo a pelearme con vos. Pero ahora mismo mi parral está seco y vos tenés una pileta que se llena.

    —Mañana es mi cumpleaños —dijo él, bajito—. Mi tío me prometió una pileta. Me dijo: te la dejo lista para cuando te despiertes.

    Lola se quedó mirando el agua. Desde el aire parecería un error, un charco azul en medio de las vides, pero desde ahí abajo se veía lo que era: un chico de doce años que se había quedado despierto toda la noche para cuidar un regalo.

    —¿Cuánto le falta?

    —Hasta la mitad de la lona. Un poco más.

    —No alcanza para nadar.

    —Para meter los pies, sí.

    Lola respiró hondo. Se paró y fue hasta el tajamar. Con las dos manos levantó una de las tablas y la dejó apoyada contra la pared de ladrillo. No la sacó. La dejó a medio camino.

    —Escuchame bien. La mitad del agua va para tu hoyo y la mitad se va conmigo. Cuando yo te grite, la cerrás. No antes ni después.

    —¿Y mi tío?

    —A tu tío le voy a hablar yo. Se va a enterar de que cambió los horarios con birome. Pero eso es mañana.

    Tomás asintió despacio. Se tapó mejor con la frazada y se quedó mirando cómo el agua se partía en dos, una mitad hacia la lona y la otra hacia el cauce que bajaba a la finca de Lola.

    Ella volvió caminando junto al agua, sin apurarse. Era una cosa linda ir al ritmo del agua cuando por fin se movía, ver cómo empujaba las hojas secas, cómo iba tragando la lata de durazno y la dejaba atrás, brillando.

    Llegó a la compuerta de su finca justo cuando el agua tocaba el primer escalón de ladrillo. La levantó. El agua entró en la hijuela con ese ruido que ella conocía desde chica, un gluglú ancho, como de animal grande que toma.

    A las cuatro menos veinte le gritó a Tomás. Lo oyó contestar desde lejos, y el chapoteo del tajamar cambió de nota.

    Después ya no hubo más para hacer. Lola caminó por la cabecera del parral y fue siguiendo el agua surco por surco, abriendo pasos con la pala cuando hacía falta. Tenía el turno casi entero por delante, apenas una hora y media, pero alcanzaba. Para las cinco el último surco, el más corto, el de las cepas más viejas, ya brillaba oscuro bajo la linterna.

    Se agachó y metió la mano. Estaba fría y tenía olor a piedra.

    A las cinco y diez cerró la compuerta. Desde el fondo de la finca vecina, entre los álamos, llegó una voz de chico cantando el feliz cumpleaños, sola y desafinada, con los pies, seguramente, ya en el agua.

  • Dos kilos y medio de tacuara

    A las cuatro de la tarde, el termómetro clavado en la pared del galpón marcaba treinta y seis grados y Ceferino Benítez tenía el espaldar de pie, apoyado en dos caballetes, como un animal que todavía no sabe si lo van a sacar a caminar. Eran tres metros de alas de carancho armadas con caño de hierro, plumas de avestruz teñidas de naranja y una cola de lentejuelas que le había llevado once noches pegar de a una. Olía a soldadura, a cola vinílica y al tereré con yuyos que se había olvidado sobre el banco y ya estaba tibio.

    Hasta las diez, cuando la comparsa tenía que formar en la cabecera del Corsódromo Nolo Alías, le quedaba un problema, y no era de estética.

    —Pesa veintidós kilos —dijo Abril desde la puerta. Traía el short de ensayo y una toalla en el cuello.

    —Ya sé cuánto pesa.

    —El jueves, en la segunda vuelta, me quedé sin aire. Y acá me duele. —Se tocó el hombro derecho con dos dedos—. La coreógrafa dice que con más de veinte no voy a poder girar en la curva.

    Ceferino dejó el mate sobre el banco. Hacía cuarenta años que soldaba estructuras de carrozas para las comparsas de media ciudad, y en cuarenta años nunca había armado una para alguien de su casa. Cuando Abril cumplió diecisiete y la eligieron para entrar con espaldar propio, él había dicho que se encargaba, con la misma voz con que decía que se encargaba de la heladera o del portón. Había calculado todo menos el hombro de una chica.

    —Le saco una pluma, dos —ofreció ella.

    —Las plumas pesan lo que un suspiro. —Caminó alrededor del armazón con las manos atrás—. Lo que pesa es el caño central. Es lo que sostiene todo, y no se le puede sacar nada.

    —Entonces lo llevo así, abuelo.

    —No. Así no lo llevás.

    Afuera, un vecino puso la radio con un chamamé, un acordeón de esos que arrastran el calor en vez de alegrarlo, y Ceferino miró sin querer hacia el fondo del galpón, donde colgaban del techo las seis cañas de tacuara de su padre. El viejo había pescado dorados y surubíes en el Paraná con esas cañas hasta que los brazos no le dieron más, y ninguna se había vendido ni regalado. Estaban amarillas, lisas como hueso, con los nudos marcados cada cuarenta centímetros.

    —¿Qué mirás?

    —Nada. Una macana.

    Pero ya estaba arrimando la escalera.

    La tacuara aguanta, eso lo sabía cualquier correntino que hubiera visto un rancho o un barrilete. Era liviana, flexible y terca. Lo que no sabía era si aguantaría tres metros de alas con una chica girando abajo, delante de veinte mil personas y de un jurado con planillas. Si se rompía, no se rompía en el galpón, se rompía en la pista, bajo las luces.

    Desatornilló el caño central a las cinco menos cuarto. A las seis, con la amoladora, cortó los manguitos de hierro donde iban a calzar las cañas, y las chispas le dejaron en el antebrazo tres puntitos rojos que ni sintió. Abril le sostenía la linterna y, cada tanto, le acercaba el vaso de tereré sin preguntar.

    —Tu abuela decía que sos más terco que la tacuara —dijo ella.

    —Mi abuela era la terca. Yo me quedaba callado.

    A las siete atornilló las cañas dobles, una a cada lado del eje, atadas con alambre y reforzadas con torniquetes de hierro de a dos. A las ocho y media, cuando el cielo se puso color ladrillo y empezaron a aparecer los mosquitos, colgó el espaldar entero de la balanza de la pescadería que le había prestado el yerno, la de los cajones de pescado. La aguja tembló y se clavó en diecinueve kilos y medio.

    Dos kilos y medio menos. Ceferino se sentó en el banco, de golpe, y se pasó la mano por la cara.

    —Probalo —dijo.

    Abril se acomodó las correas, dio un paso, dos. Al girar, el espaldar la siguió con un medio segundo de demora, como si las alas lo pensaran antes de acompañarla, y del eje salió un crujido seco, cortito, que le heló la espalda a Ceferino.

    —¿Se rompe?

    —No. —Y se sorprendió de la seguridad con que lo dijo—. Es la tacuara. Cruje antes de romperse, siempre. Es como si te avisara. Si no cruje, ahí sí desconfiá.

    —¿Eso quién te lo dijo?

    —Mi viejo. Una tarde que se me rompió una caña en el río.

    Abril dio una vuelta entera, y otra. El galpón se llenó del roce de las plumas.

    —No me duele —dijo, y se rió, y el espaldar se rió con ella, temblando de punta a punta.

    A las diez y cuarto, la cabecera del Nolo Alías era un hormiguero de lentejuelas y de gente que gritaba nombres. Ceferino no entró a la pista. Se quedó contra la valla, entre una señora con un termo y un nene arriba de una heladera de telgopor, con el corazón golpeándole en la camisa.

    Cuando la comparsa arrancó, la vio enseguida, de espaldas, con las alas abiertas sobre el resto de la columna. En la primera curva Abril giró. El viento húmedo del río, que a esa hora empezaba a entrar por la costa, agarró las plumas de lleno y las inclinó apenas, y las alas siguieron su cuerpo con aquel medio segundo de demora, como un ave grande acomodándose en el aire.

    Entre los tambores, los silbatos y veinte mil gargantas, Ceferino oyó, o creyó oír, un crujido muy chiquito que nadie más en la tribuna iba a reconocer. Era su padre avisando que todo estaba bien.

  • El azul de la catorce

    Eladio Pereyra llegó a la entrada de las ruinas con un tarro de látex azul en una bolsa de supermercado y un pincel envuelto en el diario. Tenía setenta y ocho años y la camisa abotonada hasta el cuello, como para ir a una reunión. Había hecho los siete kilómetros desde Carhué en un remís que lo esperaba con el motor apagado, y el viento de la pampa ya le estaba llenando los labios de sal.

    —Buen día, don —dijo la guía, que tenía una campera con el escudo del municipio y un termo bajo el brazo—. ¿Viene a recorrer?

    —Vengo a pintar.

    Yamila miró la bolsa, después la cara de Eladio, después otra vez la bolsa.

    —Don, esto es patrimonio. No se puede tocar nada. Ni una piedra.

    —Una puerta nomás.

    —Ni una puerta.

    Eladio no discutió. Se acomodó la bolsa en el brazo y dijo que entonces haría el recorrido, ya que estaba. Pagó la entrada con billetes contados, y Yamila, que llevaba tres años caminando turistas entre esas paredes, no supo por qué lo dejó pasar adelante.

    El camino de tierra blanca crujía. A los costados, los eucaliptos secos seguían parados, sin una hoja, plateados por la sal, como si alguien los hubiera dejado tallados. Más allá, donde antes había calles, quedaban cimientos y tramos de pared que se sostenían de milagro, de ladrillo pelado, con las ventanas vacías mirando al horizonte llano. Yamila hablaba de memoria: el balneario, los veinticinco mil turistas de los años buenos, el terraplén, la sudestada del diez de noviembre de 1985. El agua entró de madrugada. En una semana ya no quedaba nadie. En dos, el pueblo estaba bajo más de dos metros de agua, y la laguna siguió subiendo durante años. Recién a partir de 2006 se fue retirando y devolvió las paredes.

    —Yo lo sé —dijo Eladio, sin sacar los ojos del suelo—. Lo sé porque tenía la pensión en la calle de atrás de la farmacia. Pensión Los Ángeles. Catorce piezas, y la nuestra era la catorce, porque de la uno a la trece eran de los pasajeros.

    Yamila se detuvo.

    —¿Era suya?

    —De mi suegra. Después fue mía y de Nelly. Nelly lavaba las sábanas en el patio y las tendía en el alambre, y el viento de acá las secaba en veinte minutos. Yo me curaba las rodillas con el agua de la laguna, todas las tardes, quince minutos, cuando se iban los turistas.

    —¿Y la puerta?

    —La puerta era azul. Un azul que preparé yo un diciembre, con el pintor de Carhué. Nelly decía que de una casa importa lo de adentro, pero la puerta la quiso azul. —Eladio levantó la bolsa—. Cuando nos evacuaron me llevé la llave. Está en mi casa, en el cajón de los repasadores. La puerta no pude llevármela.

    Caminaron en silencio una cuadra más. Había un cartel de chapa con un croquis. Eladio lo estudió como quien lee la carta de un restaurante, el dedo siguiendo líneas imposibles, hasta que lo apoyó sobre un cuadradito sin nombre.

    —Acá.

    Era un fragmento de pared con un hueco en el medio, el marco de una puerta sin hoja. El revoque había desaparecido y la sal había formado sobre el ladrillo una costra gruesa, blanca y brillante, que a la luz de las once parecía azúcar. Eladio se paró frente al hueco y no hizo nada. Yamila miró a un costado y fingió interesarse en un cartel.

    —Tengo que decirle una cosa, don —dijo al rato—. Si pinta eso, la sal se lo come. Hubo gente que vino con aerosol, con marcadores. En una semana no queda nada, y encima queda la mancha. Eso lo tiene que hacer el municipio.

    —Ya sé. —Eladio abrió la bolsa y sacó el tarro—. Por eso no vine a pintar la puerta.

    Se agachó, con un quejido de rodillas, y levantó del suelo un ladrillo suelto, de los que se habían desprendido del marco y estaban tirados entre los yuyos y la sal. Lo sacudió con la manga. Yamila abrió la boca para decir algo y la cerró, porque el ladrillo estaba en el suelo, y lo que está en el suelo es suelo.

    —¿Esto se puede? —preguntó Eladio, con una seriedad que podía ser burla o no.

    —Eso es… un ladrillo.

    —Entonces.

    Abrió el tarro con una moneda, desató el pincel del diario y pintó. No fue rápido. Tenía la mano firme pero lenta, y el azul entraba en el ladrillo poroso como un trago de agua en un cuerpo cansado. Pintó las seis caras, dándolo vuelta de a una. Le pidió a Yamila el termo, que ella entendió tarde que era para enjuagar el pincel, y se lo devolvió con el agua celeste.

    —Ahora hay que esperar que seque —dijo, y se sentó en un cimiento a mirar el ladrillo, con las manos entre las rodillas.

    Yamila se sentó a su lado. El viento arrastraba hojas secas de eucalipto por el piso blanco. A lo lejos, la laguna era una línea baja, retirada, del color de una chapa vieja.

    —¿Cuántos años estuvo sin venir?

    —Vine cuando bajó el agua. Una vez. Me quedé en el auto. —Eladio sonrió con un costado de la boca—. No pude bajarme. Ahora sí.

    A los veinte minutos, el azul estaba seco. Eladio se levantó con ayuda de Yamila, se acercó al hueco de la puerta y dejó el ladrillo en el piso, pegado a la jamba. No lo puso en la pared. No lo apoyó contra nada. Lo dejó donde un ladrillo podía haber caído solo.

    —No se lo lleve —dijo Yamila de pronto, sin saber por qué había hablado—. Si lo ve alguien, ¿qué piensa?

    —Que a un albañil se le cayó un pedazo de la puerta azul de la pensión Los Ángeles —dijo Eladio—. Y si piensa otra cosa, que piense lo que quiera.

    Se despidieron en la caseta. Eladio le dio la mano, la bolsa vacía colgando, y subió al remís. Yamila lo vio alejarse por el camino blanco hasta que el polvo lo tapó.

    Esa tarde, cuando se fue el último grupo, volvió al hueco con el termo. El ladrillo seguía ahí. Se agachó. El viento ya había empezado: una escarcha fina de sal, casi invisible, se asentaba sobre una de las caras, y en un par de semanas la costra lo cubriría entero, como a todo lo demás. Pero ahora, con el sol bajando, el azul todavía se veía desde lejos, un cuadradito pequeño y terco en medio de tanta pared blanca, mirando a la laguna.

  • La caja sin micrófono

    A las cuatro de la tarde el viento ya había empezado a levantar tierra en el predio de la Bodega Encantada, y Mirta Quipildor tenía el cable del monitor número tres enroscado en el cuello como una bufanda. Faltaban cinco horas para la primera noche de la Serenata. Faltaba, además, una voz que no aparecía en ningún plano de escenario.

    —¿Vos sos la del sonido? —preguntó una mujer chiquita, parada al borde de la tarima, con un poncho marrón y una caja colgada del hombro.

    —Soy. ¿Usted es del grupo de Tolombón?

    —Soy Eulalia Guaymás. Me anotaron para las nueve y diez, entre los ballets. —Dijo “ballets” con una paciencia de maestra—. Vine a avisarte una cosa para que no te agarre de sorpresa. A mí no me pongan micrófono.

    Mirta se sacó el cable del cuello despacio.

    —Doña Eulalia, esto son miles de personas. Más para atrás de la mitad del predio no la van a escuchar ni respirar.

    —Hace sesenta años que canto coplas y nunca me hizo falta nada. La caja y yo. Si me ponen un aparato adelante, me sale la voz de otra.

    Lo dijo sin enojo, como quien informa que el agua hierve a cierta temperatura. Se sentó en un cajón de cerveza vacío, apoyó la caja en la rodilla y empezó a golpearla con la baqueta, un tum seco, repetido, que Mirta sintió en las muelas.

    Trabajaba en esto desde los diecinueve. Había mezclado en estadios de Tucumán, en la Fiesta del Poncho de Catamarca, en patios de escuela donde el parlante era un cajón de manzanas. Sabía que cuando alguien dice que no al micrófono hay dos caminos: convencerlo o rendirse. Probó el primero.

    —Mire, le pongo uno chiquito, de solapa, que ni lo ve.

    —No.

    —Uno en el piso, apuntando para arriba.

    —No me gustan los bichos en el piso.

    —¿Y si lo probamos ahora, con el predio vacío? Si no le gusta, lo sacamos.

    Eulalia se quedó mirándola un rato largo. En el aire flotaba olor a leña y a vino recién abierto, de las parrillas que ya estaban calentando atrás, y se oían las voces de los que armaban los puestos de empanadas y de artesanías.

    —Probemos —dijo al fin—. Pero a mi manera: vos poné lo que quieras y yo canto una copla. Si me gusta, me quedo con tu aparato. Si no, me bajo y no hay escándalo.

    Mirta le puso un micrófono de mano, de los comunes. Eulalia respiró y cantó una copla que hablaba de un cerro, de una madre y de un burro perdido en una quebrada. En el monitor, la voz salió ancha, con eco de sala, bonita y ajena. Eulalia dejó de cantar a la mitad de un verso.

    —Esa no soy yo —dijo—. Esa es una señora que canta en una radio.

    Mirta no discutió, porque tenía razón. Lo que había salido del parlante era la voz de Eulalia con todo lo áspero planchado. Las coplas se cantan con un filo de viento en la garganta, con un temblor cortado, medio de pecho y medio de cerro. El micrófono se lo había comido.

    Se fue a cenar un sándwich de milanesa al puesto de la entrada con la cabeza dándole vueltas. A las siete y media volvió al escenario. El sol bajaba detrás de los cerros y los pone colorados, como cada tarde en el valle, y el viento había aflojado un poco. Ese viento era justamente el enemigo: levantaba el ruido de fondo y se metía en cualquier micrófono abierto.

    Entonces se le ocurrió, mirando la caja de Eulalia apoyada contra el parlante.

    —Doña Eulalia, ¿me presta la caja un minuto?

    —¿Para qué?

    —No le toco la voz. Se lo prometo. Quiero probar una cosa solo con el instrumento.

    Eulalia la miró con desconfianza, pero se la dio. Mirta sacó de su valija un micrófono de contacto, un disquito del tamaño de una moneda grande, y lo pegó con cinta del lado interno del aro de la caja, donde Eulalia no iba a verlo ni a sentirlo. Después puso un segundo micrófono, de condensador, a casi tres metros de la tarima, apuntando al aire, bien lejos de la boca. Bajó los canales hasta que el parlante apenas murmuraba.

    —Cante despacito —pidió—. Como si estuviera en la cocina de su casa.

    Eulalia cantó. Primero con desconfianza, después con ganas, más de dos coplas seguidas, y la voz le llegó a Mirta limpia desde el fondo del predio, donde se había parado a escuchar con los brazos cruzados. No era una voz amplificada. Era la misma voz, con el volumen justo de la caja que le ponía el piso, y a lo lejos un hilo de aire que la sostenía sin tocarla.

    —¿Cómo hiciste eso? —preguntó Eulalia desde la tarima, con la mano en la frente a modo de visera.

    —No le puse nada en la voz. La caja lleva el micrófono adentro, y a su voz la agarro de lejos, cuando ya salió. Se va a oír como usted, solamente más lejos.

    La coplera bajó con cuidado los escalones y caminó hasta donde estaba Mirta. Se quedó parada al lado de ella, mirando el escenario vacío con las luces de prueba prendidas.

    —Cantá vos algo, para ver cómo sale.

    —Yo no canto.

    —Una copla, aunque sea mal. Dale.

    Mirta se rió, y por primera vez en todo el día dejó de contar los minutos. Le salió una de su abuela, de Animaná, que no cantaba desde chica. Desafinó, se trabó en un verso, empezó de nuevo. Eulalia le corrigió el final con un golpe de baqueta en el aire.

    A las nueve y diez, cuando la presentadora dijo su nombre, el predio entero hacía ruido: vasos, charlas, el chisporroteo de las parrillas, un nene llorando. Eulalia subió sola con la caja y se sentó en una silla de paja que Mirta había hecho llevar. No saludó. Pegó el primer golpe, seco, y esperó.

    La gente no se calló de golpe. Se fue callando de adelante hacia atrás, como cuando se apaga una ola, hasta que se oyó el viento en las chapas de los puestos. Entonces Eulalia empezó a cantar.

    Desde la consola, con los dedos quietos sobre los faders, Mirta miró cómo una mujer de setenta y nueve años le hablaba a todo un valle en voz baja, y el valle la escuchaba. Después de la última copla nadie aplaudió enseguida. Pasó un segundo entero, de esos que pesan, y recién ahí el predio explotó.

    Mirta se sacó los auriculares. Tenía la mano derecha apretada con tanta fuerza que le había quedado marcada la cinta aisladora en la palma.

  • La campana de Celestino

    Celestino Barrios salió de la casa a las dos de la tarde, con el sol parado encima del techo de chapa y el tereré recién cambiado. Le avisó a la mujer que iba hasta el parque, y ella, sin levantar la vista de la masa del chipá, le preguntó si llevaba el sombrero. Llevaba el sombrero. Llevaba también, en el bolsillo del pantalón, el anillo de casamiento, que se había sacado esa mañana con jabón y paciencia, porque los nudillos ya no le dejaban.

    Gancedo andaba de víspera. En la plaza armaban el escenario y alguien probaba un micrófono que decía «uno, dos» con voz de lata. Un chico pasó en bicicleta con una banderita celeste y blanca atada al manubrio. Celestino lo saludó con el mentón y tomó la ruta hacia el sur, donde el asfalto se termina y empieza el ripio, trece kilómetros de camino colorado que levantaban polvo hasta en los pensamientos.

    Hizo dedo. Lo levantó una camioneta con una heladera atada en la caja, rumbo al camping.

    —¿Va a la fiesta, don? —preguntó el conductor.

    —Voy a ver a un conocido.

    El hombre lo miró de reojo, esperando el resto. No hubo resto.

    El parque lo recibió con olor a quebracho recalentado y a carbón de las parrillas que ya estaban listas para mañana. Celestino pagó la entrada, saludó a la chica de la boletería, y caminó por el sendero con las manos atrás, como en misa. Pasó frente a las piezas chicas, las de vidrio y cartel, y no las miró. Él las conocía desde antes de que tuvieran cartel.

    En mil novecientos ochenta tenía veinte años y una pala prestada. Lo habían llevado de peón con la gente que venía a sacar el Chaco de la tierra, y durante semanas cavó alrededor de algo que nadie veía entero. Se acordaba de la humedad del pozo, de las raíces cortadas como cables, de la tarde en que la pala hizo un ruido que no era de tierra. Ahí había pegado el primer golpe. Una sola vez, de costado, con el filo, sin querer.

    Y el hierro había cantado.

    No fuerte. Una nota larga, baja, que se quedó en el aire del pozo un rato después de que todos dejaron de hablar. El capataz lo agarró del brazo y le dijo que no se le ocurriera volver a hacerlo. Después vinieron los cables, las lonas, los militares, la fotografía. El Chaco salió envuelto, con pompa, y Celestino volvió a Gancedo con la palma de la mano zumbándole todavía. Se hizo herrero. Pasó cuarenta años escuchando yunques, rejas de arado y campanas rotas, y nunca encontró esa nota.

    Ahora estaba parado delante de la mole. Era más grande de lo que él recordaba y más oscura, de un gris que tiraba a marrón, con hoyos como huellas de dedos. Alrededor tenía una baranda baja de caño y un cartel que pedía no tocar. En la sombra de la galería, sentada en un banquito, una guardaparque de unos treinta años con la credencial colgada tomaba mate y miraba el celular.

    —Buenas tardes —dijo él.

    —Buenas. Puede mirar todo lo que quiera, don. Tocar no.

    —Ya sé. —Celestino se quedó callado un rato—. Yo estuve cuando lo sacaron.

    La chica levantó la cabeza. Se llamaba Yanina Lezcano; lo decía la credencial, y también lo decía la cara de alguien a quien le habían contado esa historia en la escuela y nunca había conocido a un protagonista.

    —¿Usted cavó?

    —Seis semanas. Me pagaban en pesos que ya no existen.

    Ella soltó una risa corta, se acomodó la gorra y lo miró a él, a la baranda, de nuevo a él. Celestino no pidió nada. Había aprendido en el oficio que cuando uno pide, el otro tiene que decir que no.

    —Yo tengo que ir hasta la cantina a buscar agua caliente —dijo Yanina, parándose despacio—. Son cinco minutos. A veces diez, si hay cola.

    —Qué lástima, con el día que hace.

    —Y la cámara de ahí no funciona desde marzo.

    Se fue sin apuro, con el termo bajo el brazo. Se escuchó el ripio debajo de sus zapatillas y después nada, solo las chicharras y, lejos, el micrófono de la plaza repitiendo su «uno, dos».

    Celestino pasó la pierna por encima de la baranda con la dignidad que le permitía la rodilla. Se acercó. El metal despedía calor, el de cuatro mil años y el de esa tarde, mezclados. Metió la mano en el bolsillo, sacó el anillo y lo sostuvo entre dos dedos, a la altura de una de las hendiduras.

    Pensó en su padre, que fue hachero, y en su madre, que le decía que el hierro tiene memoria. Pensó en la cara de la mujer, que a esa hora estaría friendo. Y entonces, con el borde del anillo, golpeó una vez.

    Fue un sonido chico, apenas un toc. Pero detrás del toc, abajo, empezó a levantarse algo. Una nota larga y baja, que salía del centro mismo de la mole como si recién despertara, y que se quedó flotando en el parque por debajo de las chicharras, por debajo del micrófono, por debajo de todo. Celestino cerró los ojos. Veinte años, el pozo, el olor a tierra mojada. La nota no había cambiado. Había esperado.

    La dejó terminar entera. Cuando el último temblor se apagó, abrió los ojos y volvió a pasar la pierna por encima de la baranda. Se puso el anillo, que le entró con dolor y con gusto, y se sentó en el banquito de Yanina a esperar el agua caliente.

    Ella volvió a los ocho minutos, con el termo lleno y la mirada puesta en cualquier lado menos en el hierro.

    —¿Se le dio lo que buscaba, don?

    —Sí.

    —¿Y qué era?

    Celestino se paró, se acomodó el sombrero y miró la mole por última vez, quieta y oscura, con el sol en el lomo.

    —Que me contestara —dijo.

    Tomó el sendero hacia la salida. Detrás, en la galería, Yanina cebó un mate, se lo tomó entero y no le contó a nadie lo que había oído.

  • Lonas para el pimiento

    A las once y cuarto, Tobías Guaymás vio la nube. Estaba sentada atrás del cerro, gris oscura por debajo, como una olla que alguien se olvidó en el fuego. Abril, Molinos, y la cancha de su familia cubierta de pimientos rojos hasta donde llegaba la vista: dos hectáreas de laderas con las lajas tapizadas, trompa de elefante en la parte alta y bolita salteño en la baja, todo secándose al sol como se había secado siempre.

    Su padre bajó de la cancha con las manos todavía manchadas y los ojos en el cielo.

    —Es la tormenta de la tarde —dijo—. Si llueve media hora sobre el pimiento tendido, se mancha y se pudre. Dos meses de trabajo.

    —Tapemos, entonces.

    —No alcanza con las lonas que tenemos. Se rompieron el año pasado, ya te dije.

    Tobías tenía dieciséis años y sabía exactamente dónde había lonas de sobra. En el galpón de los Burgos, cruzando la acequia grande. Tres rollos nuevos, de esos azules, que Nicanor Burgos había comprado en Salta el verano anterior, cuando empezó la pelea por el turno de riego. Desde entonces los dos hombres se cruzaban en la calle del pueblo mirando para otro lado, y en las asambleas del agua votaban distinto sin siquiera mirarse.

    —Voy a pedirle —dijo Tobías.

    —No vas a pedirle nada.

    —Papá. Son las once y media.

    Su padre apretó la mandíbula. Después se agachó, agarró un pimiento de la bolsa de muestra, lo partió con las uñas y se lo llevó a la nariz, como si el olor pudiera decirle algo del cielo. Tobías lo interpretó como un permiso.

    Fue en bicicleta, pedaleando por la calle de tierra, con el viento que empezaba a levantar polvo y a doblar los álamos. Pasó la plaza, pasó la iglesia de San Pedro Nolasco, pasó el almacén donde había dos señoras mirando para arriba. Frenó frente al portón de los Burgos con las rodillas temblando, no por el esfuerzo.

    Nicanor estaba en el patio, arreglando una rueda de carretilla. Levantó la cabeza lentamente. Era un hombre flaco, de bigote gris, con un sombrero de ala corta que le tapaba la mitad de la cara.

    —Don Nicanor —dijo Tobías—. Mi papá no sabe que vine.

    —Eso ya me lo imagino.

    —Necesitamos las lonas. Las tres. Hasta mañana, nada más.

    Nicanor dejó la llave sobre la carretilla. Miró la nube, miró al chico, y a Tobías le pareció que tardaba una eternidad.

    —Yo tengo mi propia cancha —dijo al fin.

    —Ya sé. Pero la suya está al norte, más arriba. Le queda más tiempo. Y usted ya levantó la mitad, lo vi desde el camino.

    Era cierto. Nicanor tenía la cancha más alta y más empinada, y era el que primero embolsaba, porque era el que primero tendía. Se sacó el sombrero, se rascó la cabeza, y habló mirando la rueda.

    —Tu abuelo me prestó un molino de piedra una vez. Cuando se me rompió el mío, en el noventa y siete. Tres semanas lo tuve. No me cobró nada. Hasta me dejó la harina que sobraba.

    —No sabía.

    —No lo cuenta nadie. —Se puso el sombrero—. Ayudame a cargar.

    Cargaron los tres rollos en la caja de la camioneta vieja, y Nicanor manejó él, sin preguntar, con Tobías en el asiento de al lado y la bicicleta en la caja, apoyada contra el hierro. Cuando llegaron, el padre de Tobías estaba parado al borde de la cancha con las manos en la cintura. Vio bajar al vecino y no dijo ni una palabra. Nicanor tampoco.

    Se pusieron a trabajar sin hablarse. Desenrollaron la lona sobre la primera ladera, la sujetaron con piedras grandes en los bordes, la tironearon entre los tres para que quedara tensa. Después la segunda. Después la tercera, que no cubría todo, y entonces vinieron la mujer de Tobías el padre, la tía Rosalía, dos primos, y desde la acequia llegaron los hijos de Nicanor con sábanas viejas y bolsones vacíos. Nadie había llamado a nadie. Los vecinos de Molinos tienen ese olfato para el cielo.

    A las dos y cuarenta cayeron las primeras gotas, gordas, tibias, que marcaron el polvo como monedas. A las tres el agua ya golpeaba la lona con un ruido de tambor. Los cuatro hombres y las tres mujeres se apretaron bajo el alero del galpón, mojados hasta los huesos, mirando la cancha cubierta de azul bajo la lluvia.

    El padre de Tobías sacó un termo del bolsón, sirvió mate en la tapa y lo extendió sin mirar. Nicanor lo recibió, tomó, lo devolvió.

    —El turno de riego del jueves —dijo el padre—. Te lo dejo a vos. Tengo la acequia llena igual.

    —Sí, está bien —dijo Nicanor—. Lo hablamos en la asamblea.

    No dijeron más. Para dos hombres de Molinos, era un tratado.

    Media hora después la nube se corrió hacia el Calchaquí y el cielo se abrió de golpe, limpio, con una luz baja y amarilla que hacía brillar las lonas mojadas. Tobías salió al borde de la cancha y levantó una punta. Debajo, los pimientos seguían ahí, rojos, secos, intactos, apretados contra las lajas tibias.

    Agarró uno, lo partió con las uñas y se lo llevó a la nariz. Olía dulce, apenas picante al final, como las empanadas de su abuela. Detrás, oyó que su padre le decía a Nicanor que la camioneta se la devolvía a la mañana, y que mejor se quedara a cenar.