Faltaban cuarenta minutos para el último camión de la zafra cuando Rufino Zelarayán se dio cuenta de que no sabía qué hacer con las manos. Treinta y tres años en la garita de la báscula, en el ingenio de Los Sueldos, y nunca había tenido que pensar en eso. Siempre había algo: el libro de pesadas, el sello, el mate, la ventanilla que se abría para que el camionero pasara el remito.
Ahora el libro estaba cerrado, el sello guardado en su cajita y el mate lavado, boca abajo sobre un repasador. Afuera, el predio olía a bagazo quemado y a melaza, ese dulzor espeso que se le pegaba a la ropa y que su mujer, en mayo, decía que ya no sentía más, de tanto convivir.
Era el cinco de noviembre. En el pueblo se hablaba de otra cosa: de la lluvia que no venía, del precio de la nafta, del casamiento de la hija del almacenero. La zafra se iba como se van las visitas largas, sin ceremonia, con los platos todavía en la mesa.
—¡Abuelo!
Lucía entró corriendo a la garita, con el guardapolvo desabrochado y la mochila golpeándole la cola. Tenía siete años y había salido de la escuela de Los Sueldos a las cinco, directo para ahí, como todos los jueves desde que se había enterado de que el abuelo se jubilaba.
—No se corre cerca de la báscula —dijo él, por costumbre.
—Ya sé. Pero hoy es el último, ¿no?
—El último camión. Faltan cuarenta minutos.
Lucía se sentó en el banquito de los camioneros, ese de madera con el respaldo gastado por tantas espaldas, y empezó a balancear las piernas. Miraba el tablero de la pesa, los números rojos apagados, el cuadrante viejo con la aguja que Rufino ya no usaba pero que nadie se había animado a sacar.
—¿Y qué pasa cuando llega? —preguntó.
—Lo peso. Cargado, a la entrada. Después va al volcador, descarga, vuelve vacío y lo peso otra vez. La diferencia es la caña.
—¿Y después?
—Después se acabó.
—¿Y si no quiero que se acabe?
Rufino se rio por la nariz. Se levantó, abrió el cajón del escritorio y sacó una bolsa de papel madera, de esas de medio kilo.
—Mirá lo que tengo.
Adentro había azúcar rubia, de la primera molienda de mayo. Se la había guardado él mismo, de la que se barría del piso del galpón, sin que nadie lo supiera. Era una costumbre de la garita: cada balancero se guardaba un poco de la primera, y al final de la zafra, el último camionero se la llevaba, para la suerte del año que viene. Rufino la había heredado de un tal Ledesma, que la había heredado de otro, y así hacia atrás hasta quién sabe cuándo.
—¿Y por qué se la dan al camionero?
—Porque es el que se va.
A las seis menos diez, el cielo se puso de ese color que tiene el norte tucumano cuando hay humo de quema y atardecer juntos, un naranja turbio, como té con leche. Se oyó el motor antes de ver el camión: un Mercedes viejo, de acoplado doble, cargado hasta el tope de caña, con los tallos asomando por todos lados como si quisieran escaparse.
Rufino salió de la garita. Lucía lo siguió, pero se quedó en el escalón, sin pisar el pasto.
El camionero bajó con el remito en la mano. Era un hombre flaco, de bigote gris, con una gorra de la cooperativa de Monteros. No dijo buenas tardes. Dijo:
—No me diga que es el último.
—Es el último.
—Yo traje el primero también. En mayo.
—Entonces le toca la bolsa.
El hombre se quedó mirando el papel madera como quien mira una carta. Rufino fue hasta la garita, apretó el botón, y los números rojos del tablero subieron, titilaron y se quedaron fijos. Cuarenta y ocho mil trescientos kilos. Los anotó con la birome azul, en el último renglón de la última página. Estampó el sello. Esperó a que el sello se secara, y fue lo más largo que esperó en su vida.
Cuando el camión arrancó hacia el volcador, el predio quedó en silencio. Los demás empleados ya se habían ido, o estaban del otro lado, en la molienda. Rufino se quedó parado en el borde de la plataforma de la báscula, con la birome todavía en la mano.
—Abuelo —dijo Lucía, desde el escalón.
—¿Qué?
—¿Se puede pesar a una persona?
—Es una báscula para camiones.
—Pero ¿se puede?
Rufino la miró. Siete años, trenzas desparejas, las medias caídas. Pensó en todas las cosas que había pesado: caña, acoplados, un tractor que se había incendiado en el 2009, una vez una vaca que se había colado y que el dueño vino a reclamar a los gritos. Nunca nada que importara.
—Subí —dijo.
Lucía cruzó el pasto corriendo, trepó a la plataforma de chapa y se paró en el medio, con los brazos pegados al cuerpo, como si la fueran a fotografiar. Rufino entró a la garita. Tocó el tablero. Los números rojos titilaron, buscaron, y se quedaron en un número tan chiquito que parecía un error.
Veintiséis con cuatrocientos.
Rufino abrió el libro de pesadas. Pasó la hoja. Escribió, debajo de la última pesada de la zafra, con letra cuidadosa: Lucía Zelarayán, jueves 5 de noviembre, 26 kilos 400. Y puso el sello, aunque ya no era hora de sellar.
—¿Qué dice? —gritó ella desde afuera.
—Que pesás lo mismo que una bolsa de azúcar y medio, y que el año que viene te peso de nuevo.
—¿Vos vas a estar?
Rufino cerró el libro despacio. Por la ventanilla, el cielo naranja se iba poniendo violeta, y a lo lejos, detrás del volcador, el camión vacío ya volvía, con su ruido largo, hacia la última pesada.
—Alguien va a estar —dijo—. Y si no, vos venís y me avisás.