La última de las tres

Nené Oyarzún llevaba veintinueve temporadas sirviendo café en la bodega del yate y nunca había visto encenderse el faro. Lo sabía de oído: los pasajeros lo contaban en la fila del termo, los capitanes lo mencionaban por radio, su nieta lo había dibujado una vez con un rayo amarillo saliéndole del techo. Ella, mientras tanto, estaba abajo, entre la cafetera y la caja de alfajores, contando vasitos.

En abril los turnos de las tres de la tarde volvían con el sol ya caído. Eso era el secreto, y ella lo había entendido recién este año, cuando el doctor le dijo que la rodilla no le daba para otra temporada y la empresa le propuso, con mucha cortesía, quedarse en tierra, en la boletería del Muelle Turístico.

—Hoy es la última, Nené —dijo Darío, el capitán, mientras soltaban amarras sobre la avenida Prefectura Naval, con el viento helado metiéndose por las ventanillas—. Después te vemos con campera de oficina.

—Después me ven con campera de oficina —repitió ella, y le ofreció un café que él no había pedido.

Salieron a las tres y diez. Veintidós pasajeros: una cuadrilla de jubilados de Rosario, una pareja de coreanos con equipo de fotografía, un chico de unos nueve años con gorro de lana y la cara pegada al vidrio. Nené preparó las bandejas como siempre, con las manos que sabían solas. Sobre la mesada, el vapor del agua se pegaba a la ventana y borraba el Monte Olivia, que ella igual conocía de memoria.

—¿Usted no sube a ver los lobos? —le preguntó la señora de Rosario.

—Tengo el café.

—Pero qué lástima, con lo lindo que está.

Nené sonrió. Veintinueve años de lástimas. Servía, cobraba, limpiaba el derrame de azúcar. Por la escotilla alcanzaba a oír el murmullo de la gente en cubierta cuando pasaban frente a la isla de los Lobos, y el olor llegaba hasta abajo, fuerte, a pescado y a sal, y los lobos marinos roncaban como motores viejos. Después las gaviotas. Después el silencio de los que miran.

A las cinco y media, cuando el barco se acercaba a Les Éclaireurs, la bodega se llenó de gente que bajaba a entrar en calor. Fue la hora brava. Nené no levantó la vista de la cafetera durante cuarenta minutos. Cuando por fin se secó las manos, el barco ya había dado la vuelta al islote y enfilaba hacia el Paso Chico. Por la ventanilla, la luz tenía un color que ella conocía pero nunca había mirado con atención: un gris azulado, de pizarra, con una raya naranja detrás de las montañas.

—Señora.

Era el chico del gorro. Había aparecido junto a la mesada, con el vaso de chocolate caliente en las dos manos.

—¿Usted nunca vio el faro?

—Lo vi de día. Es chiquito, de rayas rojas y blancas.

—No. De noche. Mi papá dice que cuando se hace de noche se prende solo y que desde acá se ve todo.

—Tu papá sabe.

—¿Y entonces por qué no sube?

Nené abrió la boca para contestar lo del café y no le salió. El chico la miraba sin apuro, de ese modo en que los chicos miran cuando no quieren ser amables sino saber.

—Porque nunca me tocó —dijo al fin.

—Venga, yo le muestro.

—Tengo la caja, nene.

—Yo se la cuido.

Se rieron los dos. Pero entonces Darío asomó la cabeza desde el puente, con la gorra torcida y la voz medio ronca.

—Nené. Subí.

—No puedo, hay gente.

—Hay gente que se sirve sola. Subí, que no tenemos mucho.

Ella apagó la cafetera. Se sacó el delantal, lo dobló sobre la silla, y la rodilla le protestó en cada escalón de la escalerita de aluminio, uno por uno, hasta que la puerta de cubierta se abrió y el aire le pegó en la cara como una mano fría y limpia.

Afuera ya no había más que agua oscura y el cielo todavía claro en el borde. A estribor quedaban las islas, bajas, negras. Detrás, hacia el oeste, las montañas se recortaban en filo contra una franja de color durazno. Y al fondo, apenas un punto sobre las rocas, lejos, achicándose, el faro.

Nené se agarró de la baranda. Esperó. Los coreanos habían guardado las cámaras, los jubilados cantaban bajito algo de Sandro, y el chico, a su lado, le prestó un guante.

—Ya va a pasar —dijo.

—¿Cuánto falta?

—No sé. Pero va a pasar.

El viento le llenó los ojos de agua. Pensó en su marido, que había trabajado treinta años en el puerto y había muerto sin conocer el mar de noche. Pensó en la rodilla, en la boletería, en las toses de la cafetera que iba a extrañar más que a cualquier persona. Y mientras pensaba, a lo lejos, sobre el islote, algo se prendió.

Fue un gesto simple, sin música: una luz blanca, pequeña, que apareció y siguió ahí, firme, en medio de todo ese negro. La costa de Ushuaia, mucho más atrás, empezaba a llenarse de ventanas encendidas. El agua tomó el color del metal.

—¿Vio? —dijo el chico.

Nené no contestó enseguida. Sacó la mano de la baranda y se la puso en la boca.

—Vi —dijo.

Se quedó parada hasta que el barco dobló en Paso Chico y el faro desapareció detrás de una isla. Después bajó, se puso el delantal, prendió la cafetera. Los jubilados pidieron café con leche. Ella los sirvió despacio, uno por uno, con una mueca que no se le iba de la cara.

En el muelle, cuando el último pasajero se fue, Darío le dio la mano para bajar.

—¿Y?

—Se prende solo —dijo Nené—. Como me dijeron.

Caminó por la avenida con la llave de la boletería en el bolsillo, bajo las luces de la costanera, y no se dio vuelta a mirar el barco. Tenía algo mejor para llevar: la rayita blanca sobre el agua, guardada atrás de los ojos, de la forma en que se guarda una moneda buena.

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