La cuna de mimbre de Leonor

A las seis, con la marea todavía baja, Leonor Cabral clavó el último atado de mimbre en el barro del arroyo para lavarlo y se dio cuenta de que los brotes ya se le habían adelantado. Eran apenas unas uñitas verdes en los nudos de las varas, pero estaban. Hacía cuatro meses que ese mimbre esperaba espichado en la tierra de la huerta, con las puntas al cielo y los pies hundidos, y la primavera había llegado antes que ella.

—Se te viene la savia, Leonor —dijo Ramiro desde la lancha, sin apagar el motor—. Después no se pela más.

—Ya sé.

—Y a la tarde cambia el viento. Sudestada, dice la radio.

—También sé.

Ramiro era su cuñado y le llevaba y le traía todo lo que no se podía llevar a pie, que en el arroyo Rico era casi todo. Esa mañana le había dejado en el muelle el termo, la bolsa de pan de Tigre y una caja con las cuchillas de pelar que había mandado afilar. Ella le agradeció con un gesto. Tenía las manos mojadas y la espalda ya cansada, y todavía quedaban veinte atados.

Pelar mimbre es un trabajo de oído. Se toma la vara de la punta, se la pasa entre el palo y la rama de la horqueta y se tira con un solo movimiento, parejo, y la corteza se abre con un chasquido como de tela. Si la vara está en su punto sale entera y queda blanca, mojada, con olor a leche vegetal. Si está pasada, la corteza se queda pegada y hay que raspar, y raspar echa a perder la vara. Leonor llevaba cuarenta años escuchando ese chasquido. Esa mañana lo escuchaba en las primeras diez varas y después, de a poco, empezó a escuchar otra cosa, un arrastre, un tironcito flojo.

Dejó de trabajar. Se limpió las manos en el delantal y fue hasta el atado más viejo, el de la punta de la huerta, que había clavado primero. Lo sacó de la tierra, lo sacudió y lo probó. La corteza salió limpia. Probó el último, el que había clavado tarde, a principios de julio, cuando le dolía la cadera. Ese no salía.

Hizo la cuenta en voz alta, como hacía su madre. Veinte atados de una arroba, diez kilos cada uno. Doscientos kilos. Si empezaba por los más pasados, y los dejaba mojándose en el arroyo para que la corteza ablandara, tal vez a la una terminaba con la mitad. Con la sudestada no iba a poder cruzar a la dársena de Los Mimbreros hasta dentro de tres días. Y el pedido de la cooperativa era para el viernes.

—¿Para qué es tanto apuro? —le había preguntado Ramiro el domingo.

Ella no había contestado. El pedido era de una señora de Núñez que quería una cuna de mimbre blanco, entera, sin falsa ni mimbre partido, de las que ya casi no hacía nadie. Se la encargaba para una nieta que nacía en diciembre. Leonor la había hecho una sola vez, en 1991, para su propia hija, y todavía la tenía en el altillo, con el mimbre ya color miel. Cuando vio el pedido, se dijo que ese iba a ser el último trabajo grande. No se lo dijo a nadie. Las manos le temblaban cuando agarraba la sierra, y ya sabía lo que eso significaba.

A las nueve tenía pelados seis atados. A las once, once. El sol había salido flaco, con un velo, y en el aire había un olor dulce y pesado que ella conocía: el río ya estaba cambiando. Las gaviotas bajaban hasta la orilla y se quedaban paradas, con las plumas hacia el mismo lado.

Al mediodía llegó Ramiro otra vez, esta vez con su hijo, Matías, que tenía diecinueve años, cursaba la facultad en Buenos Aires y no pelaba mimbre desde chico.

—Vine a ver si les doy una mano —dijo, y miró las varas blancas tendidas sobre los caballetes—. Tía, ¿esto qué es?

—Es trabajo. Agarrá una horqueta.

Matías agarró una vara con las dos manos y tiró, y la corteza se le rompió a la mitad. La miró, sorprendido. Leonor no se rió. Le mostró cómo se apoyaba el pulgar, cómo se contenía la respiración justo antes del tirón. A la tercera, la vara salió entera. El chico levantó la vista con una cara de triunfo que ella le había visto a su hija, a los ocho años.

—Otra —dijo ella.

Pelaron juntos hasta que el cielo se puso color estaño. Ramiro desató la lancha del muelle y la amarró doble, porque las olas del Sarmiento ya empezaban a empujar las boyas. A las cuatro quedaban tres atados. A las cinco, uno.

El último era el de julio, el que no quería salir. Leonor lo puso en el arroyo, con el agua hasta las rodillas, y lo dejó un rato largo. Después se lo dio a Matías.

—Este es tuyo.

—No va a salir.

—Va a salir si no tirás como un loco. Despacio. Escuchá.

El chico se quedó callado. Con la lluvia fina cayéndole en el pelo, probó con una vara. La corteza se abrió con un crujido apenas, un chasquido corto, y se fue deslizando hacia abajo, entera, hasta la base. Matías soltó el aire.

—Salió.

—Por supuesto que salió.

A las seis y media los doscientos kilos estaban pelados y atados bajo el alero del galpón, con una lona encima y piedras en las esquinas. La sudestada ya sacudía los sauces. Ramiro dijo que la lancha se quedaba en el muelle hasta el viernes, y que el viernes, si Dios quería, cruzaban.

Esa noche cenaron los tres en la cocina, con el calor de la salamandra, y afuera el agua subió hasta el segundo escalón del muelle, hasta el tercero, y se quedó ahí, golpeando suave contra los pilotes. Leonor se levantó dos veces para mirar los atados. Las dos veces estaban secos.

A la mañana siguiente, mientras el viento seguía soplando, subió al altillo y bajó la cuna vieja. Le sacó el polvo con un trapo, la apoyó sobre la mesa y la miró de cerca. El mimbre había tomado el color de la miel y de la tarde, y los nudos de la trama, tantas veces rozados, brillaban como si alguien los hubiera pulido a mano. Matías se quedó parado en la puerta.

—¿Y esta?

—La hice yo.

—Está perfecta.

Leonor tomó una vara blanca, todavía húmeda, y la puso junto a una de miel. Eran del mismo árbol, pensó, con treinta años de diferencia.

—Mirá cómo se hace el borde —dijo, y le acercó la cuchilla—. Una sola vez te lo explico.

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