La rosa bajo el cardán

Saverio Cantarella mojó el pincel de marta en el barniz de la lata de dulce de membrillo que usaba de pocillo y no lo sacó hasta que la cerda quedó pareja, afilada, sin una gota de más. Eran las siete menos veinte de la mañana y el galpón de la carrocería, sobre la avenida Sáenz, en Pompeya, todavía olía a la noche: a aserrín húmedo, a chapa fría, a cola de carpintero.

Adelante, con el chasis sin terminar y el techo recién empastado, estaba el interno del señor Montiel. Un colectivo entero, color crema y verde, con la plancha de atrás lisa como una mesa.

—Don Saverio —dijo Beto, el aprendiz, que tenía diecisiete años y las manos manchadas de minio—. Llegó el papel.

—¿Qué papel?

—El de la municipalidad. Lo trajo el encargado. Dice que desde ahora no se puede pintar nada. Ni filetes, ni guardas, ni frases. Solamente el nombre de la empresa.

Saverio dejó el pincel sobre el borde de la lata. Tenía setenta y un años y había empezado a los catorce, en un taller de la calle Paseo Colón, cuando todavía los carros de reparto iban a caballo hasta el mercado de San Telmo. Había pintado rosas, cintas, dragones de hoja de acanto, el nombre de un panadero con una espiga a cada lado, la Virgen de Luján en un camión de hielo. Había pintado frases: «Mi mujer me espera», «No me alcanza ni el aire», «Lo que Dios da, el flete se lo lleva».

—Mostrame el papel.

Beto se lo dio. Saverio lo leyó entero, moviendo apenas los labios, y lo dobló en cuatro.

—Entonces este es el último —dijo.

—No, don. El de Montiel todavía no lo entregamos. Si usted quiere…

—Si yo quiero, pierdo la firma de la casa. Y la casa pierde el cliente. Y vos perdés el trabajo.

Beto bajó la vista. Del otro lado del galpón, un martillo empezó a golpear una chapa, tan-tan-tan, regular como un latido.

Saverio caminó alrededor del colectivo con las manos a la espalda. Se agachó, con trabajo, hasta quedar a la altura de las ruedas. Miró el chasis desnudo, el travesaño de hierro negro, el hueco por donde pasa el cardán. Un lugar donde nadie mira, donde no llega la inspección ni la mirada del pasajero. Se quedó un rato así, con las rodillas crujiendo.

—Traeme el banquito —dijo—. Y la lámpara.

—¿Qué va a hacer?

—Trabajar.

Pasó la mañana tendido en el piso sobre una bolsa de arpillera, con la lámpara colgada de un alambre y el rostro a veinte centímetros del metal. Primero el trazo largo, de un solo aliento, que sale de la punta del pincel como si la mano no lo decidiera. Después la voluta, que se enrosca y se suelta. Después la rosa. Beto, sentado en cuclillas a su lado, le alcanzaba el bermellón, el amarillo de cadmio, el blanco con el que se hacen las luces.

—Se va a gastar la vista, don.

—Se me gastó hace rato. Ahora veo con la mano.

—¿Y para qué, si nadie lo va a ver?

Saverio no contestó enseguida. Del fondo del galpón venía el olor del mate que alguien cebaba, y la radio, bajita, con un tango de Troilo que se cortaba cada tanto por la estática.

—Mi maestro, Vicente, me enseñó una cosa —dijo al fin—. Me dijo que el filete no es para que lo vean. Es para que el que lo hizo se acuerde de que estuvo.

—Eso es una frase.

—Y sí. Pero la dijo él, y a él le creía.

Al mediodía la rosa estaba terminada. Era chica, del tamaño de una mano abierta, con seis pétalos rojos sombreados en bordó, dos hojas verdes con la nervadura dorada y, debajo, una cinta enroscada donde Saverio escribió, con letra inglesa, despacio, cinco palabras: «Acá estuvimos. Pompeya, 1975».

Beto la miró con la cabeza ladeada. Después, sin que nadie se lo pidiera, buscó un trapo, se arrodilló y le dio un soplido a la cinta para que se secara más rápido.

—Cuando se seque, le pasamos el antióxido por encima, transparente —dijo Saverio—. Que dure.

—¿Cuánto?

—El tiempo que dure el colectivo. Treinta años, si lo cuidan.

A las tres de la tarde llegó el señor Montiel, un hombre de bigote prolijo y saco gris, que le pagó a Saverio en un sobre y recorrió el colectivo con aire de comprador de caballos. Le golpeó la chapa con los nudillos. Le miró los asientos. Se subió, se sentó en el lugar del chofer y tocó la bocina, que sonó ronca, de camión.

—Está bien —dijo—. Lástima lo de los dibujos. Los pasajeros se acostumbran.

—Se van a acostumbrar a lo otro también —dijo Saverio.

—¿Perdón?

—Nada, don Montiel. Que ande bien.

Lo vieron salir por el portón. Había empezado a llover, una llovizna fina, de esas que no mojan pero lo ponen todo brillante. El interno, crema y verde, con el número bien grande y el nombre de la empresa en letras de molde, giró hacia la avenida Sáenz, subió hacia el puente Alsina, cruzó el Riachuelo con un golpe sordo sobre las juntas, y se perdió entre los autos.

Beto se quedó mirando hasta que no hubo más nada que mirar.

—¿Sabe una cosa, don? —dijo.

—¿Qué?

—Yo creo que esa rosa va a andar por todos lados. Por Lanús, por Constitución, por el Abasto. Va a ver cosas que nosotros no.

Saverio se sacó los anteojos. Se frotó el puente de la nariz.

—Lo mismo hacemos todos —dijo—. Andamos por ahí con lo que alguien pintó donde no se ve.

Se puso la boina. Tomó la lata de membrillo con los pinceles adentro, la apoyó con cuidado en el estante, junto a las otras, y apagó la lámpara.

Esa noche el colectivo hizo su último recorrido bajo la lluvia, vacío, camino a la cochera. Por debajo, entre el cardán y el eje, en la oscuridad del hierro, una rosa roja con seis pétalos iba girando hacia adelante, sin que nadie la mirara, a cincuenta kilómetros por hora.

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