—Dos mbokás, Chela. Y que tengan queso hasta la punta.
El que pedía era el sereno del estacionamiento, y Chela Barrios ya tenía el palito en la mano antes de que terminara la frase. Desde que los carritos dejaron la Costanera y se mudaron al Paseo Iberá, abajo del puente Belgrano, le habían quedado pocas costumbres, pero esa era una: la gente pedía los mbokás como se pide la hora, sin mirarla.
Enrolló la masa de almidón de mandioca alrededor del palo, la apretó con la palma hasta que quedó parejita, y la apoyó sobre las brasas. Era sábado de fin de semana largo, catorce de febrero, y desde las ocho había fila. El calor húmedo no aflojaba ni de noche. Arriba, en el puente, los camiones pasaban despacio y hacían vibrar la chapa del techo del carrito.
A la una menos diez le dolían los brazos y el pelo le olía a humo. El celular, apoyado contra el frasco de mostaza, vibró con un mensaje de su sobrina Yanina: «Salimos a las 3 y 10. Tía, te dejé la entrada en lo de mamá. Si no venís esta vez me enojo en serio.»
Chela leyó el mensaje y dio vuelta el celular contra la mesada.
Veintidós años de carnaval en Corrientes, y nunca había visto desfilar a nadie de su familia. Las noches de corsódromo eran las mejores del año: los comparseros salían con hambre, los turistas con ganas de probar «lo típico», y ella vendía hasta que se le acababa la mandioca. Con esas noches pagaba la garrafa de todo el invierno. Con esas noches había pagado, también, el curso de baile de Yanina cuando tenía nueve años y ensayaba en el patio con un cinturón de cascabeles de la feria.
—¿Y esa cara? —dijo Atilio desde el carrito de al lado, dando vuelta una hamburguesa—. Mirás el reloj como si te debiera plata.
—Mi sobrina sale en Sapucay a las tres y diez.
—Andá.
—¿Y quién me atiende esto?
—Yo no, que ya tengo lo mío. Pero andá igual.
—No se puede, Atilio. Es la mejor noche.
—Es la mejor noche, sí —dijo él, sin darse vuelta—. Y la hija de tu hermana sale una vez por año.
Chela no contestó. Atendió a una pareja de Resistencia que había cruzado el puente a propósito, a una señora con tres nenes disfrazados, a dos chicos de una batería que todavía tenían la remera de ensayo y le pidieron seis mbokás para repartir. Hacia las dos, la fila se afinó. A las dos y cuarto ya no quedaba nadie, solo un perro flaco sentado a la distancia justa de las brasas.
Y entonces, de golpe, llegaron los otros.
Eran como veinte, de entre dieciséis y veinte años, con remeras de comparsa, los ojos pintados de brillo corrido y los pies hinchados. Habían terminado su desfile y esperaban el micro que los llevaba de vuelta, y el olor a brasa los trajo hasta el carrito.
—Señora, ¿le queda?
Le quedaba masa para cuarenta. Chela miró el reloj. Eran las dos y veinte. El corsódromo no quedaba a la vuelta, y esa noche había tránsito.
—Les queda —dijo—. Siéntense, que se les enfrían los pies.
Los mbokás empezaron a salir de a cuatro, de a seis. Alguien trajo una caja de gaseosas de lo de Atilio, que ya no hacía hamburguesas y atendía de brazos cruzados, mirándola. Los chicos comían parados, de a mordiscos grandes, con el queso estirándose entre el palo y la boca. Uno se quemó la lengua y se rió. Otra, la más chiquita, se sacó una sandalia y puso el pie arriba de un banco, sin vergüenza.
A las dos y cuarenta se fue el último. Chela miró la mesada vacía, las brasas bajas, la plata mezclada en la lata de galletitas. Había vendido en veinte minutos lo que otras noches le llevaba una hora.
—Andá —dijo Atilio, ya con la mano levantada hacia un remís que había parado sin que ella lo viera—. Yo cierro lo tuyo. Dejame la lata, te la guardo.
—No te puedo…
—Chela.
Se sacó el delantal. Se lavó las manos con agua de la botella, se las secó en el pantalón, agarró la bolsa con los últimos tres mbokás que había dejado aparte, envueltos en papel, y se subió al auto con el pelo hecho un desastre y las zapatillas con ceniza.
Llegó a la grada a las tres y cinco. Su cuñada le había dejado la entrada con una vecina, que le hizo lugar en el segundo escalón sin preguntar nada. Desde ahí se veía la pasarela larga, brillante de luces, y al fondo la masa oscura de la comparsa que esperaba. Se oyó la batería antes de verla, un trueno grave que le subió por las piernas hasta el pecho.
Y salieron.
Primero las banderas, después los tambores, después las alas gigantes con plumas azules y plateadas. Chela los buscó entre cientos de caras maquilladas hasta que la vio: Yanina, tercera fila, con un traje que pesaba más que ella, con la sonrisa de las nenas que ensayan en un patio. Pasó a diez metros. Miraba hacia las gradas con la cara de quien busca un número de colectivo.
Chela se paró. No sabía qué hacer con las manos, que todavía olían a mandioca y brasa. Agarró uno de los palitos vacíos de la bolsa, sin pensarlo, y lo levantó bien alto, como una bandera chiquita.
Yanina la vio. El brillo de los ojos se le corrió de golpe, la sonrisa se le rompió en risa, y sin dejar de bailar levantó una mano con los dedos abiertos.
Chela agitó el palito hasta que la comparsa dobló la curva y la noche se la llevó, y siguió agitándolo un rato más, por las dudas, con el olor a mboká en las manos.
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