Beti Sandoval abrió el galponcito del fondo a las seis y diez, con el frío de la madrugada todavía pegado a la chapa. Olía a aguarrás, a portland viejo, a yerba húmeda. Desde la calle llegó el 35/9 haciendo temblar el vidrio de la ventana, y ella pensó lo mismo que pensaba todos los sábados de clásico: ya empezaron.
El tapial del frente tenía las franjas de amarillo y azul levantadas en tiras, como piel después de una insolación. Cacho las había pintado cada año, la semana del partido, durante treinta y un años, con rodillo largo y la radio prendida. Este año no había pintado nada, porque en julio se había muerto de un día para el otro, entre un mate y otro, y Beti había dejado pasar el invierno y media primavera mirando la pared como quien mira una boleta que no quiere pagar.
Ella era de Newell’s. Lo sabía todo Arroyito y lo había sabido Cacho desde el día del casamiento. A pocas cuadras del Gigante era una rareza que el barrio le perdonaba porque ella alquilaba el patio para dejar los autos en días de partido, a catorce autos por vez, ni uno más, y porque nunca había hecho un chiste de más. Los hinchas locales llegaban por Cordiviola y a la altura de su portón se fijaban siempre en lo mismo: la pared. «La de Cacho», decían. «Ahí se estaciona bien.»
A las siete y media, con una lata de azul en cada mano, se le plantó adelante Joaquín, el nieto de los Ferreyra, catorce años, auriculares colgando del cuello.
—¿Vos vas a pintar las franjas, Beti? ¿Vos?
—Pintar es pintar. Sostenme la escalera.
—Si querés te ayudo. Pero yo no sé de Central, eh. Soy de Boca.
—Mejor. Así no te emocionás y pasás la cinta derecho.
Trabajaron toda la mañana. Joaquín pegaba la cinta de enmascarar con la lengua afuera, ella pasaba el rodillo, y entre franja y franja el sol iba subiendo por la vereda y le calentaba la nuca. El amarillo tapaba bien. El azul se chupaba a la pared y pedía dos manos. A las diez ya tenían seis franjas, y la pared empezaba a parecerse a la que había sido.
—Falta el zócalo —dijo Joaquín, y señaló con la barbilla la base del tapial, una faja de veinte centímetros descascarada hasta el ladrillo—. Ese es negro, ¿no? Siempre fue negro.
Beti se quedó con el rodillo en el aire.
Siempre había sido negro. Treinta y un años. Cacho decía que era por el barro de la calle, para que no se notara cuando llovía, y ella nunca había preguntado nada porque era una explicación razonable y porque en esa casa no se preguntaba lo que no hacía falta.
—Buscame el negro en el galpón —dijo—. Estante de arriba, atrás de las bolsas.
Joaquín volvió con una lata chica de esmalte sintético y una brocha envuelta en una bolsa de nailon. En la tapa, pegado con cinta de enmascarar ya amarillenta, había un cartelito con la letra de calle de Cacho, la de las facturas y los presupuestos:
«Negro. Para abajo. Que haya algo tuyo sosteniendo lo mío.»
Joaquín leyó por arriba del hombro y no dijo nada, cosa que Beti le agradeció más que cualquier frase. Se sentó en el cordón con la lata sobre las rodillas. Pasaron dos nenes en bicicleta, uno con la camiseta canalla, y la miraron como se mira a una señora que llora en la vereda un sábado a las diez de la mañana, es decir, rápido y con respeto.
—Treinta y un años —dijo ella al rato—. Treinta y un años pintó mi color abajo de su pared y no abrió la boca.
—Capaz que era de esos que lo dicen así —dijo Joaquín—. Con pintura.
—Era de esos, sí.
Se limpió la cara con el dorso del guante y se puso de rodillas frente a la base del tapial. Lijó la faja con un cacho de lija que encontró en el bolsillo del delantal, sacó el polvo con la mano, abrió la lata. El esmalte tenía una nata finita arriba, que Joaquín ayudó a sacar con un palito de helado. Pintó despacio, brochazo a brochazo, de la esquina del portón hasta el final de la medianera, sin salirse de la cinta, con la cuadra entera zumbando de bocinas y cantitos de ensayo.
A las doce menos diez llegó el primer auto, una Partner gris con un hombre de Funes y dos hijos con la camiseta puesta desde el desayuno. Bajó la ventanilla, miró la pared y levantó el pulgar.
—Qué linda quedó la de Cacho, ¿eh? Mejor que el año pasado.
—Está firme —dijo Beti, y se sacó el pañuelo de la cabeza—. Tiene buen cimiento. Pasá, que hay lugar.
El hombre entró marcha atrás por el portón. Joaquín guardó la cinta, los pinceles y la lata vacía, y se fue a su casa a comer sin despedirse, como hacen los chicos cuando entienden algo. Beti se quedó un rato en la vereda con las manos manchadas.
Del amarillo para arriba el sol pegaba parejo. Abajo, a ras del piso, la franja negra todavía brillaba húmeda, bien pegada a la tierra, de las que no se despintan con la lluvia.
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