A las once y cuarenta de la noche del 18 de septiembre, Nélida Ayala acomodó el micrófono a la altura de la boca y apoyó sobre la consola el disco que había traído en una bolsa de supermercado. Era un long play sin tapa, con el borde comido por la humedad y una etiqueta donde alguien había escrito con birome: «Pexoa, lado B».
—Tenés veinte minutos de aire libre —dijo Rubén, el operador, sin sacar los ojos del celular—. Después viene el programa de las doce.
—Con diez me alcanza.
La radio ocupaba el primer piso de un edificio de la calle Junín, encima de una casa de repuestos. De día se oían las motos; de noche, el ventilador de la consola y el zumbido de un tubo fluorescente que nadie arreglaba. Nélida hacía la madrugada desde hacía cuarenta y tres años, con una pausa de seis por una operación de cadera, y esa semana le habían avisado que el programa terminaba en diciembre. Nadie se lo dijo mal. Fue el gerente, con un café en la mano, hablando de «renovar la grilla».
Pero esa noche no pensaba en diciembre. Pensaba en un llamado de 1988.
Entró un martes, a las tres y diez de la mañana, cuando todavía se atendía el teléfono con auricular de plástico beige. Un hombre con voz de ruta, de esas que traen el motor adentro, pidió «Puente Pexoa» para su señora, que estaba en Itá Ibaté esperándolo. Dijo que llegaba a la mañana con una carga de arroz y que quería que ella lo escuchara con el mate. Nélida buscó el disco en el estante y encontró la púa saltando en el segundo surco. Se pidió disculpas al aire, puso otro tema, y el hombre nunca volvió a llamar.
Treinta y ocho años después, la voz seguía en la memoria con una precisión incómoda. Sabía que el hombre había tosido antes de decir «señora». Sabía que, detrás, se oía un camión que arrancaba.
El disco nuevo lo había conseguido el sábado, en una feria de la plaza Vera, de un puestero que vendía casetes de cumbia y cables sueltos. Lo pagó cuatrocientos pesos sin regatear. En el micro de vuelta lo llevó sobre las rodillas, con las dos manos.
A las doce menos cinco, bajó la persiana del estudio a medias, como hacía siempre, para que la calle no entrara en la voz. Por el vidrio se veía la esquina de Junín y el semáforo en amarillo intermitente. Más allá, hacia el lado de la plazoleta Cocomarola, había luces y un rumor de parlantes. Esa noche empezaba el Día del Chamamé, y a las doce en punto, como todos los años, iban a tocar «Kilómetro 11» para el Taita.
—Rubén, abrime el micrófono.
—Faltan cuatro minutos para el programa.
—Abrime.
Dijo buenas noches. Dijo que esa era una noche de chamamé, que lo sabían todos los que tenían un parlante cerca. Dijo que tenía una deuda vieja con un oyente de ruta.
—Una vez, hace mucho, un camionero me pidió «Puente Pexoa» para su mujer. Yo no pude pasársela porque el disco estaba rayado. Esta noche, si usted está escuchando, o si alguien lo conoce, va para él. Y para ella.
Bajó la púa. El surco crujió un segundo y enseguida entró el acordeón, con esa manera de abrirse paso despacio, como quien cruza un puente de madera probando cada tabla. Nélida cerró los ojos. Pensó en el arroz, en el camión, en las manos del hombre sobre el volante. Pensó que a lo mejor había muerto, que a lo mejor la señora también, y que igual el tema ya estaba saliendo.
A los dos minutos se prendió la luz roja del teléfono.
—Atendé vos —dijo ella, con la voz rara.
Rubén atendió. Escuchó, frunció la cara, y le pasó el auricular sin decir nada.
—¿Doña Nélida? —Era una voz de mujer, joven, con un fondo de música y vasos—. Mi abuelo se llamaba Honorio Cardozo. Hizo ruta toda la vida para una cooperativa arrocera. Falleció hace once años. Mi abuela está acá al lado mío, en la plaza, y dice que se acuerda del llamado.
Nélida se agarró del borde de la consola.
—¿Se acuerda?
—Dice que esa mañana el abuelo llegó con las manos vacías de música y le dijo que había pedido un tema por la radio y que no lo habían pasado. Que se enojó con usted una semana. Y que después se le pasó, porque usted se disculpó al aire.
—Yo me disculpé al aire —repitió Nélida, y le dio risa y algo más.
—Dice que la oyó. Dice que lo oyó a él oírla.
Del otro lado del teléfono, entre vasos y parlantes, se escuchó una voz vieja, mucho más baja, que dijo algo en guaraní. La nieta se rió.
—Dice que ahora le debe un mate.
El acordeón llegaba a la parte más abierta del tema. Por el vidrio, a media cuadra, estalló un aplauso grande: en la plazoleta acababa de sonar «Kilómetro 11», y dos mil personas lo cantaban con una desafinación feliz. Nélida bajó el volumen de la consola, sacó la cabeza por la persiana y dejó que las dos músicas se mezclaran en la noche húmeda, la de su disco rayado y la de la calle.
—Rubén —dijo, sin darse vuelta.
—Qué.
—Anotá el teléfono de la nieta. En diciembre me voy a tomar un mate.
Esperó a que terminara el lado B hasta el último compás. Después apagó el micrófono, levantó la púa con cuidado y guardó el disco en la bolsa del supermercado, como se guarda algo que ya no hace falta cuidar tanto.
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