Cuarenta pasos hasta la cocina

—Contá hasta cuarenta, abuelo —dijo Julieta, parada sobre un bloque de hormigón con los brazos abiertos, como en equilibrio sobre una soga—. Yo voy atrás y anoto.

Aldo Bertorello se sacó la gorra, se la volvió a poner y miró el suelo. Era un suelo raro: una costra blanca de sal, cuarteada como barro de tajo seco, que crujía bajo las zapatillas. Más allá, el agua de la laguna ya no llegaba. Hacía tres años que Mar Chiquita venía bajando, y en ese agosto de 2023 había dejado al aire cosas que nadie veía desde antes de que Julieta naciera, desde antes de que naciera su madre: columnas caídas todas para el mismo lado, bañaderas de cemento sin caño, una escalinata que subía hacia nada.

—Es por acá, creo —dijo él—. La escuela quedaba sobre la derecha. Salíamos y doblábamos en la esquina de la panadería, y de ahí a casa eran cuarenta pasos. Siempre cuarenta. Los contaba de chico para no pensar en el frío.

—¿Y si ya no son cuarenta? Vos ahora tenés las piernas más largas… digo, más cortas.

—Más lentas —corrigió Aldo, y se rió con la tos de fumador que dejó hace veinte años.

Habían llegado a las diez en la lancha de un muchacho de Miramar que hacía excursiones y que, antes de dejarlos en la orilla, les señaló con el mentón las ruinas del hotel grande, el de los alemanes, y les dijo que volvía a buscarlos a las cuatro. Aldo asintió sin escuchar. Había nacido en una casa de la calle que ahora estaba a trescientos metros mar adentro, o laguna adentro, que para los que se criaron ahí era lo mismo. Su padre arreaba un carro con un barril y un caballo bayo: calentaba el agua de la laguna en una caldera a leña y la llevaba, tibia, a los hoteles, donde los señores de Buenos Aires y de Rosario se metían cuarenta días seguidos en bañaderas a curarse los huesos. Un oficio que hoy suena a invento. Aldo todavía se acordaba del humo de la leña de espinillo y del olor a yodo y a huevo podrido que se le quedaba en el pelo.

Después vino el agua. No de golpe, eso era lo que nadie en el resto del país entendía. No fue una crecida de río que se lleva todo en una noche. Fue una laguna que subía un poco por semana, y el pueblo que levantaba paredones, y la laguna que los pasaba. Su madre sacó primero los muebles, después las puertas, y la última vez, las canillas.

—Treinta y ocho —contó Aldo, y se detuvo.

Julieta anotó en el celular. Frente a ellos había un rectángulo de baldosas, tres o cuatro metros de lado, cubierto por una película blanca de sal. Más allá, nada: el mismo suelo cuarteado de siempre.

—Treinta y nueve, cuarenta —dijo ella—. Abuelo, acá no hay nada. Es piso.

—Es la cocina.

—¿Cómo sabés?

Aldo se arrodilló con un trabajo que le tembló en las rodillas y pasó la manga de la campera por una baldosa. La sal salió en una nube fina y debajo apareció un dibujo: un rombo verde adentro de un cuadrado crema, repetido cuatro veces en las puntas. Se quedó mirándolo.

—Mi vieja lo lavaba con lavandina los sábados. Decía que con un piso así nadie podía decir que éramos pobres. Yo me tiraba panza abajo en este rombo, mirá, justo este, porque era el único que estaba frío en verano.

Julieta se arrodilló del otro lado. Con un pañuelo descartable limpió la baldosa de al lado, y de la de al lado. Fueron apareciendo los rombos, uno tras otro, verdes y cremas, tan prolijos que parecían puestos esa mañana.

—Acá estaba la mesa —dijo Aldo, señalando con la mano—. Ahí la cocina económica, la que andaba con leña. Y ahí, en esa esquina, la pared donde mi viejo marcaba cuánto subía el agua con un lápiz de carpintero. Una rayita por semana. Las contaba cuando se sentaba a tomar mate. Nunca decía nada. Pasaba el dedo por las rayitas y tomaba mate.

—¿Y cuántas rayitas hizo?

—Muchas. Las dejó cuando nos fuimos. Dijo que a alguien le iba a servir saber hasta dónde había llegado.

Se quedaron un rato sin hablar. Se oía un viento finito, y a lo lejos, hacia el este, un ruido seco de alas: una bandada de flamencos que se levantaba de la orilla, rosada contra el cielo blanco, y se iba en línea torcida hacia donde todavía había agua.

Julieta se paró, fue hasta donde decía el abuelo que estaba la pared y miró al suelo. No encontró ninguna raya, claro. Encontró la sal, y el borde de la última baldosa, y una línea de cemento donde algún día hubo un zócalo.

—No hay nada, abuelo.

—Ya sé. —Aldo se sacó la gorra otra vez—. Por eso quería venir. Para que alguien más lo viera.

Ella sacó el celular, le hizo una foto a las baldosas limpias y otra al abuelo arrodillado, con las manos apoyadas en el rombo verde, y se la mandó a su mamá sin escribir nada. Después se sentó en el piso, en el mismo lugar donde él había dicho que se tiraba de chico, y se quedó con la mejilla contra la cerámica fría, bajo el sol de la una de la tarde.

—Tenías razón —dijo—. Es el único que está frío.

Aldo no contestó. Le puso la mano en la espalda, y en la cocina que ya no tenía techo ni paredes, los dos se quedaron esperando a que volviera la lancha.

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