Zoe Karagiannis puso los koulourakia en la lata de galletitas de su madre a las seis y diez de la mañana, todavía con el horno tibio. Eran treinta y dos, torcidos como ramitas, con semillas de sésamo que se le habían pegado en los dedos y en el delantal. Hacía cuarenta años que no los amasaba con esa receta: la de la lata, escrita a lápiz en el reverso de un almanaque del Banco Provincia.
—Mamá, es un barco, no es un casamiento —dijo su hija por teléfono—. Nadie te va a dejar subir.
—No quiero subir. Quiero entregar.
Cortó. Se puso el abrigo azul y salió a la calle de chapa y madera donde había nacido, en Ingeniero White, con la lata contra el pecho. El aire olía a cereal tostado y a mar bajo. Al fondo, por encima de los techos, se veía la proa de un buque cerealero, negro y alto, que había atracado de madrugada. Lo sabía por el cuaderno del vecino de enfrente, Don Remo, que desde que se jubiló anota cada barco con su bandera, como otros anotan los números de la quiniela. Bandera griega. Puerto de origen: Pireo.
Su madre, Katina, había tenido un cafetín sobre la avenida Guillermo Torres, con dos mesas de billar y un gramófono que andaba cuando quería. Cuando entraba un barco griego, mandaba a Zoe, de ocho años, a la planchada con un plato tapado con un repasador. Los marineros bajaban a la escalera, comían los koulourakia parados, sin hablar, y uno siempre terminaba llorando, o haciendo como que no. «Se acuerdan de la mesa», decía Katina. «Con eso alcanza.»
Cuando Zoe llegó a la entrada del muelle, el sol recién se despegaba del agua. Había un portón, una garita y un hombre de campera fluorescente con una tablet.
—Buen día. Vengo a dejarle algo a la tripulación del barco griego.
—¿Tiene autorización?
—Tengo una lata.
El hombre la miró con cierta ternura, y con cierta firmeza.
—Señora, no puedo dejarla pasar. Es zona restringida. Los tripulantes no bajan, tienen que cumplir la guardia y salir a las doce. Si quiere, puede dejarla acá y yo veo.
Zoe apretó la lata. Pensó en la cara de su hija. Pensó en que nadie le había pedido nada, que Don Remo le diría que estaba vieja para esas cosas, y se sentó sobre un cajón de madera junto a la garita a esperar sin saber qué.
Esperó dos horas. Pasaron camiones con cereal, un perro de la zona, una mujer con un termo. A las ocho y media, desde la cubierta del barco, un muchacho con un casco blanco la vio sentada. Zoe lo supo porque levantó la mano, despacio, como quien prueba. Ella levantó la lata. El muchacho se quedó un rato quieto. Después desapareció.
—Ahí viene —dijo el hombre de la garita, sin mirarla.
Bajó por la escalerilla de metal con un chaleco naranja, y caminó por el muelle hasta el portón, donde lo frenó una línea amarilla en el suelo. Del otro lado de la línea, a tres metros de la reja, estaba Zoe. Tendría veinticinco años. Era flaco, de manos grandes, y tenía una quemadura de sol en la nariz.
—Kalimera —dijo ella, y fue lo único que le quedaba del griego, aparte de las malas palabras y los nombres de las comidas.
—Kalimera —contestó él, y sonrió con asombro—. ¿Usted habla…?
—No. Mi mamá hablaba. Yo traje esto.
Abrió la lata. El muchacho se acercó hasta donde la línea se lo permitía, pero el brazo no llegaba. El hombre de la garita carraspeó, miró para otro lado, y dijo que iba a revisar un papel que justo tenía que revisar adentro de la garita. Tardó bastante.
Zoe pasó la lata por entre los barrotes. El muchacho tomó uno, lo olió, lo mordió.
No dijo nada. Masticó con los ojos fijos en algún punto del agua. Zoe le conocía el gesto: lo había visto en la escalera del cafetín, hacía cuarenta años, en hombres de bigote que no se dejaban ver.
—Mi abuela los hacía iguales —dijo él por fin, en un castellano de manual, y se rió de sí mismo—. Con mucho sésamo. Yo no sabía que acá… que en el fin del mundo…
—Acá hubo un cafetín. Era de mi madre. Se llamaba Katina.
—Katina —repitió él, y lo repitió despacio, cuidando cada letra, como quien guarda algo en un bolsillo hondo.
Compartieron los treinta y dos koulourakia por mitades, uno a uno, de lados distintos de la reja. Él le contó que se llamaba Yannis, que su madre vivía en una isla chica cerca de Quíos, que hacía nueve meses que no bajaba a tierra en un lugar donde alguien lo esperara. Ella le contó del almanaque, del gramófono, de la planchada. A las diez sonó una sirena corta. Yannis tuvo que volver.
—¿Puedo quedarme con la lata? —preguntó, y enseguida—: No. No es mía. Perdón.
—Quedátela.
—¿Y su madre?
—Mi madre tiene otra —mintió Zoe, y lo miró subir por la escalerilla con la lata bajo el brazo, hasta que fue un chaleco naranja chico contra el casco negro del buque.
Volvió caminando por Guillermo Torres. Pasó frente a la puerta cerrada del cafetín, ahora una verdulería de chapa pintada de verde. Don Remo la esperaba en la vereda con el cuaderno abierto.
—¿Cómo salió?
—Entregué.
—¿Y qué te dijeron?
Zoe pensó un momento. A lo lejos, el barco soltaba una columna de humo gris, listo para zarpar hacia un puerto al que ella nunca iba a llegar.
—Dijeron mi nombre —contestó—. Bueno, el de mi mamá. Con eso alcanza.
Esa noche, antes de acostarse, anotó en el reverso del almanaque, debajo de la receta, con lápiz y letra torcida: «Pireo. Yannis. 32.»
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