La cazuela de la Tana

Marisol Cattáneo se levantó a las cuatro y media, antes que el despertador, porque el viento sudeste le golpeaba la persiana de chapa como si quisiera entrar a desayunar. Desde la cocina se olía el cereal tostado de las terminales, ese olor a pan quemado que en Ingeniero White uno deja de registrar a los cinco años y vuelve a registrar cuando se va. Ella nunca se había ido.

Era Jueves Santo y la Feria del Camarón y el Langostino abría al mediodía. Por primera vez en dieciséis años tenía puesto propio, un mostrador de madera con toldo azul a dos cuadras del Museo del Puerto, y un cartel pintado a mano por la sobrina: «Cazuela de la Tana». Su hermano Rinaldo le había prometido cuarenta kilos de camarón fresco a las nueve de la mañana, del barco de él, para que ella tuviera tiempo de pelar, de sofreír, de probar.

A las nueve no había barco. A las diez tampoco.

—Se quedó en la boya por el viento —dijo el Gallego, que vendía hielo, mirando el celular—. Dicen que hasta que no baje la marea no entra.

—¿Y la marea cuándo baja?

—Cuando quiera.

Marisol tenía veinte ollas lavadas, una bolsa de cebolla de verdeo, ajo, pimentón, vino blanco del bueno y ni un solo bicho. Se sentó en un cajón de cerveza. En el puesto de al lado una mujer acomodaba empanadas de langostino con la parsimonia de quien sabe que va a vender todo, y Marisol sintió algo parecido a la envidia, que enseguida se le cambió en bronca, y la bronca en cansancio.

La receta era de su padre. Eso decía Rinaldo, y lo decía fuerte, en el club, en la feria, en la radio de Bahía cuando lo entrevistaron el año pasado. «La receta de mi viejo.» Pero era Marisol la que la había aprendido parada en un banquito, en una casa de chapa y madera de la calle Guillermo Torres, mirando cómo la madre, no el padre, le echaba el vino antes que el pimentón y nunca al revés. El padre solo pescaba. Comía, eso sí, con una devoción que llenaba la casa.

Nunca se lo había dicho a Rinaldo. Ese jueves, sentada en el cajón, entendió que hoy se lo tenía que decir, o que se lo iba a decir la cazuela.

A las once y media apareció un pibe en bicicleta, flaquito, con una gorra de la Liga del Sur.

—¿Es usted la Tana? Me manda el tío Rinaldo. Dice que ya entraron, que están descargando en el muelle de los pescadores, pero que no puede venir porque se le trabó el guinche. Que vaya usted.

—¿Que vaya yo?

—Que vaya con la carretilla, dice.

Marisol agarró la carretilla. Caminó seis cuadras con el viento de costado, esquivando charcos con aceite, pasando frente a la casa verde de la viuda Aguirre, frente al almacén cerrado de los Pettinari, frente a la vía vieja donde alguna vez paraba el tren del Sud con sus vagones de grano. En el muelle los hombres bajaban cajones. Rinaldo estaba arriba de la lancha, con las manos negras de grasa y la cara de alguien que no durmió.

—Llegaste —dijo sin mirarla.

—Vos llegaste tarde.

—Se trabó todo. Estuve a punto de decirte que no vinieras, que traiga cualquier otro. —Se limpió las manos en el pantalón—. Pero la gente no viene a la feria por cualquier otro. Viene por la Tana.

—Por la cazuela de papá, vas a decir.

Rinaldo levantó la vista. El sol salió de golpe entre dos nubes y le marcó las arrugas de la cara, que eran las de su padre, idénticas, y por eso a ella le costaba tanto discutirle.

—Ma no —dijo, mezclando el italiano que los viejos les habían dejado como una herencia chica y rota—. La cazuela de mamá. Papá no sabía ni hervir un huevo. Lo sé, Mari. Lo supe siempre. Es que en la radio el periodista me preguntó y me salió lo de siempre, y después ya no supe cómo corregirlo.

Ella se quedó con la carretilla agarrada a dos manos. Abajo, el agua del estuario golpeaba los pilotes con un ruido de cuchara contra olla. Un cajón de camarones se le abrió en las manos y los bichos, chiquitos, rosados, vivos todavía, le saltaron en los antebrazos.

—Cuarenta kilos —dijo Rinaldo—. Y si querés, esta noche lo digo yo, por el micrófono de la feria. Lo digo entero.

—No hace falta —dijo Marisol, y se sorprendió de no estar mintiendo—. Alcanza con que lo sepas vos.

Cargaron la carretilla entre los dos. Volvieron caminando despacio, el hermano empujando, ella al costado con la mano en el borde para que no se volcara. Pasaron por la calle de las casas de chapa. En una ventana, alguien tenía la radio puesta con una cumbia vieja.

A las doce y diez, con el cuchillo chico y el delantal de la madre, Marisol peló el primer camarón. Lo hizo como la madre: una uña, un tirón, el caparazón entero en la palma. Puso la olla a calentar. Primero el aceite. Después el ajo. Después, y se detuvo un segundo para saborear el gesto, el vino, antes que el pimentón, nunca al revés.

La primera fila ya se estaba armando. Una nena con un cucurucho de papel preguntó cuánto faltaba, y Marisol, sin levantar la vista, le dijo que ya olía, y que si olía, faltaba poco.

El vapor le subió a la cara y le empañó los anteojos. Detrás del toldo, Rinaldo clavaba el cartel nuevo con un martillo que no era el indicado. Le había agregado una línea abajo, con marcador negro, en letra torcida: «Receta de Doña Nelly».

Marisol no dijo nada. Revolvió, probó, agregó sal, y el viento sudeste, que no se había ido, le llevó el olor de la cazuela por toda la calle Torres, hasta el agua.

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