Tres kilos de nada

Lola Ibarra salió al lote a las cinco y diez, con el tereré en una mano y la bolsa de arpillera atada a la cintura, y antes de agacharse a mirar nada se quedó parada y olió. El aire de marzo en Tres Isletas venía espeso, dulzón, con un fondo de tierra que todavía no estaba mojada pero ya lo sabía. Hacía tres días que la radio de Sáenz Peña repetía lo mismo: frente inestable, lluvias desde el domingo a la tarde. Era jueves.

Las tres hectáreas estaban blancas hasta el alambrado. El defoliante había dejado las plantas peladas, con las ramas negras y las bochas abiertas como puños que se sueltan de a poco. El contratista de la cosechadora le había prometido el sábado a primera hora, y ella le creía, porque los hombres que tienen una máquina sola y diez clientes siempre prometen el sábado. Pero esto no era para el sábado. Esto era para la cama de su madre.

Doña Pura tenía ochenta y cuatro años y una regla: todo bebé de la familia dormía sobre algodón de la chacra. Se lo había rellenado a Lola, a sus hermanos, a los hijos de sus hermanos, con fibra levantada a mano, sin una hoja ni una cáscara, mullida a golpes de varilla en el patio. El domingo, en Resistencia, nacía el primer bisnieto. La almohada tenía que estar lista para llevarla el lunes.

—Brian —dijo Lola, y golpeó la puerta de chapa del galpón—. Arriba, que se nos va la mañana.

El sobrino salió a las seis menos veinte, con los ojos hinchados y el celular en la mano, como si fuera un órgano más. Tenía dieciséis años y había venido a pasar la semana porque en su casa de Barranqueras no había quién lo cuidara. Lola le dio una bolsa y le mostró el movimiento: dos dedos adentro de la bocha, un tirón corto hacia abajo, sin arrastrar la cáscara seca.

—¿Todo esto a mano? —preguntó Brian—. Tía, hay máquinas.

—Las máquinas se llevan la planta entera. Yo necesito la fibra limpia. Tres kilos. Con tres kilos me alcanza.

—¿Tres kilos? Eso es una nada.

—Probá levantar tres kilos de nada y después me contás.

A las ocho ya hacía calor de verdad. Los surcos del bajo, los que Lola había elegido porque ahí la humedad del suelo mantenía la fibra más sedosa, olían a hierba quemada y a semilla. Las bochas pinchaban. Brian se pinchó el dedo índice a los diez minutos y se lo chupó con cara de ofendido; a los veinte ya había aprendido a abrir la mano sin mirar. A las nueve se sacó la remera de la escuela y la ató a la cintura. A las diez le dijo que había un curso de electricidad en Resistencia, en el centro de formación, que empezaba en abril, y que la madre no quería que fuera.

—¿Y vos qué querés?

—Irme. Ir y volver todos los días no, irme. Alquilar una pieza.

—Ah.

—No dijiste nada.

—Estoy contando bochas.

Era cierto, aunque no la mitad. Lola pensó en Fermín, su marido, que desde hacía dos años armaba encofrados en Resistencia y volvía los sábados con olor a cemento y a ciudad, y en cómo el chico lo miraba a él los sábados. Pensó que ella misma había querido irse a los dieciséis, a Corrientes, a la costanera del río, y que se había quedado porque un día la madre se enfermó, y después otro día. No se lo dijo. Siguió tirando de la fibra.

Al mediodía comieron chipá duro con mate cocido bajo el algarrobo del alambrado. Después Lola pesó con la mano las dos bolsas: no llegaban al kilo y medio. El cielo, que a la mañana era una chapa limpia, tenía hacia el sudeste una pared gris con los bordes violáceos.

—Eso no es para el domingo —dijo Brian, mirando—. Eso es para hoy.

—Tiene que ser hoy a la noche —dijo Lola—. Mañana, a esta hora, la fibra del bajo va a estar manchada.

Brian no preguntó nada más. Se puso la bolsa y se metió en el surco. Lola lo vio trabajar con la espalda quemada y el pelo pegado a la frente, sin celular, sin ruido, con esa concentración tonta y total de los que descubren que las manos saben algo antes que uno. A las cuatro llegó el primer viento fresco, ese que huele a lata mojada, y los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.

—¿Cuánto tenemos? —preguntó él.

—Dos kilos y algo.

—Nos falta.

—Nos falta.

Las primeras gotas cayeron a las cinco y veinte, gordas, separadas, golpeando el polvo como monedas. Lola corrió con la bolsa abrazada al pecho hasta el galpón, y Brian detrás, y se quedaron los dos adentro viendo cómo el lote blanco se ponía gris, y después oscuro, y después de ninguna manera. Llovió dos horas. El agua bajaba por la chapa con un ruido de tren largo.

Cuando paró, con el cielo todavía tapado, Brian puso su bolsa sobre la mesa de cortar leña y la abrió.

—Pesala —dijo.

Lola la pesó en la balanza de cocina de su madre, la vieja, la de platillo. Dos kilos seiscientos. Después la suya: ochocientos. Tres kilos cuatrocientos gramos de fibra seca y limpia, levantada antes de la primera gota.

—Sobran cuatrocientos —dijo Brian, y sonrió con la cara llena de tierra.

—Esos son del que se va a Resistencia a hacer el curso de electricidad —dijo Lola, sin mirarlo—. Para que lleve algo de acá.

Brian no dijo nada. Se quedó mirando el algodón sobre la mesa, esa cosa tan liviana que había hecho doler dos espaldas, y asintió despacio, una sola vez.

El lunes, en la casa de Doña Pura, la varilla golpeó la fibra sobre una lona hasta que se volvió nube. La almohada quedó chiquita, del tamaño de un pan. La vieja la sostuvo con las dos manos, la acercó a la cara y respiró hondo, con los ojos cerrados, como si adentro hubiera algo más que algodón. Y lo había: tres hectáreas, un jueves de calor, un chico que levantaba la cabeza cuando venía el viento.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *