Lidia Nahuelquir se despertó con el viento golpeando la persiana y supo, antes de abrir los ojos, que iba a ser un día de esos en que el Chenque se pone gris y el mar se pone más gris todavía. Después abrió los ojos y confirmó lo que ya sabía: la cómoda era una mancha marrón, la ventana un rectángulo de leche. Hacía un año que el mundo se le venía aguando por los bordes.
Era 13 de diciembre. En Kilómetro 3 ese día valía doble: Santa Lucía, la santa de los ojos, y el aniversario del petróleo. Lidia era sacristana de la parroquia desde hacía veintiséis años y a Santa Lucía le había limpiado la peana más veces que a su propia heladera. Le parecía una ironía de mal gusto que la santa no pudiera hacer nada por una catarata, pero no se lo había dicho a nadie, ni siquiera a la santa.
A las siete llegó su nieto Tomás, de quince años, con la capucha del buzo hasta las cejas.
—Abuela, mamá dice que la operación es mañana a las ocho y que hoy te quedes tranquila.
—Hoy tengo misa.
—Y después, tranquila.
—Y después, tranquila —mintió Lidia, y le dio un mate.
La misa fue larga, con el padre leyendo de memoria porque ella ya no le acomodaba el misal. Cuando terminó, las vecinas se quedaron en el atrio hablando del viento, de la Cooperativa, de que el año que viene iban a traer una banda. Lidia esperó a que se fueran. Después le agarró el brazo a Tomás.
—Llevame al pozo.
—¿Qué pozo?
—El número dos. El de la plaza del museo. Son tres cuadras, no te hagas el que no sabés.
Caminaron contra el viento. Ella iba reconociendo la calle por los pies: el escalón roto frente al Colegio Deán Funes, la baldosa floja, el olor a mar y a gasoil que a esa altura de la vida no era olor sino dirección. Su marido, Hipólito, había sido perforista de YPF. Se lo había contado mil veces: que en 1907 habían buscado agua y habían encontrado otra cosa, y que uno nunca sabe qué se le viene con la mecha cuando empieza a cavar. Hipólito murió hace nueve años, con las manos todavía negras de una grasa que no salía ni con querosén. Cada 13 de diciembre, después de misa, la llevaba a ver el pozo, y no hablaban nada. Ella nunca entendió por qué le importaba tanto. Ahora, con la vista nublada, empezaba a entender.
En el museo había poca gente, por el viento y por la hora. El patio tenía el anfiteatro armado alrededor del pozo, con sus gradas de cemento, y en el centro, el equipo perforador viejo, de hierro, que Lidia apenas veía como una mole oscura con un borde más oscuro todavía.
—¿Lo ves? —preguntó Tomás, y se arrepintió enseguida—. Perdón.
—No pasa nada. Contame.
Tomás se quedó callado. Lidia sintió que el chico buscaba las palabras como se busca una moneda en el fondo de la mochila.
—Es de fierro —dijo al fin—. Está medio oxidado. Tiene una rueda grande, como de bicicleta pero más grande. Y arriba una cosa como un pico de pájaro.
—¿Un pico de pájaro?
—Sí. Un pájaro que está tomando agua.
Lidia se rió. Se rió fuerte, con la boca abierta, y una señora que pasaba con un nene la miró de reojo. Hipólito nunca había dicho que era un pájaro tomando agua. Hipólito decía balancín, trépano, cuadro de maniobras, palabras con peso. El pájaro, en cambio, tenía algo de verdad: buscaban agua y habían encontrado querosén, y ahí estaba el pájaro, con la cabeza gacha, todavía buscando.
—¿Qué más?
—Hay un cartel con fotos. Una es de un montón de tipos con sombrero, todos serios. Parecen enojados con la cámara. Y hay uno que se está riendo, atrás, escondido. Se le ven los dientes nada más.
—¿Cómo es?
—Flaco. Con bigote. Tiene una mano levantada, como si estuviera saludando a alguien que no está en la foto.
A Lidia le subió algo desde el estómago hasta la garganta. Hipólito tenía bigote. Hipólito saludaba así, con la mano en alto y los dedos abiertos, a gente que ya había dejado de mirarlo. No podía ser él, la foto era de 1907 o de 1908 y Hipólito había nacido cuarenta años después, pero igual se quedó parada ahí, con el viento sacudiéndole el pañuelo, dejando que el flaco del bigote se pareciera a quien quisiera.
—Abuela, ¿estás llorando?
—Es el viento.
—Mentira.
—Es el viento, Tomás.
Se quedaron un rato. Un hombre del museo, con campera azul, pasó y les preguntó si necesitaban algo. Tomás dijo que no, gracias, que estaban mirando. Lidia pensó que ese era el verbo exacto y que ella hacía mucho que no lo conjugaba bien.
—Mañana, cuando me saquen las vendas —dijo, mientras volvían—, quiero que me lleves de nuevo. Y ahí te voy a decir yo si es un pájaro.
—Capaz que no es un pájaro.
—Capaz.
—Capaz es otra cosa. Yo lo dije así nomás.
—Mejor así.
Llegaron a la esquina de la parroquia. El viento aflojó un segundo, como si también necesitara tomar aire, y desde algún lado llegó el golpeteo de una cadena contra un mástil. Lidia sacó del bolsillo del tapado el trapito con el que le limpiaba la cara a Santa Lucía y lo apretó en el puño.
—Entrá a la iglesia un minuto —le pidió a Tomás—. Fijate si la santa tiene los ojos en el plato o no.
—¿Cómo, en el plato?
—Ya vas a ver. Contame cómo está.
Tomás entró. Lidia se quedó en el atrio, de cara al mar que no veía, con el olor del salitre y la grasa de todos los días, esperando una descripción que seguramente iba a ser equivocada, y por eso, justamente, la más cierta que iba a recibir en toda su vida.
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