Veinte centímetros de cal

El viento sur llegó a la cancha antes que Mundo Arriola. Cuando él abrió el portón del club, a una cuadra de las vías de General Pico, el tarro de cal ya había rodado hasta el alambrado y dejaba una raya blanca sobre la tierra. Era el último sábado de febrero. Al día siguiente empezaba el torneo de la Liga Pampeana y la cancha tenía que estar marcada de punta a punta.

Hacía treinta y cuatro años que la marcaba él. Usaba un hilo de albañil, dos estacas, una cinta de tela a la que se le había borrado el primer metro y una marcadora de chapa, una carretilla angosta que dejaba la cal en una línea del ancho de una mano. Nunca le había fallado una esquina. Una sola cosa no la hacía como decía el reglamento, y no se lo había contado a nadie.

—Don Mundo.

Se dio vuelta. En el portón estaba Celeste, la hija del técnico nuevo, quince años, el buzo de la Sub 17 atado a la cintura. Traía un termo bajo el brazo y una cinta métrica de treinta metros, de las amarillas, todavía con el plástico en una punta.

—Mi papá dice que hoy a la tarde llega la máquina. La que marca sola.

—Llega a la tarde. Ahora estoy yo. —Mundo escupió de costado—. Si querés ayudar, agarrá esa estaca.

Ella agarró la estaca. Eso le gustó, y no lo dijo.

Empezaron por la banda del lado de la platea, la de cemento descascarado donde los domingos se sentaban los mismos veinte viejos con el mate y la radio. El viento le hinchaba el hilo como una vela. Mundo le enseñó a clavar la estaca un poco inclinada hacia atrás y a tirar siempre contra el viento, nunca a favor, porque a favor el hilo engaña. Celeste aprendió rápido. A la tercera vez ya sabía sola cuándo soltar.

—¿Y por qué cal y no pintura? —preguntó, mientras él empujaba la carretilla y detrás quedaba una línea blanca, derecha, que se secaba en un minuto.

—Porque la cal se va con la primera lluvia y vuelve el sábado. La pintura te obliga a ser parejo toda la vida.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo.

Al mediodía el sol ya pegaba fuerte y la tierra de la cancha olía a polvo caliente y a cal, un olor que a Mundo le recordaba el patio de su escuela. Tomaron mate sentados en el borde del área chica. Ella contó que se habían mudado desde Santa Rosa en enero y que todavía no conocía a nadie que no fuera del club. Él contó que en 1990 había jugado de lateral en esa misma cancha y que lo había sacado el gordo Salinas de un empujón. Ninguno de los dos se rió.

Después midieron las áreas, dieciséis cincuenta para cada lado, cinco cincuenta para la chica, y Celeste las comprobaba con su cinta nueva, y daban justo. Mundo gruñó una aprobación. Cuando llegaron al punto del penal, él ya lo había marcado: un pie hundido en la tierra y un círculo de cal del tamaño de un plato.

Celeste estiró la cinta desde la línea de gol. Se agachó. Se quedó mirando.

—Don Mundo, esto da diez con ochenta.

—Da lo que da.

—El reglamento dice once.

Mundo se quedó callado. En el alambrado, el viento seguía moviendo una bolsa de nylon que nadie había sacado en todo el verano.

—En el noventa y ocho —dijo al fin— teníamos un arquero petiso, el Cuervo Salinas, el hijo del que me había sacado de lateral. Hacía todo bien menos una cosa: no llegaba. Un día me pidió, así nomás, que le acercara el punto un poquito. Veinte centímetros, nada. El pateador se achica, me dijo. Se lo puse. Gané ese año tres partidos que no tendría que haber ganado.

—¿Y después?

—Después el Cuervo se fue a Rosario y yo me quedé con la costumbre. Treinta y cuatro años, nena. Ningún árbitro midió nunca. Los arqueros lo saben, todos. Se pasan la voz cuando entran.

Celeste miró la cinta, la cal, a él.

—Mañana llega gente de afuera. Y la máquina de mi papá lo va a poner en once, porque lo mide con láser. Se va a notar la diferencia.

—Ya sé.

—Entonces, ¿lo ponemos hoy en once? Si me dejás, lo hago yo.

Mundo la miró un rato largo. Pensó en los veinte viejos de la platea. Pensó en el Cuervo. Pensó que las mentiras chicas de un canchero duran lo que dura la cal: se van con la lluvia, o con la máquina. Agarró la pala chica y raspó el círculo de cal hasta que quedó solo la tierra, oscura y apelmazada.

—Medí —dijo.

Ella midió, clavó la estaca, tiró el hilo, y marcó el nuevo punto con un golpe de talón. Él volcó la cal con la mano, despacio, y el círculo quedó blanco y exacto. Veinte centímetros más lejos de lo que había estado en treinta y cuatro años.

El domingo, a los treinta y siete minutos del segundo tiempo, el árbitro cobró penal para los visitantes. Mundo lo miraba desde el alambrado, con la gorra en la mano. El arquero local, un pibe de veinte años que se había enterado de todo por boca de otros, caminó hasta el área, miró el punto, se persignó y volvió a mirar. Después, por costumbre de todos los arqueros del club, se tiró un segundo antes, hacia el lado de siempre, y cayó sobre la tierra de la cancha, veinte centímetros corto.

La pelota entró pegada al palo. Mundo vio el lugar exacto donde el arquero había caído, una marca de guantes en la tierra, y entendió que ya no la iba a borrar con cal.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *