Agua caliente para la habitación catorce

A las seis de la tarde, con el sol bajo y la laguna hecha una lámina de estaño, Anselmo Bertolotto prendió el fuego debajo del tacho. Era leña de tala y dos ramas de chañar que había juntado esa mañana en el camino a Balnearia. El humo subió derecho, sin viento, y llevó consigo un olor que Anselmo no sentía desde hacía sesenta años: agua salada y leña verde, juntas.

Tenía setenta y cuatro años y las manos de su padre, anchas, con los nudillos partidos por el frío. Su padre había sido aguatero en Miramar cuando el pueblo tenía más hoteles que casas con jardín. Cargaba un barril en un carro, tiraba con un caballo overo que se llamaba Pirulo y le calentaba la bañera a cada huésped que quería el baño de laguna tibio. Anselmo, de chico, iba arriba del carro con la tarea de no dejar apagar la caldera chica, que viajaba atrás y tenía su propio chimeneíto.

—Abuelo, ¿no era más fácil enchufar un calefón? —preguntó Cintia desde la silla plegable, con el mate en una mano y el celular en la otra.

—Un calefón no me sirve para esto.

—¿Y esto para qué es, exactamente?

Anselmo revolvió las brasas con un fierro. No le había dicho nada a nadie. Solo había pedido prestado el tacho de doscientos litros en la cooperativa y había arreglado con don Ferrero, el que cuida las ruinas del Gran Hotel Viena, que a las siete lo dejara pasar con el carrito de mano por la entrada del costado.

—Para llevarle agua caliente a una persona que no está —dijo al final.

Cintia dejó el celular sobre la rodilla.

El Hotel Viena se levantó en los años cuarenta y funcionó hasta que la Mar Chiquita empezó a crecer, en 1977, y se tragó treinta y siete manzanas, el anfiteatro nuevo y casi todo lo demás. Quedó en pie la mole de ladrillo, con el sótano inundado, las ventanas sin vidrios y el piso lleno de pedazos de vajilla con un águila de dos cabezas en el borde. De chicos, Anselmo y sus amigos se colaban para jugar entre las camas oxidadas. Él nunca había querido bajar al sótano. Su padre le había dicho una sola vez, mirando el agua: «Ahí abajo me quedó un favor sin cumplir».

A las siete menos diez cargaron el tacho en un carrito de mano, con la ayuda de dos vecinos que no hicieron preguntas. Subieron por la calle de tierra, a la hora en que los flamencos vuelven a dormir en los bajos y la laguna suena como una olla lejana. El agua se movía adentro del tacho con un ruido espeso, de sal.

Don Ferrero los esperaba en la entrada con una linterna y un llavero enorme.

—Pasen despacio, que los ladrillos no perdonan.

Caminaron por un pasillo de techo alto. Olía a humedad, a pichón de paloma, a piedra que guarda el frío del invierno. Anselmo llevaba el tacho agarrado de las dos asas, sin dejar que nadie lo ayudara. En el fondo, donde la escalera bajaba hacia el sótano, el agua de la laguna brillaba negra a la luz de la linterna, quieta, con la tapa de un baúl flotando.

—Hasta ahí llego —dijo Anselmo.

—¿Qué pasa, abuelo?

—Mi papá era el que calentaba el agua para la bañera de la habitación catorce. Una señora alemana, la viuda de un cónsul, venía todos los eneros desde el cuarenta y siete. Un verano le dolían tanto los huesos que mi papá empezó a subirle el agua más caliente de lo permitido, a escondidas del hotelero, porque decía que a ella le hacía bien. Se enteraron, lo suspendieron una semana. Ella se quedó sin baño tibio y él se quedó sin jornal.

Se sacó el sombrero y lo apretó contra el pecho.

—Él me dijo que le había prometido llevarle un último barril antes de que ella se fuera. Y no llegó a cumplirlo. La viuda no volvió más. El hotel cerró después. Yo era un pibe, no entendía nada. Ahora sí.

Cintia lo miró un rato largo. Después agarró un asa del tacho, del lado opuesto, y esperó.

Entre los dos inclinaron el tacho sobre el último escalón. El agua caliente cayó con un sonido grave y sacó una nube de vapor que subió por la escalera como si el edificio respirara. Se mezcló con el frío del sótano, con el olor del barro y la sal, y por un momento los dos hombres y la nieta quedaron envueltos en una tibieza que no tenía lugar en ese cuarto.

—Habitación catorce —dijo Anselmo, bajito—. Agua caliente, señora.

Nadie se rió. Don Ferrero apagó la linterna para que el vapor se viera mejor contra la poca luz que entraba por las ventanas rotas.

Cuando salieron, ya era de noche. La laguna estaba lisa, con una franja rosada del lado de Ansenuza. Cintia caminaba pegada al carrito vacío, y en un momento le agarró el brazo a su abuelo sin decir nada.

Abajo, en el sótano, el agua nueva todavía largaba un hilo de vapor que se perdía en la oscuridad.

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