Lo que dijo la marea

Toto Pellegrini llegó al Museo del Puerto media hora antes y se quedó parado enfrente, del otro lado de Guillermo Torres, mirando los pilotes del edificio como si fueran a decirle algo. Eran las nueve y diez de un jueves de Semana Santa. En el paseo portuario ya estaban armando los toldos de la feria del camarón, y el olor a aceite caliente le llegaba mezclado con el de la bahía, que en bajamar huele a barro y a sal vieja.

Tenía setenta y ocho años. Había pasado cuarenta y cuatro cargando trigo y girasol en los buques, y en todo ese tiempo había aprendido que lo que se dice en voz alta queda dicho. Por eso hacía casi un año que esquivaba a Lucrecia, la chica del museo que le había dejado tres veces el mismo recado con su vecina: que si quería, había un grabador y una silla para él.

—No tengo nada para contar —le había dicho la última vez, en la panadería.

—Venga igual —había dicho ella—. Si no cuenta nada, grabamos el silencio.

Eso lo había hecho reír, y la risa lo había comprometido.

Cruzó. Subió los escalones, que eran más altos de lo que recordaba, y adentro el aire olía a madera encerada y a algo dulce que salía del Aula-Cocina, donde dos señoras con delantal armaban una bandeja de strudel. Lucrecia lo esperaba con una campera de lana y una mesa con un mantel de hule, tazas, un termo y un aparatito negro del tamaño de una cajita de fósforos largos.

—Esto es todo —dijo ella—. Hable como si yo no estuviera.

Toto se sentó con la gorra en las rodillas. Ella apretó un botón y se prendió una lucecita roja. Él la miró fijo, como se mira a un capataz.

—Buenos días —dijo.

Pasó un minuto largo. Afuera, una gaviota dio una vuelta sobre el techo y se fue.

—Me llamo Vittorio Pellegrini, pero todos me dicen Toto. Fui estibador. Trabajé en el muelle de cargas, en las bodegas. Se cargaban unas ochenta bolsas por hora por cuadrilla, depende, si el capataz era bueno… —Se frenó. Escuchó su propia voz en el cuarto, más ronca de lo que la sentía por dentro—. Esto no le sirve, ¿no?

—Sirve todo —dijo Lucrecia—. ¿Y antes del muelle? ¿Dónde vivía?

—En la calle Cárrega, a tres cuadras. Una casa de chapa y madera, pintada de verde, con un cuarto atrás que daba al fondo.

—¿Y qué se acuerda de ese fondo?

Toto abrió la boca y no salió nada. Tenía la historia ahí, completa, hacía setenta años, pero siempre la había contado en su cabeza, nunca con palabras que alguien pudiera escuchar después de que él se muriera. Eso le pesaba. Una cosa guardada se queda como está. Una cosa dicha puede salir mal.

Agarró la taza, la dejó, se pasó la mano por la nuca.

—Mi viejo tenía una lancha —dijo por fin, despacio—. Atada al palo de la ventana de la cocina. Había años en que venía la marea y se metía en el pueblo, usted sabe, hasta las calles. Y entonces la lancha subía y quedaba a la altura de la mesa.

—¿La mesa de la cocina?

—La mesa de la cocina. Yo tenía ocho años. Una noche se metió el agua por la puerta de atrás, despacito, sin ruido, como una visita. Mi vieja se paró en una silla con el cucharón en la mano porque estaba haciendo tallarines. Y no los dejó. Los terminó arriba de un cajón de manzanas, con el agua por los tobillos, y todos comimos parados. Mi viejo ni se enojó. Ató la lancha más corta y dijo que el agua, cuando quiere pasar, pasa, y que lo mejor es tenerle la mesa puesta.

Lucrecia no dijo nada. La lucecita roja seguía prendida.

—El agua tenía olor a gasoil, a algas, a la lluvia del sur. Y los tallarines tenían gusto a ajo. Fue la mejor comida de mi vida —dijo Toto, y se sorprendió de que le temblara la voz y no le diera vergüenza—. Después vino el tiempo y las mareas ya no entraron más. Hicieron el museo sobre pilotes, ¿vio? Para que el agua pasara por abajo. Mi vieja decía que eso era como ponerle zapatos altos a una casa que ya sabía nadar.

Se rió solo. Las señoras del Aula-Cocina, que escuchaban desde la puerta, se rieron también, bajito, sin entrar.

Habló cuarenta minutos más. De la lancha, que se llamaba Rosina. Del primer buque que cargó. De la cantina donde se cantaba cuando se terminaba la cuadrilla, de su mujer, Nilda, que lo esperaba en el portón con un termo, de los inviernos de guantes mojados. Cuando por fin se calló, Lucrecia apretó el botón y la luz roja se apagó.

—Gracias, Toto.

—¿Se oyó bien?

—Se oyó perfecto.

Él asintió, se puso la gorra y se levantó, con las rodillas crujiendo. Una de las señoras le ofreció un pedazo de strudel envuelto en una servilleta y él lo aceptó sin decir que no.

Afuera había subido el sol. La feria ya tenía humo y música, y alguien probaba un micrófono en el anfiteatro. Toto bajó los escalones y, antes de cruzar, se agachó junto a uno de los pilotes del museo. Pasó la palma por la madera oscura, a la altura de su cintura, donde la humedad de tantos años había dejado una línea.

—Hasta acá llegaba —le dijo, bajito, a nadie.

Y se fue caminando hacia la feria, con el strudel tibio en la mano y la voz, por primera vez, un poco más liviana.

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