A las seis de la tarde el camión descargó la última hoja verde y Olga Dutka mandó a los peones a casa. Eran cuatro mil kilos de yerba apilados bajo el techo del secadero, en los cerros de Oberá, con ese olor a pasto cortado y a humo viejo que a ella le entraba por la nariz y le llegaba directo a la infancia.
—Mamá, no hace falta que te quedes —dijo Pablo, su hijo, con las llaves de la camioneta en la mano—. El lunes empiezan a montar la cinta. Esta es la última zafra con el barbacuá, ya lo hablamos.
—Lo hablaron ustedes.
—Mamá.
—Andá a cenar. Yo tengo que pasar el sapeco y después cuidar el fuego. Son veinticuatro horas, no es una tarde.
Pablo la miró un rato largo. Tenía las manos de su padre, anchas, con una cicatriz de quemadura en el nudillo del pulgar. Se fue sin decir nada, y la camioneta bajó por el camino de tierra colorada levantando una nube que quedó flotando en la luz anaranjada.
Olga se quedó sola. Encendió el sapecador y pasó las ramas por las llamas, rápido, tres segundos, cuatro, hasta que las hojas hicieron ese chasquido seco y soltaron el verde oscuro de la clorofila. Después fue cargando el catre, la plataforma de varillas de madera donde la yerba se tiende para secar sobre el humo. Subía con la horquilla, esparcía, bajaba. A los setenta y un años le dolía el hombro izquierdo, pero la espalda todavía le contestaba.
Abajo, en el hogar, metió la leña de eucalipto. El barbacuá no perdona: si el fuego sube de más, la yerba se ahúma amarga. Si baja, se humedece y se pudre en el noque. Su marido, Esteban, que murió hacía nueve años, le había enseñado a leer la temperatura con el dorso de la mano puesta contra el ladrillo, y a no confiar jamás en un termómetro.
A las diez de la noche había llovizna fina sobre el chapón. Olga se sentó en un banquito de tres patas junto a la boca del hogar con el mate, el termo y la radio de pilas. Dio vuelta una brasa con el hierro. Se acordó de cuando Pablo tenía siete años y se dormía ahí mismo, sobre una bolsa de arpillera, mientras su padre y ella se turnaban hasta el amanecer.
Un ruido de pasos sobre el barro la hizo girar. En la puerta, con una campera de abrigo que le quedaba grande y la linterna del celular, estaba Tomás, el nieto, de quince años.
—Mi papá no sabe que vine —dijo—. Me tiré por la ventana.
—Te vas a resfriar.
—Vine a ver cómo se hace.
Olga lo miró sin decir nada. Después corrió el banquito y le hizo lugar. Le alcanzó el hierro.
—Con el dorso de la mano. Acercala al ladrillo, no mucho, hasta que sientas que te avisa. Si te quema, ya es tarde.
Tomás acercó la mano, dudando. Retiró los dedos de golpe.
—Quema.
—Ahí quema. Pará un poco antes. Lo que sentís cuando todavía no quema es la temperatura justa. Tiene que ser tibio, como la panza de un perro.
El chico se rió y lo volvió a intentar. A la tercera vez se quedó callado con la mano pegada al ladrillo, los ojos entrecerrados, concentrado como si escuchara algo.
—Es eso —dijo Olga—. Ahora agregá dos leños y no más.
Pasaron la noche así. Cada hora él subía al catre con la horquilla y daba vuelta la yerba mientras ella le gritaba desde abajo que no la aplastara. A las tres de la mañana se comieron un chipá frío del día anterior y un queso que Olga guardaba en una lata. Tomás preguntó cómo era antes el secadero, y ella le contó de los mensúes, de la mula que cargaba los raídos hasta el patio, de la vez que su suegro, un polaco que nunca aprendió a decir bien “yerba”, se dormió y se le quemó medio noque y estuvo una semana sin hablarle a nadie.
—¿Y la cinta es mala? —preguntó el chico.
—No es mala. Es rápida. Pasa diez mil kilos en lo que nosotros hacemos uno. Tu papá tiene razón en todo lo que dice.
—Entonces por qué te quedás.
Olga revolvió las brasas. Tardó en contestar.
—Porque nadie me preguntó cómo se hace esto. Todos me preguntaron cuánto rinde.
Tomás no dijo nada. Se acomodó contra la pared del hogar y siguió con la mano al ladrillo, atento.
A las cinco y media aclaró el cielo detrás de los cerros. La llovizna paró. Olga se levantó con las rodillas crujiendo y subió al catre. Tomó un puñado de yerba y lo apretó entre los dedos. Se deshizo en polvo verde, con ese crujido fino, de hoja de papel. Estaba lista.
—Probá —le dijo, y le acercó la mano.
El chico agarró una pizca y la masticó con cara de duda.
—Sabe a humo. Y a algo dulce.
—Eso es todo. Eso es el barbacuá.
Oyeron la camioneta antes de verla. Pablo bajó con el pelo revuelto y la cara de quien durmió mal y se enteró tarde. Se detuvo en la puerta del secadero. Vio a su madre sobre el catre, a su hijo con la campera llena de ceniza, el fuego bajo y parejo en la boca del hogar.
—Tomás, ¿qué hacés acá?
—Aprendo —dijo el chico, sin darse vuelta.
Pablo se acercó despacio. Se agachó junto al hogar. Estiró el dorso de la mano hacia el ladrillo, a la distancia justa, y se quedó así un momento, con los ojos cerrados, como había hecho de chico.
—Tibio —dijo.
—Como la panza de un perro —contestó Tomás.
Olga bajó del catre, se sirvió un mate y lo pasó. Por la ventana del secadero el sol empezó a subir sobre los yerbales, y el humo del eucalipto salía por la chimenea, derecho, sin viento, hacia un cielo todavía color ceniza.
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