La lancha de las cuatro y diez no había salido de la Estación Fluvial, y a las cinco la niebla ya se había comido el otro lado del río. Ponciano Lescano lo supo antes de que nadie se lo dijera, porque desde el muelle no se veía el sauce de la orilla de enfrente, y ese sauce estaba a cuarenta metros.
Tenía setenta y un años, una campera de lluvia que le quedaba grande y el cuidado de un muelle público sobre el Carapachay: seis tablones de lapacho, una baranda, un cartel despintado. Las lanchas colectivas paraban ahí cuando alguien esperaba en la punta. Si no había nadie, pasaban de largo. Con niebla, el piloto buscaba una señal. Una luz, un brazo, un trapo.
Esa tarde, Ponciano tenía una hija en la lancha.
Yamila había salido de madrugada hacia la clínica de San Fernando y volvía con una criatura de tres días que él todavía no conocía. Se lo había contado el vecino por la radio de la lancha almacén, entre una oferta de fideos y un aviso de agua baja: «Dígale a don Ponciano que es una nena, que pesó tres kilos cien». Él había dicho gracias dos veces, había lavado el muelle con una escoba de ramas y se había puesto a esperar tres horas antes.
Ahora la niebla le mojaba la cara como un trapo tibio. Se oía el agua contra los pilotes y, muy lejos, el motor de algo que no era la lancha.
Fue hasta el farol. Colgaba de un palo en la punta del muelle, con su lamparita de bajo consumo que Yamila había mandado instalar el invierno pasado. Apretó la llave. Nada. Probó otra vez, la golpeó con la palma, y recién entonces recordó que el generador estaba sin nafta desde el domingo y que la nafta venía el jueves, con la lancha almacén. Era miércoles.
—Qué bárbaro —dijo en voz alta, y el río no le contestó.
Se sentó en el banco de la baranda. Sacó el celular, que tenía una raya de señal, y marcó el número de Cacho Benítez, el piloto de la colectiva, que llevaba veintidós años en ese recorrido y conocía cada muelle por el ruido que hacían los tablones al recibir la soga. Sonó y sonó. Cacho tenía las dos manos ocupadas.
A las seis menos veinte oyó el motor, ahora sí el correcto: ese ronquido parejo, de diésel viejo, que subía por el brazo del arroyo. Venía despacio. Demasiado despacio. Ponciano se paró y agitó la campera, pero la campera era verde oscuro, y la niebla era blanca y no distinguía a nadie.
La lancha pasó. La sintió pasar: el empuje del agua que levantó el muelle, el olor a gasoil y a pasto mojado, una sombra más espesa que el resto. Y siguió.
—¡Cacho! —gritó. Le salió una voz de gallinero—. ¡Cacho, acá!
El motor se perdió río abajo. Ponciano se quedó con los brazos en alto, ridículo, hasta que los bajó.
Entonces miró la casa. Estaba a veinte metros, por el sendero de ladrillos que subía entre los ligustros. Adentro tenía un mechero de campaña, una lámpara a querosén que había sido de su padre y que Delia, su mujer, usaba para las sudestadas, cuando se cortaba la luz tres días. Nunca la había prendido él solo. Le daba cosa. Delia decía que había que subir la mecha de a poco, como cuando se le da cuerda a un reloj, y no apurarse.
Fue. Le temblaban un poco las manos, y no era frío. Encontró la lámpara en el estante de arriba, atrás de los frascos de dulce de membrillo, y el querosén en una botella de plástico. Llenó el depósito, derramó un poco, se limpió con la manga. Raspó tres fósforos mojados antes de que prendiera el cuarto.
La llama salió chiquita y azulada. La fue subiendo, de a poco, y por fin el vidrio se llenó de una luz amarilla y firme que le iluminó las manos y el borde de la mesa. En la pared, una sombra de él mismo, encorvada, con el pelo parado.
Volvió al muelle con la lámpara pegada al pecho para que el viento no la apagara. No había viento, pero la llevó así igual. Colgó el asa del gancho del farol. Retrocedió dos pasos y miró: una mancha dorada en la niebla, del tamaño de una sandía, que no alumbraba nada pero se veía desde lejos.
Esperó.
A las seis y diez le sonó el celular. Era Cacho.
—Ponciano, perdoname, pasé de largo, no vi un cuerno. Yamila viene en la lancha, me dijo que te iba a llamar y no tenía señal. Estoy dando la vuelta en el Sarmiento, tardo veinte minutos. ¿Tenés luz?
—Tengo —dijo Ponciano—. Tengo una lámpara.
—¿Una lámpara?
—La de mi viejo.
Cacho se quedó callado un segundo. En el teléfono se oía el motor.
—Entonces te busco por la lámpara. No la apagues.
—No la apago.
Los veinte minutos fueron los más largos de su vida, y los pasó de pie, con las manos en los bolsillos, cuidando una llama. Cada tanto se acercaba a la lámpara para ver si el vidrio no se empañaba. Una vez la mecha se achicó y la subió una vuelta de rueda, despacio, como le había enseñado Delia. Pensó en Delia, que no iba a conocer a la nena, y pensó que de alguna manera sí, porque la nena iba a crecer mirando esa lámpara en la casa.
El motor volvió por el lado del Sarmiento. Primero un murmullo, después un ronquido, después un golpe de agua contra los pilotes. De la niebla salió una mancha de luz verde, la de babor, y atrás una cabina chica con un hombre de gorra, y Ponciano levantó la lámpara con las dos manos, como se levanta un trofeo, como se levanta algo que pesa mucho más de lo que pesa.
Cacho tiró la soga con la puntería de siempre. Ponciano la amarró al noray. Los tablones crujieron bajo la proa.
Yamila bajó primero, con un bolso al hombro y un bulto envuelto en una mantita amarilla, y no dijo nada. Se paró frente a su padre y le mostró la cara de la criatura: cerrada, arrugada, con una boca que se movía sola. Ponciano acercó la lámpara. La luz le dio en la mejilla a la nena, y ella abrió un ojo, nada más uno, y miró derecho hacia la llama.
—Se llama Delia —dijo Yamila.
Ponciano no contestó. Con una mano sostenía la lámpara y con la otra, muy despacio, acomodó la mantita para que el aire del río no le diera en la cara. Detrás, Cacho apagó el motor, y por primera vez en toda la tarde se oyó el agua quieta golpeando los tablones, y encima de todo eso, el chisporroteo finito de la mecha.
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