El último aviso de las diez

A las nueve y media de la noche, Aurelio Cayulef ya había ordenado el escritorio dos veces. Faltaban noventa minutos para la última tanda de avisos al poblador del día, y para él era la última de cuarenta y un años en LRA 54. A la mañana siguiente se jubilaba.

Afuera soplaba el oeste de octubre, el que no afloja. Hacía sonar la chapa del techo y metía arena fina por debajo de la puerta de la radio. Aurelio puso la pava sobre la hornalla, cebó un mate y abrió el cajón de abajo, donde guardaba los cuadernos de avisos viejos. Eran letras de gente que no sabía escribir bien pero sabía con exactitud qué quería decir. Se los iba a llevar a su casa. Antes quería hojear uno.

Sacó uno de tapas azules, 1994. Pasó las hojas despacio y leyó en voz baja, como quien prueba el micrófono.

—Se comunica a Eusebio Painemil, de paraje Yuquiche, que el camión de la cooperativa sale el martes y no el lunes. Se avisa a la señora de Quilodrán que la criatura nació bien y que la madre pide ropa de abrigo.

Entre dos hojas encontró un papel doblado en cuatro, escrito con lápiz tinta y letra de maestra. Lo abrió contra la lámpara. Decía: «Se comunica a Casimiro Nahuelquir, Puesto Cañadón Largo, que su hermana Rosa llegó de Trelew en el micro y lo espera en lo de Pichulmán hasta el sábado. Repito, hasta el sábado.»

Aurelio dio vuelta el papel. No tenía la tilde de lápiz rojo que él le hacía a cada aviso apenas lo terminaba de leer al aire. Era la única forma que tenía de saber qué se había dicho y qué no. Este no se había dicho nunca.

Se acordó de golpe. Junio del 94, tres días de nevada, el generador que se paró a media mañana, el cuaderno que quedó abierto sobre la estufa a leña mientras él corría a mirar el transmisor. El papelito había quedado entre las hojas. Nadie se enteró. Rosa esperó hasta el sábado en lo de Pichulmán, o no esperó. Casimiro nunca bajó del campo, o bajó tarde.

Se quedó con el mate en el aire hasta que se enfrió.

A las diez menos veinte llegó Brian, el técnico, con un termo bajo el brazo y los auriculares colgando del cuello. Tenía veinticuatro años y le decía «don Aurelio» aunque Aurelio le había pedido veinte veces que no.

—¿Qué hace con esa cara?

—Mirá esto.

Brian leyó el papel y levantó las cejas.

—Treinta y dos años, don. Casimiro, si vive, ya tiene que andar por los noventa. Y la señora Rosa…

—Ya sé.

—Nadie lo va a escuchar. Además va a quedar raro, entre el pago de las jubilaciones y el camión del martes.

—Alguien escucha siempre —dijo Aurelio—. Después de las noticias se para todo. Hace cuarenta y un años que se para todo. La gente apaga la cocina para escuchar quién se murió y quién nació, y hasta qué día hay que esperar en el pueblo. Hay casas donde prenden la radio solamente para eso, con las pilas contadas, y la ahorran el resto del día como si fueran plata.

Brian no dijo nada. Se sentó frente a la consola y empezó a subir los potenciómetros uno por uno, con cuidado.

A las diez menos cinco Aurelio acomodó los avisos del día en el orden de siempre: primero los de salud, después los de viaje, después los de gestiones. Al final, aparte, puso el papelito de lápiz tinta. Se pasó la lengua por los labios secos. Nunca le había temblado la voz al aire, ni la noche del temporal de 1999, ni el día que tuvo que avisar una muerte con el nombre equivocado y corregirlo cuatro minutos después.

Entró la cortina musical. Brian levantó el pulgar.

—Buenas noches, pobladores de la Línea Sur. Hablamos desde Radio Nacional Ingeniero Jacobacci. Comenzamos con los avisos de las veintidós horas.

Leyó los de salud. Leyó los de viaje. Leyó que las clases en la escuela del paraje Ojos de Agua se reanudaban el lunes, que había pasto en venta cerca de la ruta seis, que don Hilario preguntaba por una yegua overa que se le fue para el lado del cañadón. Tachó cada uno con el lápiz rojo mientras lo leía. Tilde, tilde, tilde.

Cuando llegó al último, hizo una pausa que Brian no esperaba. El silencio duró lo que dura un mate cebado.

—Se comunica a Casimiro Nahuelquir, Puesto Cañadón Largo, que su hermana Rosa llegó de Trelew en el micro y lo espera en lo de Pichulmán hasta el sábado. —Respiró—. Repito: hasta el sábado. Este aviso corresponde a junio de 1994 y sale hoy con treinta y dos años de demora. Pedimos disculpas a la familia.

Le puso la tilde. Se sacó los auriculares. El viento pegaba contra la ventana de vidrio doble.

—Bueno —dijo Brian—. Ya está.

—Ya está.

Aurelio empezó a guardar los cuadernos en una caja de cartón que había traído de su casa. Había juntado seis cuando sonó el teléfono de la radio, el negro, el de disco, que casi nadie usaba a esa hora. Brian atendió. Escuchó un rato con los ojos muy abiertos y tapó el tubo con la mano.

—Es de Bariloche. Una mujer. Dice que es la sobrina de Casimiro. Dice que el tío murió en 2009 y que ella no sabía nada de ningún aviso, pero que la mamá estaba a su lado con la radio de Internet y se puso de pie en la cocina cuando lo escuchó.

Aurelio no se movió.

—Dice que la mamá se llama Rosa. Que tiene noventa y un años. Que está llorando y que quiere hablar con el que leyó.

Aurelio agarró el tubo con las dos manos. Del otro lado había una respiración finita, pareja, y atrás, lejos, el ruido de una olla en el fuego.

—Señora Rosa —dijo—. Perdone la demora.

—Yo lo esperé hasta el sábado —dijo la voz, despacio—. Pero él no vino. ¿Usted sabe por qué no vino?

Aurelio miró el papelito sobre el escritorio, con su tilde roja todavía fresca, y le contestó con la verdad, que era lo único que había aprendido a decir al aire en cuarenta y un años.

—Porque nadie le avisó, señora. El aviso salió esta noche.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *