El jueves de comadres, a la tarde, Telésforo Choque escuchó pasar por la calle Belgrano a un grupo de mujeres con talco en el pelo y ramitas de albahaca en las manos, y no levantó la cabeza. Tenía el charango sobre las rodillas, boca abajo, y una rajadura en el fondo que antes del mediodía no estaba.
Era un charango de una sola pieza, de cedro azul, cavado a gubia durante tres meses en el taller del fondo de la casa, en Tilcara. Lo había hecho para Ayelén, la nieta, que tenía doce años y el sábado iba a tocar con la comparsa de la familia en el desentierro. Pensaba terminarlo el viernes. Ahora el aire seco de la quebrada le había hecho en una noche lo que la madera tarda años en hacer sola: abrirse, del puente hacia abajo, un dedo largo de rajadura fina como un pelo de gato.
—Es el aire —dijo Telésforo, sin que nadie le preguntara—. Es el aire, nomás.
Prendió la luz del taller. Afuera se oía el bombo de alguien que ensayaba mal. Mojó un trapo, lo escurrió y lo apoyó sobre el cedro un rato, para que la madera se aflojara. Después cortó una tirita de la misma pieza de la que había sacado el charango, no más ancha que un fósforo, y la fue rebajando con el cortaplumas hasta que entró en la rajadura como una llave.
Calentó la cola de carpintero en una latita. Olía a pezuña y a cocina de abuelo. Metió la tirita, apretó con dos prensas chicas y se sentó a esperar, que era la parte del oficio que su padre le había enseñado primero y la que más le costaba.
A las nueve vino Ayelén, con talco en las trenzas y una bolsita de papel picado que ya había gastado a la mitad.
—¿Está listo?
—Mañana.
—Dijiste que el viernes.
—Mañana es viernes.
La nena se sentó en el banquito de los clavos, mirando las prensas como a un animal enfermo. No preguntó qué pasaba. Tenía la costumbre de no preguntar y de quedarse, que era peor.
—Se rajó —dijo él al fin.
—¿Mucho?
—Lo que se raja, se raja mucho o no se raja.
Ella se rió, y él también, un poco, y le tocó la cabeza con la mano que olía a cola.
El viernes le sacó las prensas a las seis de la mañana. La tirita había agarrado. La lijó con papel fino hasta que el dedo no encontraba el lugar, y le dio goma laca con un trapito, tres manos, esperando entre mano y mano. Mientras tanto fue poniendo las clavijas, las diez, y las cuerdas de a pares, y tensó de a poquito, como se le hace caminar a alguien que estuvo en cama.
A la tarde afinó. Y ahí vino lo que no estaba en la cuenta. El charango sonaba, pero sonaba apretado, sin cuerpo, como una voz con resfrío. Cada vez que Telésforo lo afinaba, a los diez minutos las cuerdas bajaban solas. Probó el puente, lo movió un milímetro, lo volvió a poner. Cambió una cuerda. Nada.
A las once de la noche tenía el charango en las manos y la cabeza entre los hombros. Era el único instrumento que había hecho con el nombre de alguien en la cabeza, y le iba a fallar a la nena en el único día del año en que importaba.
—Tocalo vos —dijo cuando ella entró con el mate.
—Suena feo.
—Suena nuevo. Tocalo igual.
Ayelén se lo puso contra el pecho, sin afinar nada, y rasgueó el carnavalito que le habían enseñado en la escuela, el de siempre, ese que se sabe con las manos antes que con la cabeza. Al principio sonó flaco. Pero ella siguió, una vez, dos, y Telésforo, que escuchaba con los ojos cerrados, notó que a la tercera pasada el cedro respondía distinto. Se estaba acomodando a la mano. A la cuarta, la caja ya tenía algo adentro, un hueco redondo donde antes había un cuarto vacío.
—Es que no se toca con la oreja —dijo ella, medio en broma—. Se toca con la panza, abuelo.
—¿Quién te dijo eso?
—Vos.
Él no se acordaba. Pero le pareció cierto y no discutió.
El sábado a las doce del mediodía, la comparsa subió por el camino de tierra hacia el mojón, con la bandera del año pasado, las cajas, los erkenchos y las mujeres cantando coplas. Había serpentinas colgadas de los cables y olor a albahaca pisada. Telésforo iba atrás, con las manos en los bolsillos, sin instrumento. En el mojón, un hombre grande con cuernos de lata y la voz cambiada empezó a sacar las piedras. Abajo, envuelto en trapos, estaba el muñeco que habían enterrado en el último carnaval, con un poco de tierra todavía en la cara.
Cuando lo levantaron, la gente gritó. Ayelén empezó a tocar.
No se la oía bien al principio, entre los bombos. Pero el charango tenía algo que los bombos no tenían: una voz finita y terca, como de pájaro en un alambre. Telésforo la reconoció desde lejos, entre doscientas personas, igual que uno reconoce el paso de un hijo. Se le aflojaron las rodillas. Se apoyó en una piedra.
A su lado, una vecina le puso albahaca en la solapa sin decir nada.
Esa noche, en el taller, antes de apagar la luz, pasó el dedo por el fondo del charango, que Ayelén había dejado sobre el banco con talco en las cuerdas. Buscó la rajadura. La encontró, apenas, una línea más clara que el resto, donde la tirita de cedro se había hecho una con la caja.
No la lijó. Apagó la luz y la dejó ahí, para que la nena la encontrara cuando fuera grande.
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