La campanilla del Hotel Edén

El agua se había ido de la calle San Martín hacía cinco años, pero seguía en todo: en el olor a pescado viejo, en la costra blanca de sal sobre los cordones y en el barro cuarteado que crujía bajo las zapatillas de Aldo Cabral como galleta pisada.

Era septiembre de 1992 y todavía hacía frío a las siete de la mañana. Aldo caminaba con una campera de lona que le quedaba grande y una linterna que no necesitaba. Detrás venía su nieto Lucas, de nueve años, con la mochila del colegio y cara de haber sido arrancado de la cama.

—Abuelo, hay un cartel —dijo Lucas.

—Ya lo vi.

El cartel colgaba de un alambre, frente a lo que había sido el Hotel Edén: «Peligro. Demolición programada. Prohibido el paso». Más allá, bajo el cielo sin una nube, esperaba el esqueleto de tres pisos con las ventanas abiertas como bocas. Alguien había dejado una cinta de plástico atada entre dos postes. Aldo la levantó con dos dedos y pasó agachado, y Lucas pasó por abajo sin agacharse.

—¿Vas a robar algo? —preguntó el chico.

—Voy a buscar algo que es mío.

No era del todo cierto. La campanilla de la recepción era del hotel, y el hotel había sido de la familia Roldán, que se fue a Córdoba en el setenta y ocho con dos valijas y no volvió a escribir. Pero Aldo la había golpeado con la palma de la mano más de cuarenta mil veces. Eso, en algún sitio, tenía que contar.

Habían sido veintidós años de sereno. Entraba a las once de la noche y a las seis de la mañana les abría la puerta a los pescadores de pejerrey, que salían a la laguna con termos y gorros de lana. Les cebaba el primer mate a los que no tenían quién se lo cebara. Conocía cada ronquido del segundo piso. Sabía qué señora bajaba a las tres a mirar el agua porque no podía dormir, y qué viajante de comercio pedía la llave del catorce aunque tuviera la del doce, porque el catorce tenía la ventana al este.

Después la laguna empezó a subir, diez centímetros por semana, sin apuro, como alguien que sabe que llega igual. Primero les mojó la vereda. Después el hall. Aldo subió la campanilla del mostrador a la repisa de arriba, después a la de más arriba, y el día que el agua le llegó a las rodillas la dejó sobre el casillero de las llaves, donde todavía estaba si nadie se la había llevado.

Entraron por el costado, donde ya no quedaba puerta. El piso del hall era un mapa de grietas. En las paredes, la línea de la crecida marcaba una raya parda a la altura del pecho, y por encima de esa raya el empapelado de rombos verdes seguía casi intacto, con sus flores desteñidas.

—Mirá, abuelo, hay una gaviota adentro.

—Es un chorlito. Dejala.

El mostrador de madera se había hinchado y abierto como un libro mojado. Aldo apoyó la mano en él y la retiró. Estaba frío y áspero de sal. Del otro lado, el casillero de las llaves colgaba torcido, con los ganchos vacíos, menos uno. El catorce.

La llave no estaba, pero en el estante de arriba, entre un pedazo de yeso y un nido de barro seco, había un brillo opaco.

Aldo se subió a un cajón de gaseosa. Le temblaban las rodillas, pero no se lo dijo a nadie. Estiró el brazo y la campanilla le cayó en la mano, verdosa de óxido, pesada como una fruta. Le sopló el polvo. Bajo la mugre, en el borde, seguía la marca de su pulgar de tantas noches.

—¿Suena? —preguntó Lucas.

—Antes sonaba.

La golpeó con la palma. Hubo un ruido seco, sordo, como si el bronce hubiera tragado agua. Lo intentó de nuevo con más fuerza y salió un tintineo flaco, apenas un sonido. Aldo se quedó mirándola.

—Hay que limpiarle el sarro por dentro —dijo Lucas, y se sacó de la mochila una botella de vinagre que le había dado su abuela para otra cosa—. La abuela dice que con vinagre se saca todo.

—¿Vos sabías que veníamos a esto?

—Me lo dijo la abuela. Dijo que si me contabas, tenía que traer vinagre.

Aldo se rio, una risa corta que le dolió en el pecho. Se sentaron en el borde de la antigua escalera y entre los dos le derramaron vinagre en el interior, y Lucas frotó con un trapo de cocina hasta que el bronce empezó a amarillear, primero en un punto, después en una franja. Olía a ensalada y a mar muerto.

A lo lejos se oyó un motor. Después otro. Camiones del Ejército, en la ruta, que venían a preparar la carga.

—Abuelo.

—Ya sé.

Aldo se puso de pie con la campanilla en la mano. Fue hasta el mostrador abierto, la apoyó en el lugar exacto donde había estado veintidós años y, antes de que Lucas pudiera decir nada, le dio un golpe limpio con la palma.

La nota salió entera. Larga, clara, con ese final que se alarga y tiembla. Cruzó el hall, subió por el hueco de la escalera, se coló por las ventanas sin vidrio y se fue hacia la laguna, que estaba lejos y quieta, gris y rosada del lado del sol. Al fondo, en el barro, un grupo de flamencos levantó la cabeza todo junto, como un solo animal.

Nadie contestó, y Aldo se dio cuenta de que había estado esperando que alguien contestara: un «ya voy», un pasos arriba, un «buenas noches, don Aldo». Esperó un rato. Lucas esperó con él, sin hablar.

—Ahora sí —dijo Aldo.

Envolvió la campanilla en el trapo y se la dio al chico.

—Metela en la mochila, entre los cuadernos. Que no se golpee.

—¿Es tuya, entonces?

—Es del pueblo —dijo Aldo—. Pero hoy la llevás vos.

Salieron por donde habían entrado. En la ruta, los soldados tendían un cable. Aldo caminó sin darse vuelta, con la mano sobre el hombro de su nieto. Cuando el hotel se vino abajo, una hora después, ya estaban en la casa del barrio nuevo, tomando mate en la cocina, y la tierra tembló apenas bajo las patas de la silla.

En la mochila, colgada del respaldo, la campanilla sonó una vez sola, por la sacudida. Aldo cerró los ojos y contestó, sin levantar la voz:

—Buenas noches.

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