El tercio del medio

Ludmila Aranda cortó el último tiento del cuero a las seis de la tarde del sábado, con el sol ya bajo sobre el Puente Viejo y el pueblo lleno de camionetas con tropillas atrás. Desde el taller se oían los cascos en el empedrado y un parlante lejano probando la guitarra: uno, dos, uno, dos. Ella no levantó la cabeza. Tenía un tiento de más de tres metros mojado sobre la mesa, una tabla con clavos y menos de doce horas.

El pedido había llegado en octubre, por teléfono. Un paisano de Capitán Sarmiento, Cacho Lezica, quería un rebenque de ocho tientos para el desfile del domingo, de los que se trenzan a mano en cuero crudo y se sobean hasta que parecen de tela. Su soguero de siempre se había jubilado de golpe, por la vista, y alguien le pasó el número de ella.

—¿Y vos hacés de esos? —había preguntado Cacho.

—Hago de esos —dijo Ludmila, que hasta ese día había vendido sobre todo cintos y llaveros a los turistas que bajaban del micro de Retiro.

Aprendió sola, o casi. Con un video borroso, un cuchillo de punta redonda y tres años de cueros arruinados que todavía guardaba en una caja de manzanas, por si acaso. En Areco, donde cada familia tenía un abuelo que sabía, ella no tenía a nadie. Eso se notaba en cómo la miraban los hombres en el mostrador de la talabartería, con una cortesía que se sentía más fría que un no.

A las ocho de la noche tenía hecho el cuerpo del rebenque. A las diez, el nudo del puño. Cenó parada, un pedazo de pan con queso de máquina, y volvió a la mesa. El taller olía a grasa de potro y a cuero mojado, un olor dulzón y animal que ya no notaba salvo cuando volvía de la calle. Pasó la trenza entre los dedos, como quien repasa un rosario, y se detuvo.

Estaba en el tercio del medio. Un tiento, uno solo, había quedado apenas más flojo que los otros. Un pelo. Nadie lo iba a ver desde el caballo, nadie lo iba a ver desde la vereda. Pero ella lo sentía con el pulgar, como se siente una muela rota con la lengua.

Se quedó mirando la pared. Eran las once y cuarto. Deshacer el tercio del medio le iba a llevar tres horas, y después había que sobar todo de nuevo, y el cuero recién trabajado no iba a tener el mismo tono que el resto.

Sonó el celular. Era su hermana Noelia, desde Zárate.

—¿Dormiste algo?

—Estoy terminando.

—¿Está bien?

—Está bien —dijo Ludmila, y se escuchó decirlo, y se rió sola—. No. Tiene una cosita.

—¿Una cosita que se ve?

—Que la veo yo.

—Entonces es la única que importa —dijo Noelia, y cortó para no hacerla discutir.

Ludmila apoyó el celular boca abajo. Agarró el cuchillo y empezó a deshacer.

A las tres y media de la mañana el tercio del medio era una madeja de tientos sueltos y ella tenía los dedos pelados de tanto estirar. Afuera pasó una camioneta despacio y una voz de hombre cantó un pedazo de milonga que se perdió en la esquina. Trenzó de nuevo, tiento sobre tiento, apretando con la uña para que cada vuelta se asentara contra la anterior. Cuando terminó, la luz del patio ya era gris. Sobó el rebenque contra el borde de la mesa, una y otra vez, con grasa en las palmas, hasta que el cuero cedió y se puso tibio.

Cacho llegó a las nueve menos diez, con bombacha bataraza recién planchada, el sombrero en la mano y un alazán esperándolo atado a un poste. Agarró el rebenque. Lo dobló. Lo pasó por la muñeca, lo midió con el ojo, lo olió.

—Pesa lo justo —dijo.

No dijo más. Ludmila contó los billetes sin mirarlos. Cacho se puso el rebenque en la muñeca, montó, y el alazán salió hacia la plaza con ese trote corto de caballo que sabe adónde va.

A las diez ella estaba en la esquina de la Plaza Ruiz de Arellano, apretada entre un chico con una bandera y una señora con termo. Sonó el himno. Después empezaron a pasar los paisanos, de a uno, de a dos, tropillas enteras, con el polvo subiendo bajo el sol de noviembre.

Lo vio venir de lejos. Cacho iba erguido, el rebenque colgado de la muñeca derecha, y al pasar delante de la tribuna el cuero se movió con el trote y atrapó la luz. En el medio había un tramo apenas más oscuro, del color de la miel quemada, donde el cuero era nuevo y todavía no había vivido nada.

Dentro de un año, pensó Ludmila, con el uso y el sudor de la mano, se iba a igualar. Nadie iba a saber nunca dónde había estado.

Ella sí. Y se quedó ahí, con el termo de la señora rozándole el codo, hasta que el último caballo dobló por la calle y la plaza empezó a aplaudir.

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