Tres gramos de yapa

Hugo Bustos llegó al Mercado Norte a las cinco y cuarenta, cuando las persianas de la calle Oncativo todavía subían de a una y el aire olía a cartón mojado y a cajones de tomate recién bajados del camión. Traía el maletín de cuero sobre la cadera y, adentro, envuelta en un trapo de franela, la pesa de un kilo.

Era la última del recorrido. Cuarenta y un años de balancero, de puesto en puesto, con los platillos, las agujas y los tornillitos de ajuste, y ese viernes cerraba la lista con el puesto de la Tota Barrionuevo, pescadería, pasillo del medio, justo debajo de uno de esos escudos de piedra con vacas y hortalizas que nadie mira porque están demasiado arriba.

—Llegás temprano —dijo la Tota, sin darle la mano, porque la tenía en hielo hasta la muñeca.

—Me jubilo el lunes.

—Eso ya lo dijiste en agosto.

—En agosto no tenía la fecha.

Ella se rió con un resoplido y siguió acomodando merluzas sobre las escamas de hielo. El pescado llegaba de Mar del Plata en un camión frigorífico que pasaba antes del amanecer, y la Tota lo recibía contándolo con los dedos, en voz baja, como quien reza.

Hugo abrió el maletín sobre el mostrador. Sacó la pesa vieja del puesto, la de bronce, la que la Tota usaba como patrón desde que se la dejó su padre, y al lado puso la nueva, la de un kilo exacto, con certificado y todo, que le habían dado en el municipio para la última verificación.

—Hoy viene el inspector —dijo él—. El flaco nuevo. Dice que quiere pasar por todos los puestos que yo atiendo antes de que me vaya.

—¿Y?

—Y que vamos a comparar.

La Tota dejó de contar.

Hugo no le había dicho nunca nada. En mil novecientos ochenta y seis, un invierno de heladas, la Tota le pidió que le arreglara la pesa del padre, que tenía el fondo picado de humedad. Él la limpió, la lijó, y para devolverle el peso soldó adentro una gota de plomo. Después de tantos años pensó que había hecho bien la cuenta. No la había hecho bien. Se dio cuenta en el noventa y uno, con una balanza nueva, y no dijo nada. Se dio cuenta de que la pesa daba tres gramos de más, y que cada kilo de pescado que la Tota vendía salía con tres gramos que nadie le pagaba.

Tres gramos. Una pizca. Un hilo de aceite. Pero a veinte clientes por mañana, por cuarenta años, algún número tenía que dar, y Hugo lo había calculado una noche sin dormir: casi dos toneladas de merluza regaladas, repartidas entre vecinas del centro, empleados de la calle Rivadavia, dueños de bares, una monja de la Catedral que compraba los jueves.

—Vengo a confesarme —dijo.

—Yo no soy cura.

—No, pero tenés pescado.

Ella se limpió las manos en el delantal, despacio, y se quedó mirando la pesa de bronce como si la viera por primera vez.

—Tres gramos —dijo.

Hugo tragó saliva.

—¿Cómo sabés?

—Hugo. Me casé con un tipo que pesaba el pan a mano. Mi viejo me enseñó que el kilo no se mira, se siente. Hace treinta años que me di cuenta. Hay clientas que me dicen: “Tota, vos pesás distinto”. Y yo les digo que sí.

—¿Y por qué no me dijiste nada?

—Porque a vos te daba vergüenza y a mí me convenía —dijo ella, con una media sonrisa—. A mí me convenía que la gente volviera.

Se oyó, a lo lejos, el golpe seco de una persiana y el grito de un verdulero que ofrecía zapallitos a mil. En la entrada del pasillo apareció un muchacho de campera azul con una carpeta bajo el brazo. Dio dos pasos, miró los puestos y se quedó parado, esperando que alguien lo viera.

—Ese es —dijo Hugo.

—Ya sé.

—Si comparamos, la pesa va a salir de más y vas a tener que cambiarla. O peor.

—¿Peor qué?

—No sé. Peor.

La Tota tomó la pesa de bronce con las dos manos y la puso en el platillo izquierdo. En el derecho puso la nueva. La aguja se inclinó un poco y quedó quieta, un pelo hacia el bronce.

—Dejala —dijo ella—. Hacé lo que tengas que hacer.

Hugo sacó la lima fina y el calibre. Trabajó con el trapo sobre el mostrador, en silencio, quitando el plomo con la punta, una raspadura, otra, mirando la aguja entre cada una. El inspector se acercó y se quedó a un costado, sin hablar, con la lapicera en el aire. Cuando la aguja quedó en el medio, Hugo apoyó la lima.

—Listo. Un kilo.

El muchacho anotó algo. Después levantó la vista.

—¿Cuánto era la diferencia?

—Tres gramos —dijo la Tota antes que Hugo pudiera abrir la boca.

—¿Hace cuánto?

—Desde que yo era joven y linda.

El inspector no se rió, pero firmó. Se fue pasillo adentro, hacia la panadería, y Hugo empezó a envolver sus herramientas una por una, con el cuidado de siempre, hasta que se dio cuenta de que le temblaban un poco los dedos.

—Gracias —dijo.

—¿Por qué?

—Por no habérmelo dicho.

Llegó la primera clienta, una señora de pelo corto con el changuito de las compras. Pidió medio kilo de merluza. La Tota lo pesó en la balanza, lo envolvió en papel, y antes de entregarlo tomó con dos dedos un trocito de filete de la bandeja y lo agregó arriba, sin mirar a nadie.

—Una yapa —dijo.

—Ay, Tota, ¿y esto?

—Es la costumbre.

Hugo cerró el maletín. Detrás de la señora, la luz de la mañana entraba por los ventanales altos del mercado y caía sobre el hielo, sobre las escamas, sobre las manos de la Tota, que ahora pesaban solamente lo que había que pesar y daban el resto a mano, a ojo, a voluntad, como siempre había sido y como nunca había hecho falta que una pesa lo dijera.

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