Norberto Ferrante llegó a Humboldt a las dos de la tarde de un sábado, una hora antes de que Atlanta recibiera a Ferro, con un banquito plegable bajo el brazo y un papel doblado en el bolsillo de la campera. Tenía setenta y ocho años, una rodilla que le avisaba el clima y una sola idea fija desde el martes: sentarse otra vez sobre el tablón.
No cualquier tablón. El de la tercera fila de la popular del cajoncito, el que tenía grabadas con la punta de una llave las letras N y F, hechas un domingo de 1957 mientras su viejo discutía un penal con el de adelante.
Lo único que quedaba del cajoncito era el recuerdo y la calle. Donde antes estaban los arcos, las líneas de cal y el olor a choripán de la bandeja, ahora se levantaba el Movistar Arena, enorme y gris, con chicos haciendo cola para un recital. Norberto se paró en la vereda de enfrente y lo miró un rato largo, con la cabeza inclinada, como quien intenta reconocer a un amigo detrás de una barba nueva.
—¿Busca algo, don? —le preguntó un pibe de la boletería de la cancha nueva, que fumaba apoyado contra el alambre.
—Busco un banco de madera.
—Tiene un montón adentro, pero son de cemento.
—Los de madera, digo. Los de antes.
El pibe lo miró con esa piedad cortés que se les tiene a los viejos.
—Pregunte por el Cacho, el utilero. Ese sabe todo.
El Cacho resultó ser un hombre petiso, de buzo azul y llavero de carcelero, que lo recibió en un pasillo con olor a humedad y a pintura vieja. Norberto le explicó rápido, casi sin respirar, porque había ensayado el discurso en el colectivo. Que él era socio desde el cincuenta y cuatro. Que cuando el cajoncito cerró, en el cincuenta y nueve, se llevaron los tablones al estadio nuevo, a las populares, y que quizás alguno seguía por ahí.
—¿Qué partido fue el último? —preguntó el Cacho.
—Contra Ferro. Veintiuno de junio. Uno a uno.
—Se acuerda de la fecha.
—Tenía once años. Me acuerdo hasta de la humedad.
El Cacho se rascó la nuca, se quedó pensando y después le hizo una seña con el dedo para que lo siguiera. Bajaron por una escalera angosta, debajo de la platea, hasta un depósito donde dormían conos de entrenamiento, redes enrolladas, una máquina de marcar canchas con una rueda pinchada. Contra la pared del fondo, apilados bajo una lona, había cuatro tablones largos, oscuros, con las vetas abiertas como palmas.
—Los guardó el finado Mancuso —dijo el Cacho—. Decía que algún día alguien los iba a reclamar. Nadie vino nunca.
Norberto se agachó despacio, con una mano en la pared. Pasó los dedos por la madera, primero por el primero, después por el segundo. En el tercero encontró las dos letras. Estaban gastadas, casi planas, pero se sentían con la yema como cicatrices viejas.
—Es este.
—Ahora es suyo —dijo el Cacho, sin ceremonia—. Si lo puede cargar.
No lo podía cargar. Entre los dos lo subieron por la escalera, haciéndose los distraídos cuando la rodilla de Norberto protestaba, y lo dejaron un rato en la vereda, bajo el sol flaco de la tarde, con los hinchas que empezaban a llegar mirando de reojo.
—Esperá —dijo el Cacho, y volvió con dos ladrillos y una lata de cerveza vacía.
Armaron un banco precario sobre el cordón, de cara al Arena. Norberto desplegó el papel que traía en el bolsillo: una entrada de 1959, amarillenta, que había encontrado en una caja de zapatos. La alisó sobre la rodilla. Después se sentó.
La madera crujió, igual que antes. Le dio el mismo frío en la parte de atrás de los muslos, el mismo olor a resina vieja y a lluvia guardada. Cerró los ojos y oyó, o creyó oír, el murmullo de la gente en las gradas, la voz del vendedor de maní, el silbato del referí cortando el aire del invierno. Su viejo a la derecha, discutiendo. El pelotazo bombeado. El uno a uno.
—¿Y? —preguntó el Cacho, al rato.
—Está más chico —dijo Norberto, con los ojos todavía cerrados—. Pero es el mismo.
Cuando abrió los ojos, la cola del recital daba la vuelta a la manzana, y una chica de campera de jean se había quedado mirándolo desde la fila. Le sonrió. Él levantó la mano, como saludando a alguien que cruzaba la cancha.
A las tres menos cuarto se paró, se sacudió el pantalón y le dio la mano al Cacho. Dejaron el tablón contra el cordón, contra el alambre, listo para que lo llevaran de vuelta. Norberto agarró su banquito plegable, que no había usado, y cruzó hacia la cancha nueva.
En la puerta se dio vuelta una vez. En la vereda, a la sombra enorme del edificio, la madera oscura seguía ahí, y encima, apoyada, la entrada de 1959, sostenida por una piedra.
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