El cinco de Estela

A la una y diez de la tarde, Estela abrió el cajón de las camisetas y encontró el agua. No mucha: un charquito debajo, de una gotera del techo del vestuario que el club venía prometiendo arreglar desde el verano. Pero alcanzó. Las rojas y blancas del juego titular estaban húmedas hasta el número, y el olor a toalla mojada le subió a la cara como una cachetada.

—¿Cuántas se salvaron? —preguntó el ayudante de campo desde la puerta, con el celular en la mano.

—Diez. Las del siete para arriba. Del uno al seis, empapadas.

—El partido es a las tres, Estela.

—Sé a qué hora es el partido. Hace treinta y un años que sé a qué hora es el partido.

Él se fue sin contestar. Estela se quedó mirando el cajón. Tenía las manos cortas y fuertes de quien lava a mano lo que la máquina no cuida, y las llevaba siempre un poco húmedas, con olor a jabón blanco. Colgó las camisetas mojadas en el alambre del fondo, al lado de las medias, y las contó otra vez, como si contar pudiera secarlas.

El problema tenía nombre y apellido: Joaquín Ledesma, diecisiete años, lateral de la Reserva, que ese día debutaba en Primera B porque se habían lesionado dos. Le tocaba el cinco. Había llegado temprano, con la mochila en la falda y las rodillas golpeando el piso, y Estela le había dicho “quedate tranquilo, pibe, tu camiseta está planchada”. Estaba planchada. Estaba colgada del alambre, mojada, con el cinco pegado como una estampita en el agua.

Fue al ropero grande, el de madera oscura que los albañiles nunca habían podido sacar de la pared porque lo habían armado adentro del cuarto. Detrás de las camperas de lluvia y las bolsas de pelotas desinfladas había un baúl de lata. Lo abrió con una llave que llevaba en el llavero, entre la del portón y la de la heladera de la confitería.

Papel de diario, naftalina, y abajo, doblada en cuatro, una camiseta de algodón pesado, con cuello en V y tres botones de nácar. El rojo se había vuelto casi marrón en los pliegues. En el pecho, el escudo estaba bordado, no estampado, con hilo que alguna vez había sido blanco. Atrás, el número cinco, cosido a mano con puntadas parejas y chiquitas.

Las puntadas eran suyas.

Se acordó de golpe: una noche de carnaval de principios de los ochenta, cuando el club todavía llenaba el salón con las orquestas y el piso brillaba de cera y confeti. Ella tenía veintipico, la máquina de coser de su madre y un tío que jugaba de cinco y que le había dicho: “arreglame la camiseta, que se me despegó el número”. Esa noche coció el número con la música de abajo subiendo por las tablas. El tío jugó dos temporadas más, se fue a trabajar a los talleres del Roca y nunca volvió a pisar la cancha. La camiseta quedó en el baúl porque nadie se animaba a tirar algo con botones de nácar.

Estela la sacudió. Tosió con la naftalina. Fue hasta la puerta del vestuario y llamó al pibe con dos dedos.

Joaquín vino con los hombros adelante. Miró la camiseta y después la miró a ella.

—Esa es de museo.

—Es de alguien que jugaba de cinco. Probátela.

—Mi camiseta es la otra.

—La otra está en el alambre, mojada como un pollo. Tenés media hora para decidir si salís con algo de museo o con nada.

El pibe se la puso por la cabeza. Le quedaba un poco grande de espalda y justa de largo. Se miró en el espejo rajado que colgaba arriba de los lavatorios y se acomodó el cuello, sin saber que lo hacía igual que otro pibe cuarenta años atrás, frente al mismo espejo.

—Pesa —dijo.

—Es algodón. Después de los primeros diez minutos no la sentís.

—¿Y los botones?

—Abrochalos. Si la pelota te los rompe, me los cosés vos.

Joaquín se rió, y con la risa se le fue la tiesura. Estela lo vio salir hacia el túnel con la camiseta marrón y roja, atrás de los otros, y se acordó de que había que buscar los botines del arquero suplente. Siguió con la lista. Colgó medias, repartió canilleras, llenó los bidones de agua con el pico de la manguera que perdía.

A las tres menos diez, desde el pasillo, oyó el ruido que conocía mejor que su propia voz: las gradas llenándose de a poco, el bombo de la popular, el pitido lejano de un tren que pasaba por la vía de atrás, cargado de gente que volvía de algún lado. Salió a la boca del túnel, como todos los sábados, y se quedó contra la pared fría.

El partido fue parejo. En el segundo tiempo, Joaquín hizo una cosa que Estela no esperaba: subió por la banda, tiró un centro raso sin mirar y la pelota le quedó servida a un compañero que la empujó adentro. En la tribuna alguien gritó el nombre del pibe, con las vocales alargadas, y después otro, y después muchos.

Terminó uno a cero. Ya con el sol bajo y el pasto largo de sombras, los jugadores volvieron al vestuario con el barro en las canillas. Joaquín entró último. Se sacó la camiseta con cuidado, desabrochó los botones uno por uno y los contó, a escondidas, para ver si seguían todos.

—Están los tres —dijo, y se la dio doblada.

Estela la tomó. Estaba tibia y pesada, con el olor a pasto y a esfuerzo que ningún jabón había logrado sacarle en tantos años. La alisó contra el pecho.

—Mañana la lavo a mano —dijo—. Y la semana que viene te toca otra, pero esta queda afuera del baúl.

La colgó en el gancho más cercano a la ventana, donde la luz de la tarde entraba por el vidrio sucio y le pintaba el cinco bordado de un rojo que, por un rato, volvió a ser el de antes.

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