A las cuatro y diez de la mañana, Ramón Ibarra todavía no había encontrado la palanca de la puerta. Estaba sentado en el coche nuevo, en la cabecera de Monte Grande, con las manos sobre un volante que olía a plástico recién sacado de la caja. Doscientos y pico de días sin manejar. En la cochera habían pegado un papelito con el número del interno, y él lo había leído tres veces, como si pudiera cambiar.
—Es el botón de al lado del freno de mano, Ramón —le dijo Chacho, el coordinador, asomándose por la ventanilla—. Ese gris.
—Yo el gris lo conozco de toda la vida. Era el de la calefacción.
—Ahora abre la puerta.
La puerta se abrió con un suspiro de aire comprimido. Ramón la cerró, la volvió a abrir. Afuera hacía fresco, una de esas madrugadas de octubre con humedad que se mete en las rodillas. En el playón dormían los coches viejos, apretados contra el alambrado, con los números todavía pintados en el costado.
Treinta y un años en la línea. Los últimos veintidós, en el ramal que sale por el Boulevard Buenos Aires, cruza Monte Grande y se va para Pompeya y Miserere. Conocía los pozos por nombre propio. Conocía a los pasajeros de las cinco de la mañana mejor que a sus cuñados: el pibe de la panadería, la enfermera del Penna que se dormía antes de Sáenz, la mujer del chango de las verduras.
Y conocía a Dora.
Dora subía en Boulevard Buenos Aires y Madariaga, frente a la fábrica, todos los días hábiles a las cinco y diez. Setenta y pico, abrigo marrón, bolsa de tela. Desde hacía tres décadas le alcanzaba por la ventanilla una servilleta de papel doblada en cuatro con un bizcochito de grasa adentro. Nunca hablaron más que de eso. «Está calentito.» «Gracias, Dora.» Ese era todo el diálogo, y a Ramón le alcanzaba para el resto del turno.
Durante el conflicto, ella había aparecido un domingo en el portón de la cochera, entre las banderas y el fuego del tacho. No dijo nada. Le dejó la servilleta en la mano y se fue caminando por la calle de tierra. Después volvió todos los domingos. Ramón nunca supo cómo se había enterado del lugar.
—¿Salimos o qué? —dijo Chacho—. Son las cuatro y veinticinco.
—Salgo, salgo.
Giró la llave, y el motor arrancó casi sin ruido, y eso fue lo que más lo asustó. Antes uno sabía que el coche estaba vivo porque temblaba el asiento. Este avanzaba como un fantasma limpio. Ramón soltó el freno y enfiló hacia la avenida con la luz del tablero iluminándole la cara.
Pasó la estación, las persianas bajas, los quioscos cerrados. En el segundo semáforo, en rojo y sin un solo auto, apoyó la frente un segundo contra el volante.
Tenía una sola cosa en la cabeza, y era ridícula, y lo sabía. Quería llegar a la parada de Madariaga a las cinco y diez. Ni cinco y once, ni cinco y nueve. Cinco y diez, como siempre, como si los doscientos días fueran una cuadra mal doblada que podía enderezarse con una buena velocidad crucero.
Pero los coches nuevos no perdonan. Al primer pasajero, un chico con una mochila de albañil, le tocó la tarjeta en el lector y el aparato sonó dos veces, una más aguda que la otra. Ramón se asustó. El chico se rió.
—Está bien, jefe. Es que anda. Todo anda.
—Bueno —dijo Ramón—. Todo anda.
Se le fueron tres minutos. Hubo un segundo pasajero que no encontraba el saldo y un tercero que quería hablar, que quería contarle que había llorado cuando vio los carteles de la vuelta, que su mujer le había dicho «el chofer de la 165 va a volver, vas a ver». Ramón asintió y asintió, y apretó el acelerador apenas más de lo debido en la bajada del puente, y se dio cuenta de que iba justo.
Pasaron la fábrica a las cinco y trece. Él mismo lo miró en el reloj del tablero, rojo, con la hora tan nítida que parecía insultarlo.
La parada estaba vacía.
Tres cuadras antes había visto la luz de la farmacia, y ahora sólo había una columna de luz amarilla del alumbrado y un charco que reflejaba el poste. Frenó igual. Abrió la puerta con el botón gris, esta vez a la primera. Esperó. Escuchó los grillos, el motor casi mudo, el tic del balizador.
—Se fue —murmuró.
Pensó en Dora caminando hasta la cochera cada domingo, en los bizcochitos fríos. Pensó que a lo mejor había esperado hasta las cinco y diez, y que con el cansancio de los años se había vuelto a su casa pensando que otra vez no pasaba nadie.
Estaba por cerrar la puerta cuando oyó el golpe del bastón. Venía de la vereda de enfrente, despacio, de a un escalón por vez. Dora cruzó el asfalto con el abrigo marrón abierto y la bolsa de tela colgada del codo, y no tenía apuro. Se detuvo al pie del escalón alto del coche nuevo, miró para arriba y lo midió con los ojos, como se mide una escalera ajena.
—Está muy alto —dijo.
Ramón apretó otro botón, no sabía cuál, y el coche se inclinó hacia la vereda con un resoplido y bajó el escalón a la altura del cordón. Dora lo miró sin sorpresa.
—Mirá vos —dijo—. Ahora se arrodilla.
Subió. Sacó de la bolsa una servilleta doblada en cuatro y se la puso en la mano antes de sacar la tarjeta. El bizcochito estaba tibio, y Ramón no preguntó dónde ni a qué hora lo había hecho.
—Gracias, Dora.
—Hoy llegaste tarde —dijo ella.
—Tres minutos.
—Yo tenía cuerda para esperarte hasta las seis.
Apoyó la tarjeta en el lector, que respondió con su doble pitido, agudo y grave. Dora lo oyó y levantó las cejas, y por primera vez en treinta años le sonrió a Ramón de costado, como quien se acuerda de un chiste viejo.
—Qué bien suena —dijo.
Se fue a sentar en el primer asiento de la derecha, el que siempre había sido de ella, y Ramón cerró la puerta, soltó el freno y arrancó hacia Pompeya con el bizcochito en la mano izquierda y el reloj en rojo sobre el tablero, que ya no importaba.
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