Cambio y fuera en el Km 3

El viento del Km 3 entraba por abajo de la puerta y levantaba una esquina del almanaque de YPF. Teresa Quiroga la alisó con la palma, como todas las mañanas, y después se sentó frente al aparato. Era el 13 de diciembre, Día del Petróleo, y el sábado anterior le habían avisado por escrito que el camión de la contratista iba a venir a las doce a llevarse la radio.

Treinta y un años hacía que la prendía a las seis. Primero venía el zumbido, después el olor a polvo caliente de las válvulas, y después su voz, que ya no necesitaba pensarse: «Central Kilómetro Tres, buenos días a los equipos. Parte de viento: del oeste, cuarenta y cinco, con ráfagas».

Esa mañana las ráfagas eran de ochenta. Lo sabía por la taza del anemómetro que giraba en el techo de chapa y por el ruido, un silbido finito que se le metía en los dientes. Desde las ventanas se veía el Chenque, pelado y color galleta, y abajo las casas ypefianas, todas iguales, con los rosales que alguien había plantado hacía sesenta años para que el viento no se llevara también eso.

Dio el parte. Contestaron los equipos de Diadema, el de la Zona Central, el del Cañadón Perdido, uno por uno, con las voces cortadas por la estática. Teresa tachaba en la planilla. Era una costumbre de oficina que ya no servía para nada, porque la planilla iba a ir a parar a una caja, y la caja a un galpón, pero tachaba igual.

A las ocho y diez sonó el teléfono negro, el que no era de la radio.

—¿Teresa? Soy la Marisa Millalonco. Estoy en el Regional, te llamo del teléfono del pasillo.

—¿Y? —dijo Teresa, y se paró sin darse cuenta.

—Nació anoche, a las once y pico. Un varón, tres kilos ochocientos. Los dos estamos bien. Pero Gerardo no sabe. Está en el pozo desde el miércoles, y el camioncito que lo iba a traer lo frenó el viento en la ruta. Yo no tengo cómo avisarle.

—Ya le aviso yo.

—Hay otra cosa, Tere. —La voz de Marisa se achicó—. Él quería que se llamara Gerardo, como el padre. Yo quería Tomás. Lo hablamos tanto que no decidimos nada. Quiero que me diga él.

Teresa miró el reloj de pared. Las ocho y once. Miró la planilla tachada, la caja de cartón que alguien le había dejado al lado de la puerta, el micrófono con la malla gastada justo donde apoyaba el labio.

—Quedate al lado del teléfono —dijo—. No cortes.

Apretó la tecla.

—Central Kilómetro Tres llamando a Cañadón Perdido, equipo nueve. Cambio.

Estática. Un siseo largo, de sábana arrastrada.

—Equipo nueve llamando a Kilómetro Tres, adelante, Teresa —contestó al fin una voz ronca. No era Gerardo. Era el apuntador.

—Necesito a Millalonco en la radio. Es personal.

—Está arriba, en el piso, con la maniobra. Con este viento no lo bajo.

—Bajalo, Quique. Que se ponga el casco y baje.

Pasaron nueve minutos. Teresa los contó en el reloj. En el medio, el técnico de Buenos Aires que había venido el jueves a rotular los equipos asomó la cabeza por la puerta, un pibe flaco con una carpeta, y dijo que el camión se adelantaba, que salía a las diez. Teresa le dijo que bueno. Él se quedó parado, esperando algo más, y como no vino, se fue.

—Acá Millalonco —dijo por fin el parlante, con el viento rugiendo atrás—. ¿Pasó algo, Teresa?

Ella apoyó el labio en la malla gastada.

—Gerardo, tu señora está al teléfono. Te la paso por el aire. Acordate de decir «cambio» cuando termines.

Esa era la parte que no estaba permitida. Un canal abierto, con la mitad del yacimiento escuchando. Sacó el tubo negro del teléfono, lo acercó al micrófono y los apretó uno contra el otro, el plástico contra la malla, y empujó la tecla con el codo.

—Gerardo —dijo la voz de Marisa, pequeña, metida en un tubo dentro de otro tubo—. Es varón. Está bien. Los dos estamos bien.

No hubo respuesta. Solo el viento en el cañadón, un ruido de hierros lejos. Teresa pensó que se había cortado.

—¿Gerardo? —dijo Marisa.

—Acá estoy. —Se le quebraba—. Perdoname, es que me tiembla la tecla. Marisa, ¿cómo…?

—Decime vos el nombre. Elegí vos. Yo lo anoto como digas.

Desde el otro lado, por el parlante, Teresa oyó entonces algo que no había oído nunca en treinta y un años: silencio de verdad, el de cuarenta hombres callados a la vez. Los equipos tenían la tecla abierta. Los de Diadema, los de la Zona Central, hasta el del Cañadón Perdido, todos a la escucha y ninguno hablando, mientras el viento seguía.

—Tomás —dijo Gerardo—. Como querías vos. Y de segundo, Gerardo, si el viejo no se enoja.

—No se enoja —dijo Marisa, llorando y riéndose.

—Tomás Gerardo Millalonco —repitió él, despacio, como probándolo en la boca—. Cambio.

Entonces pasó. Primero fue uno, una voz que Teresa no reconoció, que dijo «felicitaciones, Millalonco» por el aire. Después otro, y otro. Se pisaban, se mezclaban con la estática. Un equipo dijo «que sea de Boca», y otro «que no, por favor». Teresa se tapó la boca con la mano y se quedó así hasta que se cortó el último.

A las diez menos diez frenó el camión afuera. Entró el pibe flaco con dos muchachos de mameluco azul. Miraron la radio, miraron a Teresa, miraron el reloj.

—¿Ya se puede? —preguntó él, casi pidiendo permiso.

—Un minuto —dijo ella.

Apretó la tecla por última vez. Sin mirar la planilla, sin los buenos días de siempre, dijo lo único que le faltaba decir.

—Central Kilómetro Tres a todos los equipos. Nació Tomás Gerardo. Cambio y fuera.

Soltó. Apagó el interruptor. El zumbido bajó, bajó, y las válvulas se quedaron enfriándose en la penumbra con ese tictac de metal. Los muchachos desatornillaron los cables con cuidado. Uno de ellos, el más joven, le preguntó dónde quería que dejara el micrófono.

Teresa lo tomó, lo limpió con la manga y se lo guardó en la cartera, entre las llaves y el pañuelo.

Afuera, en el techo, la taza del anemómetro siguió girando, sin que nadie la anotara, y el silbido fino pasó por arriba de las casas ypefianas, por encima de los rosales, derecho hacia el mar.

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