El turno de las tres

La boleta estaba doblada en cuatro dentro del bolsillo de la camisa, y Ceferino Lucero la tocaba cada tanto con dos dedos, como quien comprueba que no se le cayó un diente. Eran las dos y diez de la madrugada. La acequia corría llena a su izquierda, con ese ruido de tela que se arrastra, y los álamos de la hijuela dejaban pasar un cielo duro, sin una nube, de esos que en Rodeo del Medio anuncian helada para el sábado.

Esa era su última noche. A las ocho de la mañana le entregaba la bicicleta de reparto, la llave de la casilla y la libreta de turnos a un muchacho de Irrigación que ya le había preguntado dos veces si el celular andaba por la zona. Treinta y ocho años de tomero. Había repartido agua por turnos de seis horas, de tres, de cuarenta minutos para un olivo suelto, y de todos esos turnos solo le quedaba uno por cumplir que le pesaba: el de las tres, para la finca de los Pedrazzoli.

La finca era una hectárea y media de malbec viejo, en parral bajo, con los postes de algarrobo grises de tanto sol. Don Aldo había muerto en septiembre. Ceferino no fue al velorio. Se quedó en la casilla, con el mate lavado, mirando la pared. Veinte años antes, en una limpia de cauces, Aldo lo había acusado delante de todos de dejarle la mitad del cupo a un vecino con el que se tomaba vino. Era mentira, y los dos lo sabían, pero Aldo era de los que no vuelven atrás aunque la tierra se les abra adelante. Desde entonces, Ceferino le dejaba la boleta clavada en el poste de la tranquera y se iba sin tocar el timbre.

Esa noche no podía hacer eso. La boleta tenía el nombre de Amalia Pedrazzoli, viuda, y su turno empezaba a las tres, dos horas exactas, por el surco grande y los cuatro del costado. Y alguien tenía que abrir la compuerta.

Llegó a la toma a las dos y cuarenta. Revisó la tabla, sacó con la pala el barro que se había acumulado contra el marco y probó la cadena. Todo en orden. Se sentó en el borde de cemento a esperar, con la linterna apagada para no gastar pila. Del otro lado del alambrado se veía una luz amarilla, chiquita, que no estaba allí otras noches.

—¿Es usted, Lucero? —dijo una voz desde la oscuridad.

Ceferino se paró tan rápido que se le trabó la rodilla.

—Soy yo, doña Amalia.

Ella salió por el portillo con un chal de lana sobre un camisón, botas de goma de hombre y un termo bajo el brazo. Tenía ochenta y seis años y caminaba apoyándose en un palo de escoba que alguna vez fue otra cosa. La luz amarilla era una linterna a querosén, de las que ya nadie usa.

—Aldo siempre decía que había que estar cuando entraba el agua —dijo—. Que si uno no la ve entrar, se la roban sin darse cuenta.

—Nadie le va a robar nada.

—Ya sé. Pero vine igual.

Ceferino sacó la boleta y se la tendió. Ella la tomó, la acercó a la llama, la leyó entera moviendo los labios, hasta la firma, y después la guardó en el chal.

—Tres a cinco. Como siempre.

—Como siempre.

Se quedaron callados un rato. El agua pasaba contra la tabla con un golpe sordo y regular. Amalia destapó el termo y sirvió dos tapitas de café con leche, todavía tibio, que olía a canela.

—Tome.

—No quiero molestar.

—Veinte años molestó de lejos, Lucero. Ahora tome.

Ceferino tomó. Estaba dulce de más, como lo hacía ella, y por un momento el gusto lo devolvió a una cocina con mantel de plástico y a un Aldo más joven que se reía fuerte. Bajó la vista a la tapita.

—Yo nunca le saqué el cupo a nadie —dijo, y le salió más bajo de lo que pensaba.

—Ya sé.

—Él nunca me creyó.

—Sí te creyó. —Era la primera vez que lo tuteaba—. A la semana lo supo. Lo que no pudo fue decírtelo. Se pasó veinte años buscando cómo, y se le fue el tiempo en eso. Era un hombre grande y no sabía pedir perdón.

Ceferino no contestó. Se tocó el bolsillo vacío de la camisa, donde antes estaba la boleta.

A las tres menos un minuto, se pusieron de pie. Él tomó la cadena. Amalia se acercó con la linterna a querosén y la levantó para alumbrar el marco, como si hubiera algo para ver más allá del cemento mojado.

—Ahora —dijo ella.

La tabla subió con un chirrido que Ceferino conocía de memoria. El agua se abrió paso en el surco como si hubiera estado esperando detrás de la puerta, ancha, oscura, con un brillo de aceite donde la luz le pegaba. Corrió entre las hileras, empujó el polvo, levantó un olor a tierra mojada que les subió a la cara. Se oyó cómo las raíces del parral, ciegas desde hacía semanas, empezaban a beber.

—Mirá eso —murmuró Amalia.

Ceferino miró. Treinta y ocho años de turnos y nunca se había quedado a mirar cómo entraba el agua en una finca ajena. Siempre había otra boleta, otra toma, otro vecino esperando.

A las cinco cerró la compuerta. Amalia lo acompañó hasta la tranquera caminando despacio, con el palo de escoba golpeando la tierra húmeda.

—Mañana el muchacho nuevo va a venir a presentarse —dijo ella—. Yo le voy a decir que a las tres se sirve café. Que es la costumbre.

Ceferino sonrió, y se sorprendió de sentir la cara tan tiesa por el frío.

—Es buena costumbre.

Montó en la bicicleta. Detrás de él, en la finca, el agua seguía bajando por los surcos, y la luz amarilla de la linterna se quedó un rato más en el camino, como una brasa que nadie quería apagar.

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