El azul de la catorce

Eladio Pereyra llegó a la entrada de las ruinas con un tarro de látex azul en una bolsa de supermercado y un pincel envuelto en el diario. Tenía setenta y ocho años y la camisa abotonada hasta el cuello, como para ir a una reunión. Había hecho los siete kilómetros desde Carhué en un remís que lo esperaba con el motor apagado, y el viento de la pampa ya le estaba llenando los labios de sal.

—Buen día, don —dijo la guía, que tenía una campera con el escudo del municipio y un termo bajo el brazo—. ¿Viene a recorrer?

—Vengo a pintar.

Yamila miró la bolsa, después la cara de Eladio, después otra vez la bolsa.

—Don, esto es patrimonio. No se puede tocar nada. Ni una piedra.

—Una puerta nomás.

—Ni una puerta.

Eladio no discutió. Se acomodó la bolsa en el brazo y dijo que entonces haría el recorrido, ya que estaba. Pagó la entrada con billetes contados, y Yamila, que llevaba tres años caminando turistas entre esas paredes, no supo por qué lo dejó pasar adelante.

El camino de tierra blanca crujía. A los costados, los eucaliptos secos seguían parados, sin una hoja, plateados por la sal, como si alguien los hubiera dejado tallados. Más allá, donde antes había calles, quedaban cimientos y tramos de pared que se sostenían de milagro, de ladrillo pelado, con las ventanas vacías mirando al horizonte llano. Yamila hablaba de memoria: el balneario, los veinticinco mil turistas de los años buenos, el terraplén, la sudestada del diez de noviembre de 1985. El agua entró de madrugada. En una semana ya no quedaba nadie. En dos, el pueblo estaba bajo más de dos metros de agua, y la laguna siguió subiendo durante años. Recién a partir de 2006 se fue retirando y devolvió las paredes.

—Yo lo sé —dijo Eladio, sin sacar los ojos del suelo—. Lo sé porque tenía la pensión en la calle de atrás de la farmacia. Pensión Los Ángeles. Catorce piezas, y la nuestra era la catorce, porque de la uno a la trece eran de los pasajeros.

Yamila se detuvo.

—¿Era suya?

—De mi suegra. Después fue mía y de Nelly. Nelly lavaba las sábanas en el patio y las tendía en el alambre, y el viento de acá las secaba en veinte minutos. Yo me curaba las rodillas con el agua de la laguna, todas las tardes, quince minutos, cuando se iban los turistas.

—¿Y la puerta?

—La puerta era azul. Un azul que preparé yo un diciembre, con el pintor de Carhué. Nelly decía que de una casa importa lo de adentro, pero la puerta la quiso azul. —Eladio levantó la bolsa—. Cuando nos evacuaron me llevé la llave. Está en mi casa, en el cajón de los repasadores. La puerta no pude llevármela.

Caminaron en silencio una cuadra más. Había un cartel de chapa con un croquis. Eladio lo estudió como quien lee la carta de un restaurante, el dedo siguiendo líneas imposibles, hasta que lo apoyó sobre un cuadradito sin nombre.

—Acá.

Era un fragmento de pared con un hueco en el medio, el marco de una puerta sin hoja. El revoque había desaparecido y la sal había formado sobre el ladrillo una costra gruesa, blanca y brillante, que a la luz de las once parecía azúcar. Eladio se paró frente al hueco y no hizo nada. Yamila miró a un costado y fingió interesarse en un cartel.

—Tengo que decirle una cosa, don —dijo al rato—. Si pinta eso, la sal se lo come. Hubo gente que vino con aerosol, con marcadores. En una semana no queda nada, y encima queda la mancha. Eso lo tiene que hacer el municipio.

—Ya sé. —Eladio abrió la bolsa y sacó el tarro—. Por eso no vine a pintar la puerta.

Se agachó, con un quejido de rodillas, y levantó del suelo un ladrillo suelto, de los que se habían desprendido del marco y estaban tirados entre los yuyos y la sal. Lo sacudió con la manga. Yamila abrió la boca para decir algo y la cerró, porque el ladrillo estaba en el suelo, y lo que está en el suelo es suelo.

—¿Esto se puede? —preguntó Eladio, con una seriedad que podía ser burla o no.

—Eso es… un ladrillo.

—Entonces.

Abrió el tarro con una moneda, desató el pincel del diario y pintó. No fue rápido. Tenía la mano firme pero lenta, y el azul entraba en el ladrillo poroso como un trago de agua en un cuerpo cansado. Pintó las seis caras, dándolo vuelta de a una. Le pidió a Yamila el termo, que ella entendió tarde que era para enjuagar el pincel, y se lo devolvió con el agua celeste.

—Ahora hay que esperar que seque —dijo, y se sentó en un cimiento a mirar el ladrillo, con las manos entre las rodillas.

Yamila se sentó a su lado. El viento arrastraba hojas secas de eucalipto por el piso blanco. A lo lejos, la laguna era una línea baja, retirada, del color de una chapa vieja.

—¿Cuántos años estuvo sin venir?

—Vine cuando bajó el agua. Una vez. Me quedé en el auto. —Eladio sonrió con un costado de la boca—. No pude bajarme. Ahora sí.

A los veinte minutos, el azul estaba seco. Eladio se levantó con ayuda de Yamila, se acercó al hueco de la puerta y dejó el ladrillo en el piso, pegado a la jamba. No lo puso en la pared. No lo apoyó contra nada. Lo dejó donde un ladrillo podía haber caído solo.

—No se lo lleve —dijo Yamila de pronto, sin saber por qué había hablado—. Si lo ve alguien, ¿qué piensa?

—Que a un albañil se le cayó un pedazo de la puerta azul de la pensión Los Ángeles —dijo Eladio—. Y si piensa otra cosa, que piense lo que quiera.

Se despidieron en la caseta. Eladio le dio la mano, la bolsa vacía colgando, y subió al remís. Yamila lo vio alejarse por el camino blanco hasta que el polvo lo tapó.

Esa tarde, cuando se fue el último grupo, volvió al hueco con el termo. El ladrillo seguía ahí. Se agachó. El viento ya había empezado: una escarcha fina de sal, casi invisible, se asentaba sobre una de las caras, y en un par de semanas la costra lo cubriría entero, como a todo lo demás. Pero ahora, con el sol bajando, el azul todavía se veía desde lejos, un cuadradito pequeño y terco en medio de tanta pared blanca, mirando a la laguna.

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