El pico rebotó contra la costra y a Soledad le subió el golpe hasta los dientes. Era la tercera vez en la mañana que le pasaba lo mismo: levantaba el pico por encima del hombro, lo dejaba caer con todo el peso y la sal le devolvía apenas una astilla blanca, como si el salar se burlara con educación.
Tenía dieciséis años, un par de guantes de su padre que le bailaban en las manos y hasta que se escondiera el sol para terminar la pileta. Cuatro metros de largo, dos y medio de ancho, cuarenta centímetros de profundidad. Había medido con una soga anudada, clavando cuatro estacas de cardón seco en las esquinas, y ahora el rectángulo se veía enorme, mucho más grande de lo que había parecido en la cabeza.
A las diez pasó un camión por la Ruta 52, bajando hacia Purmamarca, y el chofer tocó bocina dos veces. Ella levantó una mano sin darse vuelta. Sabía que en ese camión, entre los fletes, alguien le iba a contar a su tío que la había visto sola en el salar, y que su tío iba a venir en la moto antes del mediodía a decirle que lo dejara para el fin de semana. Por eso había empezado a las seis y media, con el aire a cero grados y el termo de té con coca apoyado contra una estaca.
Su padre estaba en el hospital de Jujuy, con la pierna enyesada desde el viernes, un tropezón de nada en un patio de la comunidad. Desde la cama le había mandado un mensaje de voz que ella escuchó tres veces sin contestar: «Esperá a que salga, hija. Una semana más no cambia nada». Pero el cielo del sur ya venía cargado de gris desde el domingo, y los viejos de San Miguel de Colorados decían que las primeras lluvias se adelantaban. Si el agua entraba al salar antes de que la pileta estuviera hecha, no había siembra. Y sin siembra no había cosecha en marzo, ni dos toneladas de sal para vender a las fraccionadoras, ni plata para pagar el flete de la camioneta que su padre ya debía.
Cambió la forma de agarrar el pico. Le había mirado las manos a su padre mil veces: no pegaba, dejaba caer. Soltó los hombros, dejó que el hierro hiciera la parte pesada y empezó a notar cómo la costra se rajaba en láminas, primero finas, después en placas. Debajo estaba la salmuera dura, sucia, gris. Sacó los primeros diez centímetros con la pala carbonera y los fue tirando en una pila aparte, porque eso se descarta, eso lo sabía de memoria.
A mediodía le dolía la espalda en un lugar que no sabía que tenía. Comió parada, con el pan y el queso de cabra en la mano, mirando el salar que se extendía blanco hasta la sierra de Chañi. Hacía un viento seco que le resecaba los labios y le llenaba los ojos de lágrimas que se congelaban a medias en las pestañas. Se acordó de la abuela, que decía que la sal estaba viva, que había que darle de comer y que a veces se enojaba. De chica le parecía un cuento para dormir. Ahora, con el pico en la mano y el cielo bajando, le pareció una cuestión de respeto.
A las dos llegó su tío en la moto, tal como ella lo había previsto. Se bajó con el casco puesto, miró el pozo, miró a la sobrina y no dijo nada durante un rato largo.
—Te falta la mitad —dijo por fin.
—Me falta un poco menos —contestó ella.
—Tu papá se va a enojar.
—Mi papá me enseñó a cavar.
El tío se sacó el casco, lo dejó sobre el asiento y fue hasta la camioneta de la comunidad que había quedado al borde del camino. Volvió con una segunda pala y la clavó en la sal sin decir una palabra. Trabajaron una hora así, uno a cada lado, hasta que el rectángulo empezó a parecerse de verdad a una pileta, con sus paredes derechas y el fondo parejo.
—Esto lo tenés que hacer vos —dijo él después, señalando el último tramo del costado norte—. Yo me quedo mirando.
A las cinco, con la luz ya torcida y fría, Soledad pasó la pala por última vez por el fondo y se quedó quieta en el borde. El pozo estaba terminado. Le dolían los brazos, tenía los labios partidos y en el guante izquierdo se le había abierto una costura.
Fueron juntos hasta el ojo de agua con los baldes. La salmuera salió espesa, cargada, con ese olor a mineral que no se parece a nada. La volcaron de a poco, balde tras balde, hasta que el fondo quedó cubierto con un dedo de agua quieta. Soledad se agachó, mojó la punta de un dedo y se lo llevó a la boca. Amargo, salado, vivo.
Las primeras gotas gordas empezaron a caer a las seis menos diez, cuando ya estaban juntando las herramientas. Cada una hacía un círculo diminuto sobre la superficie de la pileta, y el cielo entero, gris y rosado, se reflejaba ahí abajo, cuarenta centímetros más profundo de lo que era.
Soledad se quedó mirando. Después sacó el celular, buscó el mensaje de su padre y grabó la respuesta con la voz ronca de viento: «Ya está sembrada, papá. Vení a verla cuando te dejen».
Leave a Reply