El turno de las tres y diez

A las tres y diez de la madrugada, el cauce seguía seco.

Lola Ñanco alumbró la hijuela con la linterna y vio lo mismo que hacía veinte minutos: tierra oscura, una lata de durazno aplastada y la compuerta de su finca cerrada, esperando. El cuadro de turnos que le habían pegado en la puerta del galpón decía claro: miércoles, 3.10 a 5.10, dos horas para dos hectáreas de malbec. Las dos horas corrían igual haya agua o no. Eso no lo decía el cuadro, pero lo sabía cualquiera.

Septiembre venía con los brotes asomando. Si la tierra no tomaba agua esa noche, el próximo turno le tocaba en doce días, y para entonces el frío de la mañana ya podía haberle jugado una mala pasada a las yemas.

Se puso las botas de goma, agarró la pala de punta y salió a caminar el cauce hacia arriba. Con el viento quieto se oía el pueblo dormido: un perro en la calle Olascoaga, un camión lejos, en la ruta. Y debajo de todo, a lo lejos, un chapoteo que no tenía que estar ahí.

Caminó cuatrocientos metros. Pasó el puente de tablones, la higuera, el alambrado de los Funes. El chapoteo se hizo más fuerte. En el tajamar de la finca de al lado, la que había comprado un tipo de Buenos Aires que nunca aparecía, alguien había levantado las tablas de más. El agua, que tenía que seguir derecho hacia abajo, se desviaba por una zanja torcida y se perdía en el fondo del terreno.

Había una luz en el fondo, entre los álamos. Lola bajó con la pala en la mano, más por costumbre que por otra cosa.

Encontró a un chico sentado en una reposera, con un termo y una frazada sobre los hombros. Tendría doce años. Frente a él, la zanja volcaba el agua en un hoyo grande, forrado con una lona azul. A medio llenar, el hoyo reflejaba la luna.

—¿Qué hacés? —preguntó Lola.

El chico no se asustó. Miró la pala y después la cara de ella.

—Hago una pileta.

—Con mi agua.

—Con el agua del turno de mi tío —dijo él—. Es de las tres. Me dijo que la dejara correr hasta que se llene.

—Tu tío tiene el turno a las cinco y diez. El de las tres y diez es el mío.

El chico abrió la boca y la cerró. Sacó un papel arrugado del bolsillo de la frazada y se lo dio. Era el mismo cuadro, pero una fotocopia vieja, de otra temporada. Alguien había tachado con birome los horarios y escrito otros encima, con letra de adulto apurado.

Lola lo leyó dos veces a la luz de la linterna. Se sentó en el borde de la zanja, porque no sabía bien qué hacer con la bronca y las piernas le pedían un rato.

—¿Cómo te llamás?

—Tomás.

—Mirá, Tomás. Yo no vengo a pelearme con vos. Pero ahora mismo mi parral está seco y vos tenés una pileta que se llena.

—Mañana es mi cumpleaños —dijo él, bajito—. Mi tío me prometió una pileta. Me dijo: te la dejo lista para cuando te despiertes.

Lola se quedó mirando el agua. Desde el aire parecería un error, un charco azul en medio de las vides, pero desde ahí abajo se veía lo que era: un chico de doce años que se había quedado despierto toda la noche para cuidar un regalo.

—¿Cuánto le falta?

—Hasta la mitad de la lona. Un poco más.

—No alcanza para nadar.

—Para meter los pies, sí.

Lola respiró hondo. Se paró y fue hasta el tajamar. Con las dos manos levantó una de las tablas y la dejó apoyada contra la pared de ladrillo. No la sacó. La dejó a medio camino.

—Escuchame bien. La mitad del agua va para tu hoyo y la mitad se va conmigo. Cuando yo te grite, la cerrás. No antes ni después.

—¿Y mi tío?

—A tu tío le voy a hablar yo. Se va a enterar de que cambió los horarios con birome. Pero eso es mañana.

Tomás asintió despacio. Se tapó mejor con la frazada y se quedó mirando cómo el agua se partía en dos, una mitad hacia la lona y la otra hacia el cauce que bajaba a la finca de Lola.

Ella volvió caminando junto al agua, sin apurarse. Era una cosa linda ir al ritmo del agua cuando por fin se movía, ver cómo empujaba las hojas secas, cómo iba tragando la lata de durazno y la dejaba atrás, brillando.

Llegó a la compuerta de su finca justo cuando el agua tocaba el primer escalón de ladrillo. La levantó. El agua entró en la hijuela con ese ruido que ella conocía desde chica, un gluglú ancho, como de animal grande que toma.

A las cuatro menos veinte le gritó a Tomás. Lo oyó contestar desde lejos, y el chapoteo del tajamar cambió de nota.

Después ya no hubo más para hacer. Lola caminó por la cabecera del parral y fue siguiendo el agua surco por surco, abriendo pasos con la pala cuando hacía falta. Tenía el turno casi entero por delante, apenas una hora y media, pero alcanzaba. Para las cinco el último surco, el más corto, el de las cepas más viejas, ya brillaba oscuro bajo la linterna.

Se agachó y metió la mano. Estaba fría y tenía olor a piedra.

A las cinco y diez cerró la compuerta. Desde el fondo de la finca vecina, entre los álamos, llegó una voz de chico cantando el feliz cumpleaños, sola y desafinada, con los pies, seguramente, ya en el agua.

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