A las cuatro de la tarde el viento ya había empezado a levantar tierra en el predio de la Bodega Encantada, y Mirta Quipildor tenía el cable del monitor número tres enroscado en el cuello como una bufanda. Faltaban cinco horas para la primera noche de la Serenata. Faltaba, además, una voz que no aparecía en ningún plano de escenario.
—¿Vos sos la del sonido? —preguntó una mujer chiquita, parada al borde de la tarima, con un poncho marrón y una caja colgada del hombro.
—Soy. ¿Usted es del grupo de Tolombón?
—Soy Eulalia Guaymás. Me anotaron para las nueve y diez, entre los ballets. —Dijo “ballets” con una paciencia de maestra—. Vine a avisarte una cosa para que no te agarre de sorpresa. A mí no me pongan micrófono.
Mirta se sacó el cable del cuello despacio.
—Doña Eulalia, esto son miles de personas. Más para atrás de la mitad del predio no la van a escuchar ni respirar.
—Hace sesenta años que canto coplas y nunca me hizo falta nada. La caja y yo. Si me ponen un aparato adelante, me sale la voz de otra.
Lo dijo sin enojo, como quien informa que el agua hierve a cierta temperatura. Se sentó en un cajón de cerveza vacío, apoyó la caja en la rodilla y empezó a golpearla con la baqueta, un tum seco, repetido, que Mirta sintió en las muelas.
Trabajaba en esto desde los diecinueve. Había mezclado en estadios de Tucumán, en la Fiesta del Poncho de Catamarca, en patios de escuela donde el parlante era un cajón de manzanas. Sabía que cuando alguien dice que no al micrófono hay dos caminos: convencerlo o rendirse. Probó el primero.
—Mire, le pongo uno chiquito, de solapa, que ni lo ve.
—No.
—Uno en el piso, apuntando para arriba.
—No me gustan los bichos en el piso.
—¿Y si lo probamos ahora, con el predio vacío? Si no le gusta, lo sacamos.
Eulalia se quedó mirándola un rato largo. En el aire flotaba olor a leña y a vino recién abierto, de las parrillas que ya estaban calentando atrás, y se oían las voces de los que armaban los puestos de empanadas y de artesanías.
—Probemos —dijo al fin—. Pero a mi manera: vos poné lo que quieras y yo canto una copla. Si me gusta, me quedo con tu aparato. Si no, me bajo y no hay escándalo.
Mirta le puso un micrófono de mano, de los comunes. Eulalia respiró y cantó una copla que hablaba de un cerro, de una madre y de un burro perdido en una quebrada. En el monitor, la voz salió ancha, con eco de sala, bonita y ajena. Eulalia dejó de cantar a la mitad de un verso.
—Esa no soy yo —dijo—. Esa es una señora que canta en una radio.
Mirta no discutió, porque tenía razón. Lo que había salido del parlante era la voz de Eulalia con todo lo áspero planchado. Las coplas se cantan con un filo de viento en la garganta, con un temblor cortado, medio de pecho y medio de cerro. El micrófono se lo había comido.
Se fue a cenar un sándwich de milanesa al puesto de la entrada con la cabeza dándole vueltas. A las siete y media volvió al escenario. El sol bajaba detrás de los cerros y los pone colorados, como cada tarde en el valle, y el viento había aflojado un poco. Ese viento era justamente el enemigo: levantaba el ruido de fondo y se metía en cualquier micrófono abierto.
Entonces se le ocurrió, mirando la caja de Eulalia apoyada contra el parlante.
—Doña Eulalia, ¿me presta la caja un minuto?
—¿Para qué?
—No le toco la voz. Se lo prometo. Quiero probar una cosa solo con el instrumento.
Eulalia la miró con desconfianza, pero se la dio. Mirta sacó de su valija un micrófono de contacto, un disquito del tamaño de una moneda grande, y lo pegó con cinta del lado interno del aro de la caja, donde Eulalia no iba a verlo ni a sentirlo. Después puso un segundo micrófono, de condensador, a casi tres metros de la tarima, apuntando al aire, bien lejos de la boca. Bajó los canales hasta que el parlante apenas murmuraba.
—Cante despacito —pidió—. Como si estuviera en la cocina de su casa.
Eulalia cantó. Primero con desconfianza, después con ganas, más de dos coplas seguidas, y la voz le llegó a Mirta limpia desde el fondo del predio, donde se había parado a escuchar con los brazos cruzados. No era una voz amplificada. Era la misma voz, con el volumen justo de la caja que le ponía el piso, y a lo lejos un hilo de aire que la sostenía sin tocarla.
—¿Cómo hiciste eso? —preguntó Eulalia desde la tarima, con la mano en la frente a modo de visera.
—No le puse nada en la voz. La caja lleva el micrófono adentro, y a su voz la agarro de lejos, cuando ya salió. Se va a oír como usted, solamente más lejos.
La coplera bajó con cuidado los escalones y caminó hasta donde estaba Mirta. Se quedó parada al lado de ella, mirando el escenario vacío con las luces de prueba prendidas.
—Cantá vos algo, para ver cómo sale.
—Yo no canto.
—Una copla, aunque sea mal. Dale.
Mirta se rió, y por primera vez en todo el día dejó de contar los minutos. Le salió una de su abuela, de Animaná, que no cantaba desde chica. Desafinó, se trabó en un verso, empezó de nuevo. Eulalia le corrigió el final con un golpe de baqueta en el aire.
A las nueve y diez, cuando la presentadora dijo su nombre, el predio entero hacía ruido: vasos, charlas, el chisporroteo de las parrillas, un nene llorando. Eulalia subió sola con la caja y se sentó en una silla de paja que Mirta había hecho llevar. No saludó. Pegó el primer golpe, seco, y esperó.
La gente no se calló de golpe. Se fue callando de adelante hacia atrás, como cuando se apaga una ola, hasta que se oyó el viento en las chapas de los puestos. Entonces Eulalia empezó a cantar.
Desde la consola, con los dedos quietos sobre los faders, Mirta miró cómo una mujer de setenta y nueve años le hablaba a todo un valle en voz baja, y el valle la escuchaba. Después de la última copla nadie aplaudió enseguida. Pasó un segundo entero, de esos que pesan, y recién ahí el predio explotó.
Mirta se sacó los auriculares. Tenía la mano derecha apretada con tanta fuerza que le había quedado marcada la cinta aisladora en la palma.
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