Nélida Pavón llegó a la Isla Maciel a las nueve y cuarto de la mañana con una lata de galletitas de gancho en la mano y su nieto Facundo colgado de la otra, o más bien ella colgada de él, porque los adoquines de la calle Lamadrid le habían aflojado las rodillas hacía rato. Tenía ochenta y un años y un abrigo de lana verde que había sacado del placard esa misma mañana, con olor a naftalina y a tarde de domingo.
—Abuela, ¿me explicás otra vez por qué tenemos que ir en esto y no por el puente de al lado?
—Porque el de al lado es para los autos. Este es para la gente.
Delante de ellos, sobre el Riachuelo, se levantaban las dos torres de hierro del Transbordador, grises y calados como una escalera para gigantes. Arriba, el tramo largo, atravesado de remaches. Abajo, el agua marrón con reflejo de aceite, y un remolcador herrumbrado amarrado contra la costa, con la cadena floja. Olía a río, a gasoil y a pan caliente, porque la panadería de la esquina tenía la puerta abierta.
Nélida se detuvo frente a la baranda y apoyó la lata sobre el pasamanos.
—Mi viejo trabajaba en un astillero de acá enfrente. Se llamaba Eusebio. Todos los días cruzaba en la barquilla con la vianda en esta lata. Yo, cuando era chica, lo acompañaba hasta la mitad del camino, hasta que no me dejaban más.
—¿Y por qué no cruzás vos desde hace sesenta años?
—Porque el Transbordador dejó de andar justo cuando yo empezaba a ir sola. Después me casé, me fui a Lanús, la vida es así. Pasé mil veces por el puente nuevo y lo miré siempre de reojo, como a un pariente que no te saluda.
Facundo se rió. Tenía diecinueve años, un buzo de Boca y los auriculares colgados del cuello. Había aceptado el paseo porque su madre se lo pidió, y porque la abuela prometió pagar el café.
La barquilla estaba esperando del lado de la isla. Era una plataforma abierta, con techo, colgada de cables que subían hasta el carro de arriba. Un muchacho de campera naranja revisaba una cadena y les hizo seña de que pasaran, sin apuro, de a poco, que no se corría.
Nélida subió con la lata contra el pecho. El piso de chapa vibró apenas con su peso, y ella sintió, antes que en los oídos, en los tobillos, el temblor del mecanismo que arrancaba. Se agarró de la baranda. Facundo la agarró a ella.
—Dale, abuela, que no pasa nada.
—Ya sé que no pasa nada. Callate un poco y mirá.
La barquilla se despegó de la orilla sin ruido de motor, con un deslizar parejo de carro de feria. El agua quedó abajo, marrón y quieta, con las lonas de un barco viejo flotando en el costado. Del otro lado se veían las casas chorizo de La Boca pintadas de verde, de rojo, de un amarillo gastado por el sol, y más allá, tapado a medias por una grúa, el cuadrado azul y oro de una bandera de club.
Nélida abrió la lata. Adentro no había galletitas. Había dos sándwiches de milanesa envueltos en papel de diario, cortados al medio, con un poco de limón exprimido que ya había empapado el pan.
—Los hice a las seis —dijo—. Con la misma receta de mi mamá. Limón, nada de mayonesa, y la milanesa finita, finita, que si no no se puede masticar con el balanceo.
Facundo miró los sándwiches, miró el río, miró la cara de su abuela.
—Esto lo comía tu bisabuelo.
—Todos los días, a las doce, en la cubierta del astillero. Decía que en la barquilla no se come, que se mira. Pero a mí una vez me dejó probar un cuarto, de contrabando, a mitad de camino. Yo tenía ocho años. Me acuerdo del limón y del ruido del agua.
—¿Y por eso quisiste venir?
—Quise venir porque se me ocurrió que si tenía que ser en algún lado, era acá. Un bocado en el medio del Riachuelo, con alguien de la familia al lado. Después, el café lo pago yo.
Facundo sonrió. Se sacó los auriculares, los guardó en el bolsillo y agarró un cuarto de sándwich. Lo mordió despacio. Masticó. Cerró los ojos un momento, y cuando los abrió, la barquilla ya iba por el medio del río, con las torres por encima y el cielo cortado en rejillas.
—Tiene razón el bisabuelo —dijo con la boca llena—. Se mira mejor.
Nélida no contestó. Mordió el suyo con los dientes de adelante, que eran los buenos, y se quedó con la vista en la orilla que se acercaba. Desde ahí arriba se veía una ventana abierta en un segundo piso, con un hombre en camiseta regando una maceta. Se veía la vereda alta de la calle Pedro de Mendoza, el almacén de la esquina, el caño de un desagüe por donde caía un hilo de agua. Todo tan chico y tan cerca que parecía que se podía tocar con la mano.
—Abuela, ya casi llegamos.
—Ya sé.
—Pensé que iba a durar más.
—Yo también. Mi viejo decía que alcanzaba justo para un mate, pero no para dos. Para un bocado, parece, alcanza.
La barquilla frenó con un golpecito suave contra el muelle de La Boca. Una gaviota se despegó de la baranda de enfrente. El muchacho de la campera naranja soltó la cadena y dijo que ya podían bajar.
Nélida cerró la lata sin apuro, con los dos dedos en la tapa. Quedaba un cuarto de sándwich adentro. Lo miró un segundo y se lo dio a Facundo.
—Llevátelo. Para el viaje de vuelta.
—¿Y vos?
—Yo ya crucé.
Bajó del brazo de su nieto, con la lata vacía contra el pecho, y por primera vez en sesenta años pisó la vereda de La Boca sin mirar para atrás.
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