El viento de septiembre le había doblado a Emrys Pugh el sombrero dos veces entre la chacra y el pueblo, y las dos veces lo había recuperado sin soltar la bicicleta. Ahora, en la cocina, con el sombrero sobre la mesa, miraba a su nieto como se mira una acequia tapada.
—Otra vez —dijo.
—Taid, ya lo dije diez veces.
—Lo dijiste diez veces mal. Otra vez.
Joaquín tenía doce años, una campera de Racing y una hoja impresa con tres estrofas en galés que debía recitar el sábado en el Eisteddfod de la Juventud. Las estrofas le salían. Con trabajo, con las erres arrastradas de una manera que a Emrys le parecía aceptable, pero le salían. La palabra del medio era otra cosa.
—Hiraeth —repitió el chico, y la dijo como se dice «hirait», con la ele de la «aeth» perdida en algún lado.
—No. Es más de garganta. Es como si extrañaras algo que no sabés dónde dejaste.
—Yo extraño a mi mamá cuando se va a Trelew a trabajar. ¿Eso es hiraeth?
—Eso es extrañar. El hiraeth es cuando lo que extrañás ya no está en ningún lado.
Joaquín se quedó callado. Del otro lado de la ventana se veía la hilera de álamos y, más allá, la barda amarilla, y entre los dos el canal de riego con un hilo de agua que brillaba como un alambre. Olía a leña de la salamandra y a torta negra de la víspera, que Emrys había comprado en la casa de té de la avenida Yrigoyen porque hacerla él mismo hubiera sido una falta de respeto a la memoria de Gladys.
Gladys había muerto en marzo. Emrys no lo decía así. Decía «cuando faltó Gladys», como si hubiera faltado a una cita.
—Vamos a caminar —dijo, y se puso el sombrero.
Bajaron por la calle Michael D. Jones, entre casas de ladrillo a la vista con techos de chapa acanalada. En el Instituto Camwy sonaba un piano mal afinado. Joaquín pateaba una piedra. Emrys caminaba con las manos atrás, y de a ratos le corregía una vocal sin mirarlo.
—Ahí no, ahí es corta.
—Taid, me estás poniendo nervioso.
—Si te pongo nervioso es que estás prestando atención.
Llegaron a la vieja estación, hoy museo, y cruzaron hasta el túnel del tren, esa curva de ladrillo larga y fresca que huele a piedra mojada aunque no haya llovido en semanas. Adentro la voz rebotaba. Emrys se paró en el centro, donde el techo se cerraba, y dijo:
—Acá. Decilo acá.
—¿Por qué acá?
—Porque tu abuela decía que en este túnel las palabras se confesaban.
Joaquín lo miró un segundo, medio riéndose, medio no. Después carraspeó, apoyó la hoja contra el pecho y dijo la estrofa entera. Las erres le tropezaron, la tercera línea se le enredó, y cuando llegó a la palabra del medio la soltó despacio, con una aspiración rara al principio y un cierre blando al final, no como la dicen en Gales ni como se la enseñaban en el Camwy, sino como…
Emrys dejó de respirar.
—Otra vez —susurró.
—Hi-raeth —dijo el chico, desconcertado, y el túnel se la devolvió dos veces, más grave.
Era la voz de Gladys. No la voz: la manera. Gladys, nacida en el valle, nieta de colonos, con el galés heredado de una abuela y aprendido a medias en las capillas, había dicho toda su vida «hiraeth» con una ese casi inaudible, un resbalón del idioma, una marca de chacra. Los visitantes de Gales, en las casas de té, la habían corregido con cortesía durante cuarenta años. Ella sonreía y seguía diciéndolo igual.
—¿La dije mal otra vez? —preguntó Joaquín.
Emrys se sacó el sombrero. Lo sostuvo contra el pecho como se sostiene algo en un velorio, pero estaba sonriendo.
—No —dijo—. La dijiste como se dice en esta casa.
—Pero el jurado…
—El jurado va a tener que acostumbrarse.
Salieron del túnel al sol. Afuera el viento les pegó de costado y a Emrys se le voló el sombrero por tercera vez, y esta vez lo dejó ir. Joaquín salió corriendo detrás, con la hoja arrugada en una mano, y lo atrapó contra el alambrado de una quinta. Volvió con el sombrero apretado en el puño y la campera embarrada hasta la rodilla.
—Lo tengo, Taid.
—Ya vi.
—¿Lo practicamos una vez más antes de cenar?
Emrys le acomodó el sombrero en la cabeza, que le quedaba grande, y le tapó los ojos hasta la nariz.
—Una más. Pero la decís así, como recién.
Caminaron de vuelta hacia la chacra. Atrás, en el túnel, la palabra seguía dando vueltas un rato entre los ladrillos, pequeña, torcida, de acá, hasta que el viento la sacó por la boca de la barda y la llevó río abajo, donde el agua del Chubut se llevaba todo con paciencia.
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