A las cinco y diez, con el canal todavía color plomo, Nilda Barrientos soltó la amarra de la lancha y dejó que la corriente la sacara del muelle de Puerto Almanza. Tenía el termo entre las rodillas y el guante izquierdo mordido por la sal. Hacía tres semanas que salía sola. Antes salían de a dos, y el otro lugar de la lancha seguía con la campera naranja de Rogelio colgada de un clavo, porque nadie se había animado a sacarla.
Navegó hasta la boya blanca y la enganchó con el bichero. Debajo, en el fondo, esperaba la última línea de las que había calado su marido: diez trampas troncocónicas atadas a un cabo madre, con la carnada de descarte ya ablandada después de dos días y medio. Nilda enganchó el cabo en el halador y apretó la palanca. El motorcito tosió, el cabo empezó a subir chorreando, y con él el olor de siempre, a hierro, a algas y a carne vieja.
Tenía una sola cuenta en la cabeza. El domingo, a las doce y media, bautizaban a Joaquín, el hijo de su hija, en la capilla de Ushuaia, y después había almuerzo en la casa de la calle Maipú. Rogelio había prometido una centolla grande, entera, de las de dos kilos, para ponerla en el medio de la mesa. Lo había prometido en agosto. Lo había repetido en septiembre. Nilda no iba a presentarse con una fuente de fideos.
La primera trampa salió vacía. La segunda trajo un puñado de erizos y un cangrejito que se descolgó solo y cayó al agua. En la tercera había un centollón, que no servía para la mesa pero sí para la olla, y lo dejó en el cajón con la tapa floja. Las siguientes cuatro vinieron flacas. Un cormorán se había parado en la proa para seguir el espectáculo y la miraba de costado, como pidiendo parte.
—Seguí mirando —le dijo ella—. A ver si te toca.
En la octava apareció la primera centolla, un macho, de los buenos, con el caparazón cubierto de percebes finitos y las patas largas y duras. Nilda lo midió con el calibre de plástico, lo midió dos veces, y lo guardó. Pesaría un kilo y medio, quizás un poco más. No alcanzaba para mostrarse, pero era un comienzo. Quedaban dos trampas. Se acordó de la voz de Rogelio: la novena siempre se hace rogar y la décima es la que te devuelve la plata.
La novena venía pesadísima. Cuando asomó por la borda, Nilda se agachó a mirar por la boca y se le aflojaron los hombros. Había tres centollones apretados y nada más. Los pasó al cajón, uno por uno, con el guante, y volvió a calar la trampa con carnada nueva porque así lo mandaba la costumbre.
Entró la décima. El cabo subió despacio, tenso, y Nilda sintió que algo grande se movía abajo. Sacó la trampa con las dos manos y la apoyó en la cubierta. Adentro había una centolla enorme, la más grande que había visto en el año. Dos kilos, por lo menos. Las patas rozaban la malla de lado a lado.
Se quedó un rato quieta. Después abrió la tapa, la sacó con cuidado, la dio vuelta y miró la parte de abajo. El abdomen era ancho, redondo, y estaba cubierto de una masa naranja y compacta, apretada como un racimo. Era una hembra con huevos.
—No me hagas esto —dijo Nilda, bajito.
La centolla agitó una pata en el aire. Era lo único que se movía en toda la lancha, aparte del cormorán, que había dado un paso hacia adelante.
Nilda conocía la regla desde hacía cuarenta años. Hembras al agua, siempre, y los machos chicos también. Rogelio la había repetido tantas veces que ya sonaba como un rezo. En el muelle nadie controlaba, ni a las seis de la mañana ni a las seis de la tarde. Podía taparla con una lona y ponerla debajo del cajón de los centollones. El domingo, la fuente en el medio de la mesa, su hija diciendo qué bárbara, mamá. Nadie se iba a enterar.
Pensó en eso con claridad, sin enojarse. Después pensó en la campera naranja colgada del clavo.
—Está bien —dijo—. Andá.
La levantó con las dos manos, la sostuvo un segundo contra el pecho para que no se golpeara con la baranda y la apoyó sobre el agua. La centolla se soltó sola. Se hundió de espaldas, con las patas abiertas, y por unos metros todavía se la vio, anaranjada y torpe, bajando hacia el verde oscuro hasta que el canal se la tragó.
Nilda secó el guante en el pantalón. Del cajón sacó el macho de la octava y lo puso en el piso, al sol que recién empezaba a pegar. Con los tres centollones de la novena, los dos de la tercera y la octava, le alcanzaba para una cazuela buena. No para una fuente en el medio.
Volvió a calar las diez trampas con paciencia, una por una, y enfiló para el muelle con el viento de cara.
El domingo, en la casa de la calle Maipú, hubo cazuela de centolla con papas y perejil. La hija probó la primera cucharada y levantó la vista.
—Mamá, ¿y la grande que decía papá?
Nilda se sirvió un poco de pan y miró por la ventana, hacia el canal, que esa tarde estaba liso como una chapa.
—Se quedó trabajando —dijo.
Joaquín, en brazos del padrino, estiró una mano hacia la olla y se rió, sin saber de qué.
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