El pan número cuarenta

A las siete, con el sol recién apoyado en la sierra de Chañi, Demetrio Colque ya había partido treinta y nueve panes. Estaban en fila sobre la costra, parados de canto, tan blancos que había que mirarlos de costado. Primero cuadriculaba la superficie con el pico, después metía el hacha en las juntas y hacía palanca hasta oír ese crujido seco de cuando la sal suelta. No se apuraba. A tres mil cuatrocientos metros, el que se apura se queda sin aire antes de las diez.

Ismael, su nieto, de diez años, acarreaba los panes de a uno hasta el borde de la ruta, abrazado a cada ladrillo como a un bebé que pesara de más. Tenía las manos agrietadas y los labios blancos de tanto lamerse.

—Abuelo, ¿y el camión?

—Viene. El Rubén nunca llegó tarde, solo llega con hambre.

El camión llegó a las ocho y cuarto, un Mercedes celeste con acoplado, y de la cabina bajó Rubén Ledesma con el termo bajo el brazo y la cara de haber manejado desde Metán sin parar. Venía todos los años por esas fechas, antes de que se cerrara el tiempo de cortar, a buscar sal para las vacas de unos campos de Salta que Demetrio no conocía y nunca iba a conocer. Se tomaron un mate parados, mirando el salar. Del otro lado de la ruta cincuenta y dos, los muchachos de la cooperativa estaban cavando los piletones nuevos, y desde ahí llegaba el golpe parejo de las palas carboneras.

—Cuarenta panes, como siempre —dijo Rubén.

—Cuarenta. Faltan uno, nomás.

Demetrio volvió al lugar donde había dejado marcado el último cuadro. Eligió la costra con cuidado, la golpeó con el canto del pico para escuchar el hueco, y empezó. El hacha entró, la palanca hizo lo suyo, y el pan salió entero, enorme, el más lindo de la mañana. Lo levantó con los dos brazos. Ismael corrió a ayudarlo.

Fue entonces que se oyó el chasquido. No fue fuerte. Fue un ruido como de vidrio que se raja debajo de una mesa. Una línea fina corrió por el pan desde una esquina hasta la otra, y el pan, como si hubiera estado esperando que alguien lo mirara, se abrió en dos mitades que quedaron colgando de las manos del viejo.

Nadie dijo nada. Se oía el viento arrastrando granitos por la superficie y, a lo lejos, las palas.

—Dejá, Demetrio —dijo Rubén—. Con treinta y nueve me arreglo. Te pago los cuarenta y listo.

—No.

—Te estoy diciendo que no hay problema.

—Yo vendo panes, no promesas. —Demetrio apoyó las dos mitades en el suelo con el mismo cuidado con que se apoya algo vivo—. Dame hasta el mediodía. Si me gana el viento, te pago yo el diésel.

Rubén se encogió de hombros, se sirvió otro mate y se sentó en el estribo del camión. Conocía a Demetrio. Sabía que discutirle a un hombre de la sal era como discutirle a la sal.

Ismael se quedó mirando las mitades. Después miró al abuelo.

—¿Esos no sirven?

—Para las vacas, sirven igual. Pero el que compra cuarenta quiere cuarenta enteros.

—¿Y con estos qué hacemos?

Demetrio tardó en contestar. Se sacó el sombrero, se pasó la manga por la frente, y se quedó mirando el borde del salar, donde la costra se acababa y empezaba la tierra amarilla del camino. De ese lado, en octubre, habían cavado el primer piletón del año.

—Mi papá decía que la sal no se saca, que se pide prestada. Que uno se lleva lo que ella suelta y tiene que dejarle algo para que vuelva. —Hizo una pausa—. Yo siempre me reí. Pero treinta y cinco años de cortar y todavía no cortó un solo pan que se me rompiera así, justo el último.

—¿Y qué le vas a dejar?

—Ya veremos.

Cortó el pan número cuarenta antes de las once. Lo hizo despacio, con la mano más firme que nunca, y salió entero, liso, con las esquinas vivas. Rubén lo cargó el último, sobre los otros treinta y nueve, y los acomodó con una lona atada con soga. Contó los panes dos veces, en voz alta, por costumbre y por cariño. Pagó, le dio la mano al viejo, le revolvió el pelo a Ismael y arrancó el camión rumbo a la Cuesta de Lipán, con el acoplado blanco brillando hasta que la ruta lo dobló.

Quedaron solos en la orilla. El viento se había levantado y arrastraba una espuma fina de cristales por la costra.

Demetrio agarró las dos mitades. Ismael se acercó a ayudar, pero el abuelo le hizo una seña para que agarrara una sola. Caminaron juntos hasta el borde del piletón recién cavado, ese agujero rectangular de cuatro metros por dos y medio, todavía con la salmuera quieta y oscura en el fondo. Ahí, en la esquina donde el sol pegaba primero, Demetrio hincó su mitad de pan en la tierra, de canto, firme. Le hizo señas al chico para que pusiera la otra al lado.

—¿Para qué?

—Para que la sal sepa dónde vuelve.

Ismael clavó su mitad. Las dos quedaron paradas, blanquísimas, contra la tierra amarilla, una al lado de la otra como dos manos abiertas. El viento les pasó por encima y no las movió.

El chico se agachó, mojó el dedo en la salmuera del piletón y se lo llevó a la boca. Hizo una mueca. Demetrio se rió por primera vez en el día, con una risa corta, de garganta, y se acomodó el sombrero.

—Falta mucho —dijo—. Hasta diciembre llueve. Después la sal florece sola. Vas a ver.

Ismael asintió, con los labios blancos otra vez, mirando las dos mitades de pan que marcaban el lugar, y tuvo la impresión, que no le contó a nadie, de que el piletón respiraba.

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