Gumersindo Pichiñán llegó a la estación de Esquel a las siete menos cuarto, con la carretilla cargada de leña y la escarcha todavía crujiendo bajo las ruedas. Había nevado de madrugada, poco, lo justo para que el aire pinchara en la nariz, y el cielo de la cordillera tenía ese color de leche aguada que anuncia sol recién a media mañana.
Hacía cuatro años que se había jubilado de los talleres. Aun así, todos los días de salida le dejaba la leña a la gente de La Trochita: ñire seco, partido a hacha en el fondo de su casa, del largo justo para la boca de una salamandra. Nadie se lo había pedido. Un día de invierno apareció con la carretilla y desde entonces nadie le dijo que no.
—Gume, qué madrugador —dijo Facundo, el joven del guardarropa, que le abrió el portón del andén—. Hoy hay lleno. Vienen dos micros de Comodoro.
—Entonces va a hacer falta más leña.
—Hay de sobra.
—Hay de la que tienen ustedes. Esta es otra cosa.
Facundo se rio y no preguntó. Gumersindo empujó la carretilla hasta el cuarto coche, el de madera oscura y ventanas chicas, el que tenía los asientos de listones tallados por el uso. Abrió la puerta y entró. Adentro olía a barniz viejo, a frío guardado y, por debajo, a un humo antiguo que ningún trapo había sacado nunca.
La salamandra estaba al fondo, panzona, negra, con la puerta de hierro un poco torcida. En la chapa de arriba tenía una abolladura del tamaño de una cuchara. Gumersindo se arrodilló y la miró un rato antes de tocarla.
Esa abolladura la había hecho Dora, su mujer, con una pava de aluminio, un enero de hacía mucho. Dora atendía el café del tren los fines de semana, cuando el tren todavía tenía fiebre de turistas nuevos, y una tarde, en plena curva, la pava se le fue de las manos. Dijo una mala palabra que en el coche entendieron hasta los holandeses. Después se rio hasta que le salieron lágrimas. Esa tarde Gumersindo, que estaba de guarda reemplazante, anotó en la libreta: «Abolladura, salamandra 4. No arreglar».
Nunca la arreglaron. Dora se había ido hacía dos inviernos, de una enfermedad que no hizo ruido, y desde entonces él no había vuelto a subir a ese coche más que para dejar leña, rápido, sin mirar.
Ese día era distinto. Esa mañana, la nieta de Dora, Brisa, de nueve años, hacía su primer viaje. Se lo había prometido hacía meses: iban a ir los tres, ella, su abuelo y el recuerdo.
Armó la pila. Primero el papel de diario, doblado en nudos como le había enseñado su madre en Gualjaina. Después las astillas finas, después los rajones, y arriba dos troncos más gruesos, que iban a aguantar hasta Nahuelpan. Prendió el fósforo. La llama se agachó, dudó, y se levantó de golpe.
La salamandra empezó a hablar. Era un sonido que no se parecía a ningún otro: un chasquido seco, un silbido corto, un suspiro. Dora decía que la estufa del cuarto coche cantaba más fuerte que las otras porque estaba ofendida por la abolladura.
—Perdón —dijo Gumersindo en voz baja, y le dio una palmadita a la chapa—. Hoy te traigo la mejor.
A las ocho y media empezó a llegar la gente. Los micros dejaron familias de campera de colores, una pareja de franceses, un grupo de jubilados con termo y mate. Brisa llegó de la mano de su madre, con un gorro de lana con orejas de zorro. Era flaquita, de ojos grandes, y miraba todo como si alguien fuera a tomarle examen.
—Abuelo, ¿este es el tren?
—Este es.
—Es más chiquito de lo que pensé.
—Es de trocha angosta. Setenta y cinco centímetros entre riel y riel. Por eso lo llaman Trochita.
—¿Y por qué lo hicieron tan flaquito?
—Porque la estepa es grande y la plata era poca.
Brisa asintió, satisfecha, como si le hubiera dado la clave de un misterio. Subieron al cuarto coche y se sentaron cerca de la estufa. Los listones de madera estaban fríos, pero el calor de la salamandra ya llegaba en olas pequeñas.
El tren soltó un pitido largo, desparejo, que le erizó la piel hasta a los franceses. Se movió con un tirón suave y empezó a bambolearse hacia el este. Pasaron las últimas casas, los alambrados, un caballo pelado que levantó la cabeza para mirarlos sin ninguna sorpresa. A la izquierda, la cordillera se iba despejando de a poco.
—¿Por qué hay una abolladura? —preguntó Brisa, señalando la chapa.
Gumersindo tardó en contestar. El humo de la estufa subía en un hilo delgado y desaparecía en la rejilla.
—La hizo tu abuela.
—¿Con qué?
—Con una pava. En una curva. Dijo una palabra que no te puedo repetir.
—¿Cuál?
—No te puedo repetir.
—Decímela despacito.
Se la dijo despacito, al oído, y Brisa se tapó la boca con las dos manos y se rio con una risa que era idéntica a la de Dora, ancha, sin freno, de esas que se oyen de un coche al otro. Los jubilados de los termos se dieron vuelta a mirar. Una señora le sonrió a Gumersindo. Él bajó la vista y se frotó la nuca, porque tenía algo en los ojos que no era humo.
El tren siguió su camino, curva tras curva. En una de ellas, la que llaman la del huevo, todos se levantaron para sacarse fotos, y el coche se inclinó un poco, y la pava de la cafetería, tres coches más allá, resonó contra algo. Brisa abrió los ojos enormes.
—¡Abuelo! ¡La pava!
—Es de otro coche —dijo Gumersindo—. Pero el que la lleva dice que la agarra con las dos manos desde que lo supo.
En Nahuelpan, mientras todos bajaban a ver las artesanías y el tren hacía sus maniobras, Gumersindo se quedó un momento sentado en el cuarto coche con la puerta abierta. La salamandra seguía caliente. Adentro, el último tronco se deshacía en brasas rojas, y de a ratos una chispa saltaba contra la chapa y caía sobre la abolladura, y brillaba un segundo en el hueco de la cuchara.
Brisa volvió corriendo con las mejillas coloradas y un llavero de lana en la mano.
—Te compré esto. Es para la carretilla.
Gumersindo lo miró. Era un zorrito torcido, con un ojo más grande que el otro.
—Le va a gustar —dijo, y lo enganchó él mismo al manubrio, ahí, entre el humo y el olor a ñire quemado.
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