Hilario con hache

Hilario Gómez llegó al yerbal antes de que hubiera luz para distinguir un cambito de una rama buena. Era el último día de la zafra y noviembre ya olía a tierra recalentada, aunque a esa hora todavía hacía fresco y el rocío le mojaba los ruedos del pantalón. Traía el machete atado a la cintura, la ponchada doblada bajo el brazo y un mate lavado que se había cebado a oscuras en la cocina de su tía, en las afueras de Oberá.

Era su primera zafra. Dieciocho semanas de cortar, quebrar y atar, de dormir con los hombros ardiendo, de aprender que la hoja que se pasa de golpe se ennegrece y que la que se junta mal pesa menos. Había aprendido también que en la balanza del campamento, un pilón de hierro colgado de un trípode de rollizos, se decidía todo lo que valía su día.

—Ya vas a ver que hoy cae la lluvia —dijo Nicasio, que cortaba dos filas más allá y no hablaba salvo para anunciar desgracias.

Hilario miró el cielo. Al sur, sobre la picada, había una nube del color de una olla vieja.

—Para las tres —insistió Nicasio—. Y para entonces no quiero ver ni un raído tirado.

Trabajaron sin hablar. El sonido del machete contra las ramas era seco y parejo, y cada tanto se oía el crujido de la hoja cuando la separaban del tallo con la mano. Hilario tenía los dedos curtidos, con unas grietas negras en las yemas que ya no le dolían. Al mediodía llevaba tres ponchadas atadas, y cada una, al levantarla, le tiraba de la columna como si alguien quisiera devolverlo al suelo.

Lo que lo apuraba no era la plata. Era otra cosa, más chica y más tonta, que no le había contado a nadie.

Desde la primera semana, Aníbal, el pesador, anotaba los kilos en una planilla con tapas de cartón, y al lado de cada kilaje escribía el nombre del tarefero. Escribía despacio, con la lengua entre los dientes. Y en toda esa planilla, página tras página, el nombre de Hilario decía «Elario». Sin hache, con una ele de más que a veces parecía una i. Al principio le dio risa. Después, cuando la tía le explicó que la cooperativa pagaba el aguinaldo y el certificado de trabajo según lo que dijera esa planilla, dejó de dar risa. Y como él no se animaba a corregirlo, porque Aníbal tenía sesenta años, una barriga como un tonel y la costumbre de callar a quien le cuestionaba la letra, la cosa había quedado así, semana tras semana.

A las dos y cuarto, con el cielo ya del color del plomo y el viento revolviendo las hojas, Hilario ató la última ponchada. Entre los cuatro raídos del día sumaban, según la cuenta que llevaba en la cabeza, casi cuatrocientos kilos. Se echó el primero al hombro y caminó hasta el camino de tierra, donde el camión esperaba con las lonas atadas.

La balanza estaba bajo un alero de chapa. Aníbal tenía el lápiz en la oreja y el termo entre las rodillas. Colgó el primer raído del gancho, corrió el pilón con un dedo hasta que la barra quedó recta, y cantó:

—Ciento dos.

Escribió. Hilario miró la planilla, y ahí estaba otra vez, torcida y firme: Elario, 102.

—Don Aníbal.

—Qué.

—Mi nombre lleva hache.

Aníbal levantó la vista despacio. En el campamento nadie dijo nada. Nicasio, que esperaba con su propio raído, estudió el techo de chapa.

—¿Qué hache?

—Hi-la-rio. Al principio. Hilario.

—Yo escribo como se dice.

—Se dice con hache. Es decir, no se dice, pero se escribe.

Aníbal resopló. Tomó el lápiz de la oreja, lo dio vuelta entre los dedos, y a Hilario le pareció ver algo que no había visto en dieciocho semanas: una cosa torpe, casi asustada, en la mandíbula de ese hombre grande.

—Mirá, pibe —dijo en voz baja—. Hace treinta años que peso yerba y nadie me preguntó nunca cómo se escribe nada. Yo anoto lo que oigo. Lo que oigo, lo anoto.

—Y yo lo único que quiero es que diga bien.

Cayó la primera gota sobre la chapa, gruesa, y después otra, y después el ruido empezó a crecer. Los que esperaban se arrimaron al alero. El camión puso las balizas.

Aníbal miró la planilla, miró el lápiz, miró a Hilario.

—Escribilo vos.

Le alcanzó la tapa de cartón. Hilario tomó el lápiz, que estaba tibio de la oreja, y en la primera línea, sobre el «Elario», tachó con cuidado y escribió encima, con las letras que le había enseñado la maestra de la escuela de Campo Viera: Hilario Gómez. Después fue página por página hasta el principio, con la lluvia golpeando cada vez más fuerte y ocho hombres mirándolo sin apuro, y en cada renglón puso la hache que faltaba. No la escribió de golpe sobre la ele: la hizo prolija, con el palo largo y el puentecito.

Cuando terminó, Aníbal sacó del bolsillo el pañuelo y se secó la cara, aunque no estaba mojada.

—Ahora sí —dijo—. Pesemos el segundo.

Cargaron los raídos bajo el agua, entre gritos y maldiciones, con las lonas ya empapadas y el olor a hoja verde subiendo como un humo fresco. Hilario subió al camión de los últimos, sentado sobre un bulto, y cuando el motor arrancó sacó el mate de la mochila. Estaba frío y le sabía a lata. Pero antes de cebarlo, por si acaso, se pasó el dedo por la planilla que Aníbal le había dejado guardar un segundo, para ver si la hache seguía ahí, negra y derecha, resistiendo el agua.

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