A las nueve y diez de la mañana, la guillotina de la imprenta Ledesma mordió el último pliego azul y Brenda supo que algo andaba mal. Sobre la mesa había tres montañas de tiras: la azul, alta y pareja; la blanca, que no le habían pedido pero sobraba; y la amarilla, que le llegaba apenas a las rodillas de la otra.
—Tano me pidió sesenta kilos, mitad y mitad —dijo en voz alta, porque en el local de Cordiviola, a cuatro cuadras del Gigante, nadie más la iba a escuchar un domingo.
Pesó el amarillo en la balanza de la verdulería de al lado, que le prestaba la doña de los zapallos con la condición de que no la mencionara en ninguna factura. Catorce kilos. Le faltaban dieciséis. El partido era a las cuatro y media de la tarde, el delegado de la peña pasaba a buscar las bolsas a las doce y media, y el proveedor de papel de Pérez, el único que atendía en feriados, tenía el teléfono apagado desde el viernes.
Brenda se sentó en el banquito de la guillotina y se tapó la cara con las manos, que le olían a tinta y a mate lavado. Tenía treinta y un años y un secreto que había guardado desde la primaria: de chica, su papá la llevaba al Parque Independencia con una bufanda roja y negra escondida en la mochila. Cuando él murió, ella se quedó con la imprenta, con las deudas y con el contrato de los papelitos de Central, que era lo que pagaba la luz de todo el año. Nunca le había contado a nadie para quién gritaba. Con el clásico se hacía el tercio de la facturación, y no pensaba perderlo por una cuestión de colores.
Revisó el depósito dos veces. Resmas de blanco, un rollo de cartulina verde fluo de una campaña de vacunación, cajas de sobres. Nada de amarillo. Entonces miró hacia el fondo, donde estaba la puerta del galpón de su tío Hugo, que había compartido la imprenta con su papá y que, desde que se jubiló, venía a regar el jazmín del patio y a no tocar nada.
—Ahí atrás hay cosas viejas —dijo el tío cuando lo llamó, con la voz de siesta—. Fijate en los estantes de abajo. Los triplicados.
Eran paquetes atados con hilo sisal, cada uno del alto de una guía telefónica. Brenda cortó el hilo del primero y el papel amarillo, finísimo, crujió como cáscara de cebolla. Remitos. Formularios de tres copias, de los que se usaban en los galpones del puerto y en las fábricas del norte, con la copia amarilla abajo para el que recibe la mercadería. Estaban impresos con letra gris y en cada hoja se leía lo mismo: “Recibí conforme”. Había miles. Veinte años de remitos que nadie había vuelto a pedir cuando las empresas se pasaron a la computadora.
Hizo la cuenta de memoria. Alcanzaban y sobraban. Solo que no eran papel liso.
—No se nota —se dijo—. Con las tiras de un centímetro no se lee nada.
Pasó la mañana cortando. La guillotina bajaba con ese golpe seco que le temblaba en los brazos, y las tiras caían del lado amarillo en una nieve finita, con restos de palabras: un “recibí”, un “conf”, un número de comprobante, una raya de firma. Cuando abrió la primera bolsa para chequear el mezclado, vio que una tira había quedado derecha sobre las demás, como una lengüeta, y decía “conforme”.
A las doce y veinte llegó el Tano en una Kangoo con la puerta trasera atada con alambre. Era un tipo ancho, con la camiseta puesta desde las ocho de la mañana, y levantaba las bolsas de a dos como si fueran almohadones.
—Sesenta kilos —dijo ella—. Los treinta de arriba son los amarillos. Son un poco más finitos que otros años.
—Mejor, así vuelan más —contestó el Tano. Abrió una bolsa, metió la mano hasta el codo y sacó un puñado. Lo miró de cerca. Ella dejó de respirar. Él entrecerró los ojos.
—Qué es esto, ¿tiene letras?
—Es papel reciclado —dijo Brenda, y le salió firme, que fue lo que más la sorprendió—. Remitos viejos del puerto. De acá, de Arroyito. Algo así como la historia del barrio.
El Tano se quedó un rato con el puñado en la mano. Después se lo guardó entero en el bolsillo del pantalón.
—Mi viejo trabajaba en un galpón de esos —dijo—. Firmaba todos los días. Mi vieja guardaba los comprobantes en una lata de Terrabusi.
Cargó las bolsas y ella lo ayudó con las últimas. Antes de arrancar, el Tano bajó la ventanilla.
—¿Vos venís hoy?
—Yo miro desde casa —mintió Brenda.
Se quedó parada en la vereda hasta que la Kangoo dobló en la esquina de Génova. Después cerró la persiana a medias, prendió la radio y se sirvió un mate con el termo que le había dejado su papá. No sabía para quién iba a gritar un gol. No lo sabía desde hacía veintidós años.
A las cuatro y veinte, por la ventana abierta, el estadio empezó a rugir como una máquina grande arrancando. Subió el volumen. Escuchó el tambor, el coro, ese segundo en que todo el barrio contiene el aire. Y entonces, tres cuadras más allá, vio el cielo: una nube dorada que subía, giraba y empezaba a caer por encima de los techos bajos.
Algunos pedacitos amarillos, livianos como el humo, llegaron hasta la vereda de la imprenta empujados por el viento del río. Uno se le posó en el hombro. Brenda lo levantó con dos dedos y lo leyó a contraluz.
Decía “recibí”.
Lo dejó sobre la mesa, al lado de la guillotina, y se quedó mirándolo hasta que alguien, a lo lejos, gritó un gol que no supo de quién era.
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