Debajo del asiento de madera

Esteban Carrizo llegó a Carabobo a las nueve y diez de la mañana con una campera que no hacía falta, porque en enero la boca del subte largaba un aire tibio que olía a grasa vieja y a pasto mojado de la plaza. Traía a su nieta de la mano. Lucía tenía doce años y un celular con la pantalla rajada, y desde Villa Luro venía preguntando por qué había que levantarse tan temprano para subirse a un tren.

—Porque hoy se los llevan —dijo él.

—¿Adónde?

—A donde se llevan las cosas que ya no sirven.

Ella no contestó. Esteban tampoco quiso explicar más. Había pasado treinta y ocho años en el taller Polvorín, en Emilio Mitre y José Bonifacio, y ninguna frase le alcanzaba para eso.

Compró dos viajes en la boletería. Bajaron la escalera despacio, él con la mano en el pasamanos, y en el andén había más gente de la habitual: señores con cámaras, una chica con un cartel hecho a mano, dos guardas con la mirada baja. Cuando entró el tren, el ruido le subió por las piernas antes de llegarle a los oídos. Un chirrido largo, un bamboleo, el celeste desteñido de la madera. Los belgas, les decían. O las brujas.

Esteban no subió al primero. Dejó pasar uno, después otro, y miraba los números pintados en los costados. Lucía le tironeó de la manga.

—Abuelo, nos vamos a quedar.

—Esperá. Es el veintidós.

Lo había calculado durante dos semanas, con una libreta, sumando recuerdos. En 1971 tenía diecisiete años y era el aprendiz más flaco del taller. El oficial Brandán lo mandó una tarde a cambiar los tornillos de un asiento del veintidós, y mientras esperaba que el barniz se secara, con un clavo de tapicero y una paciencia que después nunca más tuvo, Esteban había raspado dos letras en la cara de abajo de la tabla: una E y una N. Norma. Trabajaba en la panadería de la esquina de Bonifacio, le regalaba una factura cada viernes, y él nunca le había dicho nada. Las letras eran toda su declaración.

Cuando por fin apareció el veintidós, lo reconoció por la abolladura de la plataforma. Las puertas se abrían con la mano, y Lucía empujó una con las dos manos mientras la madera crujía como una rama. Adentro hacía calor. Los espejos tenían las manchas de sesenta años de respiraciones, y las lámparas colgaban con sus pantallas de vidrio amarillento. Se sentaron del lado de la ventanilla. El asiento estaba duro, liso, brilloso de tantos pantalones.

—Esto es de madera de verdad —dijo Lucía, tocando el respaldo.

—De la mejor que había en Bélgica.

El tren arrancó con un tirón que los tiró hacia atrás. Salieron de Carabobo, pasaron Puan, y Esteban empezó a contar estaciones en voz baja, como cuando era chico. Primera Junta. Acoyte. Río de Janeiro. En cada una subía gente con teléfonos en alto y bajaba gente que se quedaba mirando al tren irse. Un hombre le sacó una foto a la ventanilla sin pedir permiso. Una señora mayor lloró un poco sin hacer ruido, con la cartera apretada contra el pecho.

En Castro Barros, Esteban se agachó. Le costó, porque la rodilla izquierda hacía años que le discutía todo. Metió la cabeza casi hasta el piso, con la mejilla pegada a la pata de hierro, y levantó el brazo para tocar el reverso de la tabla.

—Abuelo, ¿qué hacés?

—Prestame la linterna del celular.

Ella se la dio. La luz blanca barrió la madera oscura, llena de nudos, de manchas, de tornillos nuevos y viejos. Había marcas de lapicera, de llave, de fibra. Un corazón mal hecho. Una fecha de 1998. Un nombre largo, borroso. Esteban fue moviendo el haz centímetro a centímetro, y cuando ya sentía que el cuello no le daba más, apareció.

Una E. Una N. Finitas, hundidas, casi rellenas de mugre. Estaban más abajo de lo que recordaba, y alrededor tenían otras letras que nadie le había pedido que respetaran.

Se quedó mirando. Lucía se había agachado a su lado sin que él lo notara.

—Ahí dice algo más —susurró ella.

Esteban no había visto. Debajo de la N, con un trazo distinto, más prolijo, de punta de compás o de aguja, alguien había agregado cuatro letras en renglón aparte: «y yo».

Tardó en entender. Le hormigueó la cara. Pensó en la panadería, en el delantal, en una chica que seguramente no sabía leer lo que él nunca se animó a decir, y que sin embargo, en alguna tarde de 1971 o de 1972, había subido a un coche como ese, se había sentado en ese mismo asiento y había dado vuelta la cabeza.

—¿Quién es Norma? —preguntó Lucía.

—Una vecina del barrio.

—Mentira.

Esteban soltó una risa corta, de nariz.

—Una panadera. Dejame levantarme, que se me duerme la pierna.

Ella lo ayudó a incorporarse. Se sentaron otra vez. El tren pasó Loria, pasó Miserere, y el cartel de Pasco apareció y se perdió entre las luces. Esteban miraba la ventanilla sin ver nada. Cuando el coche empezó a frenar en Plaza de Mayo, los fotógrafos ya esperaban en el andén, y la chica del cartel levantó el suyo: GRACIAS, VIEJAS.

—Vamos, abuelo.

—Andá bajando vos.

Lucía bajó. Esteban se quedó un segundo más, con la mano abierta sobre el asiento, apoyada en la madera tibia, y apretó apenas, como se aprieta un hombro. Después se puso la campera, aunque hacía calor, y salió al andén con el paso corto y firme de los que van a llegar tarde a una panadería.

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