Veinte kilos de torrontés

Jésica Mamaní cumplió quince en febrero y en marzo ya tenía manos de cosechera: pegajosas hasta la muñeca, con un tajo chico en el pulgar que no recordaba haberse hecho. Eran las seis y diez de la mañana. El sol todavía no había pasado la cresta del cerro, pero bajo el encatrado de la finca, a la salida de Cafayate por el camino al Río Colorado, ya se oía el crac de las tijeras y el golpe de los cajones plásticos contra la tierra.

—Esta fila es nuestra —dijo Norma, su mamá, y le señaló dos hileras de torrontés con el mentón, porque tenía la muñeca derecha envuelta en una venda elástica color piel.

Jésica asintió. No habían hablado de la venda. Habían hablado, en cambio, del micro de las cinco de la mañana del jueves a Salta, del turno con el traumatólogo del hospital y de lo que costaba faltar a un día de trabajo cuando se cobra por cajón. La cuenta la había hecho Jésica en el reverso de un sobre de la luz: con sesenta cajas entre las dos antes del miércoles, alcanzaba el pasaje, el almuerzo y el día perdido. Hoy tenían que hacer veinte.

—Se corta el racimo entero, no lo desgranes —le recordó Norma—. Y no te pongas en la fila de los grandes, que ahí la uva cuelga alta y te vas a querer parar en el cajón.

—Ya sé, má.

Al principio fue una cuestión de aprender dónde apoyar el cuerpo. La uva colgaba bajo las hojas, dorada y apretada, con ese polvito blanco que se queda en los dedos, y el olor era el de una flor a la que alguien le hubiera echado azúcar. Las avispas rondaban los racimos más maduros. Jésica aprendió a esperar a que se fueran antes de cortar. Aprendió también que el cajón de veinte kilos pesa mucho más a la hora de levantarlo que a la hora de llenarlo.

A las ocho y media el capataz, don Ismael, pasó con el tractor y el acoplado y fue marcando con tiza en una pizarra de mano. Jésica ya tenía siete. Norma, cuatro, porque trabajaba con la mano buena y la otra de ayuda, como una pinza torpe.

—Dale, nena —dijo don Ismael, sin parar el tractor—. Con ese ritmo te nombro mi mejor cortadora.

Jésica no se rió. Estaba contando.

Hacia las diez, una de las mujeres de la fila de al lado levantó la cabeza y se quedó mirando al oeste. Por encima del cerro, sobre el lado de la quebrada, el cielo se había puesto de un gris azulado que no tenía nada que ver con el celeste de recién. El aire dejó de moverse. Las hojas quedaron quietas, como si alguien las hubiera apagado.

—Viene feo —dijo la mujer, bajito.

Don Ismael frenó el tractor y se paró en el estribo. Miró el cielo un largo rato, con la mano de visera.

—Puede ser piedra —dijo al fin—. Puede que no. Pero si es, la uva que no está en el acoplado no se salva. Apúrense.

Nadie gritó. En la vendimia nadie grita; se corta más rápido y punto. Jésica empezó a oír el ritmo de las tijeras acelerándose a su alrededor, el crac, crac, crac de veinte personas que de pronto tenían la misma cuenta que ella.

—Mamá —dijo—, pasate a mi fila. Vos cargá, yo corto.

—Jésica…

—Cargá.

Norma abrió la boca y la cerró. Dejó la tijera en el bolsillo del delantal, agarró el cajón con el antebrazo bueno y lo arrastró hasta el pasillo, y de ahí en adelante la fila fue un solo movimiento: la tijera de Jésica, el racimo cayendo en el cajón, el cajón llenándose, la mano de Norma sacando el cajón lleno y poniendo uno vacío. Jésica ya no oía nada, salvo cuando algo le pegó en la nuca, una gota gruesa y fría, y después otra en el dorso de la mano. Siguió cortando.

Cayeron dos piedritas del tamaño de un garbanzo. Rebotaron en la tierra con un ruido seco. Después cayeron unas gotas más, y el olor a polvo mojado subió de golpe, tan fuerte que Jésica sintió que se le cerraba la garganta. Entonces, tal como había llegado, el gris se corrió hacia el sur, hacia Tolombón, arrastrando la sombra por encima de los cerros. El sol volvió a pegar sobre los cajones y las hojas mojadas brillaron como si las hubieran barnizado.

Nadie dijo nada durante un minuto. Alguien se rió. Después otro. Don Ismael se bajó del estribo, se sacó el sombrero y se pasó el brazo por la frente.

—Esta vez nos perdonó —dijo—. Hoy no pasa nada. Cuenten lo que tienen.

Jésica se enderezó. Le dolía la espalda, ahí donde nunca había sabido que tenía músculos. Tenía las manos moradas de jugo y las uñas negras. Norma se había sentado sobre un cajón vacío con la muñeca contra el pecho, como a un pájaro.

Don Ismael pasó por la fila con la pizarra y fue contando cajones con el dedo, moviendo los labios. Cuando llegó al final se quedó un momento mirando la tiza.

—Veintitrés —dijo—. Entre las dos, veintitrés. Anoto todo a nombre de la mamá, ¿no?

—Anótelos a nombre de las dos —dijo Norma.

Don Ismael levantó las cejas, pero escribió. Jésica vio las dos letras, una J y una N, una pegada a la otra, y la raya al lado con veintitrés palitos.

A las dos de la tarde se subieron al camión que las bajaba al pueblo, con los cajones atrás y el viento tibio entrándoles por la ventanilla. Jésica sacó el sobre de la luz del bolsillo y tachó el veinte. Escribió veintitrés. Le sobraban tres para mañana.

Norma, sin decir nada, le tomó la mano manchada y se la llevó a la cara, como se hace con un chico que se golpeó. La apoyó contra la mejilla y respiró hondo.

—Qué olor —dijo—. Parece flor.

Jésica miró la ruta que se iba abriendo entre los cerros rojos y se dejó oler.

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