A las tres y diez, cuando el tren de la tarde entraba a la parada de La Macarena con el humo bajo y el silbido largo, Wenceslao Haro ya estaba en su lugar: junto al cartel de madera, con el traje de rayas grises y negras, la gorra de paño y el número 117 cosido en el pecho. Hacía diecinueve inviernos que era preso. Cobraba por eso, con recibo de sueldo y obra social.
El oficio tenía sus reglas. Había que sostener el hacha de utilería sin mirar a cámara, dejarse sacar la foto con los turistas, cobrar la propina en una lata de aceitunas y devolver el cambio sin romper el personaje. A los guardas, vestidos con capote azul, les tocaba el silbato. A él le tocaba cara de condenado, que a esa altura le salía sola con el viento del valle.
Esa tarde el Pipo bajaba ancho y marrón, cargado de deshielo, y del lado del Cerro Guanaco entraba una llovizna finita que se pegaba a los vidrios del tren. Los coches vomitaron turistas con camperas de colores, celulares en alto, gorros con pompón. Una señora se persignó al verlo. Dos chicos le pidieron que pusiera cara fea. Un jubilado de Rosario le sacó la mano para saludarlo, como a un colega.
—Mucho gusto, soy Ernesto. Yo trabajé treinta años en la Fabril.
—Wenceslao —dijo él—. Pero acá soy el ciento diecisiete.
Ernesto se rió y dejó cinco mil pesos en la lata.
Fue después, mientras acomodaba la manta sobre el tronco donde se sentaba entre tren y tren, que sintió un tirón en la manga. Era una nena de unos siete años, de rulos mojados, con un gorro rosa que le tapaba las orejas. Hablaba en portugués y señalaba el número del pecho.
—Ela quer saber se você é um preso de verdade —tradujo un hombre que venía atrás, con un termo y cara de cansancio—. Disculpe. Desde que subió al tren que pregunta lo mismo.
Wenceslao se agachó. Le dolían las rodillas, y ese dolor era lo único auténtico de todo el atuendo.
—Preso preso, no —dijo, y después, como la nena no entendía, repitió despacio, sacudiendo la cabeza—. Soy de mentira. Pero los de verdad existieron.
El padre tradujo. La nena frunció la boca, como si la respuesta le pareciera una estafa menor, y señaló el tronco: ¿y por qué estaba ahí, entonces? Wenceslao miró el valle. Lo había contado mil veces con el mismo tono de guía: el presidio, la leña, los rieles, la locomotora que se llamaba La Coqueta y que paraba en esta misma curva a cargar agua. Esa tarde le salió distinto, más lento.
—Porque acá se paraba el tren de los presos —dijo—. Venían a cortar madera para calentar el pueblo. Hacía el mismo frío que hoy, pero con ropa peor. Los guardas tocaban el silbato para volver. Si alguien se quedaba mirando el río, se quedaba.
—¿Y vos te quedás mirando el río? —preguntó el hombre, traduciendo una pregunta que la nena ya había hecho con los ojos.
—Todos los días —dijo Wenceslao—. Es lo único que se puede hacer sin que nadie te lo mande.
La nena asintió, muy seria. Se sacó del bolsillo un caramelo de miel, lo apoyó en la palma de él y se fue hacia el mirador sin esperar la traducción. Wenceslao quedó con el caramelo en la mano, con el número 117 mojado de garúa. Nunca nadie le había pagado en caramelos. Se lo guardó en el bolsillo del pantalón de rayas, donde la tela era más gruesa.
Esa noche, en la casa de Andorra, mientras la estufa de leña le secaba las botas, su mujer le preguntó por qué sonreía con la sopa. Él dijo que por nada. Al rato, que había conocido a una colega.
A las tres y diez del día siguiente el tren volvió a entrar por el Puente Quemado, con el humo bajo y el silbido largo, y los guardas de capote azul bajaron primero. Wenceslao se acomodó la gorra, enderezó el número y se quedó mirando el río, un rato más de lo que mandaba el guion, hasta que sonó el silbato y todos volvieron a subir.
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