A las diez de la noche, con la persiana a medio bajar y el ventilador de pie girando para ningún lado, Aníbal Sotelo clavaba la última tachuela en el taco de unas sandalias de raso rojo. Hacía cuarenta y un años que tenía la zapatería en Cambá Cuá, pegada a la verdulería de los Ayala, y en febrero, como todos los febreros, la vereda olía a cola de contacto, a cuero mojado y a mandarina podrida de la bolsa que alguien había dejado en la esquina.
Faltaban tres días para la primera noche del corso. Desde enero le habían llegado doscientos pares: tacos que se aflojaban, correas que cedían con el sudor, suelas que se despegaban después del ensayo en la avenida. Los pasistas bailaban con el calzado en la mano hasta el último minuto y se lo calzaban recién en la fila, frente al cordón de seguridad. Aníbal lo sabía. Por eso cosía doble.
Cuando sonó la campanita de la puerta ya había dado por cerrado el día.
—Don Aníbal, perdone la hora.
Era una chica de unos veinte años, con el pelo recogido en un rodete y una bolsa de supermercado colgando de la mano. Tenía el delantal de una casa de comidas todavía puesto. Dejó la bolsa sobre el mostrador y sacó de adentro un par de zapatos de baile color champán, de taco bajo, con la punta gastada y una tira de elástico remendada con hilo azul.
—Eran de mi abuela —dijo—. Los usó en la comparsa cuando se armó la primera, allá por el sesenta y pico. Yo desfilo el sábado en el grupo de las abuelas. Quiero decir, desfilo en su lugar. Ella ya no puede.
Aníbal agarró un zapato y lo giró contra la luz del tubo. Era cuero de cabritilla, cosido a mano, de esos que ya no entraban al local. La suela estaba partida al medio, de lado a lado, como una galleta.
—Esto no va más, nena.
—Ya sé.
—No es que no quiera. Es que la suela se rindió. Habría que cambiarla entera, y el cuero de arriba está más seco que pan de ayer. Si lo tocás, se rompe.
La chica no dijo nada. Miró el piso, las virutas de goma, el calendario de la Virgen de Itatí colgado de un clavo. Se llamaba Brisa. Lo dijo después, cuando él le preguntó, para decir algo.
—Mi abuela Ramona dice que si no desfilo con estos, no desfilo. Que ella los usó la primera noche en que las comparsas bajaron por la avenida Costanera, cuando todavía no había corsódromo y las plumas las traían de Brasil en cajas de manzana. Dice que bailó con esos zapatos tres horas y que no se le soltó ni un hilo.
—Tu abuela tiene buena memoria.
—Tiene noventa y uno. Se acuerda de todo menos de lo que desayunó.
Aníbal sonrió sin querer. Dejó el zapato sobre el paño. Le dio vueltas a la idea un rato largo, mientras el ventilador movía el calendario y desde la cuadra de al lado venía un bombo de ensayo, tres golpes y una pausa, tres golpes y una pausa.
—Mirá —dijo al fin—. Yo no te puedo arreglar estos zapatos. Pero te puedo hacer otros adentro de estos.
—¿Cómo adentro?
—Los desarmo con cuidado. Saco el forro y la plantilla vieja. Armo una suela nueva y un contrafuerte nuevo, y el cuero de la abuela queda como cáscara, cosido por encima. De afuera son los de ella. De adentro, son míos.
—¿Y se puede?
—Se puede. Pero no te prometo que vayan a quedar iguales.
—No quiero que queden iguales —dijo Brisa—. Quiero que aguanten.
Trabajó dos noches. La primera, hasta las tres de la mañana, descosió con una hoja de afeitar cada punto original, uno por uno, tratando de no leer demasiado en la letra de la costurera: puntadas chiquitas, parejas, con un nudo particular que él nunca había visto, doble y torcido. La segunda noche cortó la suela nueva con el cuchillo de media luna y la pegó con tiento, sin apurar el secado. Para el taco, usó un trozo de la madera de una banqueta que se le había roto a su mujer, que en paz descanse. No se lo dijo a nadie.
El viernes a la tarde, Brisa volvió con la abuela.
Ramona venía en silla de ruedas, con una manta de lana pese a los treinta y ocho grados. Tenía las manos como raíces. Sin decir nada, extendió el brazo y Aníbal le puso los zapatos en el regazo. Ella los palpó con la yema de los dedos: la costura, la punta, el lugar justo donde antes el cuero se había plegado por el uso. Después los dio vuelta y miró la suela nueva, clara, sin una sola mancha.
—Esto no es mío —dijo.
Aníbal se secó las manos en el delantal.
—No, señora. La suela es nueva.
—Ya veo. —La vieja siguió tocando—. Pero el resto sí. Hasta el hilo azul.
Hubo un silencio corto. Por la puerta entraba el sol de la tarde, ancho, anaranjado, con polvo flotando adentro.
—Se los voy a dejar a la nena —dijo Ramona—. Usted me hizo un favor, que es no hacer como que no se rompió.
No quiso que le pagaran. Brisa dejó igual los billetes doblados bajo el pisapapeles, y Aníbal los encontró recién cuando cerró.
El sábado, a la una de la mañana, estaba parado detrás de la valla del corsódromo Nolo Alías, con la camisa más buena y un vaso de cerveza tibia. Cuando pasó el grupo de las abuelas, buscó el rodete, los zapatos champán. Los vio entre las plumas y las luces, subiendo y bajando sobre el asfalto con un ritmo que él conocía, el de tres golpes y una pausa.
No se soltó ni un hilo.
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