A las doce y veinte, Noemí Ledesma ya tenía los avisos ordenados sobre la mesa de la radio, con el broche de ropa que usaba para que el aire de la ventana no se los llevara. Eran nueve papeles. Una remisería de Victorica avisaba que los martes no salía a los parajes. Un chico de la escuela de Telén le recordaba a su tío que lo esperaban con la garrafa. Y el último, escrito con lápiz de carpintero sobre el dorso de una factura de la cooperativa, era el de siempre: «Ceferino Arancibia le avisa a su hermana Eulogia, en Santa Rosa, que está todo bien».
Hacía once años que ese aviso salía todos los viernes. Noemí lo había leído con resfrío, con la voz quebrada y una vez con el hijo con fiebre en el pasillo del estudio. Nunca había conocido a Ceferino. Sabía que vivía en un puesto sobre la ruta 105, entre los caldenes, y que alguien se lo alcanzaba hasta la radio cada semana: primero un camionero, después una maestra, ahora un chico que pasaba en bicicleta y lo metía por debajo de la puerta.
Ese viernes de octubre el pampero empezó a las once. Primero fue un zumbido en las chapas del techo, después una nube color ladrillo que se comió la plaza Héroes de Cochicó, y a las doce y veinticinco, con Noemí ya sentada frente al micrófono, la luz hizo un clac y el estudio se quedó a oscuras. Se apagó el transmisor. Se apagó la lamparita roja de «Al aire». El único ruido que quedó fue el del viento revolviendo las ramas contra el vidrio.
—¡Ay, no! —dijo Noemí, a nadie.
Probó el interruptor tres veces. Salió al pasillo y miró el tablero. Llamó a la cooperativa desde el teléfono de línea, el beige, que seguía funcionando porque nadie se acordaba de que existía. Le dijeron que el viento había tirado una línea cerca de la laguna y que a las tres, con suerte.
Tres horas. Eulogia, en una cocina de Santa Rosa, tenía la radio prendida desde las doce y cuarto. Eso lo sabía Noemí porque una vez, hacía años, había llegado una carta con letra temblorosa que decía: «Gracias por la voz. Yo me siento con el mate y lo escucho a mi hermano». Nada más. Sin remitente.
Se quedó mirando el papel. No era un mensaje importante, no avisaba de una muerte ni de un parto ni de un camión varado. Decía que no pasaba nada. Pero lo que Eulogia escuchaba, en verdad, era que su hermano seguía vivo un viernes más, y para eso hacía falta que alguien dijera su nombre en un aire que llegara.
Entonces golpearon la puerta del estudio. Dos golpes secos, de nudillo duro.
Era un hombre flaco, con boina clavada hasta las cejas, botas con tierra colorada y un sobre de papel madera en la mano. Detrás, apoyada contra la pared del pasillo, había una bicicleta.
—¿Usted es la que lee? —preguntó.
—Soy Noemí.
—Ceferino. —Se sacó la boina—. El chico no pudo venir con este viento, se le voló una rueda. Me vine yo. Fueron veintidós kilómetros en la camioneta, y casi me da vuelta en la curva del médano.
—Don Ceferino, no hay luz. No salimos al aire.
Él miró alrededor, la lámpara apagada, los auriculares colgados, el micrófono mudo como un hueso. Se lo veía más chico adentro del estudio que afuera.
—Entonces no sale.
—No sale hasta las tres.
—Ella se sienta a las doce y media. Hace once años que se sienta a las doce y media.
Noemí lo supo ahí. No tuvo que pensarlo. Agarró el teléfono beige, lo puso sobre la mesa, entre los dos, y le pidió a Ceferino que le dijera el número. Él lo dijo despacio, de memoria, con el área de Santa Rosa y todo. Sonó cuatro veces.
—¿Hola? —dijo una voz finita, del otro lado—. ¿Quién es?
—Eulogia, soy Noemí, de la radio de Victorica.
Hubo un silencio largo, de esos que tienen un hervor atrás.
—¿Le pasó algo a Ceferino?
—No, no. Está acá, al lado mío. Se cortó la luz y no pudimos salir al aire, pero él quería que usted escuche su aviso. Se lo voy a leer por teléfono, si le parece.
—Ay, nena. —Y la voz se achicó—. Leémelo como en la radio, por favor. Yo estoy acostumbrada a como lo lee.
Noemí se acomodó en la silla. Se enderezó, aunque nadie la veía. Enderezó el papel contra el tablero apagado. Tomó aire por la nariz, como le habían enseñado en el curso de locución hacía treinta años en un salón de Santa Rosa, y habló con la voz que usaba para el aire, la de las doce y media, la que no era más grave que la suya pero sí más lenta.
—Mensaje al poblador rural. Ceferino Arancibia le avisa a su hermana Eulogia, en Santa Rosa, que está todo bien.
Del otro lado se oyó que algo se apoyaba sobre una mesa, quizás una pava, y después una respiración.
—Otra vez —pidió Eulogia—. Que lo oiga la vecina, que está acá.
Noemí lo leyó otra vez. Ceferino, parado junto a la puerta, con la boina apretada entre las dos manos, miraba el micrófono apagado como si de verdad fuera a salir de ahí la voz. Afuera, el pampero seguía arrancando polvo de la calle, y en el techo de chapa alguna cosa suelta golpeaba al ritmo de una cumbia lenta.
—Dígale que el viernes que viene también —dijo Eulogia, ya riéndose un poco—. Y que se corte el pelo.
—Dice que el viernes que viene también —repitió Noemí—. Y que se corte el pelo.
Ceferino se puso la boina, y se la volvió a sacar.
—Que no se le acabe el crédito —dijo, y dejó en la mesa las dos fichas de la cooperativa que tenía en el bolsillo, como si el teléfono las necesitara.
A las tres menos diez volvió la luz. La lamparita roja se encendió sola, sin que nadie la tocara, y Noemí la miró un rato largo. Después acomodó los nueve avisos y empezó otra vez desde el principio, por la remisería. Ya no hacía falta que el último saliera al aire, pero lo leyó igual, para que lo oyera el viento, que ahí afuera sabía tan bien como ellos que todo estaba bien.
Leave a Reply