A las nueve y media de la noche, con la última luz azul todavía colgada sobre el canal, Graciela Aguirre subió a la cabina de la pisanieves y se quedó un rato quieta, con las manos en las rodillas. Abajo, en la base del Cerro Castor, apagaban las luces del restaurante de a una. Arriba, en la ladera sur, la nieve de octubre estaba pesada y mojada, de esa que se pega a las orugas como mermelada.
Era el último fin de temporada de sus treinta y un años en la montaña. El lunes empezaba la jubilación, y lo único que Graciela había pedido, en una reunión corta y un poco torpe, era una noche más con la máquina. Le dijeron que sí sin preguntar para qué.
Tenía una sola pista en la cabeza: Caminito del Bosque, dos mil trescientos metros entre las lengas, de la cota 480 hasta el pie del cerro. La pista más mansa y más larga. La que su nieto Mateo, de siete años, iba a bajar al día siguiente por primera vez sin que nadie lo agarrara de la campera.
Giró la llave. El motor tosió, agarró, y la cabina se llenó del olor de siempre: gasoil, café frío y el abrigo húmedo que colgaba del gancho desde hacía una década. Prendió los faros. Dos cuchillos amarillos abrieron la oscuridad y la nieve se puso a brillar como sal gruesa.
Subió despacio por la traza, con la pala adelante y la fresa atrás, mirando el borde del bosque. De chica, en Río Grande, nunca había visto esquiar a nadie. Llegó a la montaña a los veintitrés, para cocinar en un refugio, y se quedó cuando un jefe le dijo: “Vos tenés pulso para esto. Probá.” La primera vez que manejó la máquina, se le trabó el brazo izquierdo de los nervios. Después aprendió a oír la nieve por el motor: cuándo estaba dura, cuándo estaba cansada, cuándo estaba lista para recibir a alguien.
En la cota 480 frenó. Abajo, muy lejos, las luces de Ushuaia se apretaban contra el Beagle como brasas en un fogón, y al otro lado del agua, negro y grande, estaba Chile. Graciela apagó la radio un minuto, solo para sentir el silencio.
Después empezó a bajar, y trabajó como nunca. Peinó la nieve en franjas, primero la ida y después la vuelta, volcando los bultos hacia los costados, aplastando la costra donde el sol del mediodía había dejado huellas. Dos veces paró, bajó de la cabina y se arrodilló en la nieve con un guante puesto y el otro no, para tocarla con la palma. En la curva de los lengas dobladas por el viento encontró una piedra que no estaba el año anterior, la sacó con las manos y la tiró al monte.
A medianoche sonó la radio.
—Graciela, ¿todo bien por ahí? —era Ariel, el del turno de guardia, con la voz pastosa de sueño.
—Todo bien. Estoy terminando.
—Ya hiciste Caminito tres veces. Te vi desde el taller.
—Falta la cuarta.
—¿Para qué una cuarta?
Graciela miró el parabrisas, donde las luces dibujaban el surco recién hecho.
—Porque el pibe es chico y no se va a acordar de nada. Pero la nieve sí se acuerda de cómo la dejaron.
Ariel no contestó. Al rato, la radio hizo un clic corto y se apagó.
La cuarta pasada fue la más lenta. Hacia las tres y media, cuando el cielo se aflojó a un gris de ceniza y las lengas empezaron a separarse del fondo, llegó otra vez al pie del cerro. Apagó el motor. El silencio le zumbó en los oídos. La pista se estiraba cuesta arriba, peinada, pareja, de un blanco tan limpio que parecía recién inventado.
Se quedó sentada hasta que clareó. A las nueve, desde la cabina estacionada junto al taller, vio llegar los primeros autos, y entre ellos una camioneta verde de la que bajó su hija, con una bolsa de equipo colgada del hombro y un nene de casco rojo que ya corría hacia la telesilla del Bosque.
A las diez se abrieron los medios. Graciela se calzó el gorro y caminó hasta el borde de la pista, justo donde empezaba Caminito. Mateo estaba arriba, chiquito entre los demás, con los esquíes en cuña. Lo vio dudar un segundo. Lo vio soltar el bastón de la mano izquierda, como si no hiciera falta, y deslizarse.
Bajó torcido al principio. Después encontró el surco, el mismo que ella había abierto durante la noche, y la nieve lo llevó sin ruido, entre los troncos, curva tras curva, con los brazos abiertos y una risa que se oía desde lejos.
Graciela no lo siguió con la vista hasta el final. Se dio vuelta, miró la huella de las orugas subiendo por la ladera, y apoyó una mano abierta en el costado frío de la máquina, como se hace con un caballo al terminar la jornada.
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