La docena del estante

Yamila Soria le pasó el repasador por el mostrador de acero y miró el reloj de la pared: las tres y cuarenta. Era la primera noche que el horno era suyo. Don Sixto se había operado la rodilla el lunes, y el dueño de la panadería, que vivía en Banfield y no sabía ni prender la amasadora, le había dicho nomás: “Arreglate, Yami. Total sabés todo”.

No sabía todo. Sabía hacer medialunas de grasa, que eran las del barrio, chiquitas y con el brillo justo de almíbar, y sabía que a la masa había que escucharla. Lo que no sabía era por qué, entre la tanda de las cuatro y la de las cinco, Sixto metía siempre una docena en una bolsa de papel madera y la dejaba en el estante de arriba, lejos de la vidriera.

Esa noche, entre los apuntes que le dejó pegados con cinta en la heladera, había uno solo subrayado dos veces: “La docena del estante es para el de las 4.50. No se vende. No se toca”.

—¿Y quién es el de las 4.50? —había preguntado Yamila por teléfono.

—Vos hacela —dijo Sixto, desde la cama, con la voz espesa de analgésico—. Él viene solo.

A las cuatro menos diez, con el rotativo ya caliente y la fermentadora llena de bandejas, se cortó la luz.

Primero fue el silencio. Después, de a poco, la oscuridad de la cocina con el único rectángulo azul de la ventana que daba a Yrigoyen. Yamila se quedó con una bandeja en cada mano, escuchando cómo el motor del horno aflojaba como un animal que se duerme. Afuera, a una cuadra, el semáforo también estaba apagado.

—No, no, no —dijo, y dejó las bandejas.

Encontró la linterna en el cajón de las espátulas. Había un horno de chapa viejo, de gas, que Sixto guardaba de reserva y usaba nada más para el pan de Navidad. Lo prendió con un fósforo largo, la llama azul saltó del quemador, y rezó para que aguantara una bandeja de a una. Entraban seis medialunas por vez. Para una docena, dos viajes. Para el resto de la mañana, un desastre.

A las cuatro y veinte la primera tanda salió con un color raro, medio pálido de un lado. La dio vuelta. A las cuatro y media sacó la segunda, ahora sí dorada, y la pinceló con almíbar todavía caliente con la linterna entre los dientes. Olía a manteca quemada y a azúcar, a su casa de chica.

Oyó el golpe en la persiana a las cuatro y cuarenta y cinco.

Era un golpe corto, con los nudillos, dos veces. Yamila levantó la cortina de la puerta de servicio y encontró a un hombre de campera azul, la gorra con el escudo de la empresa, un termo bajo el brazo. Tendría sesenta años y la cara cansada de los que trabajan de noche.

—Buen día —dijo—. Soy Walter. ¿Sixto no está?

—Está operado. Soy Yamila. Hoy me quedé yo.

Walter miró para adentro, vio la linterna, el horno de chapa, las bandejas en desorden.

—Se les fue la luz.

—Hace una hora.

Él asintió. No parecía sorprendido ni apurado, pero tenía la mirada fija en el estante de arriba.

—Mirá, nena, no te preocupes. Si no hay, no hay. Yo paso a las cuatro y cincuenta porque el tren de las cinco menos diez arranca de Escalada, y la gente del coche de adelante… —se frenó, y bajó la voz—. Sixto me guarda una docena desde hace doce años. Para mí y los dos muchachos de la cabina. Es lo único caliente que comemos en todo el turno.

Yamila sintió que se le aflojaba algo en el pecho.

—Esperame un minuto.

No tuvo que bajar nada del estante. Metió las seis medialunas de la segunda tanda en una bolsa de papel, y las otras seis, todavía tibias, las sacó con la pinza de la bandeja de la primera, la pálida, que de ese lado había quedado a pesar de todo. Dobló la boca de la bolsa. Le temblaban las manos y se le notaba.

—No están como las de Sixto.

—Nadie dijo que tenían que estarlo.

Walter agarró la bolsa, la apoyó un segundo contra el pecho para sentir el calor y después miró el reloj.

—Ay, me quedé hablando. Cuatro cuarenta y ocho.

—Corré, yo te cierro.

—Gracias, flaca. Por la luz, no te hagas drama. Se va a arreglar sola.

Se fue por la vereda de Yrigoyen casi trotando, con la bolsa abrazada, y Yamila lo siguió con la linterna hasta el puente peatonal, donde lo vio subir los escalones de a dos, con el termo golpeando contra la baranda. Arriba, contra el cielo todavía negro, brillaban las luces del tren que esperaba.

Volvió a la cocina. El horno de chapa seguía caliente, y las bandejas esperaban. Calculó cuánto le quedaba de masa y empezó a formar la tercera tanda con los dedos fríos y la linterna prendida en la boca. A las cinco y diez, mientras pinceleaba, se encendieron de golpe todas las luces y el rotativo volvió a zumbar como si nada.

Se quedó mirando la bolsa vacía del estante de arriba, la que Sixto dejaba siempre doblada para la noche siguiente. Sacó un lápiz del bolsillo del delantal y escribió en el papel, con letra grande: “Para Walter. 4.50”.

Después la dejó en su lugar, derecha, para que se viera desde la puerta.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *