Purpurina en el último recorrido

A las siete y cuarto, con el asfalto de la avenida Maipú todavía devolviendo el calor del día, Raimundo Acosta le pasó el trapo al pasamanos del interno 27 por última vez. Sacó una tapita de gaseosa de abajo de un asiento, acomodó el espejo que nadie más tocaba y apoyó las manos en el volante, justo donde el plástico estaba gastado, a las diez y diez. Cuarenta y un años manejando colectivos en Corrientes. Esa noche terminaba.

En la cochera le habían dejado una torta con una sola vela y una tarjeta firmada por todos los choferes. El jefe de tráfico le palmeó la espalda.

—Hacé el recorrido tranquilo, Raimundo. Y a las diez en punto me traés el coche.

—Siempre lo traje.

Era verdad. En cuatro décadas no se había salido de la línea ni una cuadra, ni por una lluvia de esas que inundan las calles, ni por un pasajero que lo llamaba desde la otra vereda. Lo apodaban «el reloj», y él no lo tomaba como un chiste. Nilda lo esperaba con un sándwich de milanesa y la tele prendida en el canal de chamamé. Ese era todo el plan.

Salió de la cabecera con el coche casi vacío. Era sábado de carnaval, y a esa hora la ciudad se partía en dos: los que ya iban rumbo al corsódromo y los que se quedaban en la vereda con el tereré y la radio a todo volumen. Por el espejo vio pasar a un pibe con la cara pintada de verde en una moto. Más adelante, dos mujeres de ojotas llevaban en brazos un tocado de plumas rojas, grande como una rueda de bicicleta, con el cuidado de quien carga a un bebé dormido.

Pasó la plaza y entonces los vio. Estaban en la parada de la esquina, bajo un farol que recién se prendía: cuarenta, cincuenta personas con las lentejuelas puestas, los zapatos de baile en la mano y las pantorrillas manchadas de purpurina. Al lado, un camión chico con el capot levantado y echando humo.

Un muchacho flaco, de buzo de la comparsa y auricular colgando, cruzó la avenida corriendo con los brazos en alto, como si quisiera parar un tren.

—¡Don! ¡Don, pare, por favor!

Raimundo frenó. Abrió la puerta delantera por puro reflejo.

—Este no va al corsódromo —dijo—. Este hace el recorrido del barrio.

—Se nos fundió el camión. Tenemos que estar a las diez en la concentración y todavía hay que ensayar la entrada. Si no llegamos, nos pierden el lugar. —El muchacho tragó saliva—. Me dijeron que usted es el que no falla.

Raimundo miró el reloj del tablero: ocho y diez. Pensó en la línea, que tenía en la cabeza como el dibujo de su propia palma. Pensó en el jefe. Pensó en Nilda, que a las diez ya habría guardado el sándwich en la heladera.

—No puedo salirme de la línea —dijo.

—Entiendo.

Nadie insistió. Era lo peor: nadie insistió. En la vereda, una nena de unos nueve años, con un casco de plumas amarillas que la hacía tambalear, lo miraba sin pedirle nada, como se mira un semáforo.

Raimundo se rascó la nuca. Después apretó el botón de la puerta de atrás.

—Suban de a poco —dijo—. Y las plumas para arriba, que no me tapen el espejo.

Subieron de a poco y después todos juntos. Entraron los bombos, las tamboras, un chico con una carroza de cartón a la espalda, una abuela con una bolsa de broches y agujas por si algo se descosía en el camino. El interno 27 se llenó de olor a pegamento, a talco, a perfume dulce, a sudor tibio. Alguien empezó a golpear un repique contra el vidrio de la ventanilla, y otro lo siguió, y otro más. Raimundo apagó la radio. No hizo falta.

Se salió de la línea en la esquina de la plaza, y sintió un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Dobló donde nunca había doblado. Por el espejo grande, la nena del casco amarillo le sonrió con dos dientes de menos. Atrás cantaban el tema de la comparsa a los gritos, y las lentejuelas rebotaban contra los caños.

Llegaron a las nueve y cuarto. Desde el acceso se veía el resplandor del corsódromo, y se oía, todavía lejos, una batería que arrancaba y le pegaba en el pecho a cualquiera que estuviera cerca. Bajaron como salen los pájaros de una jaula. El muchacho flaco le apretó la mano con las dos manos.

—¿Cómo se llama, don?

—Raimundo.

—Raimundo, nos salvó la noche.

—Yo manejé, nomás.

Cuando ya se habían ido todos, la nena volvió corriendo, se sacó una pluma amarilla del casco, la más chica, y se la clavó en el limpiaparabrisas.

—Para que no se olvide —dijo, y salió disparando.

Raimundo se quedó parado en el estribo un rato largo. Desde ahí, por encima de las cabezas, alcanzó a ver la primera carroza de la noche, toda iluminada, empezando a moverse, y las tamboras que subían como una ola. Nunca había visto un desfile. Vio unos minutos. Le alcanzaron.

A las diez y diez metió el coche en la cochera, vacío, con la pluma amarilla temblando en el parabrisas. El jefe lo esperaba en el portón, mirando el reloj.

—Tarde, Raimundo. Diez minutos. Por primera vez en cuarenta y un años.

—Diez minutos —admitió él.

—No importa. —El jefe sonrió—. Dejá, que mañana lo limpia el turno de la mañana.

Raimundo subió por última vez a apagar las luces interiores. Había purpurina en el piso, en los asientos, en los caños, un polvo finito que brillaba bajo el plafón y hacía parecer que el pasillo seguía en movimiento. Apagó el motor. Se fue sin barrer, y el interno 27 quedó brillando solo en la cochera oscura.

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