La salamandra del último coche

Bernardo Paillalef llegó a la estación de Esquel a las ocho y media de la mañana, una hora y media antes de la salida, con la campera de abrigo que usaba cuando todavía tenía turno y un sándwich de milanesa envuelto en papel de diario. En cuarenta y un años de trabajo había hecho ese recorrido cientos de veces. Nunca lo había hecho con boleto.

Se jubiló en el invierno de 2019. Primero fue guarda, después maquinista ayudante, y al final, cuando ya le dolían las rodillas, se ocupó de las salamandras: esas estufas de hierro, una por coche, que había que encender con leña seca antes de que subiera el primer pasajero. Conocía el tiro de cada una. La del segundo coche fumaba si el viento venía del oeste. La del último, la del coche del fondo, tenía una puerta que cerraba con un golpe seco de la palma, y él la cerraba siempre igual, sin mirar.

Esa mañana alguien más iba a encenderla, y él iba a ser un pasajero.

—¿Bernardo? —lo saludó el chico de la boletería—. Ya te guardé el asiento, el de la ventanilla del lado de los cerros.

—Gracias, Dani. Pero me siento donde me toque.

—Te toca ahí. Es el que mejor se ve la curva.

Pagó. Sacar la billetera por algo que había sido suyo le dio una vergüenza rara, de las que no se cuentan. Dejó pasar un rato en el paseo ferroviario, mirando fotos que conocía mejor que sus propios retratos de familia, hasta que el silbato lo sacó de ahí. Suena igual que antes, un poco más fino, como si la locomotora se hubiera aclarado la garganta.

Subió al último coche. La madera olía a lustre y a humo viejo, y la salamandra ya estaba prendida: una chica con un delantal de lana la atendía de rodillas, soplando el fuego con una pala de lata. Bernardo se quedó parado en el pasillo, con las manos en los bolsillos, mordiéndose la lengua.

—Se le va a ahogar —dijo al final, sin querer.

La chica levantó la cabeza.

—¿Perdón?

—El tiro. Le falta aire. Si le abrís dos dedos el regulador de abajo y dejás la puerta apenas entornada, tira solo.

Ella lo miró un segundo con la pala en alto, sin saber si ofenderse. Después lo hizo. La llama se enderezó y empezó a roncar bajito.

—Ah, mirá vos —dijo—. ¿Y usted quién es?

—Nadie. Un pasajero.

—Los pasajeros no saben eso.

Se sentó en el asiento de la ventanilla, el que le había guardado Dani, y apoyó la frente en el vidrio. El tren arrancó con ese tirón que sube desde las ruedas y llega a los dientes. Afuera pasó la ciudad en retirada: techos de chapa, un perro, una camioneta detenida en el cruce con la ruta, y el conductor, que bajó el vidrio para saludar.

Eso era lo que más extrañaba y nunca se lo había dicho a nadie: el saludo. En la ruta, los autos frenan. Los chicos se bajan y agitan los brazos. Un hombre en una camioneta toca bocina dos veces como quien saluda a un pariente que pasa. Cuarenta y un años mirando esa gente desde adentro de la locomotora, desde la plataforma del guarda, y el saludo siempre le había parecido de otro: del tren, de la máquina, de algo grande que lo contenía. No se le había ocurrido que, de alguna manera, también lo era de él.

La señora de adelante abrió un termo. Un nene preguntó cuántas curvas tenía el camino y alguien dijo que cuarenta y nueve, y el nene las empezó a contar en voz alta, y se equivocó en la ocho, y recomenzó. Bernardo dijo, sin darse vuelta: —Cuarenta y nueve, sí. Pero la mejor es la del huevo.

Cuando el tren entró en la curva, todos corrieron a las ventanillas del mismo lado, como si los hubieran tirado de un hilo. Los coches se doblaron hacia adentro del paisaje, la locomotora asomó adelante, chiquita y negra contra la meseta, y la columna de humo dibujó una raya limpia sobre el cordón. Hubo un coro de celulares. Bernardo no sacó el suyo. Miró.

La chica del delantal se acercó con un jarro de chocolate caliente que nadie le había pedido.

—Invita la casa —dijo—. Para el que sabe de tiros.

—No me tendrías que dar nada.

—Y usted no me tendría que haber corregido. Estamos a mano.

Tomó el chocolate con las dos manos, como se toma lo que quema. Cuando el tren pasó por el cruce siguiente, había una mujer parada junto a la barrera, con un nene en brazos, que levantó una mano. Bernardo levantó la suya. La movió despacio, de lado a lado, como la había visto mover tantas veces desde abajo, y por primera vez el saludo llegó a donde iba.

En el coche del fondo, la salamandra siguió prendida hasta Nahuel Pan, tirando derecho, y Bernardo no se levantó a mirarla ni una vez.

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